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Los mitos, sostiene Luc Ferry, no son otra cosa que el “intento de tomar en

cuenta la realidad de la finitud humana”. La existencia humana, a pesar del

afán de trascendencia, tiene límites, no dura siempre. El despertar diario y encontrarse con luz y calor del sol, la nostalgia nocturna que invita al descanso y protegerse de las tinieblas que preceden a los días, las flores que nacen, mueren y renacen, los vientos que soplan luego de la calma, se introducen en la conciencia humana, la cuestionan, la confrontan llevándole por el tortuoso camino de encontrar sentido a la vida, buscar explicaciones sobre el futuro, la muerte y el más allá. Imposibilitados de vivir siempre, ante el temor de morir y desaparecer, los seres humanos, se reflejan en sus descendientes, en ellos continuaran la vida.

La forma de la casa conecta con los ancestros. Si su fachada se coloca de cara a la luz con dos ventanas laterales y una puerta central, será en homenaje a “los más mayores”, aquellos tres seres que salieron de la montaña para darnos vida, el mayor al centro y sus ayudantes a los costados.

Para alargar la vida existe la costumbre de colocar monedas antiguas en la cumba, mientras más antiguas, mayor será el tiempo de permanencia sobre la tierra.

Si, luego del tiempo de vida llega la muerte, las almas no tienen necesariamente que abandonar la casa, pueden seguir viviendo en forma de retratos colocados en sitios de acceso de las vistas de familiares y amigos.

Junto a los retratos van ubicados los altares para honrar los dioses familiares, frente a ellos debe arder la luz, de velas encendidas inicialmente y de lámparas eléctricas en la actualidad; esta luz renueva la devoción y el compromiso de los protectores por cuidar la vida.

Los muros de las casas tradicionales sirven también para proteger el patrimonio familiar, en su interior se guardaban joyas de valor y dinero para enfrentar los días difíciles o garantizar la vida de los herederos, convirtiéndose en “Huacas” con el pasar de los años.

El acto de guardar valores en los muros recuerda la cultura de la tierra, la valerosa guardiana de vida y riqueza, segura como el vientre materno.

Conclusiones:

Cambios profundos se producen en los sectores rurales en nuestros días, especialmente en las provincias de Azuay y Cañar: los campesinos comienzan a alejarse de la tierra, la agricultura ya no genera sustento.

En los años sesenta del siglo pasado, cuando las haciendas se repartieron entre los miembros de los grupos indígenas y campesinos, comenzó a engendrarse otra ruralidad con sueños, mitos y leyendas distintas, con influencias urbanas generadas por la migración interna, inicialmente, y ahora internacional.

Las casas construidas en épocas anteriores, en las dos provincias estudiadas, habitadas por seres diferentes a los que las concibieron, olvidaron los trojes, ya no hay espacios para secar el maíz, todavía presente en los sectores rurales de otras provincias.

La cultura de la tierra va siendo sustituida por la modernidad, el adobe por el cemento, el fogón por las cocinas a gas, la tertulia por el teléfono celular. Transformaciones relativas a la esencia de la humanidad que agotaría su condición si permaneciera estática, lo cual no impide que estén vivos los mitos del pasado.

Al recrear los mitos con los “informantes”, se recaba en las entrevistas que los cambios constructivos, especialmente en lo que refiere al abandono del barro, tienen que ver con prohibiciones municipales, la consideración del barro como estructuras de “bajo perfil” y “daños estructurales”, la “modernización de la construcción”, el cambio de costumbres, la demanda de mayor tiempo de trabajo y la asociación de la arquitectura de tierra con la pobreza. Todas estas justificaciones, obviamente, más que sustentadas en la realidad, encuentran su respaldo en los imaginarios locales.

Sin miedos ni nostalgia, lejos del apego al pasado y la preocupación por el futuro, con la finalidad de vivir plenamente el presente, conviene juntar mitos y ciencia para acercarnos a lo que Edgar Morín denomina el “diálogo con la verdad” como forma de construir conocimientos en la época de crisis del pensamiento racional.

Ese diálogo guió el trabajo, entendiendo la construcción tradicional como un hecho cultural y como tal proclive a influencias y transformaciones que desembocaron en el mestizaje americano, ahora enfrentado a construir su propia modernidad.

En nuestra cultura de la tierra todos los elementos tienen vida, los seres humanos se comunican con los muertos, los dioses dialogan con los hombres, plantas, piedras y animales participan en los eventos de la existencia humana.

SERIE ESTUDIOS 111

La palabra, ahora degradada tiene valor y la honorabilidad es un elemento que puede ayudar a los seres modernos a construir algo mejor que el individualismo propicio para desarticular las redes sociales que fueron la cimiento de la evolución humana. La construcción es un evento social, convoca a familiares y vecinos, los emparenta mediante el compadrazgo y los hace partícipes de su trascendencia, alegría y felicidad. Ahora, que disponemos de otros materiales con diferentes códigos, rituales y mitos, se constituye en una tarea actual preservar los antiguos como base de nuestro futuro. En estos cambios quedan parte del ser, algo muere para dar vida, el compromiso estará en que no muera lo mejor. Los ancestros no volverán, pero pueden darnos las señas del futuro, un futuro mestizo de mitos y ciencia.

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