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Agosto-septiembre de 2006: millones de adolescentes y jóvenes frecuentan diaria- mente los relatos que un anciano decidió «subir» a YouTube. Una nota periodística1

da cuenta del fenómeno, por cierto, bastante extraño. Lo extraño alude a algunas de las características de la propuesta de este «ídolo geriátrico» (como titula la nota).

Peter (inglés, setenta y nueve años) debutó en la pantalla confesando su adic- ción a YouTube y presentando su plan, que consistía en hablar de la vida desde la perspectiva que le daban sus muchos años. En el escueto texto de su presentación, Peter aclara, tal vez para no generar falsas expectativas, que no tiene piercingsni tatuajes. En los videos aparece por lo general hablando, solo o con otros, en un estilo clásico a rajatabla; ninguna producción llamativa, nada de efectos especiales.

El señor se aburría, quería hablar. Y dado que, a poco de comenzar a hacerlo, alguien situó sus apariciones entre los recomendados del día, la avalancha no se hizo esperar. Peter contó rápidamente con una cantidad asombrosa de adeptos atentos a sus historias de infancia, a su pasión por el blues y las motocicletas, a sus rela- tos sobre la guerra, etc.

Dice la crónica (y algunos jóvenes cibernautas) que era un tanto aburrido, pero aun así recogió más alabanzas, preguntas y muestras de afecto y de aliento que expre- siones descalificatorias o agresivas. Se registraron más «muy cool» que «fuck you».

Podemos suponer que sus admiradores se hubieran alegrado de haber sabido que Peter no respondía a los medios que lo asediaban para informar sobre el fenómeno: a él solamente le interesaba hablar con los youtubers. Y cuando las anéc- dotas personales comenzaron a agotarse –dice la nota–, optó por leer un par de cuentos que había escrito años atrás. Para ese momento, sus seguidores incon- dicionales ya no sumaban millones, sino cientos; y es probable que, al día de hoy o dentro de poco tiempo, el fenómeno ya sea solo una anécdota más en la histo- ria del ciberespacio (la fugacidad, como sabemos, es una de sus reglas).

Sin embargo, es posible encontrar en ella algo que podría suponerse sepul- tado: adultos con cosas para contar, con ganas de transmitir; adolescentes y jóvenes con disposición para escuchar, para detenerse a oír, para vincularse con otros tiempos y otros mundos porque alguien se los ofrece a ellos… así, porque sí o sospechando que puede llegar a interesarles.

No ignoramos el efecto que lo exótico, la súbita moda, la «emoción colectiva» o el propio soporte de la comunicación pudieron haber tenido sobre el aluvión de adhesiones que registró el señor inglés ni estamos sugiriendo aquí modelos de vínculo ni de adulto.

Peter se presentó en la pantalla movido por el aburrimiento y la osadía… nin- gún propósito educativo, y (pero) lo que encontró y lo que suscitó –sin estética joven mediante, sin ritmo vertiginoso, sin contenido «actual»– no deja de sor- prender y hasta puede hacernos pensar algunas cosas.

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1 Página/12, 5 de noviembre de 2006.

A continuación presentamos una selección de fragmentos de Hannah Arendt (2003) para seguir pensado la responsabilidad adulta en el escenario de continuidades y rupturas entre generaciones.

Todos sabemos cómo están las cosas hoy en cuanto a la autoridad. […] Los adultos desecharon la autoridad y esto solo puede significar una cosa: que se niegan a asumir la responsabilidad del mundo al que han traído a sus hijos. […] Por otra parte, el hombre actual no pudo encontrar para su desencanto ante el mundo, para su desagrado frente a las cosas tal como son, una expre- sión más clara que su negativa a asumir, frente a sus hijos, la responsabilidad de todo ello. Es como si los padres dijeran cada día: «En este mundo, ni siquiera en nuestra casa estamos seguros; la forma de movernos en él, lo que hay que saber, las habilidades que hay que adquirir son un misterio también para nosotros. Tienes que tratar de hacer lo mejor que puedas; en cualquier caso, no puedes pedirnos cuentas. Somos inocentes, nos lavamos las manos en cuanto a ti».

[…] Quiero evitar malentendidos: me parece que el conservadurismo, en el sentido de la conservación, es la esencia de la actividad educativa, cuya tarea siempre es la de mimar y proteger algo: al niño, ante el mundo; al mundo, ante el niño; a lo nuevo, ante lo viejo; a lo viejo, ante lo nuevo.

[…] Nuestra esperanza siempre está en lo nuevo que trae cada generación; pero precisamente porque podemos basar nuestra esperanza tan solo en esto, lo destruiríamos todo si tratáramos de controlar de ese modo a los nuevos, a quienes nosotros, los viejos, les hemos dicho cómo deben ser. Precisamente por el bien de lo que hay de nuevo y revolucionario en cada niño, la educa- ción ha de ser conservadora; tiene que preservar ese elemento nuevo e intro- ducirlo como novedad en un mundo viejo que, por muy revolucionarias que sean sus acciones, siempre es anticuado y está cerca de la ruina desde el punto de vista de la última generación.

[…] La crisis de la autoridad en la educación está en conexión estrecha con la crisis de la tradición, o sea, con la crisis de nuestra actitud hacia el campo del pasado.

[…] El problema de la educación en el mundo moderno se centra en el hecho de que, por su propia naturaleza, no puede renunciar a la autoridad ni a la tradición, y aun así debe desarrollarse en un mundo que ya no se estruc- tura gracias a la autoridad ni se mantiene unido gracias a la tradición.