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Ludwig van Beethoven nació en una pequeña ciudad a orillas del Rhin en diciembre de 1770. Su padre era tenor en la capilla del príncipe-arzobispo, y su abuelo había sido un buen músico. En aquellos tiempos, la tradición familiar era fundamental. Es po​sible que Ludwig aprendiera a tocar el clave antes de saber leer, y poco después recibió lecciones de violín. Fue despierto y precoz, pero no parece que pueda hablarse exactamente de un niño prodigio, como en el caso de Mozart. Como su padre era hombre bronco y de mal genio, consta que riñó con frecuencia al pequeño, y le hizo ensayar a media noche, cuando el progenitor regresaba de la taberna medio borracho. A veces le hacía llorar. Qué difícil es imaginar al niño Beethoven disfrutando con la música como el niño Mozart. Sin embargo, el padre, que conocía la historia sucedida en Salzburgo dieciocho años antes, quiso convertir a su retoño en un segundo niño prodigio, y viajó con él a Colonia y a varias ciudades de Holanda. Beethoven tenía entonces ocho años, y como era bajo de estatura, su padre lo presentó como de seis: curiosamente, el futuro gran músico cayó en el engaño, y hasta los cuarenta, en que solicitó su partida de nacimiento, creyó ser dos años más joven de lo que realmente era. En la gira por varias ciudades, el pequeño Beethoven no fracasó, pero tampoco asombró, y la experiencia se tradujo en un fracaso económico. Nada aseguraba el amor de Beethoven a la música, y menos el que llegara a ser un gran compositor.

No tuvo buenos maestros, por las escasas posibilidades que la ciudad de Bonn ofrecía por entonces. Quizá el mejor fue Christian Neefe, un hombre pintoresco, muy ilustrado, que influyó en el aspecto ideológico quizá más que en el musical, pero que animó al joven Beethoven a no limitarse a interpretar, sino a componer. Quién sabe si este consejo resultó decisivo en la historia de la música. Escribió una obra primeriza, las «variaciones Dressler» para clave (es curioso: empieza tímido y se va soltando de variación en variación), y cuatro sonatas para el arzobispo, que no era gran aficionado a la música y no fueron valoradas. Tenía 15 años cuando a su padre se le estropeó la voz, como consecuencia en parte de su afición a la bebida; el príncipe-arzobispo redujo su sueldo a la mitad, y en cambio designó a Ludwig miembro de la orquesta (tocaba el clave). Fue un hecho decisivo: Beethoven descubrió por primera vez la importancia de lo que significa «tocar juntos», y aprendió el múltiple y maravilloso lenguaje de los sonidos. Al mismo tiempo, la creciente inutilidad de su padre, y el hecho de que sus ingresos, aunque modestos, fueran mayores que los de aquél, le convirtió precozmente en cabeza de familia y le confirió una mayor madurez, a la que supo hacer frente con plena responsabilidad.

En 1784 fue designado príncipe-arzobispo Max Franz, alto personaje de la corte de Viena, ilustrado, inteligente, gran aficionado a la música y a la cultura. Fundó la Universidad de Bonn, a la que Beethoven asistió con frecuencia. De pronto, alcanzó un nuevo grado de madurez, y sintió que la composición musical era su verdadero destino. Con la protección de Max Franz y del conde Waldstein, en 1787 viajó a Viena, con el fin de recibir lecciones de Haydn. Tenía entonces dieciséis años y medio. Era la aventura de

su vida: o triunfaba o se quedaba en la mediocridad propia de un músico provinciano. Sin embargo, y contra lo que él mismo esperaba, nada se decidió por entonces. Haydn había roto su habitual sedentarismo y se encontraba en Londres. Beethoven trató de entrevistarse con Mozart, que estaba aburrido de que le recomendasen a tantos niños prodigio. Es posible que los dos músicos llegasen a conocerse personalmente, no es seguro. Beethoven hubo de regresar a toda prisa a Bonn, al saber que su madre estaba gravemente enferma. Llegó a tiempo para cerrarle los ojos. «Era para mí una madre tan buena, tan amable… mi mejor amiga», escribiría años más tarde. Con un padre cirrótico perdido y dos hermanos remolones, Beethoven se veía encerrado de nuevo en Bonn. Era cada vez más consciente de su talento, pero su porvenir se le ofrecía más oscuro que nunca.

Sin embargo, perseveró, conoció mejor la música de Mozart, de Benda o de Stamitz. Llegó a ser el mejor componente de la orquesta, y cuando aquel pequeño grupo de músicos hizo una gira por varias ciudades de la cuenca del Rhin, aprendió mucho más. Sobre todo, aquel viaje le sirvió para conocer el piano, aquel instrumento poderoso capaz de emitir notas rotundas cuyo volumen era posible aumentar o bajar a voluntad: y Beethoven descubrió, como en un relámpago de luz, que había encontrado su instrumento favorito. De la noche a la mañana aprendió a tocar el piano con una energía extraordinaria, como si en su vida no hubiera hecho otra cosa. En 1790 murió el emperador José II, y le sucedió Leopoldo II. El prestigio de Beethoven en su ciudad era lo suficientemente grande para que la Sociedad de Lectura de Bonn le encargara una cantata para recordar al emperador fallecido, y otra para celebrar la llegada del nuevo monarca. El joven músico, entonces de 19 años, se superó a sí mismo de modo increíble, y compuso dos obras maestras, en las que ya —aun sin cometer la trampa de conocer previamente a su autor— puede atisbarse mucho del genio beethoveniano. Sin embargo, aquellas dos obras no fueron estrenadas. Motivo: no existían en Bonn ni orquesta ni coros capaces de interpretar aquellas enormidades. Las cantatas de Beethoven permanecieron absolutamente desconocidas hasta que en 1884, casi cien años más tarde, las descubrió Brahms y las dio a conocer al mundo. Por desgracia, figuran muy raramente en nuestros programas de conciertos: y es una verdadera pena. Posiblemente también por entonces comenzó Beethoven una sinfonía, de la cual no quedan más que algunos esbozos.

Quizá uno de los más grandes músicos de la historia no hubiera salido nunca del anonimato, si no hubiera terciado un hecho venturoso: en 1792, Haydn regresó de Londres, y en el curso de su viaje se detuvo en Bonn. Al príncipe y al conde Waldstein les faltó tiempo para presentarle al joven genio local. Haydn quedó admirado tanto de su fuerza expresiva como de su «insuficiente sumisión a las reglas»: y se ofreció a enseñarle, si iba a verle en Viena. En noviembre de 1792, Beethoven se decidió por segunda vez a la aventura. El príncipe Max Franz y el conde Waldstein no pudieron adivinar la gratitud que los humanos les debemos por haber hecho posible aquel viaje.