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Respecto a lo que los especialistas han llamado la “segunda oleada revolucio- naria”, cabe hablar específi camente de dos de los procesos ocurridos en la déca- da de los ochenta y los noventa en América Latina. Se trata de los dos últimos

intentos más contundentes de guerrilla en América; nos referimos a Sendero Luminoso en Perú y al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el Estado mexicano de Chiapas. Una tercera propuesta, que sin embargo se sale del marco temporal de las anteriores, es la constituida por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Más adelante, cuando abordemos la cre- ciente presencia de los indígenas en el escenario latinoamericano, hablaremos del EZLN, pero ahora debemos centrarnos en una singular opción por la lucha armada surgida en el Perú ya en la década de los ochenta del siglo pasado, y en la decana de las organizaciones guerrilleras latinoamericanas que son las FARC..

Hasta fi nales de la década de los cincuenta, el Partido Comunista del Perú (PCP) era una organización minoritaria en el escenario político peruano, donde el partido APRA de Raúl Haya de la Torre pasaba por ser la principal organi- zación antiimperialista y antilatifundista del país. Con todo, el PCP, de clara obediencia soviética, tenía una cierta presencia en el ámbito universitario, entre los intelectuales y entre sectores de la juventud.

Los efectos del XX Congreso del PCUS provocarán el desmenuzamiento de la escasa pero combativa militancia comunista peruana. Más de veinte organiza- ciones surgirán entre 1961 y 1975; y cada una de ellas incorporará en mayor o menor dosis las tesis de las grandes fi guras del marxismo y el comunismo inter- nacional: de Marx, Engels, Lenin y Mariátegui a Trotsky, Stalin, Mao, Krushev y Che Guevara.

Cuatro, sin embargo, son los troncos básicos del fraccionamiento comunista: el Partido Comunista Peruano (PCP), la Vanguardia Revolucionaria (VR), el

Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Frente de Izquierda Revo- lucionaria. La compartimentación peruana es la evidencia de la ruptura que se

ha producido en el movimiento comunista mundial entre la URSS y la China Popular, que encabezan, respectivamente, la tendencia legalista y la tendencia insurreccionalista. Una ruptura que en el Perú pasa por la división entre los que propugnan una transición pacífi ca al socialismo y los que son partidarios de la tesis maoísta de la “guerra popular prolongada”.

Entre los partidarios de ésta segunda corriente se encuentra un joven pro- fesor universitario que se ha trasladado a la Universidad de Ayacucho en 1962: Abimael Guzmán Reynoso. En Ayacucho forma parte del PCP-Bandera Roja (PCP-BR), como responsable de la juventud en el Comité Regional. La lucha interna promovida por un sector partidario más del ocultismo que de la simple clandestinidad, una especie de versión criolla de la supervivencia de Liu Shao Chi, verterá a la escisión. Surgirá así un nuevo PCP liderado por Guzmán el cual tomará el nombre de Partido Comunista del Perú por el Sendero Luminoso

de José Carlos Mariátegui, en homenaje al escritor y político marxista49.

Carlos Iván Degregori ha escrito que el surgimiento de Sendero Luminoso es el resultado del encuentro de una élite provinciana con una base social ju- venil también provinciana que sufría un doloroso proceso de desarraigo y que necesitaba desesperadamente una explicación ordenada y absoluta del mundo como tabla de salvación. Según este analista, los dirigentes senderistas de pro- cedencia universitaria están marcados por las infl uencias del sistema tradicio- nal peruano, estamental, autoritario y antidemocrático y se aferran al marxis- mo-leninismo buscando el orden tanto para obtener una explicación del mundo como una base para diseñar una nueva sociedad. Todo debe tener un espacio jerárquicamente determinado y el partido debe situarse en la cima. Lo que no tenga su lugar, debe ser eliminado50.

Durante la década de los setenta, pese a los radicalismos, la mayor parte de la izquierda de orientación comunista en el Perú es contraria a la lucha Arma- da. Sendero no es una excepción y teoriza su posición alegando que aún no hay condiciones para la revolución, aunque éstas están madurando. Entre 1970 y 1975 los militantes senderistas se dedican fundamentalmente al estudio y a la difusión del pensamiento de Mariátegui, así como al análisis de los problemas peruanos y mundiales, pero cuando 1977 el gobierno militar convoca las eleccio- nes constituyentes que en 1980 llevarían al poder a Fernando Belaúnde Terry,

Sendero Luminoso se reafi rma la tesis maoísta y decide no intervenir al consi-

derarlas una trampa del reformismo que le apartaría de su línea en favor de la

guerra popular prolongada.

Coincidiendo con el relevo de Mao en la China, Sendero entra en una etapa que los analistas han califi cado de “iluminismo”, considerando que constituyen una especie de partido elegido, que no cuentan con ningún aliado en el mundo.

Sendero empieza una época de fuerte activismo, enviando militantes a transmi-

tir la buena nueva especialmente a otras universidades y, singularmente, a la juventud peruana. Como explicó el antropólogo Carlos Decker-Molina, la dife- rencia entre el discurso de Sendero Luminoso y el de los políticos limeños —in- cluyendo los de la izquierda republicana—, es que mientras que estos hablan de cambiar las estructuras, de la validez de la democracia y de la trascendencia del parlamentarismo, los senderistas ofrecen soluciones prácticas a la inmensa masa campesina como el reparto de víveres o el ajusticiamiento de los elementos antisociales, sean los ladrones de ganado o los usureros. Los grandes conceptos transmitidos por los políticos de la capital, simplemente no son comprensibles para un campesinado que vive aislado en la sierra51.

50 Degregori, C.I.: “Sendero Luminoso: los hondos y mortales desencuentros. Lucha armada y

utopía autoritaria”, en Ceresole, N. (comp.), Perú, Sendero Luminoso, ejército y democracia, Madrid, Prensa y Ediciones Iberoamericanas, 1987.

51 Ceresole, N., “Perú: renderización, militarización y socialdemocracia”, en Ceresole, N. (comp.), Perú, Sendero Luminoso, ejército y democracia, Madrid, Prensa y Ediciones Iberoamericanas,

Se hace patente así la dramática escisión en que vive la sociedad peruana. No es sólo la evidencia de las diferencias existentes entre las dos grandes zonas en los que se divide al Perú, la costa y la sierra; es más que eso. Es, como expli- ca Norberto Ceresole, que la sociedad está escindida en dos grupos claramente diferenciados: un sector fi nanciero y terciario, minúsculo, en la parte de arriba de la pirámide social, y el resto de la población. Más allá de aquel grupo, en la parte inferior, tan sólo un pequeño colectivo de población goza de trabajo como obreros industriales y se encuentran fuertemente organizados sindicalmente y protegidos por la Seguridad Social. Al lado de esta élite, de esta aristocracia obrera, hay una enorme masa marginal, agraria. Este será el contexto que per- mitirá el desarrollo político de Sendero Luminoso. Será, efectivamente, la pola- rización creciente de la sociedad peruana la que alimentará la eclosión de los dos fenómenos antagónicos que constituyen uno de sus elementos distintivos: la confrontación entre militarización y senderización.

Sendero Luminoso empezará a practicar la lucha armada desde el mes de

mayo de 1980. La llegada al poder de la República del primer presidente civil y elegido democráticamente desde hacía años, Belaúnde, es el momento en la que la organización considera que ya se dan las condiciones objetivas y subjetivas para poner en marcha la revolución. Sendero aparece entre los campesinos de la sierra como una especie de nuevo terrateniente bueno, una especie de Inkari, que llega desde arriba a imponer un nuevo orden o quizá, otro antiguo, más jus- to, sin que la justicia tenga nada que ver con la democracia.

La lucha fi nal debe empezar, lógicamente, en el campo, en el mundo rural. Allí, los representantes del Estado y del sistema capitalista son los enemigos a eliminar físicamente. Las autoridades delegadas del gobierno, las autoridades campesinas, los pequeños comerciantes y los funcionarios —los pequeños reac-

cionarios, dirán—, serán, simbólicamente, las primeras víctimas. Hay más, no

obstante. Los campesinos de aquellas poblaciones a las que progresivamente vaya llegando el Inkari, deberán hacer patente de forma explícita su simpatía y su adhesión. En caso contrario, sólo habrá dos alternativas: cooperar en silencio o morir; dejar que sus hijos entran a formar parte del Ejército Guerrillero Popu- lar o morir. La neutralidad no es contemplada por Sendero. Como la reeducación es una tarea excesiva por un movimiento armado, éste no tiene otra solución que eliminar físicamente a los que no participen activamente de su proyecto.

En el medio urbano, en las ciudades, la actuación se dirigirá contra personas y contra instituciones. Siempre buscando una fuerte carga simbólica: bancos, to- rres eléctricas, empresas, locales de partidos y, muy especialmente, los militares y la policía. El objetivo es crear una especie de paranoia en todos aquellos que forman parte de las entidades o colectivos atacados.

Sendero prestará atención especial al reclutamiento de nuevos militantes.

En la época inicial, junto a los militantes universitarios el grueso de los encua- drados en la organización serán campesinos, sin hacer distinciones por su edad. Más tarde, como veremos, los jóvenes serán el principal objetivo del proselitismo

senderista. En las zonas urbanas, los destinatarios del activismo, de la atención de quienes se dedican a captar nuevos militantes, serán los jóvenes de las pobla- ciones marginales próximas a la capital (los poblados jóvenes peruanos), prefe- rentemente los inmigrantes y los hijos de los inmigrantes serranos. Sin embar- go, no se limitarán a la captación de los jóvenes de extracción popular, sino que harán proselitismo entre los hijos de las clases acomodadas fundamentalmente limeñas. Estos jóvenes, hijos de personas que ocupan lugares estratégicos en la empresa o en los ámbitos de gobierno, del Ejército o la Policía, son conocedores de información sensible que pueden facilitar las acciones revolucionarias.

La preferencia por la juventud tiene dos motivaciones suplementarias. Cuan- to más jóvenes sean los nuevos militantes, más fácil es el adoctrinamiento. Ade- más, especialmente aquellos que provienen de los sectores sociales más golpea- dos por la violencia y la miseria social, presentan una mayor insensibilidad para el dolor de los otros. Ignoran una piedad que nadie ha tenido nunca con ellos. Por otra parte, reclutar militantes jóvenes presenta una segunda ventaja: como la edad mínima para ingresar en los cuerpos policiales y los de inteligencia militar es la de 18 años, incorporar militantes de edad inferior impide la infi ltración de la organización. Cuando se agudice la contrainsurgencia, esta concepción será de gran utilidad52.

La organización es, además, hermética e impermeable. Las directrices po- líticas son elaboradas de forma hiper restringida con el Camarada Gonzalo (nombre de guerra de Abimael Guzmán) como supremo dirigente que ejerce la

Jefatura Única. La elaboración política y las órdenes militares son transmitidas

a la militancia de forma piramidal, por células perfectamente jerarquizadas y, generalmente, por vía oral. No hay documentos, no hay papeles, susceptibles de caer a manos de las fuerzas de la represión.

La Jefatura Única no es partidaria ni de las declaraciones ni de los comunica- dos. Menos aún del diálogo, de la negociación con el Poder, sea este civil, militar o eclesiástico. Diálogo es, para el Camarada Gonzalo, sinónimo de capitulación. Dialogar, negociar, sería, para Sendero, echar a perder el destino del pueblo por el que están luchando.

Los militantes, por su parte, son conscientes de ser los portavoces, la semilla de uno nuevo mundo. Desde esta convicción se consideran distintos y mejores que el resto de los mortales. No les importa que los califi quen de fanáticos o, incluso, de dementes. No tienen ningún problema en aceptar cualquier orden que venga de arriba, aunque sean incomprensibles para ellos. Saben, están con- vencidos, que cualquier esfuerzo que realicen tiene su razón en la complicada estrategia elaborada por el Camarada Gonzalo. De hecho, la promesa que el militante hace al adquirir la condición de tal, es bien elocuente:

52 Granados, M.J., “El PCP Sendero Luminoso: aproximación a su ideología”, Socialismo y Par- ticipación, 37, pp. 15-35.

“Prometo ante el Camarada Gonzalo, Jefe del Partido Comunista del Perú y de la Revolución Mun- dial. Prometo ante el Comité Central del Partido Comunista del Perú. Prometo ante el marxismo-leninismo- maoísmo, Pensamiento Guía del Camarada Gonzalo, asumir mi responsabilidad como militante del Partido Comunista del Perú y no traicionar nunca ni al Partido ni al Pueblo. Prometo luchar con valentía, decisión y coraje contra el imperialismo y el feudalismo, hasta alcanzar la liberación de los pueblos oprimidos del mun- do. Prometo luchar y entregar mi vida por la revolución mundial”53.

Al hacer la promesa, el aspirante ha ingresado en el Partido Comunista del

Perú por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui y el Pensamiento Guía del Camarada Gonzalo.

Un partido decidido a implantar un nuevo orden social del que serían sobre- ros todos aquellos que no participaran de la idea. Había que, “batir el campo”, es decir, limpiarlo de cualquier elemento que no fuera senderista. Y batir tenía un signifi cado: “al batir, la clave es arrasar; y arrasar es no dejar nada”54.

Los problemas para Sendero empezaron cuando su paroxismo los llevó a de- cretar la autarquía de las villas de la Sierra, a prohibir el comercio entre ellas, a prohibir las ferias de ganado, incluso a restringir el volumen de tierras cultiva- bles. A raíz de aquí se detectaron los primeros síntomas de rebeldía campesina. El otro gran problema, sin embargo, vino de la mano de la actuación de las fuerzas militares y policiales. El Perú disponía de más de tres mil militares en- trenados por los norteamericanos en las tácticas contrainsurgentes, un volumen superior al de cualquier otro país sudamericano, y en 1982 el Presidente Be- laúnde declaró Ayacucho Zona de Emergencia, lo cual dejaba el territorio en las manos de la infantería de la Marina de Guerra y de los batallones antisubver- sivos del Ejército. Los militares también organizarán a los civiles serranos en partidas armadas de piedras y palos y rudimentariamente entrenadas para en- frentarse a Sendero. Paralelamente, los militares pondrán en marcha la versión andina de las villas estratégicas que los norteamericanos habían desarrollado en Vietnam; es decir la concentración de pequeños poblados o de población dis- persa de la Sierra en núcleos de población que conforman una mezcla de cuartel militar y campo de concentración. Esta práctica pronto será abandonada, no solo por su inhumanidad, sino porque no serán económicamente viables.

Esquemáticamente, podemos decir que hay dos tipos de actuaciones de los militares frente a la subversión de Sendero. A aquellos núcleos de población en los que había evidencias de oposición a Sendero, la táctica fue captar la colabo- ración de la población. Contrariamente, en aquellos pueblos de las que se tenía noticia de la connivencia con los guerrilleros, las fuerzas armadas, especialmen- te la Marina, actuaron con toda la dureza imaginable. Los desaparecidos, los asesinatos, los torturados, las violaciones y los secuestros fueron profusamente empleados por los militares en la lucha contrainsurgente. Una auténtica guerra

53 Gorriti, G., Op. Cit. 54 Ídem.

sucia desarrollada y reconocida, como lo confi rma las declaraciones del general

Cisneros, uno de los máximos responsables a la zona: “Si por matar dos o a tres senderistas debemos matar ochenta inocentes, no importa”55.

Los contrainsurgentes querían arrasar la guerrilla, y ésta quería diezmar y humillar el Ejército. Una diabólica espiral de violencia de acciones y reacciones cada vez más ciegas por ambas partes. Militares y Senderistas convirtieron la zona en un río de sangre. Para los guerrilleros había que cruzarlo; a la otra orilla, decían, estaba la tierra prometida. Se trataba de una especie de empate catastrófi co.

Un empate, sin embargo, que no impedía a Sendero Luminoso prosperar en cuanto a su presencia, desmintiendo aquellos analistas que habían considera- do como imposible que la organización se mantuviera y desarrollara de forma convincente fuera de la Sierra. Pues bien, pese a la represión, a fi nales de los ochenta e inicios de los noventa, Sendero se había extendido casi de norte a sur del país. Había alcanzado, además, una impensable presencia en Lima, la capi- tal que reunía más de la tercera parte de la población del país, y se había im- plantado fi rmemente en la región del Alto Huallaga, al norte del Perú, la región productora de coca más importante del mundo.

El control de esta zona le permitió a Sendero Luminoso alcanzar, en palabras de Jorge Castañeda, una independencia económica que ninguna otra organiza- ción guerrillera latinoamericana había conseguido. En principio, la actitud de la organización ante del cultivo de la coca consistió en cobrar por la protección a los trafi cantes y a los productores de la hoja, cobrándoles impuestos y derechos de aduana. No hay consenso entre los analistas respeto de la posterior implicación de Sendero directamente en el narcotráfi co.

La justifi cación ideológica de Sendero a su vinculación con la coca es muy simple:

“El cultivo de la coca responde a las necesidades económicas de la inmensa mayoría de los campesinos del Alto Huallaga, que encuentran en este cultivo su medio de subsistencia. Nosotros no estamos en con- tra del cultivo de la coca porque signifi caría estar en contra del campesinado. ¿Quien transforma la coca? ¿Quien consume la coca? Si podemos evitar el consumo de la coca en nuestro país, para nosotros el proble- ma está resuelto. Los imperialistas enloquecen, pero nosotros no tenemos ninguna razón para ayudarlos en su lucha porque ellos son nuestros enemigos”56

Por lo que respecta a la implantación en la capital del país, debemos decir que aquí radica otra de las novedades aportadas por Sendero Luminoso. Fue la primera organización militar hemisférica que consiguió construir una base de masas cuantitativamente relevante entre los pobres y los marginados urbanos. La explicación de este hecho se encuentra, con toda seguridad, en los movi-

55 Granados, M.J. Op. Cit.

56 Castañeda, F.G., La utopía desarmada. Intrigas, dilemas y promesa de la izquierda en América Latina, México, Joaquín Moritz, 1993.

mientos migratorios internos del Perú reciente. En 1989 el 65 por ciento de la población vivía en las ciudades. En Lima, que es el ejemplo más evidente, en 1965 había seis poblados jóvenes alrededor de la ciudad; en 1989 eran más de ochocientos y en ellos vivían la mitad de los limeños. Esta masiva y rapidísima inmigración arrastró sobre todo a los cholos de la altiplanicie que reproducen en la gran ciudad sus costumbres y sus formas de socialización. Estos miles de jóvenes no tenían nada que esperar ni de las instituciones ni de los partidos políticos tradicionales —Izquierda Unida incluida—; eran, simplemente, unos

cholos excluidos en “Lima la blanca”. Para ellos, Sendero Luminoso era un refu-

gio natural. En defi nitiva, se puede decir que, como escribió Rodrigo Montoya,

Sendero Luminoso siguió con retraso el traslado geográfi co de su base de masas

original y andina.

A pesar de todo, Sendero parece hoy completamente desarticulado e inope- rante. Ciertamente una situación imprevisible a los inicios de la última década del siglo pasado. Perú vivió el caos después las elecciones de 1990, en las cuales un semidesconocido ingeniero de origen japonés consiguió la victoria al frente