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5.2 Data

5.3.3 Data archiving and preservation

Las tropas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) entraron triunfales a Managua el 20 de julio de 1979, encarnando lo que parecía ser una revolución joven y moderada sobre un régimen tiránico, puro gangsterismo de Estado, como había sido el de la dinastía de la familia Somoza28. La revo-

27 Ídem, pp. 420-429.

28 Véase nuestro subcapítulo “La revolución más linda del mundo” en Alcazar, Joan; Tabanera,

N.; Santacreu, J.M. y Marimon, A., Historia Contemporánea de América, Valencia, Universitat de Valencia-Universitat d’Alacant-Universidad Nacional Autónoma de México-Universidad de Guadalajara, 2003. Igualmente, Alcazar Garrido, J., “América Latina en el siglo XX”, en Amores Carredano, J. B. (coord.), Historia de América, Barcelona, 2006. pp. 801-855.

lución nicaragüense presentaba un carácter marcadamente pluralista, ya que entre sus partidarios se encontraban desde marxistas de tradición comunista a conservadores partidarios de la libre empresa, pasando por socialdemócratas y demócrata-cristianos. Gozaba de la bendición de la Iglesia Católica, y el apoyo mayoritario de los campesinos y los sindicatos, de las mujeres y de la juventud, de los negros de habla inglesa de la costa Atlántica y los indios Misquitos. Por si eso no bastara, entre los miembros relevantes del FSLN, además, aparecían muchos de los hijos de viejas familias de la clase alta nicaragüense.

El FSLN había nacido en 1961 como grupo insurgente armado de orientación guevarista, que pretendía crear un foco guerrillero que permitiera llegar a de- rribar el odiado régimen somocista. A principio de los años setena, los jóvenes sandinistas concluyeron que, —aunque eso les apartara del modelo cubano—, las armas no eran sufi cientes para derribar al dictador. Iniciaron entonces un proceso de penetración en la sociedad civil, conquistando la adhesión de los sec- tores populares enfrentados con el somocismo y creando o propiciando la apari- ción de organizaciones civiles contrarias al régimen. Los parámetros ideológicos del Frente no podían ser más eclécticos: asumían la herencia nacionalista y antiimperialista de César Augusto Sandino, y realizaban su propia lectura de la revolución cubana y de otros procesos de liberación nacional, desde un mar- xismo no dogmático. El proyecto político se enriqueció con la llegada, desde los primeros años setenta, de militantes procedentes del cristianismo enraizado en la Teología de la Liberación29. El notable y notorio activismo militante de sa-

cerdotes y laicos cristianos no hará sino legitimar y amplifi car las propuestas políticas insurgentes de los sandinistas. Éstas respondían a lo que llamaban la

lógica de las mayorías, —la antítesis de la lógica del capital—, protagonizada

por un nuevo sujeto histórico. Partían de la necesidad de dar satisfacción a las demandas de “pan, techo, trabajo y dignidad”, de la mayoría de la población. Esta mayoría era el nuevo sujeto histórico, formado por los obreros, los campe- sinos, los jóvenes y las mujeres, los cuales constituirían los pilares de la nueva Nicaragua que los sandinistas pretendían construir30.

La gestión de gobierno conjunto entre los dirigentes sandinistas y los repre- sentantes conservadores de la oposición antisomocista duró poco. Tras la rup- tura, los sandinistas asumieron el poder en solitario y trabajaron políticamente en tres direcciones: la implantación de una economía mixta, una doctrina de no alineamiento internacional, y la existencia de pluralismo político interno de- cididamente democrático y participativo. La economía mixta no pretendía ser

29 Smith, Ch., La Teología de la Liberación. Radicalismo religioso y compromiso social, Barce-

lona, Paidós, 1994.

30 Véase Gorostiaga, X., “Economía mixta y revolución sandinista (7 años de experiencia), Mien- tras Tanto, 32, Managua, 1986; Marti i Puig, S., La revolución enredada, 1977-1996, Madrid,

La Catarata, 1997 y Cancino Troncoso, H., Las raíces ideológicas e históricas del movimiento

una forma intermedia entre socialismo y capitalismo, ni una simple convivencia entre el sector público y el sector privado. El concepto pretendía trascender los parámetros puramente económicos, mediante una profunda transformación so- cial y económica, en paralelo con la forja de las bases estructurales y los proce- sos sociales de un sistema democrático. Las transformaciones socioeconómicas y políticas, pensaban los hombres y mujeres del FSLN, posibilitarían la supera- ción del subdesarrollo y la pobreza mediante la combinación de la planifi cación económica y la dinámica propia del mercado

Sólo tres años pudieron los sandinistas aplicar esta política económica. En ellos se desarrolló la demanda, se redujeron los costos del transporte, se incre- mentaron y mejoraron los servicios sanitarios y educativos, este último de la mano de una amplísima campaña de alfabetización, y se modifi có sustancial- mente la estructura de la propiedad, tanto la urbana como la rural. Se puso en marcha una Reforma Agraria que comenzó por distribuir las grandes propieda- des de los Somoza y de sus partidarios.

No obstante, la gestión económica de los sandinistas pronto empezó a eviden- ciar serias defi ciencias. La evaluación de esos défi cit no es fácil porque la revo- lución se convirtió en una guerra. A fi nales de 1982, coordinadas por la Central de Inteligencia Americana (CIA), las diversas organizaciones de oposición al Gobierno sandinista de Managua forman el Frente Democrático Nicaragüense (FDN), que organizará una tropa nutrida por elementos de la antigua Guardia Nacional y por voluntarios entrenados y pagados por los norteamericanos. Será la Contra. Washington ha puesto en marcha lo que denominan una Guerra de Baja Intensidad (GBI), una nueva forma de confl icto que no es la contrainsur- gencia típicamente estadounidense, sino que es una insurgencia creada por ellos para desestabilizar a un gobierno legítimo al que consideran enemigo. Que la guerra se denomine “de baja intensidad” obedece al tipo de armamento que se utiliza, y no al volumen de víctimas, que fue muy alto31.

La economía será la primera víctima de la guerra. Tras ella vendrá otra: la política. La que Julio Cortázar había llamado la revolución más linda del mundo, desembocará no sólo en enormes pérdidas humanas y materiales, sino que provocará una descapitalización de Nicaragua en virtud del volumen de recursos destinados al esfuerzo bélico. Desde 1985, la Administración Reagan endureció todavía más su hostigamiento e impuso un insalvable bloqueo a la economía del país. A fi nales de la década de los ochenta, diez años después de la entrada en Managua de las tropas vencedoras de los insurgentes sandinistas, Nicaragua padecía un crecimiento negativo del PIB (el -10 por ciento), y sopor-

31 Klare, M.T. y Kornbluh, P., “El nuevo intervencionismo: la Guerra de Baja Intensidad durante

la década de los ochenta”, en Klare, M.T. y Kornbluh, P. (Coord.), Contrainsurgencia, proinsur-

gencia y antiterrorismo en los 80. El arte de la Guerra de baja intensidad, México, D.F., Gri-

taba una infl ación incontrolable que provocaba dos veces por semana la subida de los precios de las mercancías existentes.

La Contra fue el ariete contrarrevolucionario utilizado por la Administración Reagan. Además de los efectos ya reseñados, también propició una polarización extrema de la sociedad nicaragüense, dándole formas de enfrentamiento religio- so a lo que no era más que una respuesta a lo que Washington entendía como una maniobra del expansionismo cubano-soviético. A los desastres políticos, económicos y humanos de la guerra se añadió la corrupción a varios niveles del aparato político sandinista, lo que se conoció como la piñata. La corrupción interna y los efectos devastadores del enfrentamiento armado con la Contra eran incompatibles con la democratización programada. Todo hubo de ponerse al servicio de las necesidades bélicas, lo que como es lógico generó una reduc- ción de la participación política popular. Paradójicamente, esto no fue obstácu- lo para que, más allá de la inestabilidad política asociada al confl icto armado interno, el FSLN obtuvo en 1984 una importante victoria electoral.

En 1990, seis años más tarde, el deterioro progresivo de todos los indica- dores, junto con la convicción generalizada entre los nicaragüenses de que la guerra no fi nalizaría mientras los sandinistas se mantuvieron en el poder, pro- dujo la victoria de la oposición. Con un marco legal homologable, con la presen- cia de observadores internacionales y con todo el antisandinismo agrupado en la Unión Nacional Opositora (desde la extrema derecha hasta los comunistas locales), el FSLN perdería las elecciones. Los líderes revolucionarios, no sin dudas, entregaron democrática y pacífi camente el poder que habían consegui- do por las armas once años atrás.

Las urnas establecieron el fi n de un proceso revolucionario que había des- pertado tantas expectativas como simpatías dentro y fuera de la América La- tina. Violeta Chamorro, la viuda del mártir antisomocista, asumió la Presiden- cia de la República, con la promesa del gobierno de Washington de participar de manera efectiva en la reconstrucción económica del país. Ese compromiso de los Estados Unidos, sin embargo, no se convirtió en nada tangible. Una vez desalojados del poder los sandinistas, los norteamericanos perdieron el interés por Nicaragua. En 1994, el salario nicaragüense real tenía, en poder adquisitivo, el 15 por ciento de su valor en 1980. El nuevo sujeto histórico, a quién los sandinistas habían consagrado la revolución, había sufrido durante las estrecheces y los grandes padecimientos de la década de los ochenta. Tras la derrota de los revolucionarios, vencidos en las urnas por la guerra y por las grandes promesas, la llamada lógica de las mayorías quedaba en el olvido más absoluto.