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Active Interaction for Interactive MT

4.3 Experimental Setup

Para evaluar la docencia universitaria por razones de gestión, política formativa, desarrollo de nuevas generaciones, adaptación a los tiempos, entre otras, siempre hay posibilidad de acudir a distintas fuentes. Se puede preferir la observación externa de evaluadores, investigadores o supervisores que en este nivel –y sobre todo en las universidades publicanas es muy común. También conducir procesos autoevaluativos, círculos de discusión, pero pocas veces se ha legitimado esta búsqueda a través de los “clientes”, los estudiantes. Está claro que hay un choque con la tradición medieval que dio disposición de auctoritas a quienes se dedicaban al magisterio superior en estas

instituciones, una investidura a la que desde el respeto o el temor no podía cuestionarse y que produjo poca producción académica en lo concerniente a la cualidad y la codificación de las prácticas del docente universitario.

Podría pensarse que los sucesos del Mayo Francés, la democratización y masificación de los estudios universitarios, y la misma dinámica sociocultural de estas últimas décadas han abierto espacios que antes eran insospechados. Ya es natural encontrar decenas de expresiones como la siguiente cuando se habla del proceso de ilustración de un perfil de profesor universitario: “no debe representar una actividad parcial, limitada sólo a

ciertos sectores de la vida universitaria; por el contrario, esta labor debe considerar las demandas provenientes de la comunidad vinculada al quehacer universitario, de los usuarios de sus productos (…)”. (Lizardo, 2008, p. 33). Entre los “usuarios de los productos” docentes están sin duda los estudiantes, no exclusivamente por supuesto, puesto que la dinámica universitaria implicada y comprometida con la investigación o la extensión trasciende los espacios del aula, para ingresar en otros intangibles territoriales y simbólicos que dan cuenta de su producción.

El profesor ha de estar impregnado, estimulado, por todo su desempeño, y en el aula, en su interacción discursiva con los estudiantes, debe dejar registro de los esfuerzos y las dificultades, de las dudas y las certezas, de sus sueños y sus fracasos. ¿Pueden ser indiferentes los estudiantes, independientemente de su entrega y compromiso con la formación, a este producto cotidiano y renovable que es el discurso de un profesor?, ¿cómo se lo representan?, ¿cómo lo evalúan? De modo que la pluralidad para el conocimiento de las representaciones de los estudiantes es tan válida como la de los profesores mismos, así lo señalan Covarrubias y Piña (2004):

Las representaciones que se dan dentro del acto educativo por parte de profesores y alumnos tienen un sello característico, ya que se formulan y se caracterizan por una lógica y un lenguaje particular, por lo que es importante considerarlas como

material relevante al ser parte de los elementos que conforman esa realidad y por el significado que otorgan a las tareas que realizan; conocerlas nos da la oportunidad de proponer cambios o alternativas en la organización de la enseñanza, y, en general, sobre la función y la actuación de los docentes (p. 49)

Representaciones que tienen como primer ámbito de expresión lo que se percibe, lo que se opina, lo que puede hallarse como parte de la experiencia interactiva, expresada en las aulas de clase. Lizardo (2008) repasa distintas investigaciones hechas tomando como

fuente de análisis la percepción de los estudiantes, en ellas es patente que, sin importar el enfoque, los estudiantes resaltarán como una de sus valoraciones más recurrentes la práctica discursiva de los docentes. Resalta a través de otros autores cómo los estudiantes tienden a otorgar una mayor importancia a la habilidad del profesor para hacer interesante la clase, sus habilidades para la expresión verbal, y la disposición de ayudar a los

estudiantes. En otros estudios se revela que la habilidad del profesor para comunicarse claramente en la clase resulta ser el aspecto más frecuentemente mencionado por los estudiantes, seguido del conocimiento del profesor de la materia, y sus características personales y humanas (2008, p.38).

Volviendo a la validez y la pertinencia de emplear las percepciones y las representaciones estudiantiles como fuente confiable para el análisis de las prácticas profesorales universitarias, son representativos los extremos

argumentativos de algunos autores por cuanto unos dan por confiable, válido y útil el empleo de los estudiantes como fuente de información para calibrar y analizar el trabajo de los profesores, mientras que otros lo ponen en tela de juicio, al

considerar que los aportes de los estudiantes acerca de sus profesores tiene que ver con la popularidad que tengan o la calificación que les otorgan (Murray, 1990; García, 2000).

Las condiciones de anonimato son esenciales, hacerlo desde una disposición revisionista y reflexiva, no persecutoria, aunque se mantenga la aspiración de promover cambios que incluso algunos investigadores han cuestionado, por ejemplo: los profesores se ven amenazados y desacreditan opiniones que tengan ese origen probablemente por una cuestión de poder, de celo relacionado con el estatus (McCready (1981), citado por

La mejora del acto educativo, sus expresiones discursivas, sus aplicaciones técnicas, la misma apertura que se obra en las disciplinas pedagógicas, puede respaldarse en las posturas estudiantiles, aunque son menos expertas y así debe reconocerse. La autoridad del profesor es una condición esencial de las prácticas educativas (Tedesco y Tenti Fanfani, 2002), y no se debilitan sus fundamentos si abre las ventanas a la crítica, a la observación y evaluación, por el contrario, se enriquece y consolida.