Chapter 8 draws conclusions based on the results obtained in this Ph.D thesis and presents recommendations for research work topics that could be addressed in the future.
6. The GNSS Signal Emulator Development
7.1. Test Setup
Entre las parábolas llamadas «del reino de Dios» hay una que revela el papel del demonio en la vida de la Iglesia y de las almas:
«Otra parábola les propuso, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces, también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste, semilla buena en el campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” Él les, contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos «¿Quieres, pues, que vayamos a recogerla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis, a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas pa- ra quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero”»5.
En pocas palabras, ésta parábola nos revela la conducta del demonio, su actividad Siempre vigi- lante para malograr la actividad divina y destruirla, su habilidad para aprovecharse de la oscuridad pa- ra encubrirse, la paciencia divina, en fin, que permite que su acción se desarrolle al mismo tiempo que la obra divina de su gracia.
Nos bastará precisar los rasgos característicos siguientes:
I. Frecuencia de las intervenciones del demonio
3
«Muchas veces, cuando hay en el alma y pasan estas comunicaciones espirituales muy interiores y secretas, aunque el demonio no alcance cuáles y cómo sean, por la gran pausa y silencio que causan alguna de ellas en los sentidos y potencias de la parte sensitiva, por aquí echa de ver que las hay y que recibe el alma algún bien.» Noche oscura II, 23, 4.
4
MA 27r.º
5
7. El demonio 61
Todas las noches al comienzo, de completas la Iglesia nos hace escuchar la exhortación del apóstol san Pedro:
«Hermanos, sed sobrios y estad en vela, porque, el demonio, vuestro enemigo, ronda a vuestro alrededor como león rugiente, buscando a quien devorar»6.
La exhortación es apremiante; se nos repite todos los días, porque, ciertamente, la amenaza es constante.
El odio de los demonios es poderoso y siempre está al acecho. Es natural que aprovechen todas las ocasiones pan obstaculizar la acción de Dios en las almas. Los recursos de los demonios son varia- dos, numerosos nadie puede prudentemente creerse al abrigo de sus ataques.
Esa es la opinión de santa Teresa, expresada en diversos pasajes de sus escritos. En sus ascen- siones espirituales, no hay etapa en la que no los haya encontrado y no haya tenido que combatirlos. Desde el primer momento nos advierte:
«Como el demonio siempre la tiene tan mala –la intención–, debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir que no pasen de unas a otras; y, como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace trampantojos; lo que no puede tanto a los que están más cerca de donde está el rey»7.
Las primeras acciones divinas de las quintas moradas irritan el celo del demonio y despiertan sus temores por el futuro:
«En este estado no está el alma tan fuerte, que se pueda meter en ellas, como lo está después de hecho el desposorio, que es en la morada que diremos tras ésta; porque la comunicación no fue más de una vista, co- mo dicen, y el demonio andará con gran cuidado a combatirla y a desviar este desposorio...
Yo os digo, hijas, que he conocido a personas muy encumbradas y llegar a este estado, y con la gran suti- leza y ardid del demonio tomarlas a ganar para sí; porque debe de juntarse todo el infierno para ello, porque, como muchas veces digo, no pierden un alma sola, sino gran multitud. Ya él tiene experiencia en este caso»8.
A partir de las sextas moradas, el demonio se vuelve menos peligroso para el alma:
«Después, como ya la ve del todo rendida al Esposo, no osa tanto, porque la ha miedo, y tiene experiencia que, si alguna vez lo hace, queda con gran pérdida y ella con más ganancia»9.
Con todo, también en estas sextas moradas, el demonio, con permiso de Dios y gran tenacidad, se ensaña en reproducir las gracias extraordinarias; lo afirma san Juan de la Cruz:
«Otras veces acaece, y esto cuando es por medio del ángel bueno, que algunas veces el demonio echa de ver alguna merced que Dios quiere hacer al alma. Porque las que son por este medio del ángel bueno, ordina- riamente permite Dios que las entienda el adversario: lo uno, para que haga contra ellas lo que pudiere según la proporción de la justicia; y así, no pueda alegar el demonio de su derecho, diciendo que no le dan lugar pa- ra conquistar al alma, como hizo de Job; lo cual sería si no dejase Dios lugar a que hubiese cierta paridad en los dos guerreros, conviene a saber, el ángel bueno y el malo, acerca del alma»10.
Sin embargo, no puede conocer el demonio las más elevadas comunicaciones divinas, las que Dios mismo hace al alma:
«La causa es porque, como su Majestad mora sustancialmente en el alma, dónde ni el ángel ni el demonio pueden llegar a entender lo que pasa, no puede conocer las íntimas y secretas comunicaciones que entre ella y Dios allí pasan»11.
Estas afirmaciones nos demuestran que las almas que aspiran a la perfección son especialmente el objeto de sus ataques. Los pecadores, entregados a sus pasiones, son para él una conquista más fácil; así es como reina pacíficamente el demonio sobre una muchedumbre inmensa de almas, a las que, en modo alguno, perturba. El tibio es para él una presa fácil. Sólo los fervorosos escapan a su influencia y contra éstos se ensaña con odio rabioso y perseverante.
De este ensañamiento nos da una idea nuestro Señor cuando dice:
6 1Pe 5, 8-9. 7 1M 2, 12. 8 5M 4, 5.6. 9 Ibid., 4, 5. 10
Noche oscura II, 23, 6 (Job 1, 9-11; 2, 4-8).
11
«Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por lugares áridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces dice: “Me volveré a mi casa, de donde salí”, y al llegar la encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma consigo otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí»12.
No siempre que vuelve el demonio con deseos ofensivos logra una victoria parecida, pero esta descripción de nuestro Señor nos habla de la perseverancia de sus ataques contra los que k han venci- do y cuyos progresos no pueden sino aumentar la violencia de su odio.
La acción del demonio contra las almas preocupadas de perfección no es, por tanto, un hecho ra- ro, reservado a la hagiografía; es normal y frecuente. Llega a ser particularmente intensa.
Escribe santa Teresa:
«Cierto, pasa el alma aquí grandes trabajos; en especial si entiende el demonio que tiene aparejo en su condición y costumbres para ir muy adelante, todo el infierno juntará para hacerle tornar a salir fuera»13.
Pero deducir de estas afirmaciones que los ataques del demonio toman frecuentemente una for- ma exterior visible sería desconocer completamente la conducta demoníaca. El demonio es esencial- mente, un poder de las tinieblas. Trabaja en la oscuridad para sorprender y engañar. El éxito de sus ar- timañas respecto de las almas fervorosas depende de su habilidad en disimular lo que es y lo que hace. De este modo, no se manifiesta por señales exteriores, sino cuando está forzado a malograr los caris- mas o las gracias extraordinarias que, quiere desacreditar, o también cuando, por su odio exasperado por múltiples derrotas, parece abdicar toda prudencia y, haciendo caer la máscara, se muestra tal cual es en su rabia impotente para aterrar, en cuanto le sea Posible, su sola presencia. Estas manifestaciones son entonces el signo de las victorias del alma y, consiguientemente, la prueba de su santidad14. Así es como se explica la acción visible del demonio en la vida de algunos santos, como santa Teresa y el Cura de Ars.
También es muy rara la posesión, por la que el demonio, con permiso de Dios, se apodera de un cuerpo y de las facultades sensibles obrando en él como dueño. La voluntad del alma queda libre, pe- ro, el cuerpo, se sustrae a su imperio, al menos, en ciertos momentos. La Iglesia, en su prudencia, exi- ge señales ciertas de la presencia del demonio antes de proceder a los exorcismos públicos, destinados a luchar contra esta posesión especial15.
La mayor parte de las pretendidas posesiones se reducen a una cierta acción del demonio sobre imaginaciones sobreexcitadas, sobre facultades sensibles, debilitadas por la enfermedad, o sobre tem- peramentos melancólicos16. El demonio puede ejercer tanto más su poder, cuanto más débil es en estas almas el control de la razón. Se entremezclan de tal modo la debilidad del alma, a menudo patológica, y la tentación del demonio, que casi es imposible distinguirlas.
A propósito de las palabras interiores, santa Teresa advierte:
«Algunas veces y muchas, puede ser antojo, en especial en personas de flaca imaginación o melancólicas, digo de melancolía notable.
De estas dos maneras de personas no hay que hacer caso, a mi parecer, aunque digan que ven y oyen y en- tienden, ni inquietarlas; con decir que es demonio; sino, oírlas como a personas
12
Mt 12, 43-45.
13
2M 1, 5.
El hombre fue creado para reemplazar al ángel caído: esto es lo que constituye el odio del demonio respecto a nosotros. El plan divino se realizará a pesar de todo, y la Sabiduría ha previsto y organizado todos sus detalles.
Parece estar fuera de duda que, en el pensamiento de Dios, cada ser ha sido destinado a reemplazar en la corte celestial a cada ángel caído. ¿Puede adivinar el demonio, por algunos indicios o afinidades espirituales, este designio particular de Dios, si no sobre todas las almas, sí al menos sobre algunas? Si se pudiera afirmar esto, se podría concluir que estas almas tienen un demonio personalmente celoso de su gracia, y, en consecuencia, especialmente ensañado en su perdición.
Sin ir tan lejos en un dominio que apenas se libra de nuestras investigaciones, se debe poder afirmar que hay, entre algu- nos demonios y algunas almas, afinidades que facilitan las tentaciones y les aseguran mayor eficacia.
14
Vida 31: en él describe la Santa varias manifestaciones del demonio en las que se muestra impotente y colérico.
15 No vamos a tratar largamente aquí de las posesiones diabólicas, porque no afectan directamente a la vida espiritual. En
la posesión, el demonio, por permiso especial de Dios, se apodera del cuerpo y de las potencias sensibles y, sin penetrar en la voluntad y en la inteligencia (a menos que el alma se lo haya permitido), ejerce su imperio por sugestión y posesión físi- ca.ã16
16 En estos casos el demonio ejerce su acción por sugestión imaginaria. Al principio, sirviéndose de la debilidad física del
sujeto o un deseo de gracias extraordinarias, sugiere mortificaciones agotadoras. Al aumentar la debilidad física, encuentra en las potencias sensibles una docilidad mayor a sus sugestiones imaginarias y a las impresiones sensibles que él crea.
7. El demonio 63 Verdad es que es menester traer cuenta con quitarle la oración y lo más que se pudiere que no haga caso de ello, porque suele el demonio aprovecharse de estas almas así enfermas, aunque no sea para su daño, para el de otros»17.
Siempre raras, estas manifestaciones exteriores del poder del demonio aún parecen menos fre- cuentes en nuestra, época, quizás porque las gracias carismáticas son menos visibles, y sobre todo por- que el ateísmo general y la apostasía de las masas garantizan al demonio un dominio exterior pacífi- co18. Esta paz exterior no debe hacernos olvidar que en las almas la lucha es áspera, diaria, habitual- mente silenciosa, contra este enemigo que ronda sin cesar alrededor de nosotros y que, nos lo dice san- ta Teresa, «es como una lima sorda»19.
II. Modos y finalidad de la acción del demonio
El demonio, nuestro enemigo, se esfuerza en llevar a las almas al mal por la tentación, en entor- pecerlas en su marcha hacia Dios, perturbándolas y engañándolas.
a) La tentación
Propiamente dicha, rara vez es obra exclusiva del demonio. Habitualmente se sirve de su cono- cimiento de las tendencias dominantes de un alma y de su, poder sobre los sentidos, para hacer más seductora una imagen, para provocar una impresión, aumentar un goce, avivar así un deseo, hacer más impresionante y actual una solicitación que invadirá el campo de la conciencia y arrastrará el consen- timiento de la voluntad.
La sagrada Escritura nos describe la tentación de nuestros primeros padres en el paraíso terrenal. La serpiente, el más astuto de los animales –observa el autor inspirado–, mezcla la verdad y la mentira, estimula el apetito de los sentidos, alimenta el orgullo del espíritu, logra crear cierta evidencia y obtie- ne de este modo el consentimiento que consuma el pecado. Se les abren en seguida los ojos, pero el pecado está ya cometido20. Adán y Eva han perdido los dones sobrenaturales de la gracia y los preter- naturales de la integridad.
Bajo formas diversas, la tentación es la misma y el pecado produce efectos parecidos.
Fuera de las tres primeras moradas, santa Teresa habla bastante poco de la tentación propiamen- te dicha. Insiste, no obstante, en los obstáculos que el demonio se ingenia en crear para impedir al al- ma que marche hacia la unión divina.
b) La turbación
Es la primera arma de que se sirve el demonio contra las almas deseosas de perfección.
En efecto, la turbación detiene, al menos por algún momento, hace dudar de la determinación que hay que tomar, paraliza y disminuye los medios de acción y de resistencia; los terrores que la acompañan pueden incluso causar una inactividad definitiva. Pero, sobre todo, la turbación crea alre- dedor del alma la oscuridad que permite al demonio disimular y desplegar todo su poder.
Impresiones en los sentidos, fantasmas en la imaginación, temores irracionales en todas las po- tencias sensibles: ésos son los medios de los que el demonio se sirve para crear y mantener la turba- ción. Por eso señala santa Teresa que, entre los principiantes, el demonio provoca toda clase de terro- res acerca de los sacrificios que hay que hacer, acerca del futuro, y de la pérdida de la salud:
«Aquí es el representar los demonios estas culebras de las cosas del mundo, y el hacer los contentos de él casi eternos, la estima en que está tenido en él, los amigos y parientes, la salud en las cosas de penitencia...
¡Oh Jesús!, qué es la barahúnda que aquí ponen los demonios y las aflicciones de la pobre alma, que no sabe si pasar adelante o tornar a la primera pieza»21.
En otra parte, afirma la Santa:
17 6M 3, 1.2.3. 18
No obstante, parece cierto que, incluso en nuestra época, hay almas o hasta sociedades, consagradas al demonio, que hacen profesión de rendirle culto o, al menos, de servir sus intereses en el mundo. Estas personas gozan de cierto poder que los hace particularmente perjudiciales.
19 1M 2, 16. 20
Gn 3, 1-7
21
«Guardaos también, hijas, de unas humildades que pone el demonio con gran inquietud de la gravedad de nuestros pecados, que suele apretar aquí de muchas maneras»22.
También:
«Alguna vez el demonio lo hará; y así es bien, ni siempre dejar la oración (cuando hay gran distraimiento y turbación en el entendimiento), ni siempre atormentar el alma a lo que no puede»23.
Es muy amplia la experiencia de santa. Teresa en este punto. Nos dice cómo en ciertos momen- tos el demonio
«coge de presto, el entendimiento por cosas tan livianas...; y hácele estar trabucado en todo lo que él quie- re y el alma aherrojada allí sin ser señora de sí, ni poder pensar otra cosa más de los disparates que él la re- presenta, que casi ni tienen tomo... Y es así, que me ha acaecido parecerme que andan los demonios como ju- gando a la pelota con el alma, y ella no es parte para librarse de su poder»24.
La experiencia de san Juan de la Cruz viene a confirmar la de santa Teresa. En la Noche oscura, el santo Doctor describe la táctica del demonio para producir la turbación:
«Como ve que no puede alcanzar a contradecirlas al fondo del alma, hace cuanto puede por alborotar y turbar las partes sensitivas; que es donde alcanza, ahora con dolores, ahora con horrores y miedos, con inten- to de desquietar y turbar por este medio a la parte superior y espiritual del alma, acerca de aquel bien que en- tonces recibe y goza...
Otras veces, cuando la comunicación espiritual no comunica mucho en el espíritu, sino que participa en el sentido, con más facilidad alcanza el demonio, a turbar el espíritu y alborotarle por medio del sentido con es- tos horrores»25.
En Llama de amor viva resume y completa la descripción:
«Si acaso algún alma se le entra en el alto recogimiento, ya que de la manera que habernos dicho no pue- de distraerla, a lo menos con horrores, temores, o dolores corporales, o con sentidos y ruidos exteriores, tra- baja por poderla hacer advertir al sentido, para sacarla fuera y divertirla del interior espíritu, hasta que, no pudiendo más, la deja»26.
Como se ve, el ruido hecho por el demonio puede ser exterior27. La agitación creada de este mo- do puede extenderse a todo un grupo, a una ciudad entera y afectar a personas muy bien intencionadas:
«Cuando en un tiempo de alboroto, en una cizaña que ha puesto (que parece lleva a todos tras sí medio ciegos, porque es debajo de buen celo), levanta Dios uno que los abra los ojos y diga que miren los ha puesto niebla para no ver el camino»28.
Estas palabras de santa Teresa son una alusión evidente a la agitación, que creo el demonio con motivo de la fundación del primer monasterio de la Reforma, San José de Ávila. Toda la ciudad se al- borotó, se reunió el concejo de la ciudad y convocó una asamblea de todas las órdenes religiosas; no se hablaba sino de destruir el monasterio. La Santa misma había sufrido un ataque del demonio que le re- presentaba todas las dificultades a la vez, sin que estuviese en su poder el pensar en: otra cosa, hacién- dole pasar uno de los momentos más terribles de su vida29.
El demonio había adivinado la importancia de la obra que comenzaba y su celo destructor nos parece hoy día muy justificado.
c) Mentiroso y padre de la mentira30
La turbación es una preparación. Crea la atmósfera favorable a la acción decisiva del demonio, de la misma manera que el recogimiento precede y prepara la acción de Dios. Esta acción decisiva la
22 Camino de perfección 39, 1. 23 Vida 11, 16. 24 Ibid., 30, 11. 25
Noche oscura II, 23, 4.5.
26 Llama de amor viva 3, 64. 27
«Otra vez estaba en el coro y diome un gran ímpetu de recogimiento. Fuime de allí porque no lo entendiesen, aunque cerca oyeron todas dar golpes grandes adonde yo estaba, y yo cabe mí oí hablar como que concertaban algo, aunque no en- tendí qué, habla gruesa; mas estaba tan en oración, que no entendí cosa ni hube ningún miedo.» Vida 31, 6.