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Methodological Approach: The emergence of ethnographic action research

4.2 What does it mean to do action research?

4.2.1 Defining educational action research

A continuación presentamos un recorrido temporal por los enfoques teóricos18 utilizados para19 el estudio sobre la memoria que aparecen referenciados en los artículos que componen el corpus objeto de estudio.

En los años 2005 al 2007 circularon predominantemente los estudios de corte estructuralista (De Gamboa, 2005; Castillejo, 2007) con el uso de perspectivas del deber de memoria desde el marco de la justicia transicional, y aunque estos realicen cuestionamientos y críticas al estado ‒y las leyes‒ por ser las entidades que deberían garantizar los procesos de memoria, siguen representando estructuras abstractas que constriñen al sujeto y están por encima de su acción política, de ahí que el sujeto activo que se opone a esas estructuras para transformarlas no es característico de estos iniciales análisis. Aquí la dimensión socio-jurídica fue relevante para comprender los procesos de memoria en el país –dejando de lado el análisis hermenéutico–, pues el discurso y práctica de la justicia transicional estaba en boga en los gobiernos latinoamericanos, y el país buscó responder a ello con la adopción de mecanismos propios de la justicia transicional entrando a hacer parte de esa nueva ola humanitaria.

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Se entiende por teoría el conjunto articulado de nociones y dimensiones desarrolladas para comprender un fenómeno social. Ahora bien, desde su origen las teorías sociales han estado permeadas por lo que Thomas Kuhn (1975) denominó “paradigmas” los cuales se formaban a partir de las tradiciones de pensamiento dominante de la época, si bien aquí no usamos el término, sí nos referimos a enfoques para enmarcar las teorías dentro de esas grandes corrientes del pensamiento social que se conforman durante largos periodos de tiempo. Desde la última mitad del siglo XX han sido predominantes dos grandes enfoques -con diferentes variantes- dentro de los cuales se ubican las teorías de la memoria: el estructuralista y el constructivista (Almario y Ruiz, 2008, Alexander, 2000).

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Más adelante, alrededor del año 2008 al 2010 se fue dando un cambio hacia el uso de enfoques teóricos más constructivistas y hermenéuticos, en los que el uso de nociones tales como pluralidad de subjetividades y la inclusión del olvido en la memoria (Sánchez, 2008), fueron alimentando la discusión sobre la importancia de las verdades sociales, por lo que el término de memorias –en plural– empieza a ser más utilizado. Esta pluralidad se centra fundamentalmente en la comprensión de la condición de la víctima, pues la reflexión sobre el resto de actores involucrados en el conflicto, es decir victimarios y sociedad civil, es incipiente.

También por este período se aborda la dimensión estética de la memoria, pues se hace relevante la comprensión a profundidad del lenguaje emocional para reconocer y confrontar el sufrimiento, trauma y dolor que conlleva la experiencia de la guerra. En esa vía, una de las propuestas más singulares por este período es la que se apoya en el arte crítico (Cortés, 2007) pues se trabaja la categoría de lo sensorial y lo estético en el sentido de lo corporal para la construcción de memorias, de ahí que resulten importantes otras formas de expresar que no son estrictamente las testimoniales y narrativas, por ejemplo las recolecciones visuales y sonoras. También se articulan allí conceptos como anestesia cultural, la representación de la violencia y escenarios del terror (Cortés, 2009) que hacen de ésta una propuesta valiosa para la comprensión de la dimensión cultural que participa en la construcción de memoria.

Adicionalmente, para este momento ya se evidencia una preocupación sobre el uso de metodologías (métodos y técnicas) destacando con ello la dimensión ético-política que comporta el ejercicio de investigar, aquí aparece el sujeto que investiga como mediador y acompañante en los procesos de construcción de memorias de las guerras pasadas y presentes (Blair, 2008; Quiceno, 2008). Y de manera transversal en todas las anteriores, la discusión del sujeto empoderado empieza a aparecer; un sujeto que se resiste a olvidar a veces narrando y otras veces por medio del silencio. Por ello, de aquí en adelante la dimensión política será central en la reflexión de la memoria del conflicto armado.

Seguidamente, para los años 2011 a 2015 los estudios se afianzan en una mirada hermenéutica socio-crítica, en los que la dimensión política se refuerza mucho más con el aporte de teorías como las geografías y geopolíticas críticas que a la vez destacan una

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dimensión socioespacial inexplorada hasta ese momento (Blair 2008, Silva 2014, Pérez et al., 2014). Con estas teorías se busca además de comprender al sujeto político, reconocer su lugar de enunciación y las formas de identidad des-institucionalizadas que desbordan el poder dominante del estado nación. Desde ahí se busca visibilizar las acciones colectivas y resistencias de memorias subterráneas o subalternas, que se robustecen al articularse a la academia, a movimientos internacionales de derechos humanos, a colectivos artísticos y activistas, para que emerjan del espacio cotidiano al espacio público y de algún modo se contribuya en la reparación simbólica haciendo reconocimiento de la resistencia de estas comunidades ante la guerra.

En este mismo periodo se afianza la reflexión sobre el silencio tramitado a través de artefactos de memoria (Arenas, 2012; Lifschizt y Arenas 2012), pues hasta este momento el silencio era predominantemente una noción opuesta a la memoria que al igual que el olvido se había entendido como lo opuesto del recuerdo. No obstante, a partir de estos estudios se aporta mayor claridad del papel de estas dos nociones que son inherentes en los procesos de memoria. Resultó vital la inclusión de los silencios en los estudios sobre memoria, en cuanto que, no son sinónimo de olvido sino de otras situaciones complejas inmersas en los contextos de guerra, que no había permitido penetrar en las diversas expresiones de los sujetos, como se pudo ver en las memorias subterráneas, lo que les quitaba fuerza, poder y reconocimiento de acción política.

A su vez, la perspectiva del deber de memoria es concebida ahora desde la conjunción del marco de justicia transicional y la reflexión hermenéutica (Jaramillo y Delgado, 2011). Lo que sugiere un cambio en la perspectiva del deber de memoria, ahora más holística en cuanto que, como vimos al inicio, en los estudios se analizaban por separadas las dos miradas: por un lado se trataba lo jurídico-político y por otro lado lo hermenéutico- filosófico. Pues dentro de esta propuesta la justicia transicional no está enmarcada en una visión pragmática por ser considerada una solución para los estados democráticos pagar las deudas históricas de “verdad, justicia y reparación”, como ha sido habitual. Sino que es un campo de “disputa entre razones filosóficas y alternativas políticas”. Lo cual se complementa muy bien con la mirada hermenéutica que aboga por la recuperación del sujeto, de su acción, de las distintas narrativas que rebaten las verdades absolutas.

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También se evidencia una articulación cada vez más visible entre memorias del sufrimiento con la acción colectiva en la que se posiciona el uso de la noción vehículos de memoria (Carrizosa, 2011) que integra tanto el testimonio así como otras formas no narrativas tales como el performance para la construcción y reconocimiento de memorias.

Sumado a esto, se refuerza la dimensión cultural (León, 2013) en la que el aspecto étnico ayuda a comprender los procesos de memoria de larga duración para reivindicar, además de los derechos vulnerados en las coyunturas bélicas, la exclusión histórica que han padecido algunas etnias (por ejemplo, las comunidades afro).

Finalmente, es de destacar en este último período otro de los giros más interesantes que se presenta en la teoría del deber de memoria (Vera, 2015): es la complementariedad entre la justicia transicional y la acción colectiva. Desde ésta se cuestiona la ejecución de la justicia transicional que no garantizó a las víctimas la justicia, la verdad y la reparación; y también se analizan las distintas apropiaciones que tuvo la Ley de Justicia y Paz (Ley 975 de 2005) por parte de distintos sectores sociales desde la noción de “memorias emergentes”, y con ello dando lugar al sujeto que se resiste ante la opresión. La perspectiva aquí apunta a concebir la ley como un producto social en el que interviene necesariamente el conflicto, y como tal puede ser transformada en cierta medida por la acción de los sujetos de memoria.

Ahora bien, en términos metodológicos, se evidencia un uso centralizado del testimonio y sus narrativas, ya sea con técnicas como los relatos autobiográficos (Nieto, 2010) o la historia de vida (Villa, 2014), en los cuales se hace énfasis en la importancia de que estos ejercicios aplicados de reconstrucción colectiva de memorias sean llevados a la esfera pública para que la memoria social genere memoria histórica y con ello justicia y reparación. Dentro de los estudios analizados sólo se encontraron dos investigaciones comparativas (Castillejo, 2007; Sánchez, 2015) del caso de Colombia con otros países (Perú, Sudáfrica y Colombia) (Chile y Colombia) evidenciando la falta de estudios a gran escala que permitan un acumulado teórico de mayor alcance.