5.5 Self-Directed Professional Development and Teacher Transformation (RQ4)
5.5.1 Self-directed professional development and change in practice
La académica y escritora norteamericana, Susan Sontag define la enfermedad en su libro La enfermedad y sus metáforas como “el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más cara” (Sontag, La enfermedad 13), y añade que al nacer se obtienen dos pasaportes, el del reino de los sanos y el de los enfermos, y que aunque no se quiera, más temprano que tarde se acaba por usar ambos. Por otra parte, desde el inicio, Sontag afirma que la enfermedad no es una metáfora, sino sólo eso: una enfermedad que ataca el organismo de una persona y
que las metáforas existentes, son producto de constructos sociales en torno a la enfermedad y al sufrimiento que conlleva. La metaforización de la enfermedad viene de ideas sobre éstas que no responden a la naturaleza biológica de la misma, sino a dichas construcciones sociales y es por ello que Sontag las clasifica de esta manera. Son precisamente dichas metáforas y su destrucción o reconstrucción uno de los puntos clave a analizar. (sida)
En su ensayo, Sontag ejemplifica dichas metáforas a través de tres enfermedades comunes: tuberculosis, cáncer y sida. También usa algunos ejemplos de otros padecimientos con muchas connotaciones metafóricas tales como la esquizofrenia u otras formas de enfermedad mental, la lepra o padecimientos producto del contacto sexual como sífilis o gonorrea y por último, aquéllas donde la persona tiene impedimentos físicos o mentales relacionados a la psique como la parálisis cerebral o el Síndrome Down, etc. Para la académica este tipo de condiciones contienen un sinnúmero de metáforas relacionadas a algunas formas de castigo ya sea de la persona o para la familia y por otra, son parte del tabú social y del encierro, la marginación y la proscripción del enfermo por formar parte de ese escarmiento o condena.
La enfermedad es producto de un imaginario construido en Occidente desde los griegos para quienes las pestes llegaban a los hombres como producto de un castigo divino. En el Viejo testamento las plagas tenían como objetivo no sólo un efecto punitivo sino también un estado de purificación de la persona, buscaban “limpiar” a la persona o bien, su arrepentimiento. Pero antes de lograr la contrición o salvación se sufre el ostracismo, el aislamiento y el dolor físico de la enfermedad. El ejemplo bíblico más conocido es la lepra. “[…] la peste se ha usado metafóricamente durante mucho tiempo como la peor de las calamidades colectivas, el mal, el flagelo, […]” (Sontag 178). Como explica esta autora, el mismo Hipócrates, considerado el padre de la medicina, tuvo que descartar en sus escritos
la ira de Dios al definir la peste bubónica, aunque ése era el consenso popular. En Edipo rey de Sófocles, la peste invade Tebas y es por esta enfermedad que Edipo reconoce que los dioses están en su contra y busca encontrar el culpable de tanta desgracia. La metáfora de la peste en la literatura se aprecia en diversas obras, incluso en las contemporáneas, un ejemplo muy evidente sería Cien años de soledad de Gabriel García Márquez a la que las pestes llegan a Macondo debido a la maldición de los Buendía quienes han roto el pacto natural entre los hombres al cometer el incesto.
Además de Edipo rey, Sontag señala otras obras literarias más modernas para señalar el uso de la metáfora dentro de la enfermedad. Un ejemplo clásico es La dama de las camelias de Alejandro Dumas hijo, que luego se llevara a la ópera y al cine. En esta obra, el personaje femenino es una cortesana que en el pasado ha tenido una vida licenciosa, pero al enamorarse de Armando se trata de redimir, sin embargo padece tuberculosis que es el castigo a su vida anterior y finalmente, muere en los brazos de su amor. Nuevamente aquí se dibuja la enfermedad como castigo, y por otra parte, este mal moral que se manifiesta en lo físico, está relacionado a la locura y se atañe a personas descuidadas y demasiado apasionadas como señala Sontag, tal cual el personaje de Margarita. Una novela latinoamericana del romanticismo es María de Jorge Isaac en la que el personaje sufre de esquizofrenia, otra enfermedad relacionada a la locura y a la falta de fortaleza de la persona. María traspasa los límites de las buenas conciencias al enamorarse del hijo de una buena familia siendo una muchacha recogida por ésta en la casa paterna. Aunque en principio este amor no es vedado, a él lo mandan lejos de la casa a estudiar y es entonces cuando más se agrava la enfermedad de María que parece estar en el umbral de la locura debido a su naturaleza frágil, asustadiza y apasionada.
Por último, no se pueden descartar los innumerables ejemplos de enfermos mentales que acaban en muerte como las mujeres de Shakespeare, Lady Macbeth y Ofelia, que terminan en suicidio, quienes al no soportar lo que ocurre en torno a ellas y sus parejas sufren un quebrantamiento moral y psicológico dado por su supuesta naturaleza femenina, la Bertha Mason de Jane Eyre o las mujeres de Tolstoy y Flaubert, Ana Karenina y Emma Bovary, respectivamente.
Sandra Gilbert y Susan Gubar exploran el personaje de Bertha Mason en Jane Eyre como símbolo de la mujer loca, apartada de la sociedad y que, llevada por la sin razón, rompe el vestido de Jane Eyre la noche antes de su boda con Rochester, Bertha simboliza en ese acto su permanencia y su lucha, así sea inestable, por tener voz y mostrarse ante el mundo. La enfermedad mental que padece el personaje la victimiza y a la vez, ese mismo padecimiento es lo que justifica maltratarla o aislarla. La trama en Jane Eyre lleva al lector a ese momento, desde la mansión en tinieblas de Thornfield, la risa maliciosa de Grace Poole, la celadora de la “otra” señora Rochester, el misterio del ático vedado para la señorita Eyre, etc. El ambiente gótico de la novela es esencial para dicha revelación fatídica y el consecuente rompimiento de la protagonista, quien huye del lugar.
Lo que Gilbert y Gubar señalan es que Bertha Mason representa a la mujer encerrada en el ático que quiere salir y que se niega a perder su lugar en el mundo. La enfermedad deja de ser el pretexto para el encierro y se convierte en este espectro que de alguna forma representa “la otra Jane Eyre”, el reverso de sí misma y a la vez su espejo. “But on a figurative and a psychological level it seems suspiciously clear that the specter of Bertha is
still another –indeed the most threatening- avatar of Jane. What Bertha now does, for instance, is what Jane wants to do” (Gilbert and Gubar 359)53.
No hay que olvidar que Bertha se aparece también de blanco, ella es la novia olvidada por Rochester, el alter ego de la callada, dulce y pálida Jane, quien a diferencia de ésta se presenta como sexual, voluptuosa, enojada, extravagante y chillona. No en balde Bertha ha intentado quemar la cama del marido antes, precisamente el lecho nupcial. Irónicamente es a través de Bertha Mason que Jane se fortalece, pues al descubrirla abandona la mansión y asume un autodominio que antes no poseía. De esta manera, la loca en el ático, la enferma, la apartada socialmente y negada, aún y al acabar en suicidio como otras mujeres locas vistas anteriormente en la literatura, se aparta de ellas al mostrar esta fortaleza. Es por ello que Gilbert y Gubar han escogido precisamente esta metáfora para su libro: la mujer en el ático que quiere salir y ser vista, tomada en cuenta, similar a la referencia que hace Edward Soja al tercer espacio: confrontarse y ser confrontada, y así incomodar con su visibilidad a quienes han intentado someterla.
Por otra parte, Marcela Lagarde señala que la locura como enfermedad se entiende como lo que no cabe dentro del marco social, por lo que toda actuación fuera del margen de poder que rija a esa sociedad podrá ser considerada como locura para con ella justificar la reclusión o bien remoción social de la persona en cuestión. “[…] a partir del discurso de la enfermedad se crea la normalidad y se clasifica en el mundo de lo que no funciona, de lo descompuesto, de lo enfermo, de lo diferente” (Lagarde 689). Siguiendo con la metáfora de Bertha Mason, para fines prácticos, ésta estorba en sus planes al señor Rochester, quien convencido de su locura, que puede ser o no, la esconde para seguir una vida diferente, al
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“Pero en el nivel figurativo y psicológico es sospechosamente claro que el espectro de Bertha es aún otra – ciertamente más amenazante- alter ego de Jane. Lo que Bertha ahora hace es lo que Jane desea hacer” (Gilbert y Gubar 359).
margen de ella y finalmente, casarse con Jane Eyre. Por supuesto, el secreto tendrá que revelarse porque es parte del núcleo de la novela y de cualquier forma él no puede transgredir la norma social y casarse con otra mujer estando ya casado. Así pues, convenientemente Bertha Mason muere al final de la novela quemada por las llamas que ella misma ha prendido; la bruja loca ha cumplido su condena, las llamas la calcinan y la purifican a un tiempo.
Susan Sontag reitera el sentido combativo de la enfermedad. La medicina en el siglo XX lucha contra ella con nueva ciencia y tecnología. Sontag advierte que la enfermedad es atacada como en una guerra, hay una “invasión” en el cuerpo humano que debe ser “eliminado” o “combatido” con una “defensa” y “estrategia” adecuada. Esta terminología militar o de guerra para referirse a la enfermedad se ha difundido mucho entre médicos y pacientes, el cuerpo humano se ha vuelto un verdadero campo de batalla donde se libran enfermedades que Sontag define como de “espacio” y “tiempo” porque proliferan y van ganando territorio dentro del organismo. Específicamente se refiere a partir del siglo XX al cáncer o el sida, pero también a otras de tipo degenerativas como Parkinson, Alzheimer, esclerosis múltiple, artritis, etc. El paciente es “bombardeado” por medicamentos, radiaciones, cirugías y todo tipo de tratamientos (Sontag 90-92).
En un nivel metafórico, esta guerra sin tregua contra la enfermedad también se puede transpolar al enfermo de alguna manera y se proyecta en algunos textos literarios. Desde la obra maestra de Metamorfosis de Franz Kafka hasta novelas experimentales y más recientes como Salón de Belleza de Mario Bellatín. En estos textos, los enfermos son literal y metafóricamente atacados por tener una enfermedad, en ambos casos, innombrable. Gregorio se ha transformado en un bicho de la noche a la mañana volviéndose así un enfermo, es decir, una persona improductiva que no sirve y con una enfermedad misteriosa
e inexplicable que le ha cambiado el aspecto por completo. “¿Qué pasaría si dijese que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente desagradable y sospechoso, porque Gregorio no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de servicio.” (Kafka pár 9) Tras saberlo enfermo, el padre y el jefe le reclaman afuera de la puerta, y por otra parte, lo confinan a su habitación, nadie debe verlo porque es repugnante, el mismo Gregorio se siente grotesco y ya le han salido manchas blancas en el cuerpo, que cual marcas sociales, lo tachan. Cuando finalmente la familia lo ve, cierran la puerta de golpe machucándolo y así queda proscrito. En apartados subsecuentes el padre lo golpea con manzanas y la empleada doméstica lo acaba por barrer y tirar a la basura. Gregorio es la no persona, el inválido, el degenerado, el otro; es un enfermo incomprendido y confinado.
De manera semejante, en Salón de Belleza los hombres contagiados por una misteriosa enfermedad huyen de la gente y se confinan a sí mismos en el Moridero, que otrora fuera un salón de belleza. Las pústulas los marcan tal cual las manchas invaden a los peces que van muriendo en la pecera que adorna lo que queda del salón.
Como señala Sontag, lo que se teme es la contaminación de la enfermedad, una peste moderna que los azota. Aunado a esto, el sida es considerado una enfermedad secreta porque avergüenza a las familias del enfermo por sus connotaciones de contagio sexual. Si anteriormente se escondía a las personas con sífilis o gonorrea, ahora bien puede que el sida tome ese lugar.
Aunado al tema de la enfermedad se encuentra su derivado: el dolor. El dolor si bien va de la mano de la enfermedad porque aparece en ocasiones junto a ésta, también se puede manifestar por otras razones tales como las heridas por guerras y atentados o bien, accidentes. Por último, está el caso del dolor auto infligido.
El dolor en el sentido cultural occidental tiene una connotación de espiritualidad, una ofrenda a Dios en sacrificio, quien a su vez y dentro del pensamiento cristiano, al morir en la cruz se dio a la humanidad. Pero no sólo existe esto dentro del pensamiento judeo- cristiano, diversas culturas han sostenido al dolor como ofrenda; por ejemplo, en el mundo prehispánico la inmolación humana era considerado una gracia para los dioses y un honor. Por ejemplo para los guerreros nahuas morir y dar el corazón era una forma de ofrenda de la más alta jerarquía. Otras formas de sacrificios populares en diversas religiones son el ayuno o la penitencia, el mantenerse hincado por mucho tiempo u otras formas de maltrato en menor o mayor escala. La idea de soportar el dolor es una sacrificio que se da y que a la vez sirve para obtener gracia.
El cristianismo ha promulgado la enfermedad o las heridas sangrantes como signo de expiación. Es decir, el sufrimiento carnal es una puerta al Paraíso, conlleva espiritualidad y purgación, se limpia el pecado a través del dolor, se blanquea el alma y se llega a una conexión más profunda con el ser supremo. Al respecto se dice que “El camino de la vida de perfección es concreto; podría llamársele, literalmente, un tratado arquitectónico de la mortificación del cuerpo: en el propio cuerpo se reconstruye el cuerpo del otro, el de aquel que es imitado, el Redentor. La construcción entonces presupone destrucción” (Glantz 137) Es decir, que el castigo imita el sufrimiento de Cristo en la cruz y así convertirá el cuerpo del pecador en otro, en uno más perfecto. Las heridas y los estigmas sangrantes redimen el cuerpo. Algunos ejemplos usados por monjas, frailes o sacerdotes serían el voto de ir descalzos, flagelaciones u otras mortificaciones del cuerpo con el afán de purificarlo. Como señala Lagarde, “El paradigma de la monja es el masoquismo: lograr la gracia en el sufrimiento” (Lagarde 486). Y para lograrlo existen diversos métodos tales como el rezo, la penitencia, el ayuno, el encierro, la soledad, el hábito e incluso en algunos casos las
mortificaciones del cuerpo. Todo esto para imitar a Cristo. “La propia experiencia mística será relatada como el desquiciamiento de la relación alma/cuerpo condensado en la escenificación del padecer corporal. Enfermedad y dolor, temor y temblor, son lenguajes para una mística” (Ferrús Antón 93). Así pues, la experiencia de las imágenes eclesiásticas que enaltecen el sacrificio de Cristo por medio de la sangre, los clavos, las espinas, etc. sirven como modelo para monjas y sacerdotes y otros miembros de la Iglesia.
Por otra parte, las monjas de la Colonia en América Latina usaban además de las flagelaciones, la escritura como penitencia para de esta manera expiar el cuerpo. El cuerpo sufriente se purga, cual Purgatorio terrenal, y al escribirse queda constancia y ejemplo para la posteridad. “Los textos reproducen como en espejo su propia literalidad y se duplican los niveles de metaforización. La vida de la monja se repite al imprimirse y su “continuo padecer” se reproduce literalmente:” (Glantz 149). Es decir que se magnifica la penitencia al escribir porque como las ondas de una piedra lanzada al agua, es capaz de expandir sus influencias en otras religiosas que lean el escrito.
En este sentido Victoria Cohen Imach, quien estudia algunas de las cartas de monjas latinoamericanas entre finales del siglo XVIII e inicios del XIX, indica que el dolor o la enfermedad eran consideradas oportunidades para ofrecer sacrificios a Dios. Así, sobre una carta escrita en San José de Córdoba en Uruguay anota lo siguiente, “Creando pequeños pero acabados relatos, Theresa le informa sucesivamente acerca de la muerte de la hermana y más tarde de la tía de ambos, monjas como ellas en San José. La enfermedad padecida como trabajo, la hinchazón o el quebranto de los cuerpos, el deseo de morir, son trazos que componen semblantes edificantes en el interior de sus epístolas” (Cohen Imach 5). El dolor y la enfermedad son signos de padecimiento, pero que al ser superados, mostrarán una mayor fortaleza espiritual y una cercanía mayor a Dios.
Lo que se propone estudiar es que más que purificación o sacrificio, la narrativa del dolor conlleva la experiencia de la resistencia y de la fortaleza interna de la persona, en un sentido de transformación de vida, en una sabiduría adquirida. La Routledge Encyclopedia of Narrative Theory (2005) se explica que el caos de la enfermedad y el dolor que usurpa la vida de la persona por completo asemeja un viaje interior que se ve reflejado en un texto. El cronotopo narrativo que se identifica es el de la batalla, el viaje y el renacimiento o reconstrucción del individuo a partir de la experiencia. Es el héroe, a la manera de un Ulises moderno, que debe sortear diversos periplos para retornar al hogar. En este caso, la enfermedad es su batalla y el territorio del no dolor, su casa.
Además, este mismo texto señala que la escritura y la literatura resultan en una forma efectiva de lidiar con el problema que se presenta, en este caso la enfermedad o el dolor, y de resistir a ello de diversas formas, pero ante todo, es posible dominarlo aunque sea durante el tiempo en que se escribe.
A esto se puede sumar el concepto del cronotopo donde el sentido de urgencia que manifiesta el narrador-personaje al escribir muestra el cronotopo del umbral identificado así por Bajtín para mostrar una situación de crisis y ruptura, donde se ha perdido un mundo ideal sin dolor, un lugar al que no parece haber retorno, aunque el narrador se empeña en ello. El cuerpo enfermo es una forma de vida alterna, subrogada y limitada, marginal y siempre en la espera de recobrar la normalidad.
Asimismo, en esta crisis o umbral del que habla Bajtín, se abre un espacio en el que es posible la escritura, donde es viable convivir con el dolor, y aún más, ahuyentarlo por breves episodios con la pluma empuñada como arma para hacerlo retroceder y mantenerlo a raya. Entonces, la escritura es una forma de resistencia en donde reside la vida, empeñada en no desaparecer, en asestar un magistral golpe al fatídico destino, a la manera de algunas
obras griegos, en las que el héroe o la heroína hará este viaje, este vía crucis personal del dolor para purgar su condena y redimirse, sorteando todo tipo de problemas para retornar en la medida de los posible a ese estado anterior al dolor, aunque no exista dicho regreso y rompa con ello el cronotopo del héroe clásico. Porque en el cronotopo de Bajtín se señala claramente ese tiempo pasado al que se desea retornar, pero en el mundo del dolor se vive