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La cultura puede entenderse como la forma de vida de un pueblo o, de manera más restringida y sociológica, como el conjunto de normas y valores socialmente configurados que otorgan sentido a la vida colectiva y que enmarcan el funcionamiento de las instituciones y, una vez interiorizados por los sujetos, pautan las interacciones cotidianas. Las culturas no son sistemas cerrados y armónicos, por si mismos favorables a la integración social, sino más bien campos de confrontación permanente entre visiones de mundo e intereses distintos (Villena, 2007)

Una cultura no evoluciona si no es a través del contacto con otras culturas. Pero los contactos entre culturas pueden tener características muy diversas. En la actualidad se apuesta por la interculturalidad que supone una relación respetuosa entre culturas (Alsina, 1999).

Otras fuentes definen cultura como el “conjunto de valores, creencias, ideologías, hábitos, costumbres y normas, que comparten los individuos en la organización y que surgen de la interrelación social, los cuales generan patrones de comportamiento colectivos que establece una identidad entre sus miembros y los identifica” (Congreso de Colombia, 2006).

Multiculturalidad

La multiculturalidad es una concepción nacida en el seno de la globalización como instrumento afín al sistema, que tiene la función de controlar el conflicto social y brindar las condiciones de estabilidad con el fin de impulsar el modelo de acumulación capitalista (Walsh, 2002), por ende es un concepto que admite la tolerancia entre culturas (Moya, 2009) e incorpora la diferencia mientras que la neutraliza y la vacía de significado efectivo (Zizek en Walsh 2002). Moya (2009) habla de la multiculturalidad como “una nueva cara del capitalismo y renovado proceso de dominación poscolonial”, la multiculturalidad además se aplica a una realidad de culturas migrantes dentro de una cultura nacional (Moya, 2009).

La multiculturalidad ha sido criticada especialmente por “el optimismo superficial de una pretendida facilidad con la que se expone la posibilidad de la comunicación o del diálogo multicultural, suponiendo ingenuamente (o cínicamente) una simetría inexistente en la realidad de los argumentantes” (Dussel, 2005: 12).

Esta es la cara que han tenido muchas de las políticas públicas del Ecuador a partir de la Constitución de 1998 y que incluso en la actualidad con el nuevo rótulo de interculturalidad se pretenden impulsar espacios de participación que son duramente criticados desde las organizaciones sociales, académicos y movimiento indígena, como se evidencia en el siguiente testimonio:

En la actualidad la interculturalidad es folklorizar, poniendo una oficinita pequeña con letreritos en kichwa, en shuar, vistiéndoles a unos indígenas para que estén sentados allí frente a un escritorio y eso es interculturalidad (Entrevista a Sarango, 2011).

Interculturalidad

Las regiones con alta diversidad biológica como por ejemplo la cuenca amazónica coinciden con ser zonas de alta diversidad cultural. Así el Ecuador es considerado como un país privilegiado por su diversidad biológica y cultural que actualmente es reconocida como patrimonio a ser preservado y valorado. No obstante, este reconocimiento e importancia, específicamente

del tema cultural, ha sido un proceso de construcción cuyos inicios parten con la lucha de los pueblos indígenas. La búsqueda y reconocimiento de sus derechos, así como, una participación más activa dentro de la sociedad inciden en el reconocimiento de un Estado donde conviven distintos grupos culturales, cada uno con sus saberes y tradiciones que necesitan ser reconocidos, respetados y tratados en una relación horizontal.

Estas características han sido reconocidas dentro de la noción de interculturalidad, un concepto que puede ser abordado desde una dimensión teórica y política. Por un lado, la interculturalidad surge para responder a la diversidad étnica, social y lingüística de una sociedad, pero también como una “expresión de la tensión étnica y de las relaciones conflictivas entre los grupos, derivadas de los procesos históricos de subordinación social” (Krainer, 2010:23), que en el caso ecuatoriano adquiere una fuerte connotación política de la lucha social del movimiento indígena (Walsh, 2006: 20).

La interculturalidad se la mira como una “interrelación igualitaria” que implica un reconocimiento y valoración positiva entre diferentes pueblos, personas y prácticas culturales que conviven e interactúan dentro de un mismo territorio. Esta interrelación abarca negociaciones e intercambios culturales en una vía múltiple que permiten la construcción de espacios de encuentro no solo entre personas sino también entre sus saberes, sentidos y distintas prácticas (Torres, 1994 citado en Krainer, 2010; Walsh; 2006: 24). La interculturalidad debe ser vista como un proceso de construcción continuo de modos de pensar, estructuras e instituciones (Walsh, 2006: 25,26) dentro de una sociedad, lo que implica la redefinición del carácter de la comunidad política y social en su conjunto (Bello, 2009) y no solamente desde el sector indígena como comúnmente se ha dado. De esta manera para muchos autores la interculturalidad adquiere un rol que deber ser crítico, central y prospectivo en todas las instituciones sociales permitiendo la reconstrucción de estructuras, sistemas y procesos que confronten las desigualdades existentes en los intercambios culturales dentro de una sociedad.

Según Dussel (2005), “la única manera de poder crecer desde la propia tradición es efectuar una crítica desde los supuestos de la propia cultura”. Y por lo tanto según este autor es necesario ser autocríticos y localizarse entre las dos culturas (la propia y la otra) para originar un pensamiento distinto y crítico.

Para Yánez (2011) existen dos niveles de interculturalidad: una social y otra política. La interculturalidad social surge de las culturas que emergen y, que son diferentes a la cultura nacional, que piden un reconocimiento social, por ejemplo los grupos LGBT, rockeros, las culturas urbanas, etc. La

interculturalidad política, por su lado, pide el reconocimiento y resarcimiento de la discriminación histórica sufrida y generada muchas veces desde el Estado a partir de políticas injustas, la falta de inversión o la desigualdad en el acceso al poder. (Entrevista a Yánez, 2011).

Por lo tanto se debe generar interculturalidad a nivel político a partir del establecimiento de políticas públicas que tomen en cuenta las llamadas 3 R’s de la interculturalidad: la primera reconocer la cultura es decir la lengua, los sistemas de conocimiento, los valores de los diferentes pueblos y nacionalidades, la segunda redistribuir el poder de tal forma que los diferentes grupos tengan acceso a puestos de poder y de representatividad política y la tercera la redistribución de la riqueza mediante la ejecución de acciones afirmativas para que el presupuesto del Estado vaya con mayor énfasis hacia los pueblos y nacionalidades (Entrevista a Yánez, 2011). Estos tres conceptos, cultura, multiculturalidad e interculturalidad muchas veces se confunden, por lo que antes mencionado, puede aclarar por lo menos de manera preliminar lo que en la investigación propuesta se considera abordar como ejes teóricos, además este primer acercamiento a lo que es la interculturalidad nos permitirá abordar la relación de este concepto con