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elif ("Else If") Statements

lizan con datos de hoy aquella noción patologizada de adolescencia, asociada a lo disfuncional y lo problemático.

En esta perspectiva, las expectativas acerca de ellos/as y de quienes se proponen intervenir en su formación giran en torno a evitar o disminuir el riesgo de que se conviertan en víctimas y/o victimarios de situaciones que comprometan la salud, la propia vida, la de los demás y la seguridad indi- vidual y social.

En este marco, dado que nos interesa desarrollar enfoques y prácticas edu- cativos, y dado que sostenemos que educar es otra cosa que prevenir, seña- lamos que la omnipresencia y la centralidad de los propósitos preventivos ocupan un lugar relevante entre los peligros que con certeza acechan a ado- lescentes y jóvenes. Y no se trata de un peligro menor toda vez que –como ocurre a menudo– aquello que se concibe y se les ofrece para prevenirse sus- tenta en miradas estereotipadas, estigmatizantes, discriminatorias.

Las propuestas formativas extraescolares no son inmunes a estas imágenes y representaciones, sino todo lo contrario: sobre la base de la relevancia y la potencialidad que tienen, y en contextos por cierto difíciles y muchas veces alarmantes, estos espacios son investidos con (o se apropian de) un mandato preventivo que se despliega de maneras muy diversas. Así, supuestos, juicios y prejuicios acerca de adolescentes y jóvenes, junto a la pretensión correctiva y normativa subyacente, terminan definiendo propósitos y sentidos de los pro- yectos, generan expectativas sobre los responsables y los destinatarios de las acciones, y determinan contenidos y características de las actividades.

En ámbitos tales como clubes, centros o talleres, concebidos como espa- cios de encuentro, de intercambio, de expresión y de producción cultural, es posible advertir una tendencia que proponemos analizar: la proliferación de proyectos que impulsan –o se plasman en– producciones radiofónicas, perió- dicos, piezas teatrales, murales, campañas públicas, etc. vinculados punto a punto con los problemas y los riesgos de distinto cuño que preocupan a la sociedad adulta consternada, perpleja y asustada. Por el entusiasmo que sue- len despertar esas producciones en quienes están a cargo de ellas, por las for- mas que con frecuencia adquiere la presencia de adolescentes y jóvenes, y por las características que estas suelen adoptar (cierta linealidad, niveles de certeza envidiables), pareciera que la intervención adulta (a través de progra- mas, coordinadores, etc.) estuviera concentrada en propiciar que los pibes desmientan el discurso estigmatizante desarrollando actividades cuyos con- tenidos responden literalmente y de manera excluyente a dicho discurso, dentro de las coordenadas que él impone.

Muchos de esos programas y propuestas nacen con el propósito explícito de dar la palabra o de revalorizar la voz y los puntos de vista de adolescentes y jóvenes para mostrar(les) que son y pueden (ser, hacer) cosas más valiosas que lo que habitualmente se supone. Es por eso, entre otros motivos, que a menudo giran en torno a la apropiación de habilidades y herramientas vin- culadas con los medios de comunicación. En tales circunstancias, al parecer, los pibes «bajo proyecto» toman nuestra voz, se apropian de los problemas que figuran como preocupación acerca de ellos/as en la agenda adulta y con- tribuyen a difundir que los jóvenes no son eso que se predica, porque ellos mismos pueden decir otras cosas sobre esos mismos tópicos.

Cuando los periodistas o los medios masivos recogen esas producciones y generan notas o «noticias» a partir de ellas, se avienen a contrarrestar lo que con más frecuencia contribuyen a construir. Y comunican, por ejemplo, que «la sexualidad adolescente, junto con las adicciones, es el principal interés de los estudiantes porteños, bonaerenses y de la región centro» (sic)1. Quie- ren decir, claro está, que esos y otros temas son los que los/as pibes prefieren a la hora de encarar investigaciones y elaborar producciones mediáticas.

Se trata, por cierto, de producciones culturales de adolescentes y jóvenes. Muchas veces son consistentes con un proceso y un recorrido del grupo o del proyecto, muchas veces dan cuenta de un lenguaje propio y de formatos afi- nes a «lo joven». Muchas veces responden a una demanda de los pibes, intere- sados genuinamente en esos temas y esos soportes expresivos o comunicacio- nales, pero también ocurre a menudo que tales intereses y demandas respon- den a lo que suponen se espera de ellos y/o a que no se les ocurre otra cosa. Sin embargo, y sin perjuicio de las experiencias y los aprendizajes que pue- dan promover algunas de esas iniciativas, lo que interesa señalar es la asiduidad y la naturalidad con que numerosas propuestas se hallan atravesadas por temáticas y expectativas vinculadas con aquello que se quiere prevenir, aque- llo de lo cual se los quiere alejar, aquello sobre lo cual conviene mantenerlos informados. Y con cuánta frecuencia, entonces, aun con las mejores inten- ciones, se desaprovechan las oportunidades que brindan esos espacios para propiciar experiencias y abordar temáticas que no remiten al territorio del riesgo, peromuestran o difunden lo mismo, enseñan cosas valiosas y ofrecen otras puertas de entrada al mundo que queremos ofrecerles y de salida del mundo que deseamos evitarles.

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La mirada preventiva (salvo que se encontrara desprevenida) subestima- ría rápidamente el valor y el sentido que pueden tener, por ejemplo, talleres sobre temas tales como escritura oriental y literatura poética, o danza y teatro –sin contenido preventivo–, destinados a adolescentes que concurren a una escuela ubicada en «zona de riesgo social». Aníbal, uno de esos alumnos, dice: «Somos todos locos del mismo manicomio», y Ezequiel confirma: «Estoy más loco que antes. Antes no hacía cosas que ahora me animo a hacer. Eso lo aprendí en teatro». El testimonio de Gastón contribuye a disipar posibles dudas acerca del significado de la locura cuya referencia se reitera: «En mi casa se deben creer que es otra de mis locuras. Dirán: “No se qué le pasa que se levanta los sábados tan temprano”» (para ir al taller de escritura oriental y literatura poética) (Cabeda, 2004).

Esa misma mirada, seguramente, valoraría más –aun si no conociera con- textos y procesos– el texto producido por Antonella para la revista del centro cultural de su escuela: «La violencia de los alumnos de distintos estableci- mientos educativos puede derivar en: ausentismo escolar, lesiones, fuga del hogar, consumo de drogas y alcohol, suicidio»2. También apreciaría la nota de tapa de una revista elaborada en un taller de periodismo destinado a ado- lescentes de comunidades rurales que viven en condiciones de extrema nece- sidad, titulada: «¡Digamos “no” al embarazo adolescente!».

Queda claro que no estamos argumentando contra los talleres de medios o de arte, sino discutiendo con actividades supuestamente expresivas orienta- das exclusivamente o primordialmente a la producción de mensajes preven- tivos, como es el caso de algunos ejemplos mencionados, de muchos afiches para campañas sobre el sida y de tantas obras de títeres o de teatro destina- das a informar acerca de los efectos nocivos del alcoholismo, producidos por adolescentes en el marco de «talleres creativos».

Es la lógica que estructura y da sentido a las propuestas y a las produc- ciones lo que estamos analizando, y los criterios según los cuales apreciamos y evaluamos aquello que proponemos, propiciamos y logramos. La cuestión es el texto, el pretexto, el contexto, no el lenguaje ni el soporte. Lo que esta- mos proponiendo, en definitiva, es prevenirnos de la mirada preventiva.

Tal como analizamos en un trabajo anterior (Kantor, 2007), interesa indagar acerca de cómo y cuánto, en el ámbito de la educación formal, los propósitos «preventivos» se erigen en motivo y fundamento de innovaciones tales como actividades extraescolares, clubes o centros de jóvenes. Estas acti-

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vidades suelen ser concebidas como un espacio compensatorio no solo de las deficiencias de la escuela, sino también de las problemáticas y de las vacan- cias del entorno: las familias que no se hacen cargo, el contexto que cercena posibilidades, la calle que entraña peligros, los peligros que entrañan los jóve- nes, etc. Por cierto, existen voces que propician otras lógicas, y miradas que defienden otros sentidos para los programas, los clubes o los talleres; sin embargo, es esta la perspectiva que suele tener más adeptos o la que aparece primero y con más claridad.

Así, los nuevos dispositivos con características recreativas, no formales, se asocian a menudo y peligrosamente al propósito de la prevención y de la seguridad ciudadana, y es desde estos sentidos que se los defiende y se los valora. Expresiones frecuentes, tales como «los clubes escolares deberían mul- tiplicarse allí donde hay más marginalidad», «son una herramienta clave en zonas de riesgo social», «es preferible invertir en esto y no en correccionales», ponen en evidencia tanto el estigma que recae sobre los jóvenes –y sobre los más pobres entre ellos– como los propósitos redentores de la adolescencia «en riesgo» y de la juventud «amenazada» o «amenazante».

Es en este marco que proliferan propuestas de formación para adolescen- tes y jóvenes o programas de entrenamiento en «liderazgo preventivo» centra- dos en temáticas tales como violencia y convivencia, sexualidad responsable, adicciones, etc., en tanto componentes clave de propuestas recreativas extra- escolares. A través de este tipo de iniciativas, la mirada preventiva «resuelve» el desafío del protagonismo de los pibes definiendo contenido y estrategia de las actividades, e incluso redobla la apuesta: no se trata ya de que partici- pen en el ámbito del grupo o del proyecto, va por el protagonismo social que, como ya hemos analizado, caracteriza el desideratumde numerosos pro- gramas preocupados por el presente y el futuro de las nuevas generaciones.

Nos encontramos, así, con la idea de prevención asociada a la vocación intervencionista y a la gestión diferencial de poblaciones consideradas en riesgo. La intervención en cuestión consiste en aprovechar toda ocasión para preve- nir o reencauzar, creando dispositivos ad hoc que se consideran adecuados a ciertos perfiles poblacionales que han sido construidos a partir de la impu- tación anticipada de comportamientos considerados anómalos o indeseables (Núñez, 2003:41).

Esta perspectiva se manifiesta en los ámbitos más diversos y de muy dife- rentes maneras: en forma explícita y con convicción preventiva confesa o solapadamente atravesando estrategias y formas de intervención; burdamente o de modo sutil; promovida por personas, instituciones o gestiones políticas

que parecen consistentes con ella o todo lo contrario; como marca de origen de proyectos y programas o irrumpiendo de manera ineludible en propuestas pensadas bajo otra lógica. Veamos algunos ejemplos elocuentes al respecto.

Un proyecto comunitario que creció en torno a un comedor conformó un grupo de jóvenes que, entre otras actividades, hace deportes y cuenta con un equipo de fútbol. Se proponían mejorar la cancha, armar más equipos y conseguir fondos para poder viajar y participar de torneos. Como una dimen- sión relevante en su trabajo con los jóvenes del barrio, los responsables del proyecto los incluyeron en las gestiones relativas al fortalecimiento y la amplia- ción de este. Se habían enterado de que había una línea de subsidios para este tipo de iniciativas en el marco de un programa dependiente de un organismo público dedicado a políticas para la juventud. Averiguaron y lo confirmaron: podían acceder con facilidad a esos fondos, el apoyo que pretendían estaba pre- visto en la línea de trabajo «Prevención de la drogadicción». Los coordinado- res no quisieron mentir y, sobre todo, no querían presentar a los pibes como adictos; pero no querían tampoco perder la posibilidad del apoyo financiero. Finalmente, encontraron un atajo: justificaron la solicitud aludiendo al riesgo que corría esa población en virtud de la precariedad del barrio donde se desarrollaba el proyecto. Esa vez, por decisión de los responsables, los jóvenes no participaron en las gestiones; querían evitar que tuvieran que completar los formularios presentándose como potenciales adictos. Así, los pretendidos protagonistas no supieron el origen de los nuevos fondos, pero viajaron.

Tomemos ahora un breve relato del director de orquestas infantiles y juveniles en las que participan alumnos de los cuales –por su condición socioeconómica– no se hubiera esperado, en principio, que tocaran el saxo, el violín o el piano, y menos aún que ejecutaran música clásica. La orquesta había sido invitada a un programa de televisión para participar de una entre- vista y para interpretar una obra. El conductor del espacio televisivo, rodeado de chicos, profesores e instrumentos, impresionado, bienintencionado, pre- senta la orquesta ante las cámaras enfatizando el «valor que tiene, tratándose de chicos marginales». Al salir del estudio del canal, uno de los alumnos pre- gunta: «Profe, ¿nosotros somos marginales?». Como parte de los consabidos vaivenes relativos al financiamiento y la sustentabilidad de iniciativas de esta naturaleza, en más de una oportunidad la orquesta recibió subsidios o cajas con materiales y equipamiento rotuladas con el nombre del organismo que las enviaba: «Prevención del delito».

Veamos otra situación. El contexto: cancha de fútbol en un barrio muy precario de una ciudad de Brasil; se jugaba la final de un torneo en el marco

de un proyecto social destinado a adolescentes. Mientras yo conversaba con los chicos que no estaban jugando, se me acercaron un coordinador y un repor- tero que cubría el evento, micrófono en mano, cámara encendida, y me pre- guntaron (casi sin preguntar): «¿Le parece que el deporte es bueno para res- catar a estos chicos de la droga? Estos proyectos, ¿son importantes para levantarles la autoestima en medio de tantas carencias? ¿El deporte puede significar para algunos de ellos una oportunidad para triunfar?». El reportero –sensible, preocupado– (les) estaba diciendo claramente que es lógico y espe- rable que se droguen y, no tan claramente, que pensamos que pueden tener otro destino. Les decía también que el problema, en medio de tantas carencias, es que no tienen autoestima. Que, a lo mejor, disciplinándose gracias al de- porte, entrenando mucho y con buena suerte, alguno de ellos logre ser exitoso. En este último caso –como en todos–, el efecto es el mismo si, aun no explicitando o no insinuando supuestos semejantes delante de los pibes/as, se los sostiene como principio y como fin de la tarea.

La mirada preventiva y redentora es capaz de olvidarse incluso de que, en el mundo del deporte y de los exitosos que se tornan modelos, las drogas son un recurso para mejorar las marcas y para soportar la competitividad, el exitismo y las presiones. Asimismo, esa mirada, preocupada como está por lo que (le) importa, puede no ver que casi todos los pibes juegan descalzos, o prefiere ver en ello una pauta cultural y respetar «la diversidad» en lugar de cuestionarla. El que previene no pregunta, solo responde. Yo pregunté, y supe que varios chicos estaban acostumbrados y preferían jugar descalzos, mientras que la mayoría no dudaba en el sentido contrario: preferían zapa- tillas o botines, pero no tenían ni podían comprárselos. Uno de ellos, incluso, no había jugado la final porque se había cortado el talón con una piedra durante el partido anterior.

Cuando a la naturalización de las situaciones de desigualdad se le adosa la centralidad de la «misión preventiva», no solo se invisibiliza la injusticia, también se hipervisibiliza el riesgo, el destino social que se construye sobre lo anómalo –indeseable– imputado. La conclusión, para muchos, es que hay que trabajar para aumentar la autoestima.