3.5 QuEChERs
3.7.2 Grafted MIPs
Cristina Kirchner intentó aumentar las retenciones a las exportaciones. Como recordará el lector, éstas son un impuesto cobrado antes de la exportación de un bien. Esto inició entre el gobierno y el campo un conflicto que sacudió al país. No es difícil entenderlo: un impuesto a las exportaciones perjudica a los exportadores y es probable que éstos protesten. Veamos, de todos modos, cuáles serían los argumentos a favor de las retenciones.
Suele argumentarse que puede resultar conveniente imponer retenciones si el país determina el precio de la soja (es monopolista del bien exportable). Si los productores privados del bien exportable compiten entre ellos produciendo más y bajando el precio, no aprovechan el poder monopólico (si existe) que tiene el país en su conjunto. Ningún chacarero restringiría su producción de manera voluntaria para hacer subir el precio de la soja, porque no tiene garantías de que los restantes miles de chacareros harán lo mismo (free riders, los que se “ cortan solos” o “ hacen la suya”). Entonces la aplicación de retenciones por parte del gobierno reduce la oferta en el mercado internacional y esto hace subir el precio. Si hay poder de mercado, la suba del precio termina generando ingresos totales mayores, aun cuando se reduce el precio por tonelada.
Supongamos que buscamos un óptimo de Pareto. Se conoce con este nombre al punto de cualquier transacción económica en el que ninguna de las partes puede mejorar sin que el resto necesariamente empeore. En la búsqueda de un
equilibrio con mejor bienestar, ambos agentes aceptan el intercambio hasta el punto en que este deja de generar beneficios. Si algo genera o produce provecho, comodidad, fruto o interés sin perjudicar a otro, inciará un proceso natural que permitirá alcanzar el óptimo de Pareto.
La búsqueda de un óptimo de Pareto sería un argumento válido para poner retenciones a las exportaciones agropecuarias argentinas si, por la caída de las exportaciones debida a la implantación de las retenciones, subiera tanto el precio internacional que, al final, las retenciones las pagaran los extranjeros. Para que esto sucediera, el país que establece retenciones a las exportaciones tendría que ser un proveedor tan importante (como lo son los árabes con el petróleo) como para que una pequeña reducción de las exportaciones fuera capaz de subir mucho el precio internacional. Si esta condición no se cumple, el argumento paretiano recomienda una retención cercana a cero. La tarifa paretiana es inversamente proporcional a la elasticidad de demanda de los extranjeros por nuestras exportaciones. Por eso, para un tomador de precios –elasticidad infinita– la tarifa paretiana es cero.
Sin embargo, el economista argentino Eduardo Conesa (1983) ha propuesto en diversos artículos, publicados en la década del ochenta, la aplicación de la teoría de la tarifa óptima para las exportaciones agropecuarias argentinas. El argumento de Conesa se basa en la observación de que tratándose de las exportaciones argentinas –si bien éstas tienen una participación relativamente reducida en la mayoría de los productos a nivel mundial, lo que sugiere que es un exportador pequeño y tomador de precios internacionales–, la elasticidad precio de la demanda para los mercados específicos donde se venden estos productos puede ser menor que infinito, lo que permitiría aplicar el concepto de tarifa óptima de exportación.
Conesa estima elasticidades de demanda para los principales productos agropecuarios de exportación argentinos (trigo, maíz, carne, lana) y luego generaliza sus resultados calculando que la elasticidad-precio de demanda de exportaciones agropecuarias puede ser aproximada por un valor absoluto de 4. O sea que por cada 1% que suban los precios internacionales de los productos que Argentina exporta, la demanda mundial por ellos caería 4%. Si bien este valor es relativamente alto, resulta menor a infinito, que es el supuesto para un país pequeño tomador de precios.
retenciones a las exportaciones agropecuarias), es posible calcular la alícuota para los impuestos a las exportaciones agropecuarias (retenciones). La teoría indica que el valor del impuesto debe ser inversamente proporcional a la elasticidad de la demanda, de forma tal de reducir las cantidades y generar un aumento marginal de los precios de venta. Entonces, para el caso de la Argentina, ésta debería ser del 25%, dado el valor de la elasticidad precio calculada de 4.
El argumento de Conesa es en cierto modo sofisticado y hace uso de la teoría económica para proponer la imposición a las exportaciones agropecuarias al tiempo que reconoce también que esta tarifa óptima implicaría que deberían eliminarse los impuestos a la importación de productos industriales (el campo importa fertilizantes, agroquímicos, maquinaria agrícola, etcétera, cuya oferta mundial es infinitamente elástica para la Argentina, dado que es un país chico) que indirectamente gravan al sector agroexportador y deprimen también el tipo de cambio real (lo cual perjudica al sector).
Pero luego Conesa reconoce que la imposición directa al agro a través de retenciones a las exportaciones puede generar resistencias del sector y por ende problemas políticos de implementación. Por esa razón se inclina por establecer un arancel de importación que no es percibido como un impuesto directo por parte del sector agropecuario a diferencia de lo que ocurre con las retenciones a las exportaciones, aunque, según Conesa, tendría el mismo efecto. Es decir que para proponer un arancel único a la importación por razones de economía política, Conesa recurre al resultado de la “ simetría de Lerner”.
¿Qué es la “ simetría de Lerner”? En este punto no tengo más remedio que tomarme un momento para explicarla, dado que se trata de un concepto importante para entender lo que ha sucedido con el campo en la Argentina.