Con el objetivo de avanzar en acciones para transparentar la información, el 30 de mayo de 2006, la Corte Suprema creó el Centro de Información Judicial (CIJ), la agencia de noticias del Poder Judicial de la Nación Argentina.387 Se trata de un portal que concentra toda la actividad relevante de la justicia. Surgió con la idea de actuar como puente con la sociedad. Además, buscó interactuar con los medios de comunicación. La idea no era nueva. Tenía como antecedente el sitio web que había sido impulsado por el ex ministro Enrique Petracchi. Lo cierto fue que el CIJ se puso en marcha recién en 2008, bajo la presidencia de Lorenzetti, quien lo mantuvo bajo su órbita. Le dio un perfil más ágil y moderno, con alcance nacional y parámetros
federales.
La nueva estructura anhelaba unir las diferentes instancias judiciales del país, garantizar el acceso a fallos completos y al derecho comparado y replicar el CIJ en los principales centros judiciales de la Argentina. Muchos de estos fines no se cumplieron.
El presidente de la Corte designó sin concurso público, es decir de manera directa, como directora del CIJ a María Bourdin, una formoseña nacida en enero de 1974, abogada por la UCA de Santa Fe y con varias especializaciones en medios. Ambos se habían conocido cuando ella lo entrevistó para Infobae, un portal de noticias de Daniel Hadad. La designación significó el apartamiento y posterior jubilación del hasta entonces histórico vocero de la Corte, Ricardo Arcucci.
Lorenzetti confió en Bourdin para que asumiera el doble comando del CIJ y de la Oficina de Prensa, con la función de dialogar con periodistas, informar, confeccionar resúmenes de prensa, organizar presentaciones del año judicial y ante un eventual problema, comunicarse con los directivos de los medios para amortiguar el tono de la información.
Rubia, ojos celestes, hija única de padres docentes de Formosa, Bourdin fue muchas veces el hombro en el que apoyarse para Lorenzetti, en especial en tiempos de adversidad política. Además, fue la encargada de cambiarle la imagen. Un nuevo corte de pelo y el despojo del bigote, le dieron a “Richard” el estilo de yuppie neoyorquino que ella tenía en mente (de ahí el Richard), como la misma Bourdin lo reconoció. Trajes oscuros de diseño, camisas blancas con gemelos, y relojes de colección acompañaron la nueva estampa del magistrado. Dietas, gimnasio y running fueron parte de la rutina diaria.
Motivado por las sugerencias de Bourdin, el presidente de la Corte empezó a prestarle más atención al aspecto personal. Quería lucir bien, como un galán. Así fue como comenzó un tratamiento estético con la misma dermatóloga que atendía al ex juez federal Norberto Oyarbide, quien dejó de concurrir ante el repudio de los pacientes.
Cada visita de Lorenzetti al consultorio —ubicado a menos de trescientos metros del Palacio de Justicia, en Uruguay y Córdoba— implicaba la puesta en marcha de un operativo a cargo de los hombres de seguridad y del secretario privado. Bastaba una llamada para que la médica desalojara el lugar y recibiera, única y exclusivamente, al juez. No quería testigos. Uno de los hombres de seguridad revisaba antes el consultorio y recién entonces el ministro subía para ser atendido por la profesional que integraba el padrón de la obra social de los judiciales.
Entre los jueces lo consideran un fashionista o metrosexual, y saben de su gusto por la estética; como también entre los que lo conocen en su ciudad natal Rafaela, aunque allí comenten risueños “aunque al mono lo vistan de seda…”, en alusión al apodo juvenil que se granjeó por inquieto y ambicioso.
El vínculo que Lorenzetti entabló con Bourdin fue de estrecha confianza. A punto tal que algunos periodistas y empleados se asombraban cuando ella lo intimidaba o ponía
en evidencia con miradas y comentarios, como lo recuerdan funcionarios judiciales. “Hasta gritos se escucharon desde el despacho de Lorenzetti, porque ella le arrojó una silla por la cabeza y muchas veces se la vio a la señora Bourdin llorando”, recuerda un mayordomo de la Corte. En la práctica, Bourdin se convirtió en la vocera personal de Richard, pese a que eran siete los ministros de la Corte a los que presuntamente debía atender. Así, por ejemplo, si un periodista quería entrevistar a los otros magistrados, debía hablar con sus secretarios privados.
Bourdin se había convertido en la voz —y los oídos— de Lorenzetti. El ministro veía en el CIJ una herramienta perfecta para resaltar la gestión en la Corte. Esto le valió la crítica de muchos de sus pares que entendieron en esa actitud, como reconocían en privado, una forma de “afianzar su jefatura de poder personalista”. Para estos, el sitio web le sirvió no solo para montar un sistema de publicidad y autopropaganda para cultivar su figura, sino también para mantener “una política de elogios y exaltación de su personalidad”. Las continuas “alusiones al ministro en el CIJ fueron un intento de destacarlo por encima de la institución. Esto perjudicó el sentido de justicia durante los diez años de la presidencia de Lorenzetti, que sobre todas las cosas debió ser despersonalizada”, según el jurista Abel Cornejo. “La Corte es un órgano colegiado y por lo tanto no debe tener nombre y apellido o estar identificado con una sola persona, porque no solo desdibuja al resto de los jueces, sino que además la concentración de poder que logró Lorenzetti durante estos años ha sido mayúscula al límite de rozar el autoritarismo”, continuó.
En el kirchnerismo van más lejos: “Lorenzetti ha construido un futuro político desde la Corte y muy destacadamente desde que aceptó presidir la redacción del Código Civil y Comercial de la Nación”, opinó el constitucionalista y ex asesor del Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner Eduardo Barcesat:388 “Dijo cosas erróneas como que los jueces no gobiernan. Eso es un disparate jurídico porque el Estado se compone de los tres poderes, pero además estamos ante un descontrol de los jueces, un poder aristocrático, vitalicio, no consensuado con el pueblo que se atribuye ser legislador en última instancia. Este desborde se lo adjudico a la segunda etapa del gobierno de la Corte de Lorenzetti”, concluyó Barcesat.
El presidente de la Corte Suprema diseñó una estrategia de comunicación particular. Cada martes, día previsto para los acuerdos de ministros, solía reunirse con un reducido grupo de periodistas judiciales a los que les explicaba en detalle los fallos resonantes del día. Respondía preguntas, en estricto off the record, e intercambiaba impresiones con los invitados. Los encuentros los organizaba Bourdin, quien los convocaba a primera hora de la mañana y esperaba a los periodistas a las 12:30 en el cuarto piso del Palacio de Tribunales. Lorenzetti los recibía en el despacho. Era una manera de abrir las puertas a la intimidad del trabajo. Con música clásica de fondo, saludaba con afecto, uno por uno, a cada profesional. Sabía nombres, historias y lo que cada uno escribía. Entre humoradas e ironías, cada tanto, el juez deslizaba el malestar por alguna nota u opinión publicada.
modo de mantener un vínculo directo entre los medios y tribunal. En cada reunión se repetía la misma rutina: los periodistas se ubicaban en una mesa redonda; Bourdin repartía copias de los fallos del día que luego serían analizados por el ministro y, una vez leídos y estudiados punto por punto, los cronistas formulaban preguntas que serían respondidas de inmediato. La reunión terminaba con el saludo de Lorenzetti.
Parte del hábito era que Bourdin monitoreaba de reojo lo que los presentes hacían con los teléfonos celulares. Buscaba evitar que se filtraran las novedades por las redes sociales y de este modo reservar las primicias para el CIJ. El control llegó a su máxima expresión la mañana del 29 de octubre de 2013, cuando se comunicó el fallo sobre la Ley de Medios. En aquella ocasión, Bourdin, a pedido de Lorenzetti, obligó a los periodistas a dejar los celulares afuera de la habitación por la “sensibilidad” del tema. La “paranoia” sobre la información había tomado rumbos impensados.
Fue la misma vocera quien implementó una política de premios y castigos con los comunicadores. A algunos les facilitaba información interna. A otros, los más díscolos, se las retaceaba y los llamaba, sin importar día ni horario, para increparlos si algo de lo publicado había disgustado a su jefe. Solía escuchársele decir, con cierto tono amenazante: “No escribas eso que salgo a desmentirte”. Que fuera verdad parecía no tener importancia, destacan varios de los periodistas que cubren temas judiciales.
En su origen, tanto jueces como periodistas vieron con visto bueno la creación del CIJ. Sin embargo, aproximadamente cuatro años después, algunos medios de comunicación entendieron que el sitio web competía por la primicia judicial de manera “desleal”, ya que contaba con toda la estructura judicial y un acceso irrestricto a la información. Eso motivó que en uno de los encuentros de los martes algunos periodistas, muy molestos, le plantearan la existencia de dicha competencia, a lo que el ministro no supo qué contestar.
En el portal el lugar que ocupaba una noticia era decidido en persona por Lorenzetti y Bourdin. El dato no era irrelevante, porque todo lo que allí salía era reproducido en otros medios. Por eso muchos jueces le temían a lo publicado.389 Más allá de las críticas, Lorenzetti creyó que el CIJ era una manera de dejar atrás la “vieja idea de que el juez hablaba solo por sus sentencias”.390 Con ese criterio, también apostó al lanzamiento del CIJ TV con múltiples plataformas para todo el país.391 Lorenzetti adoptó el modelo de la Corte de Brasil. De hecho, viajó a interiorizarse sobre el funcionamiento y luego lo hizo Bourdin. Chile es otro de los países latinoamericanos que tiene un modelo similar, pero no compite con los medios de comunicación tradicionales, como en un principio pretendía Lorenzetti.
Era una cuestión de tiempo que Bourdin quedara en el ojo de la tormenta. Sucedió el jueves 17 de marzo de 2011 que el CIJ publicó la noticia titulada “Lavado de dinero: piden información sobre causas abiertas en el país contra Hugo Moyano”. Allí el CIJ difundió un cable informativo392 que relacionaba, de manera directa, a Hugo Moyano y su hijo Pablo con la investigación que la justicia suiza realizaba. Se desató una controversia, no solo por el posible entorpecimiento a la justicia que podría haber
significado esa divulgación, sino en especial por el funcionamiento del CIJ. El portal había sido el primero en dar a conocer una información que luego fue desmentida por la fiscalía general de Suiza. Desde Ginebra aclararon que la investigación no apuntaba a Moyano, sino a Covelia (empresa que prestaba servicios a diversas comunas del conurbano).393
El escándalo que se desató fue mayúsculo. La todopoderosa vocera, protegida de Lorenzetti, se vio en la obligación de presentar la renuncia a los ministros. Pese al enojo, y sin olvidar el vínculo que mantenía con el presidente de la Corte, se la rechazaron los primeros días de abril de 2011. Ella misma lo reconocería en una entrevista otorgada al diario Perfil. Ese episodio evidenció lo que ya se sospechaba en algunas redacciones de noticias: el CIJ tenía la misma voracidad por la primicia que el resto de las empresas periodísticas de capital privado.
No fue el único: el 29 de diciembre de 2014 se publicó —nunca se dijo por decisión de quién— en el sitio web del CIJ una Carta Abierta del juez Claudio Bonadio a la presidenta del Consejo de la Magistratura (Gabriela Vázquez), donde le respondía los fundamentos de la resolución por la que había sido sancionado. La publicación fue muy criticada por el kirchnerismo. En especial por la diputada del Frente para la Victoria, Diana Conti, quien cuestionó al CIJ por considerar que la carta de descargo del juez (de índole personal) representaba información relevante del Poder Judicial. La diputada señaló que el accionar del CIJ constituía “un verdadero escándalo y un descrédito para el Poder Judicial”.394
La información judicial que se ponía a disposición del CIJ fue en aumento con la Acordada 15 del 21 de mayo de 2013. A través de esta, la Corte resolvió que todos los tribunales federales, nacionales y orales del país tenían la obligación de publicar todos los fallos en el sitio web judicial. Si bien en la acordada se hablaba de “exclusividad”, fuentes del alto tribunal salieron del paso con la siguiente explicación: “los jueces podían informar sobre el fallo a quienes quisieran, pero no podrían dejar de publicarlo en el CIJ”.395
La decisión de la Corte recolectó críticas por la supuesta restricción al acceso a la información y por ende a la libertad de expresión. Estaba mal visto que obligara a los jueces a informar sus sentencias con prioridad al CIJ y no a otros medios, como hasta ese momento era tradición. El portal supremo una vez más se garantizaba la primicia. Para caldear más el ambiente, la medida se conoció antes de que entrara en vigencia la ley que estableció como obligatoria la publicación de todos los fallos judiciales (en el marco del proyecto de “democratización de la Justicia”). En paralelo también se produjo el lanzamiento de la agencia de noticias del Ministerio de Justicia: INFOJUS. Esta impronta levantó polémica porque ahora el CIJ —que representa a los jueces— tendría una competencia directa, la voz de los fiscales.
A Lorenzetti le obsesionaba la relación con los medios. Le irritaba y malhumoraba que lo criticaran o publicaran alguna presunta irregularidad suya. La sola idea de que lo investigaran o le pasaran el escáner del periodismo lo sacaba de quicio. El contacto
con los periodistas, las supuestas facilidades para entregarles información y sus esfuerzos en ser cordial apuntaban a tenerlos de su lado. Hace unos diez años comenzó a organizar en el salón de té del cuarto piso del Palacio de Justicia un brindis con los acreditados en el tribunal, o como se dice en la jerga, los periodistas de trinchera. Los primeros encuentros fueron más austeros, con pocos invitados y catering modesto. Sin embargo, de manera llamativa, durante 2013 cuando el tribunal dirimía la Ley de Medios, amplió las invitaciones a empresarios del rubro, secretarios de redacción, directores de diarios y revistas, columnistas y conductores de televisión. Los ágapes de la Corte eran todo un acontecimiento. Las imágenes se reproducían en el CIJ como un evento social de relevancia similar a lo que hacen las revistas europeas cuando muestran a personajes de la alta sociedad. Algo así como una versión criollo judicial de la revista Hola. Desde entonces, la conmemoración por el día del periodista y los brindis de fin de año se convirtieron en cita obligada para quien quisiera ser alguien en ese mundo. El aluvión de invitados, en creciente aumento, obligó a trasladar el festejo al hall central del cuarto piso.