Chapter 5: Social Dances
5.4 Discussion 5.4.1 Main findings
La narrativa chilena, a partir del segundo tercio del siglo XIX y como consecuencia del surgimiento del Movimiento literario de 1842, comienza un período de "intensa actividad cultural, concebida bajo los signos del romanticismo, que entonces iniciaba su dominio en las artes y las letras de Chile". (Muñoz y Oelker, 1993: 13). A este respecto, señala Varela Jácome, "Al margen de los obstáculos históricos," tanto para los chilenos como para sus vecinos, "la introducción de modelos narrativos foráneos," se genera en una incesante sucesión de hechos que motivan y alimentan la curiosidad de los intelectuales. "La traducción y difusión de autores extranjeros configura distintos metagéneros novelísticos, en parámetros cortados por una variabilidad fluctuante." Así poco a poco los creadores de todas las disciplinas comienzan sus tímidas producciones con temas renovados, pero con la mirada puesta en la autóctona y concreta realidad hispanoamericana incluyendo a Chile (1982: 16-17), aunque no muy alejado de los modelos llegados del viejo mundo.
Por lo tanto, esta nueva etapa intelectual del país trajo consigo no solo el despertar romántico de una parte importante de escritores y de contribuir al desarrollo del subjetivismo lírico, sino que además promovió y difundió las múltiples inquietudes ideológicas y culturales impulsadas por las sociedades literarias emergentes y el incremento del periodismo.
Muchos fueron los artistas que, en ese proceso de renovación, se consideraban no románticos, como el poeta Salvador Sanfuentes, José Joaquín Vallejos (Jotabeche), el intelectual y ensayista ateo Francisco Bilbao y el liberal Eusebio Lillo (1826-1910), poeta, periodista y político, autor del Himno Nacional de Chile. Igualmente, Lastarria y el propio Bello, entre otros. Sin embargo, aunque el neoclasicismo aún prevalecía, el Romanticismo - aunque lo negaran muchos de los intelectuales de la época-, se abría paso en Chile, justo cuando en Europa ya se encontraba completamente agotado. Este fenómeno trajo consigo, en una
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primera etapa, una producción narrativa con tintes entremezclados o compartidos como ya se menciona en otros apartados. Pero una vez que el Romanticismo logra ganar su espacio en el país -pues se trataba de la primera corriente literaria que veía la República y por tal motivo contaba con un sentido especial para la Nación-, a muy corto plazo emprende un marcado descenso. Sin embargo, en medio de este entorno romántico, a pesar del desfase que experimenta la incorporación del realismo en Chile, sus tímidos matices comienzan a percibirse poco a poco. Varela Jácome es muy preciso al señalar lo siguiente:
La persistencia de los distintos metagéneros románticos retrasa el salto desde los círculos de la subjetividad, el sentimentalismo, la desilusión y la nostalgia del pasado, al descubrimiento de los círculos de la realidad, de la verosimilitud, del intento de lograr una «figuración realista».
(1982: 85).
La tarea es bastante compleja, al tratar de establecer un punto específico o una fecha exacta de la incorporación del movimiento del realismo a las letras chilenas. Puesto que, tal y como expone Jácome Varela en otro apartado de su estudio, "En la evolución novelística chilena, la mezcla de costumbrismo, subjetivismo y excesos folletinescos llega hasta muy tarde." (Ibíd. 91-92). De igual modo, el mismo autor establece que el Realismo llega a Chile de la mano de Blest Gana, en la segunda etapa de su vida literaria con su obra más representativa,
Martín Rivas (1862), además de los relatos cortos que le siguieron, publicados ese mismo año, Mariluán (1862), Un drama en el campo (1859) y La venganza (1862); y los que continuaron
en los años sucesivos, El ideal de un calavera (1863) y La flor de la higuera (1864). En este período Blest Gana deja entrever que sus lecturas de Balzac -aunque no ciegamente- a partir de 1861, influyen en gran medida en sus narraciones. A este respecto Oviedo señala que "Blest Gana es el paradigma del novelista en cuya obra se opera la transición de uno a otro estilo" y más adelante, agrega que la principal característica de este escritor está dirigida a que "Es un romántico que sabe describir el mundo social que tiene al frente y un realista que sabe usar intrigas o nudos de sabor romántico." (1997: 146).
Los escritores, inspirados en el modelo aportado por Blest Gana, "observan la realidad" desde distintos matices, "con nuevos métodos y con una nueva técnica." La corriente realista ha conquistado su puesto y los modelos a seguir no solo vendrán de Balzac o Flaubert, sino también de "Zola y de la violencia profética del Naturalismo." En este contexto arribó definitivamente la corriente del realismo a Chile. Un movimiento que se extendió por muchos
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años, aproximadamente hasta la mitad del siglo XX y que contuvo en sí diferentes orientaciones e intensidades, además de convivir con otros movimientos como fue el Modernismo, entre otros. (Latorre, 1941: 70-74).78
La sociedad, a través de las publicaciones periódicas de revistas literarias o de encartados en periódicos, comienza a leer a Madame Bovary, La comedia humana, Guerra y
Paz, La fortuna de los Rougon y toda la literatura de la época llegada desde el extranjero con
una libertad desconocida. Toda esta democratización de la información, de la cultura y de la literatura además de las nuevas políticas en educación, sin lugar a dudas, influyó notablemente en la producción artística, literaria y poética de los años siguientes. Aunque por éste mismo período los estilos creativos, tanto en el drama como en la poesía y la novela, se mueven en una sutil frontera entre el Romanticismo, el Realismo, el Naturalismo, el Modernismo y el Costumbrismo, se da una suerte de estilo propio entre los escritores nacionales, integrando modelos, tendencias y corrientes externas de una forma personal y según sus propios intereses. En este contexto comienza a incluirse en los cuentos y en los relatos la cuestión social, no solo de la urbe, sino también de la provincia, en narraciones menos satíricas o ensoñadoras y mucho más sujetas a la realidad de los personajes, allanando el paso a un metagénero mucho más comprometido como fue el realismo social en la literatura y la poética del nuevo siglo.
Así, en la medida en que finaliza el primer siglo republicano, la realidad intelectual chilena se enfrenta a dos grupos de producción narrativa. Uno de ellos se encuentra liderado por aquel intelectual cuyo perfil se equiparaba más con la actividad institucional, como estadista, político, economista o diplomático, en la cual la de escritor o poeta, como fue el caso de Camilo Henríquez, Egaña, José Joaquín Vallejos, Lastarria, Bello, entre otros, significaba una actividad complementaria, paralela a sus funciones de responsabilidad gubernamental. Por lo tanto, era indudable que sus escritos, aunque enarbolara libertad en todos los sentidos, siempre estarían delimitados por sus actividades e intereses. Pese a esta singular característica, muchos de aquellos proyectos literarios cumplieron con creces sus objetivos y expectativas. Asimismo, el segundo grupo de escritores, que emerge con posterioridad al anterior, que se ubica más o menos en las últimas décadas del siglo XIX y a comienzo del siglo XX, se encuentra constituido por una nueva generación de intelectuales, cuyos integrantes provienen de distintas clases sociales, no responden a intereses del poder económico ni gubernamental ni político, y
78 Apreciaciones señaladas en un amplio y destacado ensayo desarrollado por Mariano Latorre, para ser
publicado en el Boletín bimestral, de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Instituto de Cultura Latino Americana. Volumen IV. La Literatura de Chile, 1941, Buenos Aires Argentina.
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sus objetivos están dirigidos a mejorar todos los aspectos profesionales de su arte y oficio, incluso de forma autodidacta -en algunos casos- con total libertad y respondiendo plenamente a la representación de un realismo social mucho más comprometido.
Así, esta nueva realidad que empieza a vivir el escritor chileno, le permitirá generar un tipo de literatura con rasgos muchos más críticos frente a los grupos nacionales más exclusivos, los poderes económicos y el poder gubernamental, sin distinción de clase ni credo como singular rasgo. Lo mismo sucederá con la lectura y las temáticas que, sistemáticamente, comenzará a manejar, al igual que las nuevas influencias que se permitirá recrear. En este sentido Pedro Balmaceda Toro, reflexionando sobre el realismo como una nueva estética, elabora un interesante ensayo titulado La novela social contemporánea (1887)79, donde expone, entre muchos otros aspectos, que esas últimas décadas del siglo obligan a los creadores a mostrar no solo las "concepciones ideales," además de un "realismo deslumbrador", sino todos "los problemas que ofrece la novela social contemporánea." (158). Más adelante, en el mismo ensayo el autor refiriéndose a la novela social desarrollada dentro de la corriente del realismo señala:
I es la novela de hoy, a la novela realista, a quien deberá la historia el conocimiento, […] las conmociones de la multitud, de la sociedad, tan desconocidas hasta aquí, […] sin embargo, son los grandes factores de la vida de un pueblo, de sus cambios políticos i sociales, de sus conquistas i de sus esfuerzos de civilización i de progreso. (1887: 205).
Balmaceda Toro concluye su ensayo mencionando que esta nueva etapa de la novela social, creada bajo la mano de la corriente literaria del realismo, formula una importante pauta para las futuras generaciones de escritores cuyo tema a desarrollar se centrará en dar luz a la vida interior de un pueblo con sus verdades más fuerte y degradadas.
A partir de la década de 1880, el término Realismo se fue imponiendo poco a poco, tanto en la historia como en la crítica literaria, a pesar de haber manifestado su existencia paulatinamente desde la obra de Blest Gana, muchos años antes. Sin embargo, tras la obra de este escritor, le sigue la de Daniel Barros Grez -considerado el precursor del teatro chileno- con su larguísima novela histórica-política Pipiolos y Pelucones (1876), en la que denota una
79 Pedro Balmaceda Toro (1889) La novela social contemporánea. Ensayo escrito el 29 de agosto de 1887.
Compilado posteriormente en: Estudios I Ensayos Literarios. (A. De Gilbert), p. 157-207. Santiago. Imprenta Cervantes. Colección de Memoria Chilena. Biblioteca Nacional de Chile.
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mezcla de costumbrismo, subjetivismo y una carga folletinesca que confunde los límites de las corrientes en boga, aplicando una suerte mixta de implementación de movimientos literarios. Por lo que el punto de inicio del realismo en Chile, pautado por Blest Gana, irremediablemente vuelve atrás quedando la literatura en un espacio indeterminado hasta 1900 con Luis Orrego Luco y su novela Un idilio nuevo, sin embargo, la corriente literaria abiertamente realista comienza a manifestarse a partir de la primera década del siglo XX. Por lo que el desfase cronológico de este movimiento con respecto a Europa es absolutamente perceptible en Chile. Los cambios introducidos en la vida intelectual chilena de ese tiempo son el resultado de las reformas liberales y de la nueva vida republicana basada en las teorías de los grandes pensadores europeos, unido al crecimiento económico, la educación, el progreso y los movimientos migratorios de finales del siglo XIX, tanto de España como de países europeos y países vecinos. A todas las novedades registradas en aquella segunda mitad del siglo, hay que sumarle otros de mayor envergadura, que conmovieron y transformaron profundamente a la sociedad chilena: la Guerra del Pacífico (1879-1883), en el Norte del país, y la Revolución de 1891 que derrocó al Presidente en servicio José Manuel Balmaceda (1840-1891). Como resultado de la primera, el país experimenta un resurgimiento económico sin precedentes, pues el salitre chileno comienza a cotizarse internacionalmente y los nuevos ingresos transformaron completamente la antigua estructura social del país, en todo orden. Posteriormente, el segundo acontecimiento, derivado sin duda de aquellos nuevos ingresos producidos por la industria salitrera, despertó la codicia y enfrentó a los capitalistas más poderosos de aquel entonces, el inglés y el norteamericano. Del mismo modo, internamente, también se produjo la pugna entre los poderosos del país que se enfrentaron al poder gubernamental que, liderado por Balmaceda, intentaba poner orden en la zona norte, pues amenazaba la soberanía del país, al convertirse el lugar en una tierra de nadie, dirigida por grandes conglomerados económicos.
Esa complicada realidad en proceso proporcionó un singular panorama social, además de un sinnúmero de posibilidades por explotar a los artistas de las letras. Un macrocosmos circundante, influenciado obviamente por el nuevo ambiente en pleno desarrollo. La abundancia, vivida por aquel entonces por los privilegiados, llenó al país de novedades traídas de todas partes del mundo, especialmente de Francia. Así fue como arribó, libremente toda clase de literatura. Tolstoi, Stendhal, Flaubert, Zola, entre muchos, eran tratados y discutidos ampliamente por la sociedad en cualquier entorno. En medio de este ambiente paradójico y poco convencional, aparentemente ordenado y pacífico, Chile llegó al nuevo siglo. En esta
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ocasión diferentes aires invaden la mente de los creadores y novedosas fuerzas los conquistan. Una vez más la mirada y la pluma serán dirigidas al entorno y la realidad circundante.
El nuevo siglo llega plagado de renovaciones y lujos: excentricidades y extravagancias, injusticias sociales y laborales. La desigualdad en la repartición de las riquezas y el abusivo trato a los obreros y sus familias es notoria. Este nuevo escenario de vida en la población favorece el nacimiento de nuevas creencias y costumbres, de fiestas y celebraciones, de hostilidades y dolores. A veces, pintorescas otras no tanto. Este contexto contribuye al renacimiento de aquel realismo iniciado por Blest Gana, que a través de los años fue variando su intensidad, no solo por la influencia de otras corrientes o tendencias, sino, por el influjo de ese entorno de transformación constante.
No obstante, al comenzar el 1900, la nación se vio experimentando tal cantidad de cambios en su estructura social, económica y política, además de los diversos acontecimientos que invadieron su geografía por esa nueva era de opulencia y desafuero, que la literatura no solo comenzó a dirigir su mirada a la realidad tradicional, como la Capital, llena de zonas verdes, casas opulentas, calle limpias y ordenadas, con gente bien vestida, sino que también, en esta oportunidad se atreve a observar y a reflejar la vida de los barrios pobres, la verdad de sus calles, de sus viejas construcciones, sucias y descuidadas; las historias de lugares sórdidos, infrahumanos; describe la pobreza, la enfermedad, la prostitución, la delincuencia; la niñez abandonada en las calles, su dolor y su padecer. Asimismo, esta pluma renovada, integran esta vez al campo, el mar, las minas y la montaña, con sus paisajes, rituales, costumbres, vivencias y supervivencias. Realidades desconocidas y que nunca antes habían sido descritas por los autores. A este respecto el escritor Mario Ferrero en un ensayo publicado en la Revista Atenea sostiene lo siguiente:
Esta brillante generación de escritores es la que, a la postre, viene a recoger el vibrante llamado de Lastarria, contenido en aquel memorable discurso de inauguración de la Sociedad Literaria, el 3 de mayo de 1842. (…) exalta a los escritores chilenos a realizar una literatura nacional que refleje, verazmente, la realidad natural, social y humana de la patria, única forma de alcanzar la universalidad artística y la fijación cultural de una nacionalidad. (1960: 9).
En consecuencia, los nuevos artistas de las letras, se presentan en esta nueva etapa absolutamente comprometidos con el Realismo, a lo que Fernando Alegría señala como una
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actitud, un "compromiso con los deberes sociales del hombre y obligación de escribir con intencionada exactitud." Asimismo, junto a este movimiento, le seguirá un compromiso mayor que él mismo autor lo denomina como "el caos que el artista debe organizar." Para referirse al Superrealismo. Una corriente mucho más comprometida y profunda, con sus influjos y tendencias que, de acuerdo a este mismo autor, dará paso al verdadero inicio de la era literaria chilena, tanto en la prosa como en la poesía. Al hilo de lo anterior Alegría continúa señalando lo siguiente, "La literatura chilena se movió, entonces, en una zona sin fronteras, engañadora, mágica." (1967: 11). Así, en medio de un ambiente transformado, con sus virtudes y sus desgracias, sus lujos y sus pobrezas; en un entorno nunca antes visto, en Chile, nace la Generación del 1900. Una primera generación en todas sus formas, auténticamente literaria, compuesta por un grupo selecto de talentosos elegidos, destinados a renovar desde lo más íntimo las letras del país en todos los aspectos. Ninguno de esos personajes quedó anónimo y fueron parte de la base fundamental que contribuiría, décadas más tarde, al nacimiento de otra Generación literaria, igualmente importante, como lo fue la de 1938.