• No results found

Applied Social Sciences Index and Abstract via Proquest

Appendix 3 The data extraction variables used for the study results

6.3.1 SAN AGUSTIN

Aurelio Agustín nació en el 354 en Tagaste, población de la Numidia, en África. Su padre era un pequeño propietario rural vinculado al paganismo. Su madre Mónica era cristiana.

Su formación cultural se realizó exclusivamente en lengua latina y basándose en autores latinos. Fue profesor de retórica en Tagaste y luego en Cartago. Se trasladó a Roma en 384 y luego a Milán donde fue profesor oficial de retórica de la ciudad. Entre el 384 y el 386 se produce su

conversión al cristianismo. Renunciando al cargo de profesor se retiró a Casiciaco, a una casa de campo, donde vivió junto a un grupo de amigos, su madre, su hermana y su hijo Acleodato.

En el 387 fue bautizado por el obispo de Milán, Ambrosio y dejó Milán para regresar a África, pero en el puerto romano de Ostia muere su madre y cambian los planes. En Hipona fue nombrado presbítero y más tarde, a la muerte de Valecio, obispo.

Desde Hipona, ciudad africana, con su pensamiento y su tenaz labor, provocó un giro decisivo en la historia de la Iglesia y del pensamiento occidental. Muere en el 430.

Las etapas de su vida y los sucesos relacionados con ellas resultan decisivos para la formulación y evolución de su pensamiento filosófico y teológico:

2.- Su encuentro con la obra de Cicerón, que convirtió a Agustín a la filosofía, mientras estudiaba en Cartago.

3.- A los 19 años abraza el maniqueísmo, que le ofrecía una doctrina de salvación en el plano racional y un lugar para Cristo.

4.- En el 383/384 se separa interiormente del maniqueísmo y estuvo cerca de abrazar la filosofía de la Academia escéptica.

5.- En Milán aprende del obispo Ambrosio un modo correcto de enfrentarse con la Biblia.

Además la lectura de autores neoplatónicos le reveló la realidad de lo inmaterial y la no realidad del mal. Con la lectura de San Pablo aprendió el sentido de la fe, de la gracia y del Cristo

redentor.

6.- La última fase de la vida de Agustín estuvo caracterizada por los encuentros polémicos y las batallas contra los herejes.

6.3.2 OBRA:

La producción literaria de Agustín es inmensa:

La Trinidad es su obra maestra dogmático- filosófico teológica. La ciudad de Dios es su obra maestra de apologética.

Las Confesiones y las Retracciones constipen géneros literarios nuevos, que son autenticas obras maestras, incluso desde el punto de vista literario.

6.3.3 LAS CONFESIONES:

Plotino modificó la manera de pensar de Agustín., ofreciéndole nuevas categorías que rompieron los esquemas de su materialismo y su concepción maniquea de la realidad sustancial del mal.

Sin embargo su conversión, acoger la fe de Cristo y de su Iglesia cambiaron radicalmente el modo de pensar y de vivir.

La fe se transformó en sustancia de vida y de pensamiento, con lo que se convierte, no solo en horizonte de vida, sino también del pensamiento.

Nacía así el filosofar en la fe, nacía la filosofía cristiana, anticipada por los Padres griegos, pero solo en Agustín llega a su perfecta maduración.

La conversión, junto con la conquista de la fe, sin el eje central entorno al cual gira el pensamiento agustiniano y la vía de acceso para el entendimiento pleno.

Como dice Kasper “ el supuesto básico del pensamiento agustiniano es la conversión”. En él la fe no sustituye a la inteligencia y tampoco la elimina, al contrario, la fe estimula y promueve la inteligencia. Fe y razón son complementarias.

Esta concepción la toma Agustín del profeta Isaías ( 7, 9) “ si no tenéis fe, no podéis entender”, y el la reformula así: “ la inteligencia es recompensa de la fe”, “ la fe busca, la inteligencia encuentra”.

Para Agustín “ nadie puede atravesar el mar del siglo sino es conducido por la cruz de Cristo”. Este es el filosofar en la fe, la filosofía cristiana.

La psicología agustiniana:

Para Agustín el gran problema no es el cosmos, sino el hombre. En las Confesiones lo recoge así:

“ Y pensar que los hombres admiran las cumbres de las montañas, las vastas aguas de los mares, las anchas corrientes de los ríos, la extensión de los océanos, los giros de los astros; pero se abandonan a sí mismos…”

El verdadero misterio no reside en el mundo, sino que lo somos nosotros, para nosotros mismos. Agustín no plantea al problema del hombre en abstracto, sino que plantea el problema más concreto del “yo”, del hombre como individuo irrepetible, como persona.

Se transforma en protagonista de su filosofía: Observador y observado.

Agustín habla continuamente de sí mismo. Saca a la luz hasta lo lugares más recónditos de su ánimo y las tensiones más íntimas de su voluntad. Es precisamente en las tensiones y en los

desgarramientos más íntimos de su voluntad, enfrentada con la voluntad de Dios, donde Agustín descubre el “ yo”, la personalidad, en un sentido inédito hasta entonces.

Nos encontramos muy lejos del intelectualismo griego, que sólo había dejado un sitio muy reducido a la voluntad.

Agustín apela todavía a formulas griegas para definir al hombre. No obstante, la noción de alma y de cuerpo asumen un nuevo significado para él, debido a la concepto de la creación, al dogma de la resurrección y sobre todo al dogma de la encarnación de Cristo. La novedad reside en el hecho de que para Agustín el hombre interior es imagen de Dios y de la Trinidad.

Las claves del alma, para Agustín, son las claves de Dios. El conocimiento de uno mismo es una clave necesaria para Agustín, en tanto que somos imágenes de Dios. Nuestro pensamiento es recuerdo de Dios, el conocimiento que se encuentra con El es inteligencia de Dios y el amor, que procede de Dios, es amor de Dios.

La voluntad, la libertad, la gracia:

En Agustín la voluntad se impone a la reflexión filosófica, invirtiendo la antropología griega y superando de manera definitiva el antiguo intelectualismo moral con sus supuestos.

Es el primer autor que nos presenta los conflictos de la voluntad haciendo uso de una terminología precisa.

La libertad es algo propio de la voluntad y no de la razón, en el sentido en que la entendían los griegos. Y de este modo se resuelve la paradoja socrática, según la cual resulta imposible conocer el bien y hacer el mal. La razón puede conocer el bien y la voluntad puede rechazarlo, porque es una facultad distinta de la razón y posee autonomía respecto a ella.

Gilson ha resumido de modo elocuente el pensamiento agustiniano sobre las relaciones entre libertad, voluntad y gracia, de la forma siguiente:

“ Para hacer el bien…se requieren dos condiciones: un don de Dios, consistente en la gracia y el libre arbitrio. Sin el libre arbitrio no habría ningún problema, sin la gracia el libre arbitrio no querría el bien, y si lo quisiese no podría llevarlo a cabo. La gracia pues no suprime la voluntad, sino que la

convierte en buena, de mala que había llegado a ser. La libertad consiste precisamente en este poder de usar bien el libre arbitrio…”

“ El hombre más libre es aquel que se encuentra dominado, más plenamente, por la gracia de Cristo…”

La Ciudad de Dios como teología de la historia.

Para Agustín El mal es amor de sí ( soberbia) y el bien es el amor de Dios, el amor al verdadero bien.

Esto se aplica al ser humano como individuo y al que vive en comunidad con los demás.

El conjunto de los hombres que viven para Dios constituye según él la ciudad celestial y al resto que viven para sí mismos constituyen la ciudad terrena, estos son los que viven según el hombre.

En esta tierra ambas ciudades surgieron junto a Caín y Abel. El ciudadano de la ciudad terrena parece ser el que domina; en cambio el de la ciudad celestial es como un peregrino. No obstante el primero está destinado a la condenación eterna y el segundo a la salvación eterna.

La historia adquiere así un sentido completamente desconocido para los griegos. Comienza con la creación y acaba con el fin del mundo, con el juicio final y con la resurrección. Posee tres momentos esenciales de carácter intermedio, que jalonan su trayectoria:

• El pecado original con sus consecuencias

• La espera de la venida del Salvador y la Encarnación y la pasión del Hijo de dios • Constitución de la Iglesia

S. Agustín insiste mucho, al final de la Ciudad Dios, sobre la resurrección. La carne resucitará íntegramente y en cierto sentido transfigurada, pero seguirá siendo carne, no espíritu.

La historia concluirá con el Día del Señor: ” Allí descansaremos y contemplaremos, contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Esto es lo que acontecerá en el fin sin final”.

A partir de Sócrates, los filósofos griegos habían dicho que el hombre bueno es aquel que sabe y conoce, y que el bien y la virtud consisten en la ciencia.

S. Agustín en cambio, afirma que el hombre bueno es aquel que ama, aquel que ama lo que debe amar. Cuando el amor del hombre se dirige hacia Dios es Charitas; en cambio cuando se dirige hacia uno mismo y hacia el mundo, las cosas del mundo es cupiditas. Amarse a uno mismo y a los hombres no según el juicio de los hombres, sino según el juicio de Dios, es amar de manera justa.

Proporciona un criterio preciso para el amor. Los bienes finitos deben ser usados como medios y no como fines en si mismos.

Así la virtud del hombre que los filósofos griegos habían determinado en función del conocimiento, a partir de Agustín es reconsiderada en función del amor.

La fe nos enseña que la creación nación en un acto de amor, de donación y que la redención surgió también de una donación de amor.

Filosofar desde esta clase de fe lleva a una reinterpretación del hombre, de su historia como individuo y de su historia como ciudadano, desde la perspectiva del amor.

7 TEMA 7. LA PRIMERA ESCOLÁSTICA: ESCOTO ERIÚGENA.-

SAN ANSELMO: HACIA UNA INTERPRETACIÓN FILOSÓFICA

DE LA FE