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Con estas palabras, fray Juan de Jesús María evocaba una de las grandes constantes del pensamiento barroco: la infravaloración de la vida. La vida fue considerada como un paso circunstancial que debía conducir al individuo a un lugar superior donde comenzaba la verdadera existencia.

Desde el siglo XVI, un profundo pesimismo se había instalado en las mentalidades occidentales y gran parte de esta profunda desilusión fue propiciada por las resoluciones y discursos de la Iglesia contrarreformista. El ideal renacentista se transformó en una suerte de debilidad que atenazaba a un hombre trágico inmerso en una sociedad trágica; lo que los tratadistas del momento dieron en llamaron “fragilidad humana”. La muerte temida fue sustituida por la vida temida. Los viejos textos del

Comtemptus mundi, el desprecio del mundo, se retomaron y actualizaron. La existencia

en el mundo estaba llena de desdichas y como afirmaba el trinitario “aunque el hombre sea tan ajustado como lo era David, no sabe de cierto si las obras que executa en este valle de miserias son gratas a los divinos ojos o no”54

. Se presentaba así una inquietante duda: las actuaciones humanas, aún siendo en su esencia buenas, no daban la seguridad de ser agradables a los ojos de Dios. La Iglesia se erigió en el único juez y arbitro capaz

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JESÚS MARÍA, Juan de: Libro de la vida en la escuela de la muerte: lecciones vitales para vivir bien

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de canalizar y organizar las conductas de sus fieles y para ello pulsó todos los resortes que tenía a su alcance.

Entre todos los miedos, la muerte, como hecho ineludible y final de todo ser humano, cargada de profundas tensiones psicológicas y sociales, fue el campo preferido para articular un discurso totalizador: el discurso de la vida y el de su final. El cristianismo encumbró a la muerte como el bien más deseable, pues sólo aquel que creyera en la muerte y resurrección de Cristo podía alcanzar la inmortalidad. El cuerpo del cristiano debía resucitar también de la muerte en un proceso contradictorio en el que se producía la negación de la misma. La muerte pasó a ser el núcleo básico de todo su sistema teológico. Dios había mandado a su hijo para que muriendo en la cruz librara a los hombres de la muerte eterna que suponía la desaparición irremisible del individuo por el efecto del pecado. Desde entonces, el ritual básico de la iglesia católica giró en torno a la conmemoración de la muerte. Muerte como recordatorio del sacrificio de Cristo, muerte como esperanza o temor del hombre, muerte como promesa de liberación de los trabajos y penalidades terrenales, muerte, en fin, como única alternativa al vacío absoluto. El intento de la doctrina cristiana de establecer una salida posibilista a la realidad constatada y contrastada de la desaparición total y absoluta del ser triunfó desde los primeros tiempos gracias a que ofrecía una indefinida prolongación de la vida a través de la fe en la resurrección final. Pero esta resurrección sólo podría alcanzarse a través de la muerte, y muy tempranamente los padres de la Iglesia se apresuraron a demostrar que el hecho de la muerte no era sino un tránsito hacia la verdadera vida y que este paso no debía infundir temor ya que la verdadera destrucción del ser humano consistía en morir para siempre con pecado y ser condenado a los terribles tormentos del infierno. El mismo Agustín de Hipona afirmaba que la vida de los mortales merecía más el nombre de muerte que el de vida. El hombre nunca estaba en la vida porque desde su nacimiento hacía sino morir y formalmente no podía residir a la vez en la vida y en la muerte por lo cual era forzoso que fuera su existencia la muerte misma55.

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SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios, (edición de Salvador Antuñano Alea), Madrid, Tecnos, 2007, lib. XIII, punt. 10, p. 346. La consideración de la muerte y el mal que entraña lleva a San Agustín a reflexionar sobre la vida como algo caduco, mortal y miserable que después servirá de inspiración a un tipo de espiritualidad cristiana pesimista.

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Convertir la vida en un penoso destierro basculando toda la carga emocional en la muerte, no fue una tarea fácil y las resistencias siempre fueron evidentes. Junto a un amplio repertorio de obras devocionales, relatos hagiográficos, sermonarios, instrucciones y disposiciones eclesiásticas de carácter eminentemente pedagógico y ejemplarizante coexistió, con toda certeza, en el fondo íntimo de los individuos de la época, un apego a la vitalidad de la existencia que arrastró a muchas de las conciencias y que ha dejado amplias zonas oscurecidas por una gama de comportamientos heterodoxos. A pesar de estas distorsiones, hay que convenir en que la labor que se impuso la Iglesia después de Trento alcanzó su extraordinario éxito gracias a que se desarrolló sobre un terreno ya reiteradamente abonado. Como acertadamente ha señalado Caro Baroja, la concepción del mundo como un lugar donde campa el Mal en contraposición con el más allá donde reside el Bien era una idea muy antigua que ya estaba presente en el pensamiento filosófico clásico y cuyo principal representante fue Platón, que consideraba la vida como una meditación de la muerte. Posteriormente Erasmo de Rótterdam reprodujo en su tratado de preparación de la muerte esta misma idea56. El Mal habitaba en la vida y el Bien en la muerte. La vida tenía un carácter efímero y pasajero y estaba plagada de desgracias y profundos sinsabores. Cada día que transcurría en la existencia terrenal era uno más de constante temor ante la inseguridad de la bondad de los actos. Porque era extremadamente difícil cumplir con todos y cada uno de los preceptos que los moralistas y teólogos presentaban ante los ojos asombrados de los fieles. La enorme cantidad de supuestos, cánones y reglamentaciones fueron una fuente inagotable para crear conciencias escrupulosas; hasta tal punto que muchos tratados morales incluyeron un apartado destinado a aquellos fieles dados a una escrupulosidad exacerbada57 .

Debilidad, inseguridad, sentimiento de impotencia, fueron algunos de los conceptos que, reiterados con extrema rigurosidad, contribuyeron a configurar el mundo

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CARO BAROJA, J.: Las formas complejas de la vida religiosa (Siglos XVI y XVII), Madrid, Sarpe, 1985. En esta cuestión señala que las concepciones del mundo proceden de símbolos primarios que son reinterpretados en cada época y lugar por los teólogos, dando origen a distintas posiciones. Para una ampliación más extensa de esta idea véase el cap. V, § II, pp. 147-151. La misma idea referida al pueblo de Israel se puede ver en COHN, N.: El cosmos, el caos y el mundo venidero, Barcelona, Crítica, 1995, pp. 177-179.

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Véase como ejemplo la obra del dominico Francisco Carrasco: Manual de escrupulosos y de los

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de la vida como un lugar árido y peligroso. Los predicadores y tratadistas llegaron a negar la risa y la alegría por estar la existencia sujeta a toda clase de males58. Según Le Goff, este rechazo tuvo su origen en las reglas monásticas que prohibían la risa porque representaba el triunfo del cuerpo: la risa procedía del vientre que simbolizaba la carne, mientras que las lágrimas las producía el espíritu59. Pero el mayor peligro estaba en la pérdida del alma, la única parte noble del hombre capaz de alcanzar un estado de bienaventuranza junto a los ángeles y santos en la Gloria de Dios. La vida, según decía Alejo Venegas, parafraseando a Séneca, no era otra cosa sino un largo tormento de la muerte que cuanto más duraba más intenso se volvía, por ello la expiración era la puerta de todas las felicidades, el inmediato camino de la inmortalidad.

La imagen de la vida como una cárcel que retenía la parte corruptible del ser humano se difundió ampliamente a través de la intensa propaganda que ejerció la Contrarreforma. El privilegio que tuvo el hombre de perpetuarse en la vida sin sufrir la muerte en virtud de la justicia divina bajo la cual había sido creado, se había perdido por el pecado y su cuerpo quedaba sujeto a las leyes de la naturaleza que inevitablemente, lo conducirían a la muerte. Muerte que no debía ser considerada como un mal sino “una salida de cárcel, un fin del destierro, un remate de los trabajos del cuerpo, un término del viaje, un dexo de la carga pesada, una salida del caedizo edificio, una evasión de peligros, una exclusión de todos los males, una paga de la deuda que a naturaleza se debe, un caminar a la patria y, finalmente, un recibimiento y entrada en la gloria”60

.

El drama del hombre barroco se debatió agónicamente entre el determinismo y el libre albedrío. Incapaz de construir un sistema total que consiguiera dar una

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“La risa y la alegría, que satisface los corazones, no la mire el hombre sabio como alaxa suya, antes la tenga por cosa de Dios, a quien debe ofrecerla. Alaxa del hombre es el llanto, la tristeza, nacida de los males, que cada día nos cercan y nos han de cercar hasta la sepultura. ¿Qué es la vida del hombre sino una cantera de desventuras?¿Qué es nuestra naturaleza sino un solar conocido de la enfermedad, de la muerte?¿Y qué tienen que ver muertes, enfermedades, desventuras con risa, con alegría? Imposible es que no sea la tristeza, el dolor, lo que más manejan los hombres en esta vida y lo que solamente deven mirar como suya”, BAEZA, Diego de: Sermones funerales catorce y ánimas del purgatorio siete, Valladolid, imp. Marcos Pérez, 1645, Sermón decimocuarto, fol. 123v.

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LE GOFF, J.: “Le Moyen Âge a poursuivi quelque chose de plus fort que le bonheur: la joie”, Le Point, 23, 2009, pp. 64-65.

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VENEGAS, Alejo: Agonía del tránsito de la muerte con los avisos y consuelos que acerca de ella son

provechosos, Barcelona, imp. Antonio Lacaballería, 1682, [1ª edición en Toledo 1537], punt. II, cap. 3, p.

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explicación coherente a su esencia como ser, se vio abocado a una profunda fe en la religión pero también a una carencia de razones para la vida61. El interés por la muerte generó un afán simbólico por representarla que fue invadiendo todas las parcelas de la sociedad de la época dando lugar a que numerosos escritores y tratadistas intentaran dar una imagen de la muerte capaz de sintetizar sustancialmente su esencia final. Félix de Lucio Espinosa y Malo, que fue cronista del Reino de Aragón, nos ha dejado una descripción de la muerte de cierta calidad literaria en la que se resumen todas las constantes del pensamiento barroco y que por su interés merece ser transcrita:

“Es la muerte la puerta de las felicidades, el inmediato camino de la

inmortalidad, el puerto de la naturaleza, el escollo donde se quiebra el bajel de la vida, las columnas de Hércules del aliento, el templo donde se cuelgan los milagros de la respiración; el que haze vanidad de esperarla es gentil; el que la desea, es temerario; el que la teme es cobarde; el que la acaricia es consolador; el que se resigna es prudente católico. Ninguno puede eternizar su vida; todos deven eternizar su gloria. El que vivió mucho tiempo acabó de vivir con poca duración, el que vivió poco rato dexó de ser, con iguales extremos, con un mismo semblante hallaron ambos la muerte. Es honor para el descuidado, delicia para el desprevenido, es examen de las acciones humanas en su conformidad o en su repugnancia se comprueban los passados hechos. El susto de la muerte es acusación del ánimo, la serenidad de su golfo es fianza del espíritu, no hay razón que persuada con mayor viveza, no hay fuerza que conquiste con mayor poder, no hay discurso que adelante con más reflexiones, no hay martirio que atormente con mayor violencia ni hay motivo que desengañe con mayor verdad. El despedirse del ser es la mayor humildad del ser; el disponerse a dexar de ser, es la prueba del vicio o de la virtud de aver sido. Es irrepetible en las contingencias, puede ser promovida en las disposiciones, no puede cautelarse en el tiempo pero puede prevenirse en la precisión. El que vive meditándola, muere no temiéndola, el que se descuida de considerarla, se confunde al concebirla. En fin, sin ser el fin, sin ser el principio y sin ser el medio, lo desvanece todo y lo confunde todo, quedando de un todo la ceniza, el polvo, la muerte, la nada”62

.

Se puede adivinar en las últimas frases de este texto el profundo pesimismo que abocaba al hombre barroco hacia la negación de cualquier realidad posible y a la desestimación de todas las actividades mundanas puesto que todo se resolvía con la muerte, que era al fin y al cabo, la nada. Esta visión desesperanzada del mundo permitió decir al doctor Juan Sánchez Valdés, parafraseando a Diógenes Laercio, que la

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JURISICH, M.: “Donde termina el sueño: drama barroco y melancolía”, Espéculo, (Madrid), 17-VII, (2001) Marcelo Jurisich, al analizar la obra dramática de Calderón de la Barca, intuye el rechazo de la idea renacentista de que el hombre lo puede todo y la presencia de una profunda angustia ante lo inexplicable de la muerte.

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ESPINOSA Y MALO, Félix de Lucio: Ocios morales divididos en descripciones simbólicas y

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muerte era “sueño eterno, desatamiento del cuerpo, espanto de ricos, desseo de pobres; una inevitable venida, incierta partida, ladrón del hombre, padre del sueño, huyda de la vida, apartamiento de vivos y resolución de todas las cosas”63.

Trascendida la magistral interpretación que sobre la cultura del barroco hizo Maravall, a la que definió como un sistema de recursos de muy variada clase, amalgamados y activados por los poderes políticos y religiosos con el fin de mantener integradas a las masas en un sistema social que estaba demostrando su ineficacia, tanto desde el punto de vista político como teológico64, se puede adivinar un nuevo nivel simbólico que, de alguna forma, absorbió a sus propios creadores. Un escepticismo radical que criticaba todos los convencionalismos sociales afirmando el pesimismo absoluto frente a la existencia y que por ende negaba la validez de todo tipo de valores del mundo65. Los espacios discursivos en los que se articuló esta concepción fueron muy amplios y variados.

En primer lugar, cabe destacar como una constante en la mayoría de los moralistas del Barroco el empleo de una filosofía negativista incapaz de conceder a la naturaleza humana alguna capacidad de acción moral positiva. Fray Pedro de Oña concebía la vida como una muerte prolongada en la que el hombre sostenía dos guerras perpetuas: una interior que se libraba entre la carne y el espíritu66 y otra exterior contra

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SÁNCHEZ VALDÉS DE LA PLATA, Juan: Crónica y historia general del hombre: en que se trata

del hombre en común, de la división del hombre en cuerpo y alma, de las figuras monstruosas de los hombres, de las invenciones dellos y de concordancia entre Dios y el hombre, Madrid, imp. Luis

Sánchez, 1598, lib. I, cap. LII, fol. 66v.

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MARAVALL, J. A.: La cultura del Barroco, Barcelona, Ariel, 1990, p. 132.

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Resulta altamente interesante el uso de la expresión nihilismo aplicada a la interpretación del discurso simbólico barroco que hace Fernando Rodríguez de la Flor cuando afirma que durante el barroco hispánico “se representa una pulsión de muerte y un principio de ir más allá de todas las determinaciones entre ellas las de la misma razón”, RODRÍGUEZ de la FLOR, F.: “Barroco hispano: la perspectiva nihilista”, en GONZÁLEZ SÁNCHEZ, C. A. y VILA VILAR, E.: Gráfias del imaginario.

Representaciones culturales en España y América (siglos XVII-XVIII), México, FCE, 2003, p. 493.

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La tragedia existencial del hombre quedaba plasmada en la extraordinaria dificultad que éste temía para poner en concordia las tres partes de las potencias de su ser: espíritu, alma y cuerpo. “ El espíritu es la parte superior y racional del alma, que es entendimiento y voluntad; el alma es la parte inferior, que es irascible y concupiscible, como los demás animales; el cuerpo es este que vemos [...] la justicia original ordenaba estas potencias pero Adán, perdió la justicia original, desordenándose el espíritu al alma y cuerpo, y cada uno fue por su parte, hechos tan enemigos domésticos como si nunca huvieran estado juntos”, OÑA, Pedro de: Primera parte de las Postrimerías del hombre, Pamplona, imp. Carlos de Labayen, 1608, lib. II, cap. III, disc. VII, pp. 738-739.

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el demonio, un enemigo que nunca daba tregua “porque aunque la guerra de la carne tiene cierta manera de treguas allá a la vejez, mas la del demonio no afloxa entonces, porque para el viejo tiene armas y cuydadosa astucia como para el moço, y a unos y a otros tienta”67. Para el mercedario la existencia del hombre se cifraba en una constante vida de milicia en la que no existía el descanso. Los seres humanos se veían obligados a sostener una guerra continua y porfiada sufriendo las mismas penas y trabajos que llevaban los soldados de su tiempo68. Ningún símil más acertado para describir la miseria de una vida llena de dureza y sobresaltos a la cual se veía forzado el cristiano si quería salir airoso de las innumerables asechanzas del mundo, el demonio y la carne. Esta imagen no era novedosa, Erasmo de Rótterdam ya la había utilizado en su

Preparación para la muerte69, seguramente tomada de las palabras de Job: “Guerra es la

vida del hombre sobre la tierra”70

.

Faltaban aún las constantes referencias a los santos padres que encomiaban la alegría de la muerte y la consideraban como un gran bien71. La muerte era deseable porque libraba al hombre de los trabajos y fatigas de la triste vida y era comparada con un sueño dulcísimo. Según la opinión de San Atanasio el mismo Jesucristo la había llamado inclinando la cabeza sobre la cruz, (vocans mortem), y esta llamada era interpretada como una aspiración que debía acostumbrar a no temerla, antes bien, a desearla. La lectura de los textos religiosos de la época podría llevar al convencimiento de que el hecho de la muerte se resolvía de una manera suave y plácida, como una

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Ibídem, p. 741.

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“Mas sépase qual es la vida del soldado, para que entendamos qual ha de ser la nuestra. Come un duro vizcocho, no se desnuda en un año, tiene por cama el suelo, por almohada la rodela; curtido el cuerpo en el invierno con rigurosos fríos y en el verano inflamado con ardientes calores; jugando pocas veces los dados y muchas las armas; perfumado con pólvora, chamuscado el cabello, roto el vestido y puesto cada hora en peligro, pero sobre todos los trabajos de la militia, es el cuydado y sobresalto [...] y todo esto y más ha de padecer el soldado de Christo en la milicia espiritual, para la qual no vale el soldado regalado, el harto, el descansado y descuidado”, Ibídem, p. 742.

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“Nuestro cuerpo no es nuestra casa sino como una tienda de real; no ha de tener hombre en él su tesoro sino lo que le basta para un día. Siempre a de estar en vela, siempre con las armas en la mano para que no