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Sources of Errors Affecting the GNSS Receiver Synchronization Capability

Chapter 8 draws conclusions based on the results obtained in this Ph.D thesis and presents recommendations for research work topics that could be addressed in the future.

3. GNSS Receiver Processing

3.2. Sources of Errors Affecting the GNSS Receiver Synchronization Capability

Sería suficiente lo expuesto anteriormente para responder a esta cuestión: quien revela a santa Teresa la estructura del mundo interior es la acción de Dios en su alma; quien le descubre lo que ella es, el valor de las riquezas sobrenaturales y lo dañino de las tendencias es la luz de Dios. La conclu- sión es clara: el alma aprende a conocerse en la luz de Dios.

Merece que se destaque este importante punto de la doctrina espiritual teresiana.

¿No se reprocha a los contemplativos su egocentrismo, que les hace hablar constantemente de sí mismos, a exponer con complacencia las gracias recibidas, sus sentimientos, y no les deja descubrir el mundo más que a través del velo de sus luces interiores y de sus impresiones?

¿No es, ciertamente, un gran peligro para el contemplativo, que debe buscar a Dios en las pro- fundidades de su alma, el no encontrarse con frecuencia más que a sí mismo o, al menos, el no percibir en la oscuridad silenciosa que envuelve la vida del Dios interior más que las emociones de la sensibi- lidad y la confusa agitación de las facultades intensificada por este silencio?

Estos reproches y peligros dan un relieve singular a los consejos de santa Teresa, que pide al alma que no busque el conocimiento propio analizándose directamente, sino que se busque a la luz de Dios. Por otra parte, es el mejor medio de conocerse perfectamente:

«A mi parecer jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza y, mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, ve- remos cuán lejos estamos de ser humildes.

Hay dos ganancias de esto: la primera, está claro que parece una cosa blanca muy más blanca cabe la ne- gra y, al contrario, la negra cabe la blanca; la segunda es porque nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios; y, si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente»34.

Estas advertencias se dirigen a las almas que están en las primeras moradas y que tienen que usar consideraciones y reflexiones para conocerse. Más tarde, en las moradas superiores, cada vez que la luz divina revela la grandeza de Dios, revelará al mismo tiempo la pequeñez y la miseria de la cria- tura. El conocimiento propio adquirido de esa manera es más calificado y profundo:

«Cuando es el espíritu de Dios, no es menester andar rastreando cosas para sacar humildad y confusión; porque el mismo Señor la da de manera bien diferente de la que nosotros podemos ganar con nuestras consi- deracioncillas, que no son nada en comparación de una verdadera humildad con luz que enseña aquí el Señor, que hace una confusión que hace deshacer. Esto es cosa conocida: el conocimiento que da Dios para que co- nozcamos que ningún bien tenemos de nosotros y, mientras mayores mercedes, más»35.

Este conocimiento de sí es de gran valor, «es el pan con que todos los manjares se han de co- mer»36 y, sin embargo, añade la Santa:

«Hase de comer con tasa, que después que un alma se ve ya rendida y entiende claro no tiene cosa buena de sí..., ¿qué necesidad hay de gastar el tiempo aquí?, sino irnos a otras cosas que el Señor pone delante»37.

La Santa siente lástima por la suerte de una persona «que la tenía el maestro atada ocho años había a que no la dejaba salir del propio conocimiento»38.

En consecuencia, nada de exámenes inútilmente prolongados, ni vueltas repetidas sobre sí mis- ma, que alimentarían las tendencias naturales tal vez melancólicas del alma y permitirían al demonio sugerir bajo color de humildad toda suerte de pensamientos paralizantes:

«¡Qué de almas debe el demonio, de haber hecho perder por aquí!... tuerce el propio conocimiento y, si nunca salimos de nosotros mismos, no me espanto que esto y más se puede temer. Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en. Cristo nuestro Bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad..., y no hará el propio conocimiento ratero y cobarde»39.

Esta acción del demonio en el conocimiento de sí mismo es lo bastante importante para que la Santa la advierta en repetidas ocasiones:

34 1M 2, 9-10. 35 Vida 15, 14. 36 Ibid., 13, 15. 37 Ibid., 13, 15. 38 Ibid., 13, 14. 39 1M 2, 11.

«Guardaos también, hijas, de unas humildades que pone el demonio con gran inquietud de la gravedad de nuestros pecados, que suele apretar aquí de muchas maneras... Todo le parece peligro lo que trata y sin fruto lo que sirve, por bueno que sea. Dale una desconfianza, que se le caen los brazos para hacer ningún bien, porque le parece que lo que es en los otros, en ella es mal»40.

¿Cómo distinguir la luz de Dios de la del demonio, y las formas del conocimiento propio que de aquí proceden? Nos lo repetirá santa Teresa, porque en estas cuestiones importantes, pero delicadas y a menudo sutiles, la precisión es de gran utilidad:

«La humildad no inquieta ni desasosiega ni alborota el alma, por grande que sea; sino viene con paz y re- galo y sosiego. Aunque uno, de verse ruin, entienda claramente merece estar en el infierno y se aflige y le pa- rece con justicia todos le habían de aborrecer, y que no osa casi pedir misericordia, si es buena humildad, esta pena viene con una suavidad en sí y contento, que no querríamos vernos sin ella. No alborota ni aprieta el alma, antes la dilata y hace hábil para servir más a Dios. Esotra pena todo lo turba, todo lo alborota, toda el alma revuelve, es muy penosa. Creo pretende el demonio que pensemos tenemos humildad, y –si pudiese– a vueltas, que desconfiásemos de Dios»41.

Bien lejos estamos aquí, casi en el polo opuesto, del egocentrismo estéril, acompañado de su cortejo de vagas ensoñaciones, de sutiles análisis, a veces de angustiosas introspecciones y de vanas ostentaciones personales, con frecuencia ridículas y siempre orgullosas.

Santa Teresa no quiere conocerse sino para mejor servir y esperar a Dios, que es amigo del or- den y de la verdad. Adquirido con la luz de Dios, este conocimiento propio se desarrolla con el del mismo Dios. Y se identifica con la humildad y; tanto si explora la estructura del alma como si revela al hombre su pequeñez ante el Infinito de las grandezas divinas o su pecadora miseria, no aspira más que a hacer reinar la luz y a que triunfe la verdad. Cuando alimente en un alma la contrición dolorosa al mismo tiempo que un amor ardiente, la adoración profunda y las más elevadas aspiraciones, el senti- miento de su impotencia y las generosas resoluciones, se podrá afirmar que es verdadero: lleva la señal divina de su origen, que es paz, equilibrio, libertad y fecundidad.

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40 Camino de perfección 39, 1.

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CAPÍTULO 4

La oración

La puerta para entrar en este castillo es la oración1.

No es otra cosa oración mental... sino tratar de amistad2.

Conocer a Dios y conocerse a sí mismo a la luz de Dios: ése es el doble conocimiento que cons- tituye el fundamento de la vida espiritual, cuyo movimiento regula, indica sus progresos y asegura su perfección.

¿Por qué medíos tiene que ir el alma hacia sus propias profundidades para unirse al Dios que vi- ve en ella? Santa Teresa lo señala desde las primeras páginas del Castillo interior:

«Pues, tornando a nuestro hermoso y deleitoso castillo, hemos de ver cómo podremos entrar en él... Por- que, a cuanto yo puedo entender, la puerta para entrar en este castillo es la oración y consideración»3.

Estas palabras nos dejan entrever el papel esencial de la oración en la espiritualidad teresiana. Precisemos este papel; a continuación explicaremos la definición de oración y las clasificacio- nes que de ella nos da la Santa.

A. PAPEL DE LA ORACIÓN EN LA ESPIRITUALIDAD