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Step by Step, One More Time

Pantallas de computadoras, de celulares, de televisores y de cámaras digita- les, mini pantallas iPod, iPhone, mp3, mp4… en casa, en la calle, en el aula, en el bolsillo, en la esquina, en la mochila, en el recreo. Pantallas que igua- lan, que ponen en contacto y que marcan diferencia, que estimulan activi- dad mientras propician sedentarismo, que abren mundos y que reemplazan o clausuran otras puertas.

Por la función que parecen desempeñar en la vida de adolescentes y jóvenes, todas ellas podrían asociarse a la idea de pantalla como instru- mento de protección y recurso para el ocultamiento, dos fenómenos muy presentes en los reacomodamientos, las búsquedas y los temores propios de la etapa que transitan.

En los cibercafés o en los locutorios, en los centros urbanos o en los barrios precarios, en las grandes ciudades y en los pequeños pueblos, cada vez más en las superpobladas viviendas humildes y casi desde siempre en las habitaciones hiperequipadas, las pantallas están, llaman, proponen… y ellos/as acuden. El universo cultural de los pibes de hoy es impensable sin la omnipresencia de la tecnología y las pantallas que, al parecer, llegaron para quedarse o, al menos, para escribir otra historia. Han instalado nuevas for- mas de comunicarse (o de estar contactados) y de informarse, otros modos de consumir y de producir, de relacionarse con los productos de la cultura y de participar en ella, nuevos modos de construcción de pertenencia, tanto en ámbitos próximos como en el espacio social extendido.

Cuando una adolescente dice que «se encuentra» cada vez más seguido con chicos a los que no ve nunca y su madre trata de entenderla, y ella para «aclarar» insiste en que «está bueno verse de nuevo con esos pibes», y la madre hace nuevos vanos intentos por descifrar la situación, se advierte la realidad que adquiere lo virtual, el modo en que penetra el lenguaje adolescente, al punto que a veces ni siquiera resulta sencillo dialogar. Cuando una niña de diez años asustada por los efectos de un pegamento muy potente sobre los dedos de su padre (adheridos, inutilizados) googleael nombre del producto mien- tras este busca orientaciones en el prospecto, se advierte la presencia de nuevas

formas y lugares de protección. Ante el temor: la pantalla; en ella, el consejo, la solución, la información creíble siempre a mano. En la iglesia, un niño pequeño escucha atento la misa junto a sus padres y, de pronto, pregunta: «Papi, cada vez que el cura dice “amén”, ¿es como si apretara enter?».

La intensa relación que se establece con computadoras, programas, celu- lares, etc., está cambiando la forma en que pensamos, sentimos, nos vincula- mos con los otros y leemos el mundo. Muchos adultos han emigrado ya hacia esos territorios, otros los visitan con frecuencia, y muchos siguen siendo extranjeros; sin dudas, los nativos son los pibes.

En este marco, aun cuando la cantidad de horas de encendido de la tv

siga despertando la ya clásica preocupación de educadores y adultos en gene- ral, los estudios acerca de estos consumos y del comportamiento de niños, adolescentes y jóvenes señalan que estamos frente a la primera generación que no consume más televisión que la anterior. El consumo intensivo y simul- táneo de medios es práctica habitual entre adolescentes y jóvenes, e internet es, por ahora, el gran vencedor. Junto a ello, los pibes leen más (aunque) en pequeñas pantallas y fundamentalmente en contextos lúdicos e interactivos, motivo por el cual se hallan hiperentrenados en captar contenidos y mensa- jes, pero no tanto en seguir y comprender argumentos (Fogel, 2006).

Acerca de estas nuevas realidades y de los desafíos que imponen para pensar el mundo y para actuar en él, reflexiona Derrida (2001:36-38):

La concentración del poder económico que rige a los media, a las tele- comunicaciones, a la informatización es en efecto un peligro para la democracia pero a la vez una oportunidad de democratización. ¿Cómo responder al peligro sin anular la oportunidad? No tengo ninguna res- puesta normativa ni general; creo que hay que resistir inventando una forma de resistencia que no sea reaccionaria ni reactiva. […] En cada situación hay que asumir de forma singular la responsabilidad de inventar una respuesta. […] Ya que estamos atrapados en unos impe- rativos contradictorios, la respuesta buena no puede tener una forma general, inamovible, estática. […] quiero ser a la vez de los que militan a favor del libro, del tiempo del libro, de la pervivencia de la lectura de todo lo que la vieja civilización del libro ordena, pero al mismo tiempo no quiero defender el libro contra todo tipo de progreso téc- nico […]. Quiero hacer las dos cosas a la vez: estar a favor del libro y de los medios de comunicación. […] He de reconocer que, tomado de esa forma, lo que digo es contradictorio, pero no veo por qué tendría que

renunciar a dicha contradicción. Vivo en esa contradicción […]. Si sé, si creo saber que hay que agarrarse al pasado, o que hay que precipitarse soltando el lastre del pasado hacia las nuevas formas de lo viviente, de la organización social, del espacio público, de lo geopolítico, ya no hay que asumir ninguna responsabilidad; sé lo que hay que hacer, tengo respues- tas ya listas a la pregunta «¿cómo?». En ese momento es cuando deja- mos hacer; y, por lo demás, eso es lo que se hace a menudo.

En línea con estas ideas e inquietudes, y en relación con los asuntos que esta- mos abordando, no pretendemos cerrar filas con perspectivas detractoras ni celebratorias de las nuevas prácticas y recursos, o de sus consecuencias más visibles, sino reconocer el rol que la tecnología está jugando en la creación de una nueva sensibilidad social y cultural. En virtud de estas nuevas sensi- bilidades, la realidad se decodifica, se aprehende y se habita desde otras coor- denadas; corresponde, entonces, analizar algunas implicancias que ellas pueden tener para nuestro trabajo.

«Los jóvenes de las pantallas no se interesan por nada», describe y acusa la sentencia paradigmática de los detractores de estas nuevas prácticas y sen- sibilidades. Como señala Balardini, dos fenómenos inapelables discuten con ella. Primer fenómeno: la movilización instantánea en ocasión del 11-m

(atentado en la estación de Atocha, Madrid, 11 de marzo de 2004) generada a partir del mensaje de texto «a las 14 en la sede del pp, pásalo», que exigió transparencia, colaboró en develar la mentira de la versión oficial que seña- laba la responsabilidad de etay contribuyó a revertir el resultado previsto de las elecciones presidenciales. Segundo fenómeno: el papel clave que desem- peñaron la información y la comunicación al instante en la movilización de los estudiantes secundarios en Chile durante el año 2006 a propósito de diver- sas reivindicaciones, que provocaron decisiones gubernamentales y cambios de gabinete.

Situaciones de esta naturaleza y de esta contundencia conviven con otras evidencias o perspectivas que describen, analizan y alertan no sin cierto desen- canto. Bauman (2005) se refiere al universo chatcomo escenario de relacio- nes de nuevo tipo, que caracteriza como efímeras y cambiantes. Para este autor, el chatconstituye el paradigma de las comunidades de ocasión, pro- pias de los tiempos actuales (de la «modernidad líquida»), que reemplazan, sin prisa y sin pausa, a las comunidades de afinidad, propias de otras épocas. En ese universo donde todo es unirse y separarse, se despliega «la exis- tencia simultánea del impulso hacia la libertad y el anhelo de pertenencia»,

que ordena las vidas en estos tiempos. «Ambos impulsos –continúa Bauman– se funden en la absorbente y consumidora tarea de “crear una red de cone- xiones” y “navegar en la red”, dado que el ideal de conexión […] promete una navegación segura (al menos no fatal) entre los arrecifes de la soledad y del compromiso, entre el flagelo de la exclusión y la férrea garra de lazos asfi- xiantes, entre el irreparable aislamiento y la atadura irrevocable». El chatper- mite tener «compinches» que, «como bien lo sabe cualquier adicto, van y vienen, aparecen y desaparecen, pero siempre hay alguno en línea para aho- gar el silencio con mensajes». Cada conexión, señala este autor, puede ser de corta vida, pero su exceso es indestructible (54).

Los pibes suelen vivir inmersos en este exceso de mensajes y conexiones. Entre los niños y niñas de hoy, ansiosos por crecer y moverse en ese mundo con la autonomía que despliegan los más grandes, se escuchan con frecuencia diálogos referidos a la cantidad de contactos que tiene (que logró acumular) cada uno. Cuantos más, mejor, claro está: más conexiones posibles. Mayor inmersión en la cultura chat representa la conquista de un mundo más amplio; más contactos simultáneos suponen y permiten más naturalidad y familiaridad con ese entorno, que los pibes no suelen utilizar para comuni- carse con unas pocas personas.

En este marco, una profesora de escuela media avisa por chat: «Mañana no hay clases porque hay jornada de reflexión» y adjunta la imagen de una carita con risa cómplice. Ocurría que jugaba la selección argentina, eran tiempos del Mundial de Fútbol 2006. Es difícil imaginar a la misma profe- sora anunciando por ese medio la toma de una prueba, pretendiendo que los alumnos acepten sin chistar la mala nueva; ellos seguramente cuestionarían la legalidad del modo elegido para realizar la comunicación, y ella se vería en problemas. Pero ¿qué mejor que ese (su) entorno «natural» para comunicar- les una buena noticia? Nuevas situaciones, nuevas formas y recursos para el encuentro y la comunicación avanzan sobre las relaciones institucionales entre adultos y jóvenes obligando a repensar las posiciones de cada uno, las normas vigentes y los canales habituales para informar y validar mensajes. Algo no deja lugar a dudas: la profesora dio por sobrentendido que sus alumnos esta- rían en la red, los buscó… y los encontró.

Cuando los responsables de un programa de campamentos para escuelas medias a las cuales concurren adolescentes que habitan villas y barrios pre- carios se encuentran con la iniciativa de los alumnos de armar un periódico virtual, están enfrentando varias «novedades» o evidencias al mismo tiempo. Primero: los pibes (incluso «este tipo de pibes», tal como escuchamos o deci-

mos a menudo) tienen inquietudes, manifiestan ganas de producir, hacen propuestas, etc. Segundo: «estos pibes» tambiéntienen propuestas vincula- das con las tecnologías, de las cuales a menudo se los supone más alejados o excluidos de lo que efectivamente están. Tercero: de la mano de adolescen- tes de hoy, en pleno entorno natural, las experiencias de vida, la producción colectiva, la estética, se dirigen hacia el campo virtual.

La tecnología irrumpe en un contexto que, como el campamento, se caracteriza por la socialidad y los vínculos cara a cara de alta intensidad, por el trabajo manual y el esfuerzo físico, por el valor y el significado que adquiere lo rústico (unas veces por necesidad intrínseca de la actividad, otras como contenido valorado y facilitado por el entorno). Ocurre que, para ellos/as, las interacciones reconocen otros canales y significados, y los men- sajes se piensan para otros destinatarios; la comunicación de la emoción se tramita de otros modos y se expresa a través de otras prácticas. Los pibes se piensan a sí mismos y piensan su experiencia en la red.

Sin perjuicio de estas apreciaciones generales, cabe detenernos en algu- nas posibles diferencias. Tal vez, adolescentes de sectores más acomodados continúan siendo, de algún modo, un público «sensible» a mensajes que valo- rizan lo rústico como alternativa o como antídoto para lo cotidiano, que es sinónimo de confortable, conectado, satisfecho… una propuesta unplugged, podría decirse. Despojarse de auriculares y pantallas es hoy en día «antina- tural» para casi todos, pero tal vez pibes/as de clase media continúan apro- piándose con mayor facilidad del valor o del desafío que implica la rusticidad y el autoabastecimiento, a diferencia de adolescentes de otros sectores, para quienes el campamento constituye una oportunidad que conlleva otros sig- nificados. Una experiencia de este tipo seguramente también hace diferencia para ellos/as, pero no tanto frente a lo confortable y conectado como frente a las restricciones de su realidad. El campamento se recorta, entonces, como un espacio donde pueden proponer y experimentar lo que no resulta tan accesi- ble en la vida cotidiana, que es rústica, física y trabajosa por sí misma y por demás, sin necesidad de dispositivos pedagógicos. Así, imaginar un periódico virtual elaborado junto a docentes que ofrecen su orientación y sus recursos tecnológicos puede ser sinónimo, para algunos, de aprovechar lo que el cam- pamento permite, mientras que puede no resultar relevante ni novedoso para quienes actualizan diariamente su fotolog, transitan por YouTube tanto o más que por la calle y se despiden cada noche de los contactos que están activos. La cantidad y variedad de opciones para informarse, comunicarse, jugar y conectarse, junto a las posibilidades que brinda la tecnología, contribuyen a configurar, según señala Fogel, el novedoso fenómeno de la audiencia asin-

crónica, que consiste en el desvanecimiento de la idea de audiencia masiva y simultánea: cada uno elige qué, cuándo, cuánto y a través de qué medio informarse, y opta –habitualmente– por más de uno. Se trata de un fenó- meno progresivo que atraviesa las prácticas de amplios sectores de la pobla- ción y que tiene a adolescentes y jóvenes como protagonistas en virtud de las formas en que se apropian de los nuevos recursos. Los pibes navegan solos allí donde muchos adultos no se animan a remar.

No solo los adolescentes sino también los niños reciben información de todo tipo que fluye de manera permanente gracias a la programación sin fin –que ellos/as consumen más que nadie– y que les llega sin filtros, acompa- ñamientos o atenuantes, porque ya no suele haber adultos cerca para mediar, dosificar o seleccionar.

En la vasta constelación de recursos para informarse y comunicarse, cada vez más adolescentes, y de modo más intenso, tramitan, celular en mano, msn

activado, los cambios relativos a su socialidad, a la ampliación de su mundo y sus avatares afectivos. Los acercamientos, los enojos, las fidelidades, las pasio- nes y las traiciones se expresan y se procesan también a través de estos medios, aunque –como señala Bauman (2005:87)– en condiciones específicas y dife- renciadas de otras formas de relación: «La distancia no es obstáculo para conectarse, pero conectarse no es obstáculo para mantener la distancia».

La alteración de las nociones de proximidady distancia, la yuxtaposición o el desplazamiento de lo físico a lo virtual, las ya mencionadas mutaciones en la idea y la percepción de la localización en el espacio (afuera-adentro) forman parte de este escenario en transformación en el cual emergen las nue- vas sensibilidades. ¿Cómo viven el contacto y la distancia los/as pibes/as de hoy? Para Bauman, las comunicaciones virtuales no suelen ser prolegómenos de otras, sino su sustituto: es más seguro estar encerrado con el mail y el celular que estar en relación cara a cara; siempre se pude oprimir «borrar» sin repercusiones en la vida real; sin embargo, una adolescente confiesa indig- nada: «Que te anulenes lo peor».

En estos tiempos y espacios dislocados y crecientemente virtualizados se resignifican los ámbitos sustentados en vínculos cara a cara, mediados por adultos que se proponen desempeñar un papel relevante en la construcción de proyectos grupales con sentido formativo, como es el caso de las propues- tas educativas sostenidas en contextos no escolares. Los pibes admiten y valoran la (co)existencia de estos espacios, que no necesariamente se anulan entre sí, aun cuando por diversos motivos (desde ciertas prácticas y hábitos hasta la jerga que los acompaña) parezcan incompatibles o irreconciliables.

Como es sabido, la presencia del celular en las aulas genera discusiones y demanda nuevas normas. En contextos no escolares, menos formales, con mayores márgenes de libertad, algunas cuestiones y «problemas» relativos al celular se resuelven más fácilmente, y otros, en cambio, por esas mismas razones, se agudizan. Así, ciertas actividades que –por más recreativas que sean– demandan ciertos climas, concentración y ausencia de interrupciones se ven interferidas cada vez más por llamadas y mensajes que no pueden pos- ponerse(como ocurre, por otra parte, en cualquier ámbito y franja de edad). Las nuevas prácticas y estilos de relación de chicos, adolescentes y jóve- nes, entre ellos y con el resto del mundo, no pueden prescindir fácilmente del celular en la vida cotidiana; menos aún en los momentos destinados a estar con quienes eligen y quieren estar para hacer lo que les gusta (aunque se trate de ámbitos con cierta institucionalización).

Así, en talleres, salidas o actividades no formales de diverso tipo, los pibes soportan el modo silenciosoo abusan de él, pero la norma más habitual (impuesta, acordada o aceptada de mala gana), no llevar celular o no usarlo, por lo general, no se cumple. Reglas tales como «no usarlo en exceso» resul- tan, obviamente, imposibles de aplicar y de discernir, y acaban generando iguales o mayores controversias.

Otros componentes que intervienen en esta nueva problemática apare- cen en casos como el que presentamos a continuación. Un chico de ocho años no quería llevar un celular al campamento, pero su mamá lo obligó, desacatando lo que había sido señalado y solicitado en la reunión de padres. La madre no admitía no tener contacto con su hijo durante dos días ni acep- taba sujetarse a esa prohibición: el chico había dudado acerca de ir al cam- pamento porque suele tener miedo por la noche y extrañar a sus padres, de modo que el celular podía servir para llevarles tranquilidad a ellos y, en caso de que fuera necesario, para que pudieran tranquilizar a su hijo. Ocurrió que el chico la pasaba muy bien, no se acordó de llevar consigo el celular o tenerlo cerca por la noche, tal como le habían pedido sus padres; temía que el profesor lo reprendiera porque él sabía que no se podía llevar celular y estaba de acuerdo… Los padres llamaron y no daban con él, se preocuparon más de lo que ya estaban, llamaron a otro compañero (que sabían tendría su celular porque sus padres también se lo habían puesto en el bolso) y le pidieron que le dijera a su hijo que estuviera atento al llamado. Cuando finalmente hablaron, el chico se puso a llorar, no porque extrañara o tuviera algún problema, sino porque no quería que el profesor creyera que había sido él quien había llamado.

Esta mamá ilustra a Bauman (2005:84) –o viceversa–: «De hecho, usted no va a ninguna partesin su celular (“ninguna parte” es, en realidad, un espa- cio sin celular, un espacio fuera del área de cobertura del celular, o un celular sin batería). Y una vez que usted tiene su celular ya nunca está afuera. El lugar donde uno esté, lo que esté haciendo y la gente que lo rodee es irrele- vante… la diferencia entre un lugar y otro ha sido cancelada, anulada, vaciada». Otra escena muestra el lugar que ocupa el celular para los/as pibes/as de hoy: la de una adolescente que lo «presenta» cada vez que le solicitan su docu- mento de identidad… se equivoca siempre, confiesa.

Un nuevo tópico de discusiones, normas y transgresiones se ha instalado hace poco tiempo y promete crecer… junto con los chicos. Todo parece indi- car que debemos pensar algo más que unas reglas eficaces: es un modo de estar en el mundo lo que es necesario contemplar; un terreno en el cual debemos aprender a manejarnos.