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Experiment Protocol

2.6 Acknowledgments

3.3.4 Experiment Protocol

El objetivo fundamental de lograr un cambio social y económico en América latina, a través principalmente de la reforma agraria e impositiva, generaría la oposición de muchos gobiernos y sectores privilegiados a los que ambas apuntaban. El subsecretario Bowles advirtió que esos pasos tendrían que darse en contra de dichos grupos. Estas reformas eran percibidas como muy radicales por los latinoamericanos.63

La estrategia del gobierno norteamericano fue largamente considerada en el Departamento de Estado. La dificultad radicaba en determinar con cuánta auto-ayuda y reforma se podía insistir en relación con las limitaciones políticas de un determinado gobierno, percibiéndose que algunos de los gobiernos que más asistencia habían recibido mostraban graves desequilibrios en sus balanzas de pago.64

61 Luna, op. cit., p. 110. 62

Oscar Camilión, “La política exterior de Arturo Frondizi”, en Jorge R. Vanossi et al, Arturo

Frondizi. Su presidencia, Buenos Aires, 2009, p. 303.

63

Telegram From the Embassy of Mexico to the Department of State, Mexico City, 19-X-1961,

firmado Mann, FRUS, op. cit., doc. 34; Summary Minutes of Meeting, Washington, 29-XI-

1961, ibíd., doc. 35.

64

Highlights of Discussion at the Secretary of State Policy Planning Committee Meeting,

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La marcha de la Alianza fue discutida por el presidente Kennedy con funcionarios de los Departamentos de Estado y Defensa, y representantes de agencias, bancos y comités involucrados, en febrero de 1962.

Kennedy ordenó comunicar al Congreso que el nuevo pedido de autorización de fondos era distinto de los préstamos comprometidos a América latina. Los fondos previamente justificados para esta región no se utilizarían en otras partes del mundo. La Alianza para el Progreso tenía la más alta prioridad no obstante los requerimientos de ayuda en otras áreas.65

Las dificultades para organizar la Alianza fueron objeto de otra conversación con Kennedy. Se planteó allí la necesidad de una coordinación entre los diversos organismos que intervenían en el tema. Era necesaria una directiva clara del presidente a la Agencia para el Desarrollo Internacional (ADI), de manera que la responsabilidad fluyera en línea directa de la oficina del administrador a la del coordinador. Kennedy estuvo de acuerdo en que el programa permaneciera dentro de la ADI. La Alianza se vería como una entidad separada pero no se transformaría en una agencia autónoma. Los demás bureaux regionales tendrían que reconocer la posición especial de América latina dentro de la agencia.66

Como puede apreciarse en el momento de producirse la caída de Frondizi, la organización de la Alianza para el Progreso estaba en sus comienzos. El presidente Kennedy mostraba una fuerte decisión de llevar adelante el programa.

Schlesinger señaló que al año del anuncio de la Alianza se oían críticas que mencionaban los resultados decepcionantes tanto respecto de la reforma como del desarrollo. La expectativa de que los gobiernos latinoamericanos pudieran realizar en corto tiempo reformas agrarias y tributarias, revisando la estructura de poder en sus sociedades, era irreal. La circunstancia de haber sido lanzada la Alianza en un momento de declinación de los precios de las commodities tampoco había colaborado.

A su vez, en Washington, la burocracia dedicada a implementar las medidas dificultó las cosas. Si bien la cifra de los mil millones de dólares anuales llegó a comprometerse, las estrictas estipulaciones en la legislación restringían los desembolsos. Además la comunidad de negocios, salvo algunas excepciones, no se había entusiasmado con la Alianza. Las compañías norteamericanas con intereses en la región comenzaron a presionar en el sentido de hablar menos de reforma social y más de inversión privada. Por su parte, los latinoamericanos comenzaron a percibir a la Alianza, no como una gran aventura propia, sino como una operación de préstamo bilateral, diseñada en Estados Unidos para servir los intereses de los negocios norteamericanos.67

65

Memorandum of Conversation, Washington, 16-II-1962, FRUS, op. cit., doc. 41. Kennedy

inquirió sobre el estado del contrato propuesto con la Academia Nacional de Ciencias sobre el problema de la aftosa en la Argentina. Su indicación fue que se concretara el contrato y que no se diera publicidad al efecto que la posible erradicación del mal podría tener en las importaciones norteamericanas desde la Argentina.

66

Memorandum of Conversation, Washington, 9-III-1962, FRUS, op. cit., doc. 42.

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Tanto Frondizi como su ministro de Economía Alemann hicieron una evaluación de la marcha de la Alianza para el Progreso después de haber dejado el gobierno, desde distintos ángulos.

Fiel a su concepción desarrollista, Frondizi sostuvo que, junto a sus evidentes virtudes, ésta contenía “deficiencias y debilidades que comprometen su eficacia”. Las fallas del programa se hallaban más en su concepción que en su formulación o instrumentación.68

Frondizi reconocía que correspondía a los países latinoamericanos una autocrítica por sus retrasos en la confección y presentación de proyectos específicos. La crítica mayor consistía en que, salvo dos excepciones, las sumas acordadas a la Argentina no estaban destinadas a ninguna gran obra de transformación estructural.69

Transcurrida una década desde la iniciación de la Alianza, el ex ministro Alemann evaluó que en algunos casos los objetivos habían sido realizados y algunas metas sobrepasadas, en tanto no faltaban incumplimientos y atrasos notorios. Por ejemplo, la tasa de crecimiento para toda la región de 2,5% había sido alcanzada pero no en forma general ni pareja.

La proyección del monto total de inversiones para la década había sido de alrededor de cien mil millones de dólares para los 19 países. De esa cantidad ochenta mil millones debían emanar de éstos, reflejando la cuantía del esfuerzo propio, y veinte mil millones vendrían del exterior.70 El resultado era sorprendente pues América latina había invertido, cumplidos ocho años de la Alianza, ciento treinta mil millones de dólares, alcanzando el aporte propio latinoamericano al 90% de una suma superior a la prevista. Frente a este aporte, la contribución de fondos públicos de Estados Unidos había llegado en el mismo período al 6,7%, y las inversiones privadas extranjeras, cualquiera fuera su origen, al 5,3%. El aporte externo había resultado complementario del esfuerzo nacional.71

La agricultura había crecido al 2,6% anual, una tasa inferior a la de la década anterior. La industria había aumentado a una tasa promedio del 6,2% superando la de la década anterior y, si bien se había modernizado, seguía siendo protegida. Las exportaciones latinoamericanas habían aumentado a una tasa promedio del 5,3% con cierta diversificación y la dependencia de algunos productos del mercado norteamericano había disminuido. En cambio, los términos del intercambio se habían mantenido en general desfavorables a América latina.

En definitiva había generado progresos en campos vitales de América latina, aunque “persisten los grandes males que la afligían hace diez años, cuya dimensión sobrepasa ciertamente las posibilidades de una solución razonable en poco tiempo”. La otra materia pendiente era la democracia.72

68 Arturo Frondizi, La Alianza para el Progreso, Buenos Aires, Desarrollo, s. d., p. 20.

69

Ibíd., pp. 20-27.

70 De esas cifras sólo la última, relativa al compromiso externo, figuraba en la Carta de Punta

del Este, pero las tres en su momento habían sido ampliamente difundidas.

71

Ibíd., pp. 18-19.

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La vinculación de la Alianza con la política anticomunista en América latina obstaculizó su instrumentación, según otra opinión. Los gobiernos más proclives a apoyar medidas contra Cuba fueron los menos inclinados a realizar las reformas que demandaba el programa. Los movimientos populistas, partidarios de esta reforma, también lo eran de otras que implicaban la expropiación de inversiones extranjeras y que no eran aprobadas por la opinión pública norteamericana.73

Taffet observó que en el comienzo de la administración Kennedy la Alianza para el Progreso fue la gran esperanza de que funcionara como medio adecuado para contener el surgimiento del comunismo en América latina. Estados Unidos aparecía como una forma de colaborar con los líderes latinoamericanos para establecer crecimiento y estabilidad económicos duraderos. Sin embargo, estos objetivos no fueron alcanzados. El programa no representó una asociación entre pares, reforzando la idea del dominio de Estados Unidos.74

73

Connell-Smith, Los Estados Unidos y la América Latina, cit., p. 265.

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CAPITULO IX