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5.7 CONTENT ANALYSIS

5.7.2 Unit of analysis

¿Polaco? ¿Francés? Un poco las dos cosas, y sin tener en cuenta las dos no sería posible comprender del todo la pasión y la delicadeza, la fuerza y la finura, la espontaneidad y la elegancia intelectual de este hombre enfermizo y extraordinario. Frédéric [o Fryderyk] Chopin nació en 1810 en Zelazowa Wola, cerca de Varsovia, hijo de un profesor francés que había emigrado a Polonia y de Tekla Krizanowska, mujer culta y sensible, que sabía tocar el piano. Frédéric heredaría los rasgos intelectuales de su padre y la delicadeza de su madre. De ella aprendió a tocar el instrumento de toda su vida. Luego, bien patentes sus cualidades (aunque nunca fue exactamente un niño prodigio) encontraría buenos profesores, y a los ocho años ofrecería su primer recital en público. Su música juvenil fue en general alegre, digna, sin problemas. Chopin tenía unas manos pequeñas, pero unos dedos finos, capaces por su agilidad de desgranar maravillosos arpegios sobre el teclado. Todo lo que se diga sobre la relación de las manos de Chopin con su estilo nunca pasará de meras especulaciones; pero es cierta su afirmación de que cada dedo debe ser independiente de los demás, y desempeñar un papel peculiar en la interpretación: «cada dedo debe sonar distinto». En su primera juventud improvisó al piano, y de aquella costumbre habrían de derivar maravillosas piezas breves, producto de previas improvisaciones, como «estudios», «preludios», «impromptus», que fueron muchas veces lo mejor de su obra, como fruto de un minuto irrepetible de plena inspiración. A los veinte años, animado por un público que esperaba verlo convertido en un gran compositor, se atrevió a escribir dos conciertos para piano y orquesta. El piano suena volandero, ágil y grato, aunque constreñido por la necesidad de ajustarse a la «forma»; la orquesta, en la medida en que Chopin la dominaba, resultaba correcta —nada perdemos con escuchar estos bellos conciertos—, pero parecía la propia de los tiempos de Haydn. El joven comprendió muy bien que era el piano el instrumento en que podía mostrar sus geniales innovaciones, y desde entonces se dedicó a escribir solo para piano. ¿Limitación? ¿Más bien inteligente conciencia de sus posibilidades?

La revolución de 1830, que en el caso de Polonia fue un intento de liberación respecto del imperio ruso zarista, obligó a Chopin, ardoroso patriota, a exiliarse. Estuvo en Bohemia, en Hungría, en el sur de Alemania, en Viena, ofreciendo recitales que fueron muy bien recibidos. Con todo, no congenió con Viena. Se había acabado la era de los grandes compositores en la capital del Imperio, y privaba entonces la fiebre del vals, capitaneada por Lanner y los Strauss. A Chopin le molestaba aquella manera tan marcada de hacer música de baile. Luego recurriría al vals, pero un vals muy suyo, finísimo y no bailable. Al fin decidió establecerse en París. Contó con buenos amigos y protectores y se adaptó muy bien al ambiente intelectual francés, al que se sentía vinculado por herencia paterna, aunque nunca dejó de ser un patriota polaco. Fue para él un disgusto la derrota de los suyos ante los rusos, y nunca habría de volver a su patria… como no fuera sentimentalmente en sus maravillosas mazurcas y polonesas. Débil y enfermizo, no se atrevió a pedir la mano de María Wodzynska, de la que estaba enamorado; aunque más tarde aceptaría la compañía de la escritora y brillante intelectual Aurore Dupin, que empleaba el seudónimo de George Sand, muy fea por cierto, pero fiel y protectora; fue para Chopin, más que amante, una madre.

Participó en el ambiente romántico de París, y fue amigo de Rossini, Berlioz, Liszt, Balzac, Delacroix. Nunca congenió demasiado con Berlioz, gran conversador, pero arrebatado, y autor de una música radicalmente opuesta a la suya. ¡Los dos románticos y los dos tan distintos! Víctima muy pronto de la tuberculosis, la típica dolencia de los románticos, fue disminuyendo la frecuencia de sus recitales en público, aunque los cobraba carísimos. Vivió de dar clases de piano, y de vender sus obras a los impresores. La música para piano sí que se vendía bien… porque había miles de pianistas, y poseer obras de Chopin en casa era todo un lujo. En 1838, por consejo de George Sand, pasó una larga temporada en Mallorca. Fue un momento en que se unieron de un modo especial esperanza y melancolía. Mientras duró el verano, Chopin vivió unas semanas de paz reconfortante, en plena y suculenta naturaleza, y escribió por entonces muchas de sus mejores piezas cortas, sobre todo «preludios». En la Cartuja de Valldemosa, donde vivió por un tiempo, pueden verse todavía muchas de aquellas hojas de papel pautado, cuidadosamente estudiadas. Cuando Chopin no estaba satisfecho de un compás, o un pasaje, lo tachaba totalmente con tinta, en grandes rectángulos negros, para que nadie pudiera adivinar el error que había escrito en su interior: fruto de la preocupación del músico por la perfección, y su aversión a lo feo. Luego vino el invierno, y la humedad agravó su dolencia. Hubo de regresar. Chopin vivió en París —por temporadas en Marsella— todavía diez años, cada vez más enfermo. Siguió componiendo más que tocando, mientras su fama se expandía por Europa. Fue esa fama la que hizo que le reclamaran de Londres con tentadoras ofertas. Chopin viajó a la capital inglesa, donde fue recibido como un héroe. Pero el clima británico le resultó fatal, y hubo de regresar a París, ya malherido por la tisis, antes de lo que proyectara. Murió en 1849, cuando contaba apenas 39 años.