Como se ha venido señalando, la autobiografía ficticia atribuida a un personaje es el desdoblamiento del ser, el encuentro consigo mismo que se va desmontando como las capas de una cebolla que se van desprendiendo hasta conocer el centro de la persona, esa última versión de sí misma que guarda su secreto más profundo, su origen, vaya, la nuez de su propia existencia y que en ocasiones ni siquiera es conocido por sí mismo. La autobiografía es memoria, pero ésta es selectiva, se acomoda y se inventa, se omite, para finalmente producir un constructo que es sólo una parte de una totalidad que no podrá revelarse jamás. “El límite entre autobiografías y memoria es sutil. Tampoco las memorias son una copia de la realidad ni muestran la realidad tal como fue” (Kohan 26). Por otra parte, y como señala Manuel Alberca, el pacto autobiográfico implica también al lector, ese lector leerá la propuesta de un supuesto autor-autobiógrafo que contará su vida esperando la complicidad del lector. Para este español, el pacto significa tanto identidad como veracidad, aunque ambos acaben en búsqueda. “El carácter híbrido (novelesco-autobiográfico) y ambiguo (afirma y al mismo tiempo, contradice la identidad de autor y narrador- protagonista) hace de la autoficción un terreno propicio para una contradictoria y posmoderna afirmación del sujeto actual” (Alberca 6). Los protagonistas están fragmentados, muestran una realidad parcial de lo que son, una versión personal y por ende, matizada, no obstante esa misma vulnerabilidad le da fuerza al mostrar la fragilidad humana y de la verdad.
Finalmente, la autobiografía no puede ser auténtica en su forma más pura porque es una representación de la persona a partir de un discurso insertado dentro de una ideología y una cultura que lo matizan para revelarse en función de éstas. De hecho, es de suponer que la necesidad de contar responde a un sufrimiento del narrador que debe revelar, que debe mostrar y dicha angustia responde a la inserción de ese sujeto dentro de una sociedad que le
moldea, oprime y dicta. “The I, then, does not disappear into an identity-less textual universe. Rather, the autobiographicality of the I in a variety of discourses is emphasized as a point of resistance in self-representation” (Gilmore 42)17. Es decir que dicha autobiografía puede actuar como testimonio de resistencia: una memoria de una realidad subyacente y revelado por el personaje del “yo” narrativo que cuenta su historia. A este punto, Alberca también ha dicho que también la exploración pública por medio de la catarsis que representa contar los propios demonios es también una forma de liberar la carga. Así pues, si bien la veracidad sigue siendo parcial y ambigua, esta connotación confesional que señala Alberca, tanto como María Zambrano en su texto La confesión como género literario aciertan en sugerir que aunque no total o carente de certeza, lo que se narra proviene de un sentido hondo de quien narra, de un núcleo de la persona que lo compone y en ese sentido, guarda fidelidad.
El término autoficción, acuñado en los últimos años y que señala vagamente un cruce de caminos entre la autobiografía y la novela, en la cual este nuevo vocablo viene a señalar la falta de veracidad en la llamada autobiografía, y la despoja así de esta restricción o bien, escuda así cualquier falacia que represente en el texto al llamarla finalmente “ficción”. Así, Alberca señala que la crisis de la autobiografía es el alimento de la llamada autoficción. Sin embargo, la autoficción no es que supla enteramente, porque en realidad lo que hace es de entrada dar cabida al juego, a la falacia, a lo ambiguo. “[…] es consecuencia tanto del deseo de innovación o de juego, como de la utilización de la propia biografía para crear un relato de ficción, sin correr el riesgo que supone arrostrar el compromiso de veracidad” (Alberca 17).
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“El yo no desaparece dentro de un universo sin identidad. Por el contrario, la autobiograficalidad del yo dentro de una variedad de discursos es enfatizada como un punto de resistencia en la representación propia” (Gilmore 42)
La escritura autobiográfica revela, sí, un aspecto o algunos aspectos del personaje de ficción, lo que él quiere dar a conocer, pero en estos fragmentos, en estos espejos distorsionados se va materializando un testimonio de vida que florece a la luz por medio del sufrimiento y la expiación que se acomete al momento de la escritura, uniendo pasado y presente de este ser escindido que intenta manifestar su verdad. “(…) we could argue that first-person, nonfictional narrative offers voice to historically silenced and marginalized persons who penetrate the labyrinths of history and language to possess, often by stealth, theft, or what they perceive as trespass, the endangering matrix of selfhood: the autobiographical I” (Gilmore 63)18. Pero así como sucede en la autobiografía de no ficción ocurre en la literaria: el personaje escribe desde la marginación, su discurso surge desde dentro y hacia el mundo por un descontento que germina dentro de éste. Es una forma de comprender las fuerzas externas, así como las vivencias propias en relación a éstas, una forma de conciliación entre lo privado y lo público. Spengemann en el análisis que hace de la autobiografía ficticia de David Copperfield, afirma que Dickens al incluir las aparentemente interminables desventuras del personaje, en realidad lo que está haciendo es pavimentando el camino hacia la redención del mismo, éste escribe para mostrar su descontento con el mundo que tan cruel lo ha tratado y al hacerlo, logra comprender en una mayor dimensión lo que le ocurre, esta forma de “revivificar” el pasado a través de la memoria y la escritura, al dar testimonio del sufrimiento es lo que lo reconcilia. Muestra, como ya se explicó antes, que el personaje de Copperfield es en realidad dos personas, el
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“(…) podríamos argumentar que la narración de no ficción en primera persona ofrece voz a las personas históricamente silenciadas y marginadas que penetran los laberintos de la historia y el lenguaje para poseer, a veces por astucia, robo o lo que se percibe como transgresión, la matriz en peligro de la identidad: el yo autobiográfico” (Gilmore 63).
que narra y recuerda y el otro, el distante que ha de pasar por las desventuras de nuevo. Este proceso que al final une a ambos funciona para avenirlo con su vida.