Chapter 5: Social Dances
5.1. Previous literature
5.2.6 Statistical analysis
En el siglo XIX Hispanoamérica se encontraba en pleno proceso de independización del Reino de España. Un arduo camino que venía recorriendo desde hacía muchas décadas motivada por las innumerables páginas escritas por los pensadores y seguidores de la Ilustración y su extensa proclama de combatir la ignorancia y darle luces a la razón. La obra ilustrada y su movimiento artístico, neoclasicista, traspasó los férreos controles y su prohibición de divulgación que se ejercía en las Colonias, fortaleciendo e inspirando a los hombres, cansados de esa realidad colonial indigna, injusta y absolutamente negada a la libertad humana. Durante ese período, las naciones, una tras otra, salían victoriosas de sus contiendas emancipadoras.
Pero ese victorioso movimiento liberador, que experimentan los distintos Virreinatos y Capitanías Generales, irá de la mano de elementos imposibles de ignorar por aquel largo camino emprendido: el idioma y su herencia cultural. Desde esta perspectiva Grossman (1972: 42-51)
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indica que se debe hacer una "síntesis racial y cultural" pues, él plantea que en América se desarrollaron simultáneamente las literaturas de los nativos (junto con la oralidad que ya existía), la de los conquistadores (traída con ellos, aunada a la que siguen importando) y la de los negros, que llevaron desde África. Todo ello dio como resultado una diversidad que, originalmente, los colonizadores se empeñaban en diferenciar. (Ibíd. Grossman: 52-55).
Sin embargo, Bellini sostiene que la literatura que prevalece no es solo la de los conquistadores, pues se acostumbraba a llevar en las expediciones unos cuantos escribientes y su respectiva selección de lecturas, sino la que durante siglos mantienen los colonos, los aborígenes y los esclavos. Y, más tarde, tanto en el período previo a la culminación de las gestas independentistas, como en la etapa posterior a ellas, la producción literaria de "naciones como Inglaterra, Italia, Alemania, Europa en general y los Estados Unidos dejan huella importante en las letras Hispanoamericanas de los siglos XVIII y XIX." (1997: 182-187).
La ruptura con todo lo español y su triunfante separación, extremadamente compleja, y la adquisición y puesta en práctica de las ideas de la Ilustración, según algunos especialistas, contribuyen, de algún modo, a trazar la organización y las costumbres de los países liberados; pero sus propios escenarios, en una primera fase, les impiden desarrollar e identificarse con movimientos o corrientes artísticas o literarias de la forma que les gustaría. Aunque pese a los obstáculos hacen sus esfuerzos y la crónica no se detiene, salvando en parte la historia literaria de este tramo de la historia de América, tan pobre en este terreno.
Pese a esta realidad, el crecimiento experimentado en pocas décadas, a partir de sus respectivas independencias, es sin duda asombroso pues rápidamente, al ritmo de sus propias batallas y revoluciones, el nacimiento de un mundo narrativo hispanoamericano propio, autónomo y original emergió incesantemente. Es interesante destacar en este sentido cómo Grossman divide la literatura del nuevo mundo en tres partes, a modo de "síntesis", en el que ubica la etapa del descubrimiento, conquista y colonización entre los años 1500 y 1830, con Renacimiento, Barroco y Clasicismo; la Emancipación de Hispanoamérica entre los años 1830 y 1915, con Romanticismo, Realismo y Modernismo. (1972: 101-116). Más adelante, a su juicio, le sigue la segregación de Europa motivada por las dos Guerras del siglo XX, entre los años 1915 y 1965, con Expresionismo y Existencialismo44. (Ibíd. 1972: 469-496).
44 Véase: Grossman R. (1972) Historia y problemas de la literatura latinoamericana, p. 101- 116 y 469-496.
Véase, del mismo modo un resume en: Reseñas de Juana Martínez Gómez, acerca de la obra de Grossman, publicada en Anales de literatura Hispanoamericana, Nº 2 – 3, 1973 – 1974, p. 693 – 694.
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El realismo literario decimonónico, tal como fue concebido en Europa, así como el auge de la teoría positivista y, más adelante, la transformación hacia el naturalismo que experimentó el realismo, incluso el modo como fue admitida esta fenomenología en cada país europeo, nunca llegó en toda su dimensión a las naciones que se fundaban en ese complejísimo proceso que vivía Hispanoamérica. Más bien la tradición literaria se iba erigiendo a la par con la fundación de las naciones y su propia intelectualidad la iban inventando con los elementos que estaban a su alcance. En tal sentido, en esa literatura en formación, fueron admitidos y asimilados indistintamente en cada región del Continente lo que viniera del otro lado del océano, sobre todo en sus primeras décadas de naciones independientes. En este punto resultan relevantes las aproximaciones de Bellini:
El Romanticismo triunfa en Hispanoamérica entre 1840 y 1890, cuando se manifiestan las primeras dificultades en las naciones independientes salidas de la guerra, mientras Cuba y Puerto Rico, sometidas todavía al dominio español, […]. Es el momento en que la literatura hispanoamericana sitúa en el centro de sus instancias al hombre, en su derecho irrenunciable a ser libre, el momento en que se vuelve impetuosa y combativa. […]. Por consiguiente, en el período romántico la literatura cumple una función de primera importancia en la formación de una América nueva; […]. Los acontecimientos europeos acaban por interesar cada vez menos y solo se tienen en cuenta en la medida que puedan influir en el mundo americano. (Ibíd. 1997: 216).
En este contexto lo único que ocupa las mentes de la gente de este lado del océano es lo que acontece por esta zona, de norte a sur. En ese agitado mundo los hispanoamericanos comienzan a "superar los límites de sus propias naciones, y del continente", se percibe una "apertura en la mentalidad de la gente; se amplían los contactos y las lecturas", adquiriendo un rápido conocimiento de los nuevos "movimientos artísticos". Se consolida poco a poco la presencia literaria de Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, además de la de España. También se suma a este conglomerado la literatura estadounidense y del Norte de Europa. (Ibíd. Bellini: 217).
Ubicar la corriente del realismo dentro del desarrollo literario hispanoamericano, desde una perspectiva global, se convierte en una tarea bastante compleja, incluso imposible, no solo por la diversidad de sus regiones, sino por los caminos que a cada uno de los países le tocó vivir
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en sus respectivas contiendas libertadoras. No obstante, Guillermo Araya, en su ensayo publicado en Persee, señala lo siguiente:
… para ver claramente los elementos esenciales que intervienen en el desarrollo de la literatura hispanoamericana, hay que tener presente que la influencia extranjera es una ‘constante’ de la literatura del nuevo mundo. Desde sus orígenes hasta ahora, esta literatura ha recibido la influencia europea, principalmente española, francesa e inglesa, en menor grado rusa, alemana e italiana (también -en algunos casos concretos- la nórdica, sueca, danesa). Y, como en el caso de las literaturas europeas, a través de ellas o directamente, ha habido siempre influencia de las literaturas clásicas y semíticas (árabe y hebrea; la Biblia). (1979: 324)45.
En este contexto se analizará de una forma somera y aproximativa a cada uno de los países que componen el mundo hispanoamericano, seleccionados en dos vertientes. Una primera vertiente se centrará en su estatus previo a la emancipación: Virreinato, Capitanía General. Y otra entenderá a su condición geográfica, haciendo el recorrido de norte a sur.
Al hilo de lo anterior, uno de los primeros países en manifestar sus propias creaciones fue México. Su etapa más convulsa desde el punto de vista social, económico y político, se sitúa entre los años 1810 y 1889. De este modo, el siglo XIX íntegro, en lo que se refiere al tema literario, lo constituyeron la gesta libertadora, independencia, elaboración de la República, contiendas por la invasión extranjera, nacionalismo y modernismo; entremezclado con el viejo neoclasicismo y el emergente romanticismo. Era imposible que los periodistas, escritores, críticos e intelectuales, en general, en medio de los constantes enfrentamientos o las luchas por la emancipación del país, se dedicaran a otra actividad que no fuera colaborar a través de sus plumas, de una u otra forma, en los distintos bandos, a la instauración y fortalecimiento del nuevo gobierno independiente, o atacar el movimiento contrario.
En las primeras décadas del siglo XX el tema literario aparecía constituido por la Revolución, el Vanguardismo y la época contemporánea. En medio de todo ese proceso de
45 "Después de la primera guerra mundial ha comenzado el influjo de la literatura de los EE. UU." Todo esto a
raíz de las consideraciones que deben ser tomadas en cuenta por el historiador y el antologador al momento de hacer su estudio referido a la literatura en Hispanoamérica, entre otros interesantes aspectos abordados por Araya en su ensayo publicado por: Persee, En torno a una Antología de la Literatura Hispanoamericana de Guillermo Araya. In Bulletin Hispanique. Tomo 81, Nº 3 – 4, 1979, pp. 321 – 331.
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grandes cambios México experimentó la necesidad de organización en el ámbito literario. Así, los escritores románticos se congregaron en la Asociación Académica de Letrán (1836) para sus deliberaciones, intercambios, presentaciones y otros aspectos relacionados. Y, el grupo de escritores etiquetados como neoclásicos o académicos, en oposición a la categoría de "románticos", su centro de agrupación fue el Liceo Hidalgo (1850). En este entorno, a pesar de que la creación literaria y estilística en general no alcanzó expresiones de valor universal, fue una actividad intensa, constante y vital; cuyos frutos hubiesen sido nulos sin el meritorio trabajo de muchos intelectuales y pensadores de la época, pudiendo alcanzar la madurez y originalidad necesaria para ser reconocidos.
Uno de los más destacados representante en este período, por el aporte que significó para la creación literaria mexicana, fue José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), escritor y político nacido en la Nueva España –posterior, México-. Si bien se considera un ferviente neoclasicista, por las características de su obra, fue uno de los pioneros en utilizar elementos moralizantes y de otras corrientes, como el romanticismo tardío, además de rescatar algunos estilos ya olvidados como la picaresca. Autor de El periquillo Sarniento (1816), Don Catrín de
la Fachenda (1823) y otras menores de corte picaresco. Noches tristes (1818), El día alegre
(1819), de una marcada influencia romántica. Con estas últimas obras Fernández de Lizardi se consagró como el primer novelista de América y el precursor de la novela romántica. Pues como indica Bellini, "la única obra de relieve de la narrativa hispanoamericana, en el período que va desde la época barroca a los comienzos del romanticismo, es la de Fernández de Lizardi". (Ibíd. 1997: 195).
Otro destacado autor de esta época fue Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893), abogado, político, escritor y maestro. Un hombre nacido en el seno de una familia indígena que disfrutó de las nuevas garantías que le ofreció la liberación de su país y el puesto de mando de su padre en el pueblo de Tixtla, lugar donde nació. Este personaje cultivó el cuento y el relato, la crítica y la historia, el ensayo y la crónica, la poesía y la novela. Su novela Clemencia (1869), fue una historia romántica, tradicionalista y popular, ambientada en los paisajes propios de la Guadalajara de entonces. A ella se suma La navidad entre las montañas, 1871 y El Zarco (1901), novela póstuma -editada en Barcelona, España-, que recrea "el turbulento período de 1861-1863, tras la guerra civil entre reformistas y clericales." En esta obra "Altamirano se desvincula (…) del romanticismo sentimental, (…), para convertirse en escritor realista." (Ibíd. Bellini: 291). Esta novela contiene una trama ambientada en Yautepec, Morelos. Su principal
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característica fue la mezcla de algunos elementos románticos y de aventuras, con los severos tintes críticos y de denuncia hacia Benito Juárez.
Por tratarse de uno de los primeros virreinatos españoles, Nueva España -el actual México- gozaba de muchos privilegios desde el punto de vista cultural, pues contó con una universidad (1553) y una tipografía (1535-1539), mucho antes que el resto de las colonias. Además, fundaron colegios para los hijos de los españoles, el primer colegio de los indios y el de los mestizos. Sin embargo, eso no fue garantía de un desarrollo intelectual de prestigio, pues fiscalizaron hábilmente cualquier tipo de manifestación de pensamientos disímiles que pusiera en peligro la buena marcha de la colonia, estableciendo un férreo control de toda la literatura que llegaba desde el viejo continente.
Igualmente, en este período favorablemente romántico, se publicaron novelas con fondo histórico que enaltecieron a los héroes. El que destacó en México fue Juan Díaz Covarrubias (1837-1859), escritor y poeta liberal, autor de la novela Gil Gómez, el insurgente, y La hija del
médico (1856), ambientada en la guerra por la Independencia. También hubo otras
manifestaciones literarias importantes de destacar, como la de Luis G. Inclán (1816-1875), autor de la novela, Astucia, el jefe de los Hermanos de la Hoja (1865-1866), narración donde se representa fielmente la vida campesina mexicana. Vicente Rivas Palacio (1816-1875), cuyas novelas folletinescas, que Bellini cataloga de bajo valor artístico, evocaban el mundo colonial. Destacan Los cuentos del General (1896), una colección de "tradiciones" mexicanas.
El tema, objeto de este apartado, tiene que ver especialmente con la corriente del realismo decimonónico. En tal sentido México adquiere este movimiento de forma tardía y se inspiró en la obra de Pérez Galdós, que Bellini denomina, "realismo sentimental" (Ibíd. 1997: 293). En este punto se encuentra el escritor Rafael Delgado (1853-1914), autor, entre muchas, de las novelas, La Calandria (1891), e Historia vulgar (1904). También cabe citar al escritor José López Portillo y Rojas (1850-1923), con sus novelas La parcela (1898), Los precursores (1909) y Fuertes y débiles (1919). Con ellos se sitúa, además, Emilio Rabasa (1856-1930), escritor de las novelas La bola (1887) y La guerra de tres años (1891). Finalmente es importante reseñar al escritor Federico Gamboa (1864-1939), fanático admirador y seguidor de Zola, autor de la novela Santa (1903), que fue considerada la versión hispanoamericana de la novela Nana (1880) de Zola.
Tanto en México, como en el resto de los países hispanoamericanos, el paso por el realismo y naturalismo fue corto. A pesar de ser admiradores de Balzac, Zola y de otros
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representantes notables de dichas corrientes, su incorporación tardía en el Nuevo Continente, sumado a sus propias realidades políticas, económicas y sociales, estos movimientos fueron asimilados más bien como una herramienta para sus propias denuncias y acusaciones relativas a los abusos de poder de los nuevos gobernantes, la exclusión, la injusticia y el maltrato de los más desfavorecidos. Del mismo modo fue utilizado además para la exposición de todo lo que pareciera escatológico, truculento o perturbador para la sociedad que se constituía en esta nueva República. A este respecto Bellini nos comenta:
Lo que muchos de ellos presentan al lector es un material horripilante que denuncia la tesis abrazada desde el comienzo. Sin embargo, en medio de este clima se perfilan escritores válidos que producen páginas de gran valor dramático donde denuncian […], las condiciones miserables en que vive, la explotación inhumana del hombre, horribles miserias materiales y morales, logrando en algunos casos conmover a la opinión pública y hasta sacudir la indiferencia de los gobernantes.
(Ibíd. 1997: 294-295).
Una realidad bastante similar a México, se manifiesta en el Virreinato del Perú. Una gran colonia asentada sobre el Imperio Inca que gozó de muchas ventajas, pues fue uno de los Virreinatos más opulento y culto de las colonias de América del sur. Contó además con el beneficio de la imprenta desde el siglo XVI. Pese a estos privilegios, es manifiesta la ausencia de publicaciones periódicas diversas, producto del ejercicio periodístico o de la creatividad interna. Tampoco se realizaron publicaciones relativas a actividades educativas o culturales. Por lo que el género de la novela se vino a cultivar hacia fines del siglo XIX y principios del XX.
La corriente literaria predominante en la exigua o casi nula producción literaria que experimentó el Perú, a partir de la independencia, fue, por una parte, el agotado neoclasicismo entremezclado con el romanticismo, en medio de ambos, el costumbrismo y más adelante el modernismo, con una leve representación del realismo y el naturalismo implementado a través del uso de determinados elementos y en contados casos.
Aunque hay algunos autores que dicen que el costumbrismo tiene sus orígenes en España, ese mismo costumbrismo se transforma completamente en el contexto americano. Sin embargo, tampoco se puede hablar de corrientes puras pues en Hispanoamérica, como se mencionó anteriormente, hay una tendencia a entremezclar y combinar elementos de las
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tradiciones y el paisajismo con los del costumbrismo y romanticismo. Un claro ejemplo lo representa Ricardo Palma Carrillo (1833-1919), político, escritor, poeta y periodista, autor de
Tradiciones peruanas, Tomo I (1872), Tomo II (1874), Tomo III (1875) y Tomo IV (1877).
Una gigantesca obra donde combina elementos históricos y fabulaciones propias, en las que narra la historia de ciudad de Lima y del resto del Perú, desde la época incaica pasando por la colonial hasta la etapa republicana.
Otro significativo escritor fue Felipe Pardo y Aliaga (1808-1868), abogado, político, dramaturgo y poeta, además de ser un tenaz opositor del romanticismo. Examinó y juzgó con severidad la realidad peruana republicana a través de sus comedias, su poesía y sus artículos costumbristas. Se caracterizaba por su estilo popular, su redacción satírica y una abierta crítica social. Por otra parte, Manuel Ascencio Segura (1805-1871), escritor, dramaturgo, periodista y poeta, igualmente apasionado defensor del costumbrismo, autor de la novela Gonzalo Pizarro (1844), la primera novela republicana. Fue, además, precursor del teatro en la nueva República, con una producción dramática bastante extensa. Siendo más conocido por la dramaturgia y sus artículos periodísticos que por la prosa.
En términos generales, el siglo XIX en el Perú estuvo marcado por el pensamiento liberal y uno de los temas de fondo que se trató fue la cuestión indígena, por una parte, más allá de la revalorización de lo incaico, pues la numerosa población indígena debía tener su lugar. Por otro lado, fue relevante, dentro de la creación literaria, el tema historiográfico de la segunda mitad del siglo con una influencia relativa y parcial del positivismo en las obras históricas, entre los que destacan Historia del Perú independiente (1868) y Narración histórica de la guerra de
Chile contra el Perú (1884), del escritor Mariano Felipe Paz Soldán (1821-1886).
Como consecuencia de la crisis social, económica y política que aconteció en Perú durante y después de la Guerra del Pacífico con Chile (1879-1883), se comienza a vislumbrar en las obras literarias, ensayos y artículos periodísticos, algunos matices relativos a la corriente del realismo decimonónico. En esta atmósfera el ente literario se hace más crítico, reflexivo y analítico con su entorno, pues el nuevo escenario de vida en lo que quedó constituido el país, no solo para el ciudadano común, sino a nivel gubernamental con todo el sur del país perdido en la guerra, empuja al arte y la literatura a manifestarse frente a esa nueva realidad.
Entre los escritores más destacados merecen mencionar los siguientes: Manuel González Prada (1844-1918), poeta, ensayista y escritor, importante exponente del realismo peruano. Autor de Pájinas libres (1894) y Horas de lucha (1908), entre otros ensayos. Mercedes
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Cabello de Carbonera (1845-1909), escritora y seguidora del Positivismo y el Naturalismo francés, fue la iniciadora de la novela realista peruana. Autora de Blanca sol (1888), Las
consecuencias (1890), entre otras seis novelas. También publicó numerosos ensayos y artículos
periodísticos sobre temas literarios y sociales en la prensa nacional y fue una ferviente defensora de los Derechos de la mujer en su país.
Ecuador comienza a dar sus primeros pasos en lo que respecta al tema literario a partir de 1870, aproximadamente. A pesar de contar con una imprenta, -que llegó a Quito en 1760-, todo lo relativo a la creación, producción y publicación literaria estuvo monopolizado por la Colonia y los resultados fueron muy pobres. Una vez independizados y constituida la República, las constantes disputas de conservadores y liberales, las guerras civiles y los continuos alzamientos por el poder, mermaron considerablemente el espíritu de los ecuatorianos. Pese a esta penosa realidad, no fue excusa para no desarrollar, aunque fuera una