CHAPTER 4 THE EFFECTIVENESS OF STUDY SUPPORT
4.1 Fostering Participation in Study Support
Podemos asumir la definición del “ser queriente” que propone Donceel o apetito elíctico racional del que habla Blanco; pero ello implica conocer qué es aquello que quiere el hombre; no podemos afirmar que somos seres determinados, dado que estaríamos negando la libertad, de la cual nos ocuparemos un poco más adelante por su necesaria relación con el tema de la tentación; pero si podemos afirmar que hay un elemento común en el acto de querer de cada ser humano. Esencialmente aquello que quiere el hombre y mujer de todos los tiempos no es otra cosa que el bien; en condiciones normales del desarrollo del ser humano este aspira necesariamente al bien, hay una tendencia natural al bien en cuanto tal, y ello se constituye como el objeto de la voluntad.
En este acontecer del “querer” se circunscribe la voluntad, que corresponde a la capacidad de aspiración mediada por el conocimiento reflexivo, ella se encuentra también ante la misma
amplitud ilimitada de posibilidades, pero “el objeto formal de la voluntad es el bien como bien”144; no está limitada como las facultades sensibles impulsivas, que se ubican en un terreno particular de valores, como por ejemplo el bien sensible material: comodidad, placer,
utilidad; “la voluntad puede aspirar también a unos valores más altos, suprasensibles e
inmateriales, espirituales y éticos. Puede decidirse por ellos, renunciando a otros campos de valor más bajos. Con el deseo y el amor puede aspirar incluso al valor supremo, al bien
infinito, es decir, a Dios”.145
De igual manera, Donceel concuerda en afirmar que el objeto de la voluntad es el bien objetivo, es decir aquel bien que responde a la dignidad del ser humano, que lo eleva por su dimensión de ser racional; también comprende que el bien absoluto al que tiende necesariamente la voluntad humana es hacia Dios, por ser Él la perfecta bondad. Sin
144 Coreth, “¿Qué es el hombre? Esquema de una antropología filosófica”, 146. 145 Ibid., 146.
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embargo, según el autor hay que distinguir entre lo objetivo y lo subjetivo. Objetivamente la voluntad tiende al bien supremo, pero subjetivamente aparecen las opciones que hace el ser humano en el uso de su libertad; hay tendencias que pueden llevar al ser humano a tener otra realidad como su bien supremo diferente de Dios: “Mientras que la tendencia implícita del hombre lo lleva hacia Dios, explícitamente la tendencia se puede volver hacia otros objetos: el honor, el placer, la salud, el poder, la filantropía, la justicia social, etcétera.146
Si tenemos que lo que el hombre desea es el bien, y si afirmamos que el mayor bien absoluto que se nos presenta es Dios; podemos concluir que el hombre quiere, tiene deseos de Dios; pero como lo afirma Donceel, esto estaría para muchos solamente en el nivel implícito de la tendencia al bien, dado que explícitamente, en el uso de su libre elección, el ser humano puede establecer otra escala de bienes a los que desea aspirar. Para Coreth, esta realidad implícita hacia Dios la llama infinitud virtual. Hay en el ser humano un ordenamiento dinámico que apunta a la plenitud infinita de su ser; la voluntad trasciende en la dinámica de su acción los bienes concretos y finitos, buscando siempre otros bienes y valores; cuyo propósito final es gozar de un bien infinito, un valor infinito.
El objeto material de la voluntad es todo bien, todo cuanto presenta algún valor en sí en una amplitud ilimitada por principio; a la voluntad le corresponde una cierta infinitud; no ciertamente la infinitud de una posesión colmada y actual, sino sólo la infinitud de una capacidad abierta y aún vacía; es decir, una infinitud virtual.147
Entendemos así que lo que en esencia desea el ser humano es la felicidad; que desde la objetividad se encuentra en Dios, pero que subjetivamente puede poner su felicidad en otras realidades diferentes a Él. El objeto al que tiende la voluntad humana se le conoce como el
fin de la voluntad que es siempre algún bien. Donceel nos ofrece unas diferenciaciones de
“bien”, que nos son útiles para establecer la realidad de “bien” que se asume al momento de
tomar una decisión. Con el autor podemos así distinguir entre bien físico, moral y bien aparente:
146 Donceel, “Antropología filosófica”, 371.
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Bien físico es aquel que es bueno para el hombre como organismo en el cosmos; bien moral el que es bueno para el hombre como ser libre; bien aparente es algo objetivamente malo que aparece como bueno, es malo para el hombre como totalidad, pero aparece como bueno para alguna de sus tendencias inferiores.148
En el ámbito del bien aparente, el ser humano no persigue el mal absoluto, ya que este no puede ser objeto de la voluntad, cuando se deja llevar por sus tendencias inferiores, su voluntad tiende hacia estas cosas que son objetivamente incorrectas, pero lo que persigue no es lo malo sino lo que es bueno pero en apariencia, considera así el sujeto que su decisión es válida en tanto que ve lo bueno en su decisión, así por ejemplo el deseo de placer se le presenta como una posibilidad de bien, le crea satisfacción; pero este deseo de placer puede estar traicionando el amor de pareja, la fidelidad en una unión establecida; pero su decisión fue tomada por la motivación fuerte de sus tendencias inferiores que le hicieron ver esto como bien, pero que en realidad objetivamente se trataba de una apariencia.
La acción que podemos llamar como “mala”, comprende S. Agustín está precedida entonces
de la fuerza que ejercen las pasiones desordenadas a la voluntad del ser humano y que lo hacen actuar por su libre albedrío; lo que sucede en su interior es que la libídine domina la mente, la despoja de su capacidad fundamental hacia la virtud y la mueve de un lugar a otro sembrando aspectos contradictorios que lo alejan de lo auténtica verdad y lo sumen en un mundo de confusión; pero por presentarse como deseo, por ser en apariencia apetecible, el sujeto se ve movido a obrar prescindiendo de su razón, mente o espíritu.
Pero qué, ¿Es que debe mirarse como castigo pequeño el que la libídine domine a la mente y el que, después de haberla despojado del caudal de su virtud, como a miserable e indigente, la empuje de aquí para allá a cosas tan contradictorias como aprobar y defender lo falso como verdadero ; a desaprobar poco después lo que antes había aprobado, precipitándose, no obstante, en nuevos errores ; ora a suspender su juicio, dudando las más de las veces de razonamientos clarísimos; ora a desesperar en absoluto de encontrar la verdad, sumiéndola por completo en las tinieblas de la estulticia ; o bien a tomar con empeño abrirse paso hacia
148 Donceel, “Antropología filosófica”, 372.
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la luz, para caer de nuevo extenuada por la fatiga? […] Adondequiera que este hombre se vuelva, la avaricia le acosa, la lujuria le consume, la ambición le cautiva, la soberbia le hincha, la envidia le atormenta, la desidia le anonada, la obstinación le aguijonea, la humillación le aflige, y es, finalmente, el blanco de otros innumerables males que lleva consigo el imperio de la libídine.149
Retomando lo dicho, entendemos que el ser humano es un ser que desea y cada una de sus tendencias busca su propia satisfacción; allí la función de la voluntad es coordinar estas tendencias de tal modo que se subordinen al bien del hombre como totalidad, en la integralidad de la vida, y no solamente elija, movido por un aspecto concreto de su ser. Dado que es a partir de las tendencias en las que actúa el ejercicio de la voluntad, dedicamos el siguiente apartado, siguiendo a Donceel quien recoge una caracterización que podemos establecer sobre estas.