3 Theory and Background 22
3.4 Existing Models for Driving Style Explanation 39
Al igual que ocurre en otros lugares, los españoles hacen frecuentes referencias a las cualidades personales cuando hablan de los líderes partidistas. Los comentarios sobre el carácter y el estilo de los candidatos aparecen de forma recurrente en la discusión política, como se deduce, por ejemplo, de las entrevistas informales a ciudadanos de a pie llevadas a cabo por Gunther y sus colegas (1986) a finales de los años setenta.
Tabla 4.2 Porcentajes de no respuesta en la percepción de las características personales
1993 a González Aznar 1996 b González Aznar
Sincero 2 % 5 Inteligente 3 % 9
Honrado 3 7 Honrado 12 31
Atractivo 4 5 Con capacidad de liderazgo 5 14
Capaz 3 6 Se preocupa gente como Ud. 9 29
Conoce bien los problemas 7 23
Sincero 10 30
Cumple sus objetivos 8 55
1996 c González Aznar 2004 d Zapatero Rajoy
Sincero 12 % 18 Inteligente 13 % 13
Creíble 12 17 Honrado 27 25
Dialogante 10 16 Carismático 14 14
Preparado para gobernar 9 22 Moderado 15 15
Con ideas para el futuro 14 19 Decidido 14 15
Capaz de llegar a acuerdos 12 19 Con encanto 16 16
Sensible problemas sociales 14 22 Culto 15 14
Fuente: a Data 1993 (N=1.448), b CIRES “Cultura política y económica, 1996” (N=1.200), c CIS 2210 (N=5.338) y d TNS/Demoscopia 2004 (N = 2.919). Véase el texto de las preguntas al pie de la tabla 5.4.
Los estudios de opinión permiten abordar este fenómeno de forma limitada, mediante el examen de la disposición a opinar sobre los atributos de los líderes. La tabla 4.2 recoge el porcentaje de entrevistados que no da respuesta cuando se le pide que evalúe las características personales de los líderes, ya sea porque no se siente capaz de opinar (“no sabe”) o porque no quiere hacerlo (“no contesta”).20 Puesto que los datos han sido recogidos
20 La encuesta de Data para las elecciones de 1982 no codificó la no respuesta. En este caso se pedía al entrevistado que señalase de entre una lista de seis características las que creía poseía cada uno de los líderes. Se puede inferir el volumen aproximado de no respuesta a partir del porcentaje que no eligió ninguna cualidad: Carrillo, 24 por ciento; González, 17; Suárez, 22; Lavilla, 30; Fraga, 17.
por distintos institutos de opinión, no es aconsejable compararlos entre sí.21 Sin embargo, es
posible encontrar algunos puntos en común. Los porcentajes oscilan en torno a cotas similares a las registradas en otras cuestiones sobre características específicas de los actores políticos. En la encuesta de 2004, por ejemplo, el promedio de no respuesta en las preguntas sobre la percepción de los atributos personales se sitúa en 16 por ciento, tanto para Zapatero como para Rajoy, muy cerca del 12 y 13 por ciento obtenidos en la ubicación de los correspondientes partidos en la escala izquierda-derecha.22 Por lo tanto, la información sobre
la personalidad de los líderes se encuentra disponible más o menos al mismo nivel que la información sobre el posicionamiento político de los partidos.
Si restringimos las comparaciones al marco de un mismo estudio, se observa un patrón similar al descrito en el capítulo 2 en relación a la notoriedad de los candidatos. Así pues, la probabilidad de dar una respuesta sobre el incumbent es invariablemente mayor que darla sobre el líder de la oposición. Tanto en 1993 como en 1996, los encuestados se sienten más dispuestos a evaluar los rasgos de González que los de Aznar. En cambio, los resultados de 2004 demuestran que, cuando el presidente de turno no se presenta a la reelección y, por lo tanto, no compite un auténtico incumbent, el grado de incertidumbre en torno a los candidatos de las dos principales fuerzas es muy similar.
Por otro lado, se aprecian diferencias en la accesibilidad a la información según el atributo del que se trate. Este hecho constituye la primera prueba de que los electores atienden al contenido específico de las distintas características personales, y que su percepción no responde a un mero reflejo afectivo. Algunas de las diferencias tienen una explicación sencilla y coherente. Es lógico, por ejemplo, que en 1996 los encuestados tuvieran grandes dificultades a la hora de valorar si Aznar era una persona que cumplía sus objetivos, puesto que en aquel momento la mayoría no había podido comprobarlo por sí
21 Los estudios realizados por Data y el CIRES no permiten distinguir entre los “no sabe” y los “no contesta”, pero esto no debe ser un inconveniente ya que, como he explicado, la proporción de “no contesta” apenas varía de un candidato a otro. Remito al lector a los comentarios ya realizados en el capítulo 2.
22 Según los datos de la encuesta del CIS para 1996, un promedio del 11 por ciento de los entrevistados no opinaba sobre las cualidades de González, por un 18 por ciento en el caso de Aznar. El porcentaje que no ubicaba a los partidos era del 19 por ciento para el PSOE y 17 por ciento para el PP. El caso de González demuestra que, cuando un líder ha acumulado un buen número de años en primera línea política, las consideraciones personales pueden llegar a ser más accesibles que las ideológicas.
misma. En cambio, les bastaba con la experiencia derivada de la oposición al gobierno para calibrar su inteligencia. En 2004 sobresale la elevada proporción que no se pronuncia sobre la honradez de los candidatos, algo que no sucedía ni en 1993 ni en 1996, cuando también se preguntó sobre este aspecto. En esta ocasión parece que no había pasado el tiempo suficiente para que una buena parte del electorado se hubiera formado una impresión certera sobre una cuestión tan delicada.