Dentro de esta misma tradición de Penélope y Scherezada, se encuentran las Canciones del Alba o Chansons d´Aube de la tradición medieval. En todas las literaturas, a través de los años se ha dado ese sentimiento, nacido en la tradición medieval, de que es preciso apresurar las cosas porque al alba, es decir, al amanecer se revelará todo o bien, se acabará el encantamiento o vendrán terribles males.
Sobre todo, esta premura se relaciona con los jóvenes amantes que deben dejar el secreto en el que han envuelto sus amores por la noche y retomar la vida cotidiana que les disgusta y causa desasosiego hasta que vuelvan a encontrarse.
Carlos Cabanillas en El tópico del alba y la invectiva contra Aurora, explica que dichos poemas se encuentran en todas las tradiciones españolas de la época: poesía mozárabe,
gallego-portuguesa, catalana, en castellano, etc. y que estos, por otra parte, tienen temáticas distintas, unas dedicadas a la separación de los amantes al alba y otras sobre la eminencia de la guerra o la partida a un viaje. Además, señala elementos similares en todas ellas. Menciona la constante referencia al abrazo entre los amantes, el canto de las aves por la mañana, el sentimiento de la brevedad de la noche, las lágrimas y las promesas del nuevo encuentro.
Por otra parte, Cabanillas muestras algunos ejemplos de cómo se da este tema en otros periodos posteriores como el renacimiento y el barroco, mencionando a Góngora, por ejemplo. O bien, en la poesía contemporánea dando un ejemplo de 1963 del poeta José Mesa Toré, en que las malas noticias de un telegrama en el poema Primavera en Skane, elemento mucho más contemporáneo pero similar a la carta o la misiva del pasado, es la vuelta a la realidad que separa a los amantes del lecho. De esta forma, Cabanillas señala que:
El hecho de que hayan aparecido realizaciones del tópico del alba, definido como canto de lamento de los amantes por su separación al amanecer, en todos los países y en todas las literaturas del mundo, demuestra de manera inequívoca que se trata de un tema universal de la poesía, que cada literatura y época han desarrollado de una forma particular (Cabanillas 685).
Es decir, que este tema con sus variantes, se puede encontrar en diversas literaturas, sin ser la hispánica la excepción.
Asimismo, Armando López Castro, catedrático de la Universidad de León, nota cómo en estos poemas, sobre todo los insertos dentro de la tradición medieval, piden no invocar el día, no mencionarlo, como si al hacerlo, no llegara jamás. Así, la noche es protección, lugar sagrado que ha de intentar prolongarse.
[…] ya se trate de un alba litúrgica o de un alba profana, lo cierto es que el alba provenzal hay que entenderla como un género constituido dentro del marco del amor cortés, donde la dama es casada y la separación de los amantes viene dada por el recelo del marido; de ahí la aparición del centinela o vigía, amigo del galán, que anuncia el amanecer y, con ello, el fin del amor. (López Castro 48)
De esta forma, la tradición literaria de los poemas del alba tiene que ver con un sentido de urgencia, de resistencia contra lo que viene y sobre todo, contra el dolor de la separación. En los poemas, la noche parece suspender el tiempo porque sólo se vive el tiempo del amor, del encuentro, de la dicha y por ello, los primeros rayos del sol son negados.
La noche como cronotopo literario29 conlleva la característica del insomnio; es tan apremiante la vorágine que está por venirse al nacer el día, que es preciso permanecer despierto para amar, para hablar y para resistir la venida del amanecer. Porque, sin el resguardo de la oscuridad, se revelarán los secretos y entonces, es preciso partir.
Dentro de los poemas hay diversos símbolos que marcan el alba. “El blanco iniciador, el color del alba. Tal vez por eso, la convergencia de símbolos eróticos en este instante naciente, la fuente, el ciervo, el lavado en el río, el viento que arrebata las camisas, el canto de los pájaros, revela una plétora de significados.” (López Castro 51). Algunos de los cuáles actúan como testigo de lo que ocurre, ya sean animales o la naturaleza misma, todo esto ahonda en la soledad de los enamorados y en su sentido de privacidad.
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Bajtín entiende como cronotopo artístico una condensación de elementos temporales y espaciales que se intensifican para crear una metáfora y que son reconocibles en distintas literaturas a través del tiempo. En este caso, la noche es asociada por Mijail Bajtín y otros, como Henri Bergson como el lugar de lo otro, lo que no se sabe; es el espacio de lo onírico y misterioso, del miedo, las pesadillas, los monstruos. Pero también es el lugar de las pasiones, de lo oculto, del amor, del secreto que las sombras nocturnas guardan.
Por otra parte, pero en el mismo sentido de los chansons d´aube está la tradición de mujeres encerradas que escriben, en su mayoría monjas católicas en los conventos. Desde Santa Teresa hasta Sor Juana Inés de la Cruz existen textos de mujeres intelectuales impedidas a ejercer su libertad para aprender en el mundo de afuera que se encierran para hacerlo. Como explica Beatriz Ferrús, “La mujer profesa, que había renunciado a sus funciones de esposa y madre, adquiría a cambio el acceso a un espacio de saber, donde el gesto de contarse y de contar su deseo se presentaría como un acto de afirmación, hoy recuperado por la historia del feminismo” (Ferrús Antón 182). Añade que esta escritura era poderosamente física ya que hay un doble encierro, el del convento y el del cuerpo en el hábito e impuesto en la virginidad. Por otra parte, las vidas de monjas se escriben por mandato impuesto por el confesor, y deben ser para purgar los secretos y redimir a quien escribe. Luego, los textos son tomados o bien, como ejemplo de santidad o como penitencia y castigo. “Las vidas no sólo posibilitan escribirse como mujer y escribir un deseo, del todo silenciado por la sociedad de la época, sino que cuestionan solapadamente la misma categoría mujer y, al hacerlo, dan la posibilidad no sólo de rescribirla, sino de enfrentarse a otras oposiciones” (Ferrús Antón 187). De esta manera, así como las canciones del alba, hay una especie de resistencia en esta escritura carcelaria, se debe escribir para aguantar y expiar. Al igual que Scherezada y Penélope, se escribe para pasar el tiempo hasta que venga algo mejor a resarcir las cosas. Esto es lo que Margo Glantz en Sor Juana Inés de la Cruz: ¿Hagiografía o autobiografía? llama “labor de manos”. Al igual que cocinar, coser o bordar, la escritura es una ocupación de mujeres que no ofrece mayor valor y esto ha constituido en la pérdida de innumerables escritos de monjas. Desde Penélope hasta las monjas novohipanas, la escritura como el bordado, es una labor femenina que se hace mientras se espera.
Por su parte, la académica argentina Victoria Cohen Imach, sugiere en Escribir desde el claustro. Cartas personales de monjas que habría que discernir qué es la intimidad o lo privado para poder señalar cómo se escribe cuando el confesor está de por medio y en todo caso, si la escritura libra al censor de modo alguno. Esto es algo a lo que también alude Margo Glantz en Borrones y borradores donde opina que “[…] las intervenciones de los censores constituirían la fachada del sermón,” (Glantz, Borrones y borradores 150) y en otros textos como cartas, glosas, poesía etc. también. Como se infiere, uno de los recursos tanto de Sor Juana como de todas monjas escribientes es el uso de la metáfora o la alegoría, empleada para decir lo que no se puede decir abiertamente, resultando en un texto con características literarias aún y cuando no lo era de manera expresa.
En este sentido, la experiencia de la escritura es una forma de salvaguardar la existencia, una memoria de la vida, como también un acto de ocupación ante un mundo que se derrumba y que amenaza con invadir, ya sean los hombres que intentan seducir a Penélope, el sultán que desea cumplir su funesta promesa de matar a sus mujeres apenas asome el alba, la urgencia de los amantes a punto de despedirse al romper el día o bien, el dolor y la expiación de mujeres encerradas que no pueden, ni deben manifestarse en público. Mientras se empuña la pluma es posible pasar el tiempo, afrontar el mundo, ocupar la mente y el cuerpo en algo que no lleve a la desesperación.
La literatura contemporánea ha retomado este tema y para ilustrarlo, algunos breves ejemplos. En El caballero inexistente de Italo Calvino (1959), éste retoma el personaje de Bradamente, tomado prestado del escritor Ludovico Ariosto de la literatura italiana entre el Medioevo y el Renacimiento, quien en el Orlando Furioso crea a esta mujer caballero. Pero, Calvino le da una doble personalidad como Sor Teodora, una monja que ha de cumplir en castigo el mandato de escribir sus memorias. Y ella escribe, “Últimamente me
he puesto a escribir a topa tolondro. De una línea a otra saltaba entre naciones y mares y continentes. ¿Qué es esta furia que me ha asaltado, esta impaciencia? Se diría que estoy a la espera de algo” (Calvino 125). Bradamante escribe mientras aguarda la llegada de Rambaldo, así cumple el mandato como castigo a su transgresión de vestir como hombre e ir al combate. Y al hacerlo, narra su historia y se mantiene a flote en la espera, deja el sufrimiento a medida que la pluma avanza, se desembaraza del disfraz de caballero para convertirse en mujer enamorada que ya sin miedo, es capaz de sobrevivir en medio de la penitencia.
En la literatura latinoamericana, la novela de Manuel Puig El beso de la mujer araña publicado por vez primera en 1976, tiene a dos personajes presos en una cárcel, el primero, homosexual, por corrupción de menores y el segundo, el guerrillero, por sus ideas políticas. La novela abre in media res cuando Molina está contando a Valentín, una película para pasar el rato en la celda donde viven. Poco a poco, las películas van resultando en una manera no sólo de mantener la mente ocupada, un pasatiempo contra el aburrimiento, sino en una verdadera arma contra la opresión y el dolor de la tortura, cuando ambos son sometidos a ésta. Contar se vuelve un remanso, un descanso en un ambiente hostil. Asimismo, Molina es la tejedora seductora que envuelve a Valentín con sus historias de celuloide para atraparlo, primero como espía de los carcelarios para lograr salir de la prisión, pero luego, porque se ha enamorado del guerrillero e intenta seducirlo, aunque finalmente quien queda atrapado en la tela que ha tejido es él mismo convertido en la mujer araña, una Aracne contemporánea. Penélope y Scherezada a un tiempo, Molina se convierte en otro símbolo de resistencia tanto política como sexual dentro de un mundo opresor.
Por último, La casa de los espíritus (1982) de Isabel Allende quien revela cerca del final al verdadero narrador que ha estado escribiendo cuando la trama ha concluido, Alba, la nieta de Esteban Trueba y Clara. Ella comienza a escribir mientras está presa de los militares en un campo de concentración y cuando sale para reunirse con su abuelo de nuevo. Explica que en una ensoñación en medio de la tortura, su abuela le reveló o recordó “la idea salvadora de escribir”. Tras hacerlo, no encuentra su odio y siente que se apaga en la medida que va escribiendo y tratando de recuperar el tiempo y la memoria, comprendiendo que lo ocurrido es sólo un débil eslabón en el transcurso de la vida. “Escribo, ella escribió, que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan de prisa, que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro […]” (Allende 383) De esta forma, la narradora también escribe como acto de resistencia frente a la opresión y al hacerlo se libera y se expía del dolor, el sufrimiento y también del deseo de la venganza. Asimismo, es interesante el desdoblamiento que se percibe en ella a partir de la conjugación verbal en la que se mueve de la primera a la tercera persona como si ya no se reconociera en aquella primera que inició escribiendo. Han pasado tantas cosas, tanta vida y dolor, de por medio, que ya es otra a la manera de Ricoeur que se contempla a sí misma escribiendo.
En todos estos textos hay ese sentido de urgencia por escribir, de dar testimonio, de decir lo que se guarda, el secreto que atormenta. Y como se ha visto esta es una tradición milenaria dentro de la literatura y como se verá en lo sucesivo, no exenta en la literatura del siglo XXI.