2 Image Retrieval
2.4 User Requests and Image Information Needs
Un objeto de estudio tan complejo como es el de la muerte, inserto en un espacio temporal de notable especificidad requiere, en nuestra opinión, del concurso de diversas tipologías de fuentes. En primer lugar para evitar caer en una visión reduccionista sobre una realidad que presenta múltiples facetas y que está cargada de comportamientos divergentes y a veces paradójicos, pero también para conjurar, de algún modo, las críticas del pensamiento postmoderno que supone una falta de transparencia entre el lenguaje de las fuentes y los objetos representados38.
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Para este tema véase WELLMER, A.: “La dialéctica de Modernidad y Postmodernidad”, Debats, 14 (1985), pp. 67-87.
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Dos han sido las bases fundamentales sobre las cuales se ha sustentado nuestro trabajo: los registros parroquiales y un importante número de fuentes impresas de la época cuya temática, bien de forma directa, bien de manera tangencial, hacen referencia al hecho de la muerte y sus implicaciones.
La utilización de la documentación testamentaria ha sido uno de los puntos centrales sobre el que han pivotado los múltiples artículos, tesis y obras generales destinadas a analizar los comportamientos y las mentalidades colectivas ante la muerte. Probablemente debido al excesivo influjo emanado de la metodología francesa, el panorama de las investigaciones sobre el tema ha quedado impregnado por este condicionamiento. Sin entrar en dialécticas discursivas sobre las amplias posibilidades que ofrecen los testamentos como fuentes preferentes para el estudio de las actitudes ante la muerte, nuestra propuesta está vinculada al empleo de los registros parroquiales de defunción, no como fuente complementaria y subsidiaria, sino como elemento valorativo de primer orden capaz de encerrar una información más completa y exhaustiva, si cabe, que las actas notariales.
La muerte nunca fue un hecho de carácter homogéneo dentro de la praxis social. Con respecto a ella se establecieron una pluralidad de modelos de inteligibilidad en clara dependencia con los niveles mentales de los distintos grupos sociales. Desde este punto de vista, el testamento (en su vertiente espiritual) representa uno de los múltiples instrumentos con los que los sujetos hicieron frente al perturbador destino de su finitud. Quizá por la influencia de la historiografía francesa, muchos trabajos sobre la muerte se han apoyado de manera intensiva y reiterada en las fuentes testamentarias convirtiendo a éstas en el principal elemento nuclear de los mismos. Los testamentos, por su gran número y su particular estructuración, han resultado ser unas fuentes complacientes y a la vez adaptables a los diversos fines requeridos por los historiadores de las mentalidades. Explicaban ampliamente las actitudes religiosas del momento; investidos de una hipotética aureola de sinceridad, se les ha venido atribuyendo la condición de última decisión personal del sujeto, que ante su postrer momento, expresaba sin veladas intencionalidades su más verdadero sentido de la vida y de la muerte. La prodigalidad testamentaria ha permitido su cuantificación serial dando lugar a distribuciones, agrupamientos y diferenciaciones en un intento por captar con mayor precisión un fenómeno de larga duración como son las actitudes ante la muerte. Fruto de estos
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análisis sistemáticos se ha llegado a establecer catálogos de elementos repetitivos en la redacción de las fórmulas piadosas: invocaciones, protestaciones de fe, solicitudes de intercesores divinos y otras diversas consideraciones. Como resultado de esta versatilidad, los testamentos se han transformado en un extraordinario marco de referencia cuya capacidad de adaptación ha quedado bien patente a través de los numerosos trabajos que sobre el tema de la muerte se han publicado.
Pero el testamento como documento de empleo mayoritario para el estudio de las posturas mentales ante la muerte no ha podido sustraerse de algunas objeciones y debilidades. Tradicionalmente se le ha venido otorgando una importancia excesiva debido, principalmente, a que una parte de su contenido tiene una naturaleza trascendental, lo que ha llevado a considerarlo como una expresión eminentemente espiritual que muestra la expectante inquietud de los individuos ante la vida del más allá. Cierto es que el testamento del Antiguo Régimen manifiesta a través de una serie de formulaciones la expresión inequívoca de la religiosidad del individuo el cual, en un discurso preliminar más o menos elaborado, alude a su firme adhesión a los principios de la fe cristiana para pasar después a tomar las medidas oportunas de cara a la salvación de su alma. Pero también hay que considerar en el testamento un carácter eminentemente jurídico en cuanto constituye un documento sucesorio de disposición y distribución de bienes. Esta doble dimensión le resta una buena parte de espontaneidad en su papel de mostrar expresividad personal ante la muerte. No cabe duda de que el testamento estuvo impregnado por un fuerte discurso eclesiástico, acentuado con mayor énfasis si se quiere dado su carácter de postrer acto jurídico, pero no mucho más que cualquier otro documento de la época. En una sociedad profundamente sacralizada, pocas actuaciones humanas se vieron libres de ciertas consideraciones religiosas. Un sentido de justicia y moralidad, de equitativo reparto de los bienes entre las dos partes que integraban al ser humano, el espíritu y la materia, subyace en su confección sin descubrir plenamente la verdadera e intimísima postura ante la muerte. El testamento tan sólo muestra una parte visible de la verdadera dimensión de las concepciones que se dieron ante la muerte.
Un segundo planteamiento, observado por la mayoría de los historiadores, hace referencia a la rigidez en el empleo de las fórmulas notariales. Estas reducidas a modelos expresivos consensuados difícilmente muestran algún sentimiento individual.
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Lo que da pie para considerar hasta qué punto este documento tuvo un empleo eminentemente materialista pero que se presentó arropado bajo consideraciones espirituales que pretendían justificar, de alguna forma, la cruda realidad de una estricta trasmisión y reparto de los bienes acumulados. Las protestaciones de fe, las invocaciones solicitando la protección de la Virgen o de los santos, los considerandos y las encomendaciones del alma con su carácter estereotipado difícilmente permiten detectar las verdaderas inquietudes del sujeto. Sujeto que de algún modo se ve forzado a ceñirse al modelo teológico devocional testamentario e incluso a ordenar unos sufragios mínimos en consonancia con sus circunstancias socioeconómicas con el fin de no caer en peligrosas disonancias que podían dar lugar a la repulsa general.
Finalmente, hay que considerar un último argumento: la práctica testamentaria no fue ni mucho menos universal. Una buena parte de la población no testó por diversas circunstancias. La situación de pobreza, la muerte repentina y la minoría de edad fueron, entre otras, las razones más comunes por las que un notable porcentaje – en nuestro caso el 58,2% – no dictó disposición notarial alguna. La constatación de este hecho nos ha lleva a cuestionarnos la representatividad testamentaria como base arquetipo para el estudio de las mentalidades colectivas ante la muerte en la ciudad de Teruel. Con un tratamiento exclusivamente centrado en el estudio de las actas notariales, este importante número de individuos quedaría oculto produciendo una visión distorsionada de la realidad que pretendemos describir. Estaríamos ante los “silencios” que señala Vovelle cuando afirma que nada hay más desigual que la muerte. Los ricos y poderosos dejan más pruebas y testimonios de su muerte que la masa anónima de los pobres39. También Jean Chesneaux advierte del peligro de oscurecimiento y ocultación con que actúan las fuentes escritas sobre la nominación de los comportamientos de las clases subalternas40.
Con respecto a la elección de los registros parroquiales o Quinque libri como una de las fuentes primarias para nuestro estudio, es necesario señalar algunas matizaciones. Se han consultado y analizado exhaustivamente un total de 7.960 actas de defunción correspondientes al período que va desde 1600 a 1700. Esta cifra puede
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VOVELLE, M.: Ideologías..., op. cit., pp. 108-109.
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CHESNEAUX, J.: ¿Hacemos tabla rasa del pasado? A propósito de la Historia y de los historiadores, México, Siglo XXI, 1981, pp. 29 y ss.
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considerarse como bastante aproximada al número de los fallecimientos producidos en la ciudad de Teruel en el trascurso del siglo XVII, si se exceptúan a los párvulos, que fueron registrados de manera esporádica, y a los miembros de las diferentes órdenes religiosas. Los libros de registros correspondientes a las siete iglesias que existieron en la ciudad junto con los de la Catedral, que en esa época tuvo entidad parroquial, se encuentran distribuidos en tres archivos diferentes. Por diversas circunstancias y debido principalmente a las sucesivas reformas llevadas a cabo en las áreas de influencia de las distintas parroquias, parte de los fondos documentales originarios han sido agregados a los de aquellos templos que han conservado su funcionalidad parroquial. En el Archivo Parroquial de San Salvador se hallan depositados los correspondientes a esta parroquia junto con los de la Catedral, los de la desaparecida iglesia de Santiago y los de San Martín, que en la actualidad está fuera de culto; en el Archivo de la parroquia de San Andrés, junto con sus fondos se encuentran los de las iglesias de San Juan y San Pedro, la primera también desaparecida y la segunda con culto restringido; finalmente, el Archivo Parroquial de la Merced guarda la documentación perteneciente a la iglesia de San Miguel, desmantelada en los años setenta del pasado siglo.
Las actas de defunción que hemos manejado presentan idénticas fórmulas burocráticas en su redacción. Durante el trascurso de toda la centuria su estructura será homogénea e invariable para las ocho parroquias. En ellas se expresa la fecha del fallecimiento seguida del nombre y apellido del difunto junto con la relación de los sacramentos recibidos. En el caso de los hombres se citará, con cierta regularidad, la profesión o cargo desempeñado. La causa de la muerte solamente se especifica en el caso de que la naturaleza de la misma haya impedido al sujeto la recepción de los últimos auxilios espirituales. Seguidamente se hace referencia a si el difunto testó o, en su caso, los motivos por los cuales no hizo disposición alguna. Generalmente, siempre que se hace mención al testamento, aparecerá el nombre del notario que lo testifica y, con menor frecuencia, la fecha de su otorgamiento. En el caso de existir últimas voluntades figurará un extracto de las disposiciones hechas por el alma junto con las obras pías y el lugar elegido como enterramiento. Finalmente, se hace mención al nombre de la persona o personas encargadas de ejecutar dichas disposiciones así como el de aquellos que se constituyen como fianza a los derechos correspondientes a la mitra, que en ocasiones es diferente al de los ejecutores testamentarios.
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Un apunte muy significativo son las referencias contables que aparecen insertas en un buen número de actas. Con mayor o menor detalle, según la escrupulosidad de los distintos vicarios que efectuaron los asientos, se expresan los capitales consignados para misas y sufragios y el precio final de las funerarias. Esta información resulta decisiva para conocer los importes que invirtieron a favor de su alma aquellos menos dotados de recursos económicos y a los que les estuvo vedado el acto de testar. Estas observaciones con frecuencia vienen precisadas con la anotación marginal “completum”, que expresa de modo inequívoco el cumplimiento total de todas las disposiciones espirituales hechas por el finado. Esta última información resulta de extraordinaria importancia ya que permite hacer un análisis pormenorizado de la efectividad y verdadero alcance de las prácticas funerarias.
La heterogeneidad del hecho de la muerte con sus diversas realidades culturales, su carga psicológica y su fuerte contenido económico dan lugar a que, frente al supuesto hecho individual, decisorio y volitivo del acto de testar donde se expresa una potencialidad, no siempre cierta, las actas de defunción nos informen de un hecho consumado. Explican con todo detalle el tipo y categoría de las exequias, su coste, la cantidad y calidad de misas a celebrar como sufragios; las limosnas y obras pías; el lugar de enterramiento y, lo que es más importante, confirman si las disposiciones del testador se cumplieron tal y como se expresaban en el documento notarial. Certifican una actuación ya conclusa frente a la expectante inseguridad del hipotético final del acto de testar. El registro parroquial – al menos en nuestro caso – acaba con las incertidumbres explicitando el desenlace de todo un proceso. Pero además nos desvela las distintas estrategias que emplearon las clases más desfavorecidas para enfrentarse a la muerte. Las actas descubren las solidaridades familiares, las tensiones y equilibrios que se produjeron en los ámbitos sociales restringidos, los clientelismos y obligaciones y, finalmente, las actitudes coercitivas del poder eclesiástico capaz de regular y trastocar con sus disposiciones el último destino de los individuos.
De alguna manera los registros parroquiales universalizan la muerte y expresan, al menos, dos de los niveles que propone Vovelle: la muerte “sufrida” en la que entran los parámetros fundamentales de la demografía, la muerte por sexos, edad, estado… muerte cuantitativa, numérica y mensurable; y la muerte “vivida” representada por el
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aspecto formal que con sus ritos y prácticas funerarias conforman un sistema de elementos que se encadenan en un aspecto socializante41.
A pesar de que es necesario establecer cierto grado de cautela en este tipo de
documentación42, no hemos advertido en el período estudiado trasposiciones, enmiendas
o tachaduras tanto en el cuerpo de los textos como en las paginaciones de las actas. Son raras las inversiones cronológicas y las omisiones de los nombres, en todo caso las hay con respecto a las mujeres, dando como referencia el nombre y profesión del marido o hijo. Por otra parte, se observa un puntual cumplimiento de las relaciones y registros, ya que en las visitas pastorales no hay referencia alguna sobre inobservancias al respecto.
Respecto al tratamiento cuantitativo de este cuerpo documental y dado su importante volumen, se ha optado por organizar los datos en agrupaciones quinquenales correlativas con el fin de apreciar de manera solvente la evolución de las distintas variables en ellos registradas. Por razones de estricta operatividad matemática, en la mayoría de las apreciaciones, se han excluido los datos correspondientes al año 1700 con el fin de ajustar el número de quinquenios quedando reducido el número referencial de la muestra a 7.873 sujetos, considerando que esta disminución en muy poco podía afectar a las observaciones finales. Así pues, en gran parte de los cuadros y gráficos presentados el soporte fundamental está constituido por el conjunto poblacional de fallecidos articulándose sobre el mismo los distintos resultados porcentuales, tanto los que hacen referencia a la segmentación temporal como a las apreciaciones globales.
La necesidad de verificar las informaciones contenidas en las actas de defunción confrontándolas con la práctica testamentaria con el fin de profundizar en la realidad social, mental y material de la época, nos ha llevado a contemplar la documentación notarial. El testamento, como acto de última voluntad y pese a sus fórmulas estereotipadas cargadas de convencionalismos, muestra la consolidación y el grado de receptividad social que los discursos religiosos tuvieron en las mentalidades colectivas. Recomendado insistentemente por la Iglesia, quedó instituido como un elemento de
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VOVELLE, M.: Ideologías…, op. cit., pp.102-104.
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Sobre este aspecto García Fernández cuestiona en el Valladolid del siglo XVIII las cifras arrojadas por los libros parroquiales considerando que estas debieron de ser mayores. GARCÍA FERNÁNDEZ, M.: Los
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salvación de primer orden. Un medio de gran consistencia espiritual capaz de poner en orden las conciencias y en el que previamente se proclamaba la adhesión inquebrantable a los principios fundamentales de la religión católica a través de fórmulas de fe. Y si bien es cierto que el testamento deja escasos resquicios para detectar la piedad personal de los sujetos, constituye un indicador privilegiado que pone al descubierto las sensibilidades generales de la colectividad ante la muerte en un momento cronológico determinado. A través de sus expresiones literarias consensuadas se ponen en relieve tres niveles íntimamente relacionados: la actitud de compromiso que se establece entre el sujeto que redacta las formulas, el discurso religioso oficial y las peticiones de los testadores43.
Del fondo de protocolos notariales correspondientes al siglo XVII, conservados en el Archivo Histórico Provincial de Teruel, se han consultado 405 testamentos distribuidos en 35 protocolos diferentes. El criterio seguido para la selección de este cuerpo documental se ha basado en sondeos de amplitud cronológica variable procurando que todas las décadas del siglo tengan representatividad. La discontinuidad serial por pérdidas y deterioros en este tipo de documentación nos han aconsejado la utilización de este método. Método que se ha revelado como adecuado desde el momento en el que este tipo de documentación ha defraudado las expectativas informativas que le suponíamos. Porque si bien es cierto que su consulta ha servido como ratificación del tenor expresado en las actas de defunción en cuanto a la petición de sufragios y remedios espirituales destinados a la salvación personal, la evolución del hipotético sentido piadoso que se pretendía observar a través de las cláusulas de fe ha queda totalmente oscurecida debido al laconismo literario de la fuente. En efecto, frente a la ampulosidad y recargamiento de los artículos iniciales que comúnmente se le atribuye al testamento barroco, una de las notas características de los testamentos turolenses es la omisión casi generalizada de fórmulas y declaraciones piadosas. En la mayoría de los testamentos estudiados, tras la invocación inicial: “En el nombre de Dios, amen” o su versión latina: “In dei Nomine”, se suele pasar directamente a las cláusulas dispositorias siendo raras las protestaciones de fe, la solicitud de intercesores celestiales y las consideraciones y encomendaciones de cuerpo y alma. Esta parquedad
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VOVELLE, M.: “Minutes notariales et histoire des cultures et des mentalités”. Actas del II Coloquio de
Metodología histórica aplicada. La documentación notarial y la Historia, vol. II, Santiago de
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es observable tanto en los testamentos otorgados por los miembros de la oligarquía y el personal eclesiástico como en el resto de los testadores comunes. Por otra parte, su escaso desarrollo, la ausencia de inventarios post mortem junto con el mantenimiento prácticamente inalterable de este modelo a lo largo de todo el siglo, nos lleva a considerar la práctica testamentaria en la ciudad de Teruel como una conducta eminentemente convencional destinada a satisfacer las normas de una sociedad confesional y en la que, en la mayoría de los casos, los asuntos jurídicos de repartición de bienes ya habrían sido resueltos por otras vías consensuadas. Sin embargo, el examen de esta documentación nos ha permitido contrastar aspectos tales como el estado de salud de los otorgantes en el momento de hacer sus disposiciones testamentarias así como el distanciamiento cronológico entre este hecho y la muerte. Para la aproximación a este último aspecto ha resultado de enorme utilidad el cruce informativo entre los fondos notariales y los registros parroquiales. Así mismo, el tratamiento cuantitativo de esta documentación nos ha permitido determinar algunos aspectos sociológicos entre los cuales las tipologías testamentarias no resultan un tema menor.
Dentro de las fuentes de normativa jurídica emanadas por la jerarquía