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Chapter 4 Investigation of Student Activity and Achievement

4.1 Phase 1 – Analysis of Initial Activity and Achievement

4.1.2 Discussion

Si nuestra conducta estuviera preprogramada de un modo unívoco y de una vez por todas, nuestra vida resultaría más sencilla, y no se nos plantearían problemas de elección, deci­ sión y racionalidad. Una estrategia evolutiva de ese tipo podría haber sido exitosa en especies adaptadas a un entorno estable, pero la historia de nuestro linaje parece estar inextricablemente unida a enormes cambios climáticos y ecológicos en África Oriental, que favorecieron el desarrollo de la plasticidad cere­ bral y la flexibilidad de las respuestas, como modo más ade­ cuado para habérselas con un entorno cambiante. Aunque ve­ nimos al mundo con un cerebro preprogramado genéticamente para perseguir ciertas metas siguiendo ciertos procedimientos, esta preprogramación es sólo parcial y deja amplios resquicios para que improvisemos por nuestra cuenta, añadiendo nuevos objetivos y métodos inéditos.

Somos, pues, un sistema a la vez muy flexible y fuerte­ mente constreñido, un cocktail de predeterminación y libertad mezclado en la proporción fijada por la evolución como la más

favorable para la supervivencia de nuestros genes.

La flexibilidad intrínseca de nuestro cerebro es a la vez potenciada y restringida por la cultura que asimilamos. Algu-

ñas culturas han sido tan rígidas y monolíticas como para imponer pautas unívocas de conducta a sus portadores, deter­ minando casi por completo el rumbo de sus vidas. Con ello la cultura les ha quitado la libertad que la naturaleza les había dado, y les ha librado de los dilemas y desasosiegos asociados con la posibilidad de elección. Sin embargo, ese tipo de cultu­ ras cerradas están en franca regresión, y una cultura pluralista y abierta de raíz occidental se ha extendido como una mancha de aceite por la mayor parte del planeta. En cualquier caso nuestra cultura nos permite un gran margen de maniobra.

Mi naturaleza me constriñe de diversos modos. No puedo evitar desear comer, orinar o dormir, después de cierto tiempo sin hacer tales cosas. Basta con que quiera andar, y ando. Pero no basta con que quiera volar para que vuele.

Mi cultura me constriñe también. El hecho de que sepa hablar alemán y manejar un automóvil, pero no sea capaz de hablar chino ni de tocar el violín, me abre ciertas puertas y me cierra otras. A pesar de todo, mi experiencia personal me indi­ ca que mi conducta está lejos de estar unívocamente determi­ nada. Con frecuencia me he visto enfrentado a encrucijadas prácticas, en que realmente tenía varios caminos abiertos ante mí y tenía que elegir cuál de ellos tomar. A veces se trataba de cuestiones triviales, otras de decisiones cruciales, llamadas a tener consecuencias importantes. Nunca he tenido la sensación de ser un mero juguete de fuerzas exteriores. Siempre he teni­ do la experiencia (a veces agobiante) de la libertad.

Por muy libres que seamos, biológica y culturalmente, si no tenemos metas, objetivos o preferencias, si todo nos da igual, entonces tampoco se nos plantean problemas prácticos. Pode­ mos seguir —cual veletas— la dirección de cualquier viento que sople, sin esforzarnos por evaluarla o cambiarla. La indife­ rencia nos libra también de los problemas de decisión racional. La indiferencia absoluta es un mito, pues nuestro cerebro ya está provisto de preferencias innatas. Pero muchas actitudes de pasotismo, fatalismo o frivolidad limitan considerablemente el campo de nuestras preferencias. Mi experiencia consiste en que

a veces las alternativas me dan igual, pero con frecuencia no me dan igual en absoluto, sino que tengo muy marcadas pre­ ferencias y objetivos. En general, me gustaría vivir lo mejor posible. Y, además, me gustaría contribuir a la consecución de ciertos objetivos que me trascienden, como la salvaguarda de la biosfera y su diversidad biológica, o el progreso del conoci­ miento humano. Por eso me intereso por la racionalidad.

Para que los problemas de decisión racional se planteen hace falta que se den al menos estas dos condiciones: (1) que tengamos un cierto margen de libertad o maniobra, que real­ mente podamos elegir entre alternativas, y (2) que no todo nos dé igual, que prefiramos unas cosas a otras.

Teoría formal de la racionalidad práctica

La teoría de la decisión o teoría formal de la racionalidad práctica considera tres tipos distintos de situaciones: situacio­ nes en las que el agente ha de tomar una decisión sabiendo con certeza cuáles serán las consecuencias de cada una de las posi­ bles acciones entre las que tiene que elegir, situaciones en que el agente decide bajo riesgo y, finalmente, situaciones de incer- tídumbre. Recordemos brevemente los tres problemas de deci­ sión.

Decisión bajo condiciones de certeza. Se trata de maximizar o m inim izar un parámetro, bajo ciertos constreñim ientos. El ejemplo típico es el de la confección de un menú que trate de minimizar el costo, bajo constreñimientos dietéticos sobre míni­ mos de calorías, proteínas, hidratos de carbono y vitaminas. La técnica formal para resolver este tipo de problemas es la pro­ gramación lineal.

Decisión bajo condiciones de riesgo. El agente tiene que deci­ dir entre un conjunto de acciones alternativas, de cuyas conse­ cuencias no está seguro, aunque se atreve a asignarles probabi­ lidades subjetivas. También suponemos que el sujeto puede asignar utilidades a las diversas consecuencias posibles. (Si el agente tiene una relación binaria de preferencia entre conse­

cuencias, que satisfaga ciertas condiciones idealizadas razona­ bles, entonces se pueden definir escalas ordinales de utilidad compatibles con ella). Se trata del tipo de situación más estu­ diado. La técnica formal para resolver este tipo de problemas es la regla de Bayes: actúa de tal modo que maximices tu uti­ lidad esperada. La utilidad esperada de una acción es la suma ponderada por la probabilidad de las utilidades de sus diversas consecuencias posibles. Si llamamos aC. a las consecuencias posibles de una determinada acción a, u a la función de utili­ dad y p a la probabilidad, la utilidad esperada de esta acción a será:

Z u C C ¡) • pCC,)

i

Decisión bajo condiciones de incertidumbre. El agente está tan inseguro respecto a las consecuencias que pueda tener cada acción, que ni siquiera se atreve a asignarles probabilidades subjetivas. En este tipo de situaciones (al contrario de lo que ocurría en los anteriores) no hay ninguna regla unívoca y co­ múnmente aceptada para resolver el problema. Hay una plu­ ralidad de reglas propuestas, que corresponden a otros tantos temperamentos o actitudes distintos. Dos reglas famosas son

m a x im in (actúa de tal manera que maximices la mínima utili­

dad — o equivalentemente, actúa de tal manera que minimices el máximo riesgo— ) y m a x jm a x (actúa de tal manera que

maximices la máxima utilidad). La primera es una regla de prudencia especialmente atractiva para temperamentos con­ servadores, pesimistas, que van a lo seguro. La segunda es una regla de audacia, atractiva para los temperamentos aventureros, optimistas, arriesgados, deseosos de jugar fuerte.

La teoría formal de la racionalidad práctica supone que el sujeto sabe lo que quiere (o lo que prefiere) en todas las cir­ cunstancias. Eso es una idealización poco realista. Aunque la regla de Bayes es difícilmente atacable, no siempre es aplicable, pues a veces el sujeto no sabe exactamente lo que quiere. La programación lineal y la regla de Bayes formalizan nuestra

intuición de la consistencia práctica. Allí donde son aplicables, es imposible entenderlas y no estar de acuerdo con ellas, sin contradecirse en un sentido práctico, es decir, sin reconocer que no queremos aquello que decíamos querer.

Crítica al maximin

Un caso ilustrativo de lo que venimos diciendo es el ejem ­ plo de la lotería. Piensen ustedes que yo les doy a elegir entre dos loterías (que se deciden a cara o cruz), la primera y la se­ gunda; en la primera lotería ustedes van a tener la posibilidad de ganar cero soles, si sale cara, y van a ganar un millón de soles, si sale cruz. Entonces un boleto para la primera lotería es un boleto con el cual o bien van a ganar cero soles o van a ganar un millón de soles, según que salga cara o cruz. Ahora piensen ustedes que con un boleto para la segunda lotería, si sale cara van a ganar un sol, y si sale cruz van a ganar dos soles.

En los dos casos tenemos la misma probabilidad, 50%, de que salga cara o cruz. En la primera lotería ustedes pueden ganar con la misma probabilidad cero soles o un millón de soles, y en la segunda pueden ganar un sol o dos soles. Piensen ustedes que les dan a elegir un boleto de una de estas dos loterías y levanten el brazo los que prefieran el boleto de la lotería en la que pueden ganar un sol o dos soles: sólo una persona. Levanten el brazo ahora los que prefieran un boleto con el que pueden ganar cero soles o un millón de soles: todos los demás.

Por lo que veo, la gran mayoría de ustedes no están de acuerdo con la regla del Maximin, porque la regla del Maximin dice: elige de tal manera que maximices tu mínima ganancia o minimices tu máximo riesgo, y en este caso, siguiendo la regla del Maximin, como yo maximizo mi mínima ganancia o mi mí­ nima utilidad es eligiendo la lotería en la que puedo sacar un sol o dos soles, porque la mínima ganancia que obtengo de esta lotería es un sol. Mientras que en la otra lotería la mínima ganancia que obtengo son cero soles. Por lo tanto, como ven

ustedes, todos los que estamos aquí, excepto uno, preferiríamos aplicar la solución que no es el Maximin, pero esa solución que ninguno de nosotros prefiere es la que aplica Rawls en su teo­ ría de la justicia.

Casos contraintuitivos

El formalismo de Rawls se basa en aplicar la teoría de la decisión racional (incluyendo la regla del maximin para situa­ ciones de riesgo) en una situación originaria ideal, en la cual los agentes toman sus decisiones racionales bajo el velo de la ignorancia respecto a su futuro status en la sociedad para la que legislan. Este planteamiento formal dará lugar a legislaciones muy distintas, según sea el abanico de posibles situaciones fu­ turas que se admitan. Por ejemplo, si los agentes no saben si van a ser blancos o negros o amarillos, se inclinarán por dar las mismas oportunidades a todas las razas. Pero, igualmente, si no saben si van a ser estadounidenses o mexicanos, españoles o marroquíes, etc., acordarán una legislación muy distinta que si ya saben de antemano que van a ser ciudadanos de un es­ tado nacional concreto (que es en lo que parece pensar Rawls y, en general, la socialdemocracia). Si ya saben que todos ellos van a nacer, tendrán una posición distinta ante el aborto que si también cabe que sean em briones o fetos nonatos. Si están seguros de que van a ser humanos, concederán menos dere­ chos a los animales que si piensan — como los pitagóricos, los budistas o los hindúes— que pueden encarnarse en cualquier especie animal. Si pueden encamarse como toros, prohibirán las corridas e incluso simpatizarán con la posición hindú de considerar a las vacas como animales sagrados. Si esa posibi­ lidad está excluida, quizás piensen que a los toros y vacas los parta un rayo. En definitiva, el abanico de posibilidades que se consideran puede abrirse más o menos y en direcciones distintas. Y según cuánto (y en qué sentido) se abra, los agentes racionales en la situación originaria llegarán a legislaciones muy distintas. Así como de los diálogos de Lorenzen acababa saliendo cual­ quier lógica (según las reglas que regulasen el diálogo), y del

principio moral de Kant salía casi cualquier cosa (o ninguna), de la situación originaria bajo el velo de la ignorancia sale casi cualquier legislación, según el alcance y el sesgo que elijamos atribuir a esa ignorancia inicial.

Teoría material de la racionalidad práctica

Con frecuencia no está nada claro lo que yo quiero, ni siquiera para mí. El yo es una construcción hipotética a partir de múltiples episodios diversos de consciencia. En cualquier caso, es la punta apenas entrevista de un iceberg cerebral. Nuestro cerebro, a su vez, es el resultado chapucero de la yux­ taposición de sistemas distintos de procesamiento de la infor­ mación, sistemas surgidos en épocas diferentes para resolver problemas dispares. A veces parece una empresa mal avenida, donde distintos comités toman decisiones opuestas, lo que puede conducir a la parálisis práctica. El yo con planes y voluntad propia no es algo dado, sino algo construido o por construir. Cuando nuestros yos descoyuntados llegan a un compromiso, no siempre el resultado es lo que llamaríamos racional.

La racionalidad práctica bayesiana o formal se reduce también a la consistencia, y es compatible con cualquier conducta y sistema coherente de fines, por lunático que éste sea. (Si la automortificación es uno de mis fines últimos, será formalmen­ te racional que busque cilicios cada vez m ás lacerantes; lo cual no es óbice para que tanto el fin como el medio sean irracionales en un sentido intuitivo no formal, sino biológico). Para que nuestro sistema de fines merezca ser llamado racional en un sentido material hay que atarlo a algo no formal, hay que an­ clarlo en alguna realidad material. Una atadura, la más sólida, es la que lo liga a nuestro sistema de fines y necesidades biológicamente dados, heredado genéticamente y plasmado en nuestros diversos sistem as encefálicos. De hecho, nuestro encéfalo ha llegado evolutivamente a ser lo que es como un utensilio fundamentalmente adaptado a satisfacer nuestras ne­ cesidades biológicas.

sistemas retroalimentativos que nos informan sobre nuestros aciertos y errores prácticos.

La felicidad tiene dos com ponentes principales: (1) el hedonista, los placeres; y (2) la satisfacción por la consecución de nuestras metas.

En último término, la racionalidad formal se reduce a la consistencia y su estudio es una parte de las m atem áticas, mientras que la racionalidad material hunde sus raíces en nues­ tras estructuras biológicas y su estudio está íntimamente ligado al de la biología.

Racionalidad parcial y global

Con frecuencia observamos que algunas personas son muy racionales en ciertas áreas restringidas de sus creencias o de su conducta, y muy irracionales en otras. Por ejemplo, el famoso físico Michael Faraday era tan racional en sus investigaciones como irracional en sus creencias religiosas, que lo llevaron a afiliarse a una oscura secta que lo atemorizaba y maltrataba.

La racionalidad limitada a ciertos campos o situaciones, con exclusión de los demás, constituye el objeto típico de estu­ dio de la teoría formal de la racionalidad, que en realidad es una teoría de la racionalidad parcial.

La racionalidad práctica parcial, restringida a un ámbito, presupone la racionalidad teórica, al menos en relación a ese ámbito. Para aplicar la programación lineal o la regla de Bayes tenemos que indagar previamente las funciones implicadas o asignar probabilidades. Incluso la determinación de utilidades depende de nuestra información acerca del mundo. En efecto, la función de utilidad mide lo mucho o lo poco deseable que algo es para nosotros. Pero, según lo que pensemos sobre el mundo, desearemos más unas cosas u otras. La información de que una determ inada persona tiene el SID A d ism inu irá drásticamente nuestro deseo de copular con ella. El inversionista o el agente de bolsa, si se comportan racionalmente en sentido práctico, tratarán de obtener la mejor información disponible

acerca de las empresas cuyas acciones pretenden comprar o vender. El enfermo, si quiere curarse, deberá informarse bien al menos sobre su propia enfermedad y su posible terapia.

Si extendemos la racionalidad a la vida entera, entonces apuntamos hacia la racionalidad global, lo que es una empresa tan ambiciosa que ya desborda el ámbito matemático de la teoría de la decisión y se acerca a las sabidurías clásicas y orientales. La racionalidad práctica global es la estrategia de maximización de la felicidad a lo largo de toda nuestra vida. En cualquier caso, la completa racionalidad práctica presupone la completa racionalidad teórica. Sólo en función de un sistema de creencias fiable y de gran alcance acerca del universo podemos orientar la nave de nuestra vida de un modo óptimamente satisfactorio.

Referencias

Ba y e s, Thomas. 1764. An essay towards solving a Problem in the

Doctrine o f Chances. Philosophical Transactions of the Royal Society, 53: 370-418.

Be r n o u l l i, Daniel. 1738. Specimen Theoriae novae de mensura sortis.

Com m entarii academ iae scientiarum im perialis Petro- politanae, 5: 175-192.

Sa v a g e, Leonard. 1954. The Foundations o f Statistics. John Wiley

& Sons. (Edición ampliada: 1972. New York: Dover). Von Ne u m a n n, John y Oskar Morgenstem. 1944. Theory of Games

DIÁLOGO

César Germana