Chapter 8 draws conclusions based on the results obtained in this Ph.D thesis and presents recommendations for research work topics that could be addressed in the future.
3. GNSS Receiver Processing
3.4. Analog Signal Processing
3.4.2. Description of the Analog Front-End
«No es otra cosa oración mental –a mi parecer–, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama»12.
Definición bien conocida, y con razón, pues con una sencillez extraordinariamente precisa pone de relieve los elementos constitutivos de la oración. Nos bastará explicar sus términos:
«No es otra cosa oración mental... sino tratar de amistad... con quien sabemos nos ama», dice la Santa; es, pues, una toma de contacto con Dios, una actualización de la unión sobrenatural que la gra- cia establece entre Dios y nuestra alma, o también un intercambio entre dos amores: el que Dios nos tiene y el que nosotros tenemos por él.
Dios es amor. Nos ha creado por amor, nos ha rescatado por amor y nos ha destinado a una unión más estrecha con él. Dios-Amor está presente en nuestra alma, con una presencia sobrenatural, personal, objetiva. Está en constante actividad de amor como hoguera que constantemente irradia su calor, sol que no cesa de difundir su luz, fuente siempre desbordante.
Para ir al encuentro de este Amor que es Dios, disponemos de la gracia santificante, de la misma naturaleza que Dios; en consecuencia, amor como él. Esta gracia, que nos hace hijos suyos, es una ap- titud a la unión al intercambio o al trato íntimo con Dios, a la penetración recíproca.
Dios-Amor, siempre en acción, nos solicita y nos espera. Pero él es nuestro amor el que debe ir hacia él La orientación de este amor hacia Dios, su búsqueda amorosa, el encuentro de nuestro amor con Dios-Amor, el trato afectuoso que se establece a continuación: eso es la oración según santa Tere- sa.
La oración supone el amor sobrenatural; en consecuencia, la gracia santificante, que exige que el amor se ponga en acción; por eso es suficiente esta actividad del amor sobrenatural, porque, como señala santa Teresa, la oración no es otra cosa sino un trato de amistad con Dios.
10 2Cor 3, 18. 11 Vida 8, 8. 12 Ibid., 8, 5.
A veces este amor no se mueve solamente en el campo puramente sobrenatural, sino que se ro- dea de las más variadas formas delta actividad humana.
Por medio de la voluntad, en la que reside, el amor sobrenatural toma a su servicio todas las po- tencias y facultades naturales, y las utiliza tal y como las encuentra en cada uno de nosotros. De este modo, la oración se convierte en un trato de amistad del ser vivo, tal como somos, con el Dios vivo que vive en nosotros.
Si consideramos, pues, las actividades naturales puestas en juego, el trato de amistad, diferen- ciado ya por los diversos modos de la acción divina en cada alma, encontrará una nueva y admirable variedad en la diversidad de temperamentos, en las diferencias de edad y de desarrollo, e incluso en la multiplicidad de las disposiciones actuales de las almas que hacen oración.
Conforme a los temperamentos, este trato de amistad adoptará una forma intelectual, afectiva o, incluso, sensible. El niño cifrará su amor sobrenatural a Jesús en un beso, en una sonrisa enviada al sagrario, una caricia al Niño Jesús, una expresión de tristeza ante el crucifijo. El adolescente cantará su amor a Cristo y lo desarrollará utilizando las expresiones y las imágenes que más impresionan a su imaginación y sus sentidos, esperando que su inteligencia más desarrollada le permita utilizar pensa- mientos animosos para hacer una oración más intelectual y más reconfortante.
La oración se adaptará a las formas inestables de nuestras disposiciones, La tristeza, la alegría, las preocupaciones, la enfermedad o solamente la fatiga que hacen imposible la actividad o, al menos, la supremacía de tal o cual facultad diversificarán este trato que debe ser siempre sincero y vivo para cumplir la definición de trato de amistad.
Este trato seguirá siendo esencialmente el mismo bajo estas formas diversas y a través de todas estas vicisitudes. Flexible y activo, el amor que lo anima utilizará de forma alternativa medios y obstá- culos, ardor e impotencia, inteligencia o imaginación, sentidos externos o fe pura, para asegurar ali- mento a su vida o modos nuevos a su expresión. Según los temperamentos o, incluso, los momentos, estará triste o alegre, emocionado o insensible, silencioso o expansivo, activo o impotente, tendrá ora- ción vocal o recogimiento apacible, meditación o simple mirada, oración afectiva o impotencia dolo- rosa, elevación de espíritu u opresión de angustia, entusiasmo sublime en la luz o anonadamiento sua- ve en la humildad profunda; y, entre estos modos u oraciones diversas, para él la mejor oración será la que mejor le una a Dios y le asegure el mejor alimento para su crecimiento y para la acción, porque, en definitiva:
«No está el amor de Dios en tener lágrimas, ni estos gustos o ternuras que por la mayor parte los desea- mos y consolamos con ellos, sino en servir con justicia y fortaleza de alma y humildad»13.
Independiente de las formas exteriores previamente determinadas, la oración teresiana no cono- ce otra ley más que la libre expresión de dos amores que se encuentran y que se entregan el uno al otro. ¿No opone la doctrina, teresiana esta libertad a la de los grandes maestros de la vida espiritual? Podría, creerse.
Los maestros de la escuela ignaciana determinan, en efecto, que el alma debe ir al encuentro de Dios por la actividad de la imaginación y de los sentidos, y que las resoluciones fecundas proceden de las fuertes impresiones recibidas. Los maestros de San Sulpicio exigen el empleo de consideraciones para llegar a esta comunión con Cristo, que es la verdadera oración y que debe tener como fruto la co- operación eficaz del alma con él. Los primeros se dirigen al conjunto de personas piadosas; los segun- dos se ocupan de sacerdotes y seminaristas. Unos y otros quieren llevar a sus discípulos al trato con Dios, indicándoles el modo de oración que mejor conviene a su temperamento moral y espiritual. De igual modo, adaptándose a las exigencias del espíritu de nuestro tiempo, los maestros espirituales mo- dernos nos invitan a detenernos simplemente ante una actitud de Jesús o una palabra rica de sentido, para encontrar un contacto directo y vivo con Cristo Jesús.
Santa Teresa no habla en su definición de estos modos de oración, transformados en métodos que se adaptan a las necesidades de las diversas categorías de almas. Su silencio no es desprecio; ni menos aún ignorancia. Tiene como fin poner de relieve los elementos constitutivos y esenciales de la oración14. «No es otra cosa oración... sino tratar de amistad», dice la Santa. Su definición, que abarca
13
Ibid., 11, 13.
14
Santa Teresa se dirigió por los Padres de la Compañía de Jesús casi desde su instalación en Ávila (1555). Tuvo al P. Baltasar Álvarez, S.J. como director durante seis años. Conoció, pues, ciertamente los Ejercicios de san Ignacio y el método de oración propagado por la Compañía.
Ávida de todo cuanto concernía a la oración, conoció muy probablemente también el método de cierto abad de Montse- rrat, que estaba muy extendido por España.
4. La oración 39
tanto la humilde recitación de fórmulas aprendidas como los arrobamientos por los que se llega a los secretos divinos, universal en su alcance, es más luminosa y práctica. Es la de una maestra de vida es- piritual, que habla no sólo para una categoría de almas, sino para la Iglesia universal.
La definición de la Santa, tan amplia y precisa al mismo tiempo, se preocupa de respetar la li- bertad soberana de Dios y la del alma en sus encuentros, preocupación muchas veces afirmada por santa Teresa; libertad que le parece necesaria para la expansión del alma y su perfecta sumisión a la acción de Dios. Santa Teresa, además, la: defiende contra toda tiranía, venga ésta de métodos en ex- tremo rigurosos15 o de la dirección que la oprimiera. Si en el alma se encuentran señales de la acción de Dios, a saber, la humildad y el progreso en la virtud, no hay que inquietarla en sus modos de ora- ción: tiene derecho a su libertad, y los demás, el deber de respetarla
Tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabernos nos ama: este
trato es esencialmente, íntimo, porque el amor necesita intimidad.
El contacto con Dios se establece en las profundidades del alma, en regiones donde Dios reside y donde se encuentra el amor sobrenatural difundido en nosotros. En la medida en que este amor sea potente y activo, el trato será al mismo tiempo frecuente e íntimo.
La oración es, por otra parte, una plegaria personal. Incluso cuando reviste formas de oración pública, cuya expresión exterior está armonizada en un grupo, sigue siendo trato a solas con Dios, que vive en cada alma, y mantiene su aliento y nota personal.
Tratar de amistad... con quien sabemos nos ama, termina la Santa Estas palabras tan sencillas
encubren un grave problema: el de la naturaleza del amor que nos une a Dios y el de las leyes que lo regulan.
Los primeros términos de la definición: «tratar de amistad» con Dios, evocan en nosotros el pensamiento o el recuerdo de la intimidad afectuosa que nos une a las personas. Soñamos con una in- timidad semejante con Dios. ¿Es posible esto?
El trato de amistad con Dios en la oración y las relaciones afectuosas con un amigo están inspi- radas por el amor, pero los dos amores son de distinto orden. El primero es sobrenatural, el segundo, natural. Vemos al amigo a quien amamos, apreciamos por experiencia sus cualidades, experimentamos su afecto por nosotros y el nuestro por él. Este amor, aun siendo muy puro, se desarrolla en el plan na- tural y afecta nuestras facultades humanas. Sin embargo, yo no veo a Dios, a quien me une la oración: él es Espíritu puro, el Ser infinito, imperceptible a mis facultades humanas: «A Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, el lo ha contado»16.
El amor sobrenatural que me une a Dios es de la misma naturaleza que Dios; por tanto, tan sepa- rado de una aprehensión cualquiera de mis potencias naturales como del mismo Dios.
El trato de amistad de la oración se desarrolla entre realidades sobrenaturales que están fuera del dominio de las facultades humanas. Sólo la fe nos las revela con certeza, pero sin disipar el misterio que las envuelve. Este trato de amistad con Dios, «con quien sabemos nos ama», se hará real gracias a la certeza de la fe, aunque a través de la oscuridad que implica. El amor de Dios para con nosotros es cierto; la toma de contacto con él por la fe es una verdad cierta, pero la penetración sobrenatural en Dios puede producirse sin dejarnos una luz, un sentimiento, una experiencia cualquiera de la riqueza que de ella hemos sacado.