En este contexto, aparece como evidencia en numerosos campos de estudio que las cuestiones relativas a la construcción de identidad se vinculan cada vez más al consumo, en detrimento de las agencias socializadoras tradiciona- les. Esta nueva configuración adquiere una centralidad notable para el con- junto de la población, pero en especial en el caso de adolescentes y jóvenes, para quienes el acceso a ciertos bienes materiales y simbólicos se inscribe en el proceso que supone una identidad en construcción.
La conformación de agrupamientos en términos de clase, de generación o de estamentos dentro de ellas se sustenta en elecciones con eje en ciertos con- sumos, ritos y prácticas, que constituyen claramente propuestas identitarias. El impacto que el consumo de bienes materiales y simbólicos tiene sobre la construcción identitaria de adolescentes y jóvenes no refiere solamente a identidades individuales o de pequeños grupos de pertenencia, remite tam- bién a identidades de segmentos poblacionales más amplios, a la conformación de comunidades locales, nacionales y transnacionales.
En los comportamientos, producciones, referencias y preferencias de adolescentes y jóvenes es posible advertir que las redes sociales, culturales y de consumo que propician adscripción y reconocimiento no se definen exclusivamente en relación con coordenadas físicas y geográficas. Lo local se perfila, en ese sentido, como una adaptación o especificación de lo global y/o como aquello que se ubica fuera de lo global. Esta inversión de la noción afuera-adentro, en virtud de la cual lo global es el interior y lo local el exte- rior, es, para Paul Virilio (2006:78), «la última mutación globalitaria, aquella que extravierte la localidad».
En este marco, señala García Canclini (1995), se produce la reelabora- ción de lo propio ante el predominio de bienes y mensajes procedentes de una economía y una cultura globalizadas, y la consiguiente redefinición del sentido de pertenencia e identidad, organizado cada vez menos por lealtades locales o nacionales y más por la participación en comunidades transnacio-
nales o desterritorializadas de consumidores; por ejemplo, en torno a la música o a programaciones televisivas globales.
De acuerdo a estas mutaciones y percepciones, unos frecuentan circui- tos centrales, hegemónicos, y otros, redes periféricas, subalternas. En este escenario, pibes/as de diferentes sectores sociales tienen más en común con otros/as que viven y crecen en lugares «lejanos» que con sus congéneres loca- les que transitan otros circuitos.
Dada la pregnancia de los mensajes massmediáticosy la intensidad de los intercambios que los pibes llevan a cabo en entornos que ellos mismos gene- ran o que encuentran listos para ingresar y utilizar, dada la centralidad que en sus vidas tienen la música y los fenómenos que suelen rodearla, queda claro que no se trata de analizar para descubrir cómo incideno cuánto impactan estas prácticas culturales en su formación, sino de reconocerlas como cons- titutivas de su subjetividad. Los bienes culturales, enfatiza Reguillo Cruz (2000), no son solamente vehículos para la expresión de las identidades juveniles, sino una dimensión constitutiva de ellas.
Esta aproximación a lo adolescente y lo joven supone que el mercado no alude meramente a un lugar de intercambio de mercancías, de transaccio- nes atravesadas exclusivamente por la manipulación de la propaganda, sino también a un lugar donde acontecen interacciones socioculturales comple- jas. En esta perspectiva, desarrollada por García Canclini (1995), se coloca de otro modo, entonces, la crítica al consumo como lugar irreflexivo y de gas- tos inútiles. El consumo es visto no solo como la posesión individual de objetos aislados, sino como apropiación colectiva, en relaciones de solidaridad con unos y distinción con otros, de bienes que dan satisfacciones de muy distinto tipo, que tienen una gran potencia no solo mercantil, sino también simbólica y que sirven para enviar y recibir mensajes.
Es en este contexto que prosperan mercancías y marcas como productoras de estilos de vida, proceso que adquiere una intensidad y una visibilidad notables, sobre todo –aunque no exclusivamente–, entre adolescentes y jóve- nes. Más que la función de un producto, señala Reguillo Cruz (2000:83), las empresas buscan crear y sostener estilos de vida; «“hacer existir” el cuerpo juvenil a través del acceso a ciertas mercancías» es el propósito explícito de empresas multinacionales que buscan incorporar nuevos mercados a través de conquistar a los jóvenes; el caso de la firma Nike es paradigmático.
Así, caminar el mundo y presentarse en él con unas determinadas zapa- tillas brinda seguridad e inscripción a casi todos/as, aunque la opción por diferentes marcas o estilos –cuando es posible optar– habla de diferentes esta-
mentos socioculturales. Comprarse unas determinadas llantas suele ser la primera inversión de los «pibes chorros» luego de una acción exitosa, y las agresiones o las muertes por un par de zapatillas o por una campera conti- núan generando perplejidad e indignación, pero cada vez sorprenden menos. «El fetichismo que se está desarrollando en los barrios con las botas de marca llega a tal extremo que la mayoría de los jóvenes que hemos encontrado muertos en los últimos dos años estaban descalzos… Hemos encontrado ran- chos donde no hay ni siquiera un catre donde dormir, pero donde paradó- jicamente encontramos estantes cerrados con varios candados, en los que los azotes guardan, contra las malas intenciones, sus botas Nike» (fragmento de un estudio venezolano, cit. en Reguillo Cruz, 2000:84).
En nuestro medio, son bien conocidas las quejas y acusaciones hacia los adolescentes y sus familias por lo que se percibe como uso indebido de becas: «Se compran zapatillas que ni yo le puedo comprar a mis hijos, ni les per- mitiría comprarse… ¡con lo que cuestan!», dice una directora acerca de los alumnos que reciben becas en el marco de un programa de retención escolar. En otro ámbito, una docente de un centro recreativo se encuentra frecuen- temente ante situaciones que no puede no considerar, aunque no sabe cómo hacerlo y le preocupa: adolescentes de bajos recursos que llegan al lugar de encuentro luciendo contentos y orgullosos nuevas camperas o zapatillas, cosas caras, de marca, nuevas o usadas, y las muestran con gesto pícaro buscando aprobación o presuponiendo complicidad. Las compran o las canjean en el barrio, donde el circuito de comercialización paralegal crece día a día y en el cual algunos de ellos consiguen empleos o changas; o bien, las roban.
Al mismo tiempo, otro adolescente, de clase media, reclama a sus padres que le aumenten la cuota mensual para sus gastos, sobre todo, porque quiere ahorrar para comprarse las zapatillas que hay que tener (que ya son otras que las que tiene). El padre le responde que debería hacer algo para ganarse ese incremento, para lo cual le propone lo siguiente: él (el padre) le traería de eeuu–a dónde viajaría por su trabajo al poco tiempo– todos los pares de zapatillas que pueda para que (el hijo) las venda entre sus amigos; fijando un precio que resulte más conveniente que el de los comercios locales, podría devolverle el costo y quedarse con la diferencia que logre hacer (y/o con un par de zapatillas).
Realidades diferentes, distintas estrategias, motivaciones similares. Es en esta tensión que se inscribe la relación consumo-construcción de identidad, una tensión que nos interpela. Adelantándonos a algunos temas que aborda- remos en el capítulo 3, tales como el lugar del adulto frente a «los nuevos»,
la discusión respecto al desvanecimiento del monopolio de la autoridad de padres y docentes, la asimetría entre adultos y adolescentes, y la multiplicidad (más que la ausencia) de referentes, diremos aquí que son los medios y el mercado los que, por su potencia y su omnipresencia, encabezan la amplia constelación de referencias y estilos de vida que se les ofrecen.
Esta realidad no nos exime de pensar qué nos cabe en relación con ellos, no disipa unas responsabilidades indelegables, pero indudablemente diluye el impacto de influencias y modelos que ciertas autoridades y entornos ins- titucionales aseguraban hasta hace algunas décadas. ¿Cómo nos miramos, nos ubicamos y nos presentamos, entonces, en esta suerte de competencia de referentes? ¿Qué ofrecemos nosotros? ¿Cómo nos posicionamos como adultos frente a la potencia de ciertos consumos, de las pantallas y de las tec- nologías que avanzan, proponen y habilitan?
La educación de adolescentes y jóvenes, en términos de acompañamiento, sostén, interpelación y enriquecimiento, deberá reconocer estas condiciones y contextos como escenario y punto de partida. Encontraremos que hay mucho para discutirles, para presentarles como alternativa, para ofrecerles y también para contrarrestar, procurando evitar asimismo traccionarlos hacia un pasado que añoramos o hacia modelos propios que valoramos más que los de ellos. De otro modo, estaríamos suponiendo, ingenuamente, paradó- jicamente –en caso de que seamos críticos respecto del mundo que como generación supimos construir para dar en herencia–, que fuimos y somos impermeables a los mandatos del mercado y del consumo, e implacables y eficaces en la confrontación con un sistema en el que las injusticias se con- solidan y se reproducen.
Pero ocurre que somos (nada más y nada menos) responsables de la educa- ción de adolescentes y jóvenes, y portamos unas experiencias y una formación que muchas veces –aunque no siempre, por cierto– nos permiten advertir algunas cosas que creemos son valiosas para ellos/as y otras que no les convie- nen tanto. Tenemos la responsabilidad, entonces, de generar entornos en los cuales puedan no solo sostener o revisar lo que eligen y lo que hacen, sino también conocer, querer y poder elegir otras cosas. Es en esa serie de dife- rencias, como señala Hassoun (1996), en donde inscribimos aquello que trans- mitiremos. La función de transmisión, de mediación adulta en la apropia- ción de la cultura por parte de los jóvenes, es dar cuenta del pasado y del presente; no solo del pasado, no solo del presente.
Si no entramos en diálogo con lo nuevo y en actitud de reconocimiento respecto de lo que lo nuevo puede permitir, estaríamos suponiendo que las
innovaciones son solo perversiones, pura manipulación, mera decadencia. Y no tendremos chances de constituirnos en referentes para estos pibes, para estas identidades en construcción.