Nunca se hizo nada parecido, ni antes ni después. Por eso suele decirse que a Chopin se le distingue enseguida, es inconfundible. El piano existía desde dos generaciones antes, pero él no siguió a ningún maestro, ni tampoco creó escuela. Se quedó solo, aunque muchos de sus recursos, es lógico, fueron imitados en adelante, pero no con el mismo estilo, que en sentido estricto es inimitable. Quizá uno de los secretos de Chopin se basa en el hecho de que solo escribió para piano. Una limitación, que no le permitió dedicarse a otros géneros, como cualquier músico de la historia; pero que le permitió pensar exclusivamente para el piano, llevarlo dentro de sí sin competidores de ninguna clase. Pero no es solo eso. Chopin tiene una finura especial, una originalidad propia, que no se parece a la de ningún otro pianista, una aristocracia intelectual, un refinamiento que no sabemos si atribuir al «esprit» francés o a la sensibilidad eslava, o a ambas condiciones a la vez… o, sencillamente, a la propia personalidad de Chopin, que fue como fue, y no tuvo, en lo suyo específico, nadie como él.
Su dominio del teclado se muestra en sus escalas, sus arpegios, en sus tonos «lejanos», en una digitación prodigiosa que hace fácil lo que parecía imposible. Y todo
tiene el carácter de una inesperada novedad. No cabe duda de que fue un virtuoso, y de que lo que escribe necesita virtuosos de la interpretación, pero no es el virtuosismo en sí lo que persigue, sino llegar a las últimas posibilidades que permite el piano porque esas últimas posibilidades alcanzan planos de pasmosa sensación, pero los pasajes difíciles de Chopin no tienen por qué parecer difíciles; si los forzamos, seguramente los estropeamos. La música de Chopin debe sonar sin afectación, clara y limpia como el cristal. Dice Maurizio Pollini, uno de sus mejores intérpretes, que el pianista que busca lucirse en la interpretación de Chopin es un mal pianista.
No solo es el sentido exquisito de su música, es el dinamismo, siempre original, la distribución de acentos, la falta aparente de mecánica, la prodigiosa independencia de los dedos. Chopin criticaba a los «mecánicos» de la música, es decir a los que tocan de una forma mecánica. Tan pronto acelera como decelera, el acompañamiento marca el tiempo fuerte, o el débil, u obra con absoluta independencia. Diríase que este desprendimiento de la mecánica significa abandonar la métrica de la música, como si despreciara el verso para irse a la prosa; pero esta prosa de Chopin es como el «verso libre», que sin ataduras, aletea en el absoluto de la belleza. Porque la obra de Chopin es libre, al menos para el gusto de sus contemporáneos, pero en absoluto es excéntrica ni alocada (como alocada pudo ser en ocasiones la de Berlioz), sino que se mueve siempre dentro de un gusto exquisito.
Por su escasa capacidad de adaptación a las exigencias arquitectónicas de la «forma», solo escribió, en su juventud, dos conciertos para piano y orquesta (y en la madurez otro que no mejoró los precedentes), y solo tres sonatas: ¡algo inconcebible en un pianista! Sonatas que no son precisamente lo mejor de su obra. Solamente la famosa «marcha fúnebre» de la segunda es una pieza excepcional, con la que pocos se atreven, no por su dificultad, sino por su profundidad, porque parece venir de otro mundo. Por lo demás, escribió multitud de obras breves: 55 mazurcas, 27 estudios, 24 preludios, 19 nocturnos, 17 valses, 13 polonesas, amén de algunas baladas, scherzos, canciones y fantasías.
La mazurca es un baile típicamente polaco (hasta el himno de Polonia es una histórica mazurca, la Mazurca de Dabrowski); pero las de Chopin son siempre piezas originales, nunca destinadas al baile, aunque puedan estar marcadas por su típico ritmo y hacen gala de fina viveza; en ellas da Chopin curso libre a su fantasía, y unas no se parecen a otras. Más características son las polonesas, que sí nos resultan fácilmente distinguibles. La polonesa es una danza que desde siempre tuvo algo de nacional en Polonia, y quizá por eso Chopin la utilizó como expresión de su patriotismo. Las polonesas chopinianas son más fuertes, más viriles, que sus otras composiciones, late en ellas un aliento heroico, como una llamada de guerra a un pueblo que siente derecho a una vida propia. En esas polonesas hay reciedumbre y vibración: una cualidad que no hubiéramos imaginado en Chopin, y que sin embargo responde también a sus más íntimos sentimientos. Una de esas polonesas se apellida «heroica», otra es la «militar»: todas poseen un espíritu netamente polaco, aunque tampoco —como todo en Chopin— se presten a la danza popular en la que están inspiradas.
Un preludio suele ser una pieza introductoria a una obra más extensa. En Chopin es una pieza corta que no introduce a nada. Es como algo sin terminar, producto de una inspiración espontánea pero que posee valor en sí misma. El autor polaco es muy propenso a estos ratos aislados sin continuidad, que, además, no la necesitan. No es constructor, no procura nunca una larga secuencia de temas encadenados de acuerdo con un orden fijado de antemano por los cánones; por eso rehúye las sonatas, hasta las «suites». Un «preludio» no requiere ni siquiera terminarse con un epílogo bien marcado; lo hace en un instante cualquiera, y justo en esta instantaneidad, en su carácter de joya aislada, radica la mayor parte de su encanto. Un carácter algo distinto tienen los «estudios»: son piezas cortas también, pero deben su nombre al hecho de que Chopin se presenta a sí mismo un problema, y trata de resolverlo. Un estudio ofrece, por eso mismo, un cierto grado de dificultad: uno de ellos está escrito exclusivamente para las teclas negras del piano; más que la belleza, es la técnica la que aquí se persigue: circunstancia que no resta a los «estudios» su mayor interés. El vals era un ritmo de baile que estaba poniéndose de moda en toda Europa. Ya Berlioz había introducido con audacia, pero con un encanto especial, un vals en su Sinfonía Fantástica. Chopin conoció los valses de Lanner y Strauss en Viena, pero los encontró demasiado vulgares. Los que él concibió son de especial delicadeza, generalmente rápidos, finísimos y por supuesto no destinados al baile. Del más sutil e inaprehensible de todos, el en Do sostenido menor, dijo Alfred Cortot que es una pieza exclusiva para las princesas; con lo cual no dejó de hacer un favor a las princesas; tal vez no sea asequible ni a las más grandes figuras del ballet mundial. Una balada significa una pieza bailable. Ni que decir tiene que las de Chopin no pueden bailarse, pero constituyen una expansión del mundo interior como pocas veces llegó a alcanzar con otras piezas: otro extraordinario pianista, Franz Liszt, las calificó como «una odisea del alma». Menos ritmo tienen aún las fantasías y los maravillosos nocturnos, en que lo impreciso y lo bello se unen con misteriosa naturalidad. Chopin no tuvo discípulos; pero ningún pianista, a partir de entonces, pudo prescindir de él.