4.4 Interaction protocols in Multi-Agent systems
4.4.2 Discussion
La importancia que hemos dado al concepto de aspiración, se relaciona con al análisis que hace Tomassini (2006) respecto a las transformaciones económicas y los cambios sociales que han generado en nuestro país hasta el día de hoy. El quiebre descrito anteriormente respecto al proceso de modernización, lleva al autor a considerar la necesidad de compatibilizar esas reformas con iniciativas referidas a equidad y profundización de la democracia, es decir, con una reforma de carácter democrático, a partir de un enfoque de políticas públicas, descrito como “pensar el estado a partir de las políticas públicas que éste debe privilegiar para responder a las demandas ciudadanas”, y no uno centrado en una visión meramente organizacional y gerencial del estado, en clara alusión al primer paradigma que describimos.
Según señala este autor, el enfoque de políticas públicas busca resolver una dificultad del estado en el contexto actual de auscultar y procesar las demandas ciudadanas, para escoger políticas que respondan a ellas, para coordinar la actuación de los distintos actores gubernamentales y no gubernamentales, y para implementarlas en forma efectiva y oportuna (2006, p. 10). Es decir, las políticas públicas –y sus componentes entre ellos la evaluación- debieran buscar interpretar las aspiraciones de la ciudadanía para que su formación dialogue permanentemente con la subjetividad de las personas. Por ello –señala Tomassini- en la sociedad de hoy los analistas y responsables de diseñar políticas, más que un método racional, deben utilizar el de la “sospecha ontológica” para comprender la realidad (2006, p. 16). Ello significa que quienes formulan las políticas públicas no solo necesitarían una mayor capacidad de información, sino también de interpretación de los fenómenos sociales y los cambios que ocurren en ellos.
Un ejemplo, en relación a la necesidad recién descrita señala que 20 años después del inicio de las reformas, los chilenos aspiran a tener una sociedad más igualitaria. De esta forma, se alude al predominio de valores que orienten las relaciones sociales hacia la solidaridad y la responsabilidad social. Sin embargo, la evidencia señala que nuestro país posee graves
falencias en lo que respecta a igualdad, lo que se refleja en la pésima distribución de los ingresos que poseemos.
Este ejemplo es un indicador de la mencionada pérdida de la capacidad hermenéutica del estado, facultad de la que disponía en el modelo estatal anterior. En el texto “Las sombras del mañana”(2002), Lechner señala que la explicación al fenómeno que hemos enunciado se encuentra en que durante gran parte del siglo veinte, el estado fue una instancia privilegiada, por medio de la cual era posible la comunicación entre las sujetividades y las exigencias de la modernización económica (2002, pág. 54). Debemos recordar que en el período comprendido entre la década de 1930 y la de 1970, a partir del desarrollo del modelo mercado internista del estado latinoamericano, se generó una dinámica política basada en un pacto entre el estado, los propios funcionarios del estado los partidos políticos urbanos y las clases ligadas a la incipiente industria.
A partir de este pacto –que, dicho sea de paso, excluyó por completo a grupos importantes de la sociedad, como el campesinado- se generó un creciente vínculo de integración de las demandas de la ciudadanía a través de un estado que se comprometía a responder a las expectativas que de él existían. Incluso, se ha indicado que las características del vínculo existente tendió a generar confusiones respecto de los roles de los actores en el proceso de desarrollo del país (Magíster FLACSO, 2005).
A partir de esta proximidad entre estado y ciudadanía, son comprensibles las palabras de Lechner. En la estructura social, el estado jugaba un rol fundamental, denominado por Garretón (2004), como la “matriz estado céntrica”. Esta configuración social, por las características mencionadas, ligaba muy directamente las expectativas a la labor del estado. De esta forma, esta institución permanecía conectada con las subjetividades de la ciudadanía.
Así, más allá de la función directa del estado en el desarrollo de nuestra sociedad, éste cumplía con una función indispensable (en conjunto con el resto del sistema político, especialmente los partidos políticos), cual era brindar códigos de sentido a la sociedad, es decir, elementos que le permitan comprender, valorar e interpretar las condiciones y contextos en los que se enmarcan sus vidas (2002, pág. 25). La utilidad de estos códigos es que permiten que las personas puedan conformar sus propios “mapas mentales”, que
sociedad y de la política, dentro del marco de lo que es posible, factible y deseable (es decir, lo que hemos definido anteriormente como aspiraciones). Así, la política, y dentro de ella muy relevantemente el estado, tenían una gran importancia en la manera en que los ciudadanos confeccionaban sus mapas mentales, principalmente respecto de las coordenadas de espacio y tiempo (2002, pág. 27).
De esta manera, siguiendo con este argumento, y considerando las transformaciones asociadas a los procesos de modernización, observamos que la pérdida de esta función simbólica se encuentra relacionada con el diagnóstico que hicimos respecto de la incapacidad interpretativa de parte de la visión institucional actual y de sus políticas públicas.
Frente a este análisis nos preguntamos qué elementos debiera considerar la visión institucional en su trabajo interpretativo, de manera tal de incorporar con el concepto de aspiraciones en los diferentes procesos involucrados en el ciclo de las políticas públicas, e introducirlos en la función de la evaluación. Ello será descrito a continuación.
Las características de la brecha, o qué sería importante interpretar.
En el contexto que hemos indicado, Hopenhayn (1994) entrega algunas luces respecto a cuál sería el ámbito de lo que constituye la brecha, o cuáles serían las debilidades de interpretación desde la mirada institucional, que son las que en definitiva refieren a la perspectiva no institucional. Al respecto, señala que en un espacio marcado por el fin de los metarrelatos, el pensamiento posmoderno pone en duda “verdades” como la glorificación y unidireccionalidad del progreso –tales como podrían observarse los procesos que se extienden en los diferentes países- que en el contexto anterior ayudaban a hacer predecible, inteligible y racional la realidad (como indicaba Lechner que lo hacía el estado desarrollista). De esta forma, en la actualidad la historia no marcha de manera ascendente, sino discontinua, ya que se encuentra sujeta a múltiples y contradictorias fuerzas, además como no hay racionalidad ni direccionalidad única, menos puede reconocerse como legítima la aspiración de un grupo que se adjudique para sí la interpretación de la historia y deduzca una direccionalidad formativa de manera más global. De esta forma, los supuestos de la modernidad se ponen en duda, al “adscribírseles un exceso de normatividad, un sesgo
etnocentrista y una pretensión de cohesión cultural que resulta extemporánea” (1994, p. 163).
Al rescatar estos elementos, observamos que se presenta una duda respecto a si una forma homogénea de llevar a cabo los procesos de modernización en general y de la evaluación en particular, es capaz de salvar estas dificultades presentadas por el contexto social. Al respecto, Hopenhayn señala que los estilos de modernización han mostrado un privilegio excesivo de la racionalidad sistémica por sobre los “mundos de la vida”. De esta manera, la exaltación acrítica de la racionalización de la política habría sacrificado en partes importantes la participación social, en pos de un discurso triunfalista de la racionalidad instrumental por sobre los valores propios el humanismo.
¿De qué forma esta lógica ha incidido en la debilidad interpretativa de parte del estado? Al respecto, el autor citado indica que una de las paradojas que caracterizan nuestra realidad actual es que cuanto más nos desarrollamos, más crítica se vuelve nuestra calidad de vida. Hopenhayn señala que se ha invertido la ecuación que decía que era el proceso de modernización la variable clave para el despliegue de una mejor calidad de vida para los ciudadanos. Los costos sociales que han estado aparejados a procesos de modernización, así como el cambio hacia la realidad fragmentada indicarían que “cada vez más, la noción de calidad de vida se hace menos reductible a tasas de escolaridad, expectativas de vida al nacer o reducción de las tasas de mortalidad infantil, y se extienden hacia dimensiones de fuerte acento territorial, ambiental y psicosocial” (1994, p. 64). De esta manera, ahora la calidad de vida estaría asociada a nuestro aire, nuestro ritmo de vida, nuestra proximidad, nuestro arraigo en la historia.
Si estas reflexiones están en lo correcto, sí existiría una valoración distinta entre la entidad u organismo de llevar a cabo el proceso de modernización y quienes debieran verse beneficiados de ello, dado el contexto social en el que se sitúa la modernización del estado y las orientaciones de interés de los sujetos.
Así, y recogiendo lo que antes habíamos analizado del pensamiento de Lechner, estamos observando que la brecha entre la perspectiva institucional y no institucional podría relacionarse con la Dimensión Cultural del desarrollo de la modernización. Al respecto Hopenhayn señala que ésta corresponde a la perspectiva desde la cual las personas
vida”. Aquí, y tal como lo señalamos anteriormente, la consideración de esta perspectiva implica cambiar determinadas formas de observar la realidad social buscando comprender, a partir de la comprobación de la complejidad y polimorfismo del tejido social. De esta manera, será necesario mejorar la capacidad interpretativa de la que hablábamos, comprendiendo este nuevo escenario y la forma en que los actores se sitúan como tales en él. Y este trabajo es el que justamente desarrolla la evaluación. Sin embargo, este trabajo – de acuerdo al autor citado- deberá realizarse sin profundizar la interpretación posmoderna de cuño neoliberal, por medio del cual se ve como solución la administración de la entropía, y la aceptación acrítica de lo que es. Hopenhayn indica que más bien se debe mejorar la mirada inclusiva respecto de este complejo escenario.
Las dificultades generadas en este ámbito implican la necesidad de incluir en las acciones gubernamentales –como la evaluación- una mayor gama de agentes, dando cuenta de la complejidad y marcha paralela de complejos escenarios tales como los que existen en las últimas décadas.
Frente a esta necesidad, el autor promueve la importancia de la profundización de la democracia como forma de rescatar la diversidad de perspectivas, así como la pluralidad de intereses y demandas en el tejido social actual, además de la reorientación de la planificación hacia percepciones más acordes a los escenarios actuales y a la comprensión de las múltiples y complejas relaciones que se crean entre los también múltiples actores sociales. Estas propuestas –indica- aún no han podido desplegarse en realidades como la latinoamericana.
3) La base operacional de los criterios de evaluación en la perspectiva no institucional: