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2.5.1 SEGÚN EL ORIGEN DE LA RESISTENCIA

A lo largo de sus muchos escritos sobre problemas de defensa y resis- tencia, Freud intentó varias veces distinguir diferentes tipos de re- sistencia. En Inhibición, síntoma y angustia distinguió cinco tipos y los cla- sificó según su origen (1926a, p. 160; 65). (1) La resistencia de repre- sión, con que se refería a la resistencia de las defensas yoicas. (2) La resistencia de trasferencia. Como la trasferencia es un sustituto del re- cuerdo y se basa en un desplazamiento de los objetos pasados a los pre- sentes, Freud clasificó también esta resistencia como proveniente del Yo. (3) La ganancia de enfermedad o secundaria, que puso también entre las resistencias del Yo. (4) Consideraba cuarta variedad las que requerían de la traslaboración, o sea la compulsión a la repetición y la adhesividad de la libido, que él tenía por resistencias del Ello. (5) Las últimas resistencias que designó Freud fueron las que nacían de la culpabilidad inconsciente y la necesidad de castigo, que creía origina- rias del Superyó.

Glover (1955), en los dos capítulos dedicados a la resistencia defensi- va en su libro sobre técnica, clasifica las resistencias de muy diferentes

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modos, pero sigue la clasificación de Freud según las fuentes de resis- tencia. Fenichel (1941) consideraba poco sistemático este modo de di- ferenciar y señalaba que el mismo Freud tenía esa impresión (pp. 33-4).

Antes de proseguir nuestro estudio de las fuentes de resistencia creo que sería bueno asentar esa verdad evidente de que todas las estructu- ras psíquicas participan en todos los sucesos psíquicos, si bien en grado diverso. Con esto presente, tendremos menos tendencia a exagerar en

la simplificación o la generalización de nuestras formulaciones. De acuer- do con nuestro estudio de la resistencia y la defensa, creo que la fun-

ción de defensa, la actividad de evitar el dolor, nace del Yo, cualquiera que sea el estímulo provocador. Es el Yo la estructura psíquica que mo- viliza las funciones de evitación y bloqueo. Puede hacerlo empleando los mecanismos primarios inconscientes de defensa, como la represión, la proyección, la introyección, etc. Pero también puede hacerlo utili- zando cualquier otra función psíquica consciente o inconsciente. Por ejemplo, puede emplearse como defensa la actividad heterosexual y den- tro del análisis, como resistencia al confrontamiento con impulsos ho- mosexuales. Los placeres sexuales pregenitales no sólo pueden expre- sar componentes infantiles del Ello sino que, si se convierten en fuente de resistencia, pueden también servir de función defensiva y resistente frente a la situación edípica (Friedman, 1953). Freud, Glover y Anna Freud describen las resistencias del Ello como aquellas resistencias que requieren traslaboración y que proceden de la compulsión a la repeti- ción y la adhesividad de la libido. Según mi opinión, esas resistencias también operan por el Yo. Una actividad instintual particular se repite y permanece intratable al insight sólo si cuenta con la ayuda de las fun- ciones defensivas del Yo. La traslaboración no opera directamente en el Ello sino sólo en el Yo. Para que resulte, hay que inducir al Yo a que abandone su función defensiva patológica. Así puede el Ello parti- cipar en las maniobras de resistencia, pero según creo, sólo dejándose utilizar por el Yo para fines defensivos. Debe subrayarse que esta for- mulación conviene a las neurosis de trasferencia; el problema tal vez sea diferente con las psicosis (Winnicott, 1955; Freeman, 1959; Wex- ler, 1960).

Situación semejante se da con el Superyó. Los sentimientos de cul- pabilidad pueden hacer que el Yo instituya diversos mecanismos de de- fensa. Pero podemos ver también situaciones en que el sentido de cul- pabilidad exige satisfacción y castigo y adquiere caracteres semejantes al Ello. El Yo puede defenderse de esto mediante diversas formaciones reactivas que tienen un carácter supermoral. Vemos esto de modo muy típico en la neurosis obsesiva. Pero en les caracteres masoquistas gra-

98 LA RESISTENCIA ves podemos ver una situación en que la necesidad del dolor es placen- tera y en que el paciente atiende a las exigencias de su Superyó y se entrega a un comportamiento que le ocasiona franco dolor. Cuando esto sucede tenemos una resistencia en el análisis, porque este dolor ansiado es en cierto modo placentero y simultáneamente está escon- diendo alguna otra angustia (Fenichel, 1945a, p. 166). Desempeña al mismo tiempo una función placentera y una defensiva, de resistencia. Nuestra tarea terapéutica será conseguir que el Yo razonable del pa- ciente reconozca la función de resistencia y persuadirle de que ose afron- tar la dolorosa angustia mayor subyacente para poderla analizar.

Tengo así la impresión de que cualquiera que pueda ser la fuente original de una actividad, su función de resistencia siempre procede del Yo. Las demás estructuras psíquicas han de entenderse como que operan por el Yo. El motivo de la defensa y la resistencia es siempre evitar el dolor. El modo o los grados de resistencia pueden ser cual- quier tipo de actividad psíquica, desde los mecanismos de defensa has- ta las actividades instintuales. El estímulo que pone en marcha la ma- niobra de resistencia puede originarse en cualquiera de las estructuras psíquicas: Yo, Ello o Superyó. Pero la percepción del peligro es función del Yo.

Las ideas de Freud sobre la angustia como señal de alarma tienen una importancia fundamental para el enfoque de estas complicadas in- terrelaciones. Querría yo utilizar el papel del Yo en la angustia para ejemplificar algunas de las cuestiones vitales. En Inhibición, síntoma y an- gustia describía Freud (a) el Yo como sede de la angustia, (b) la angus- tia como reacción del Yo y (c) el papel del Yo en la producción de an- gustia y en la formación de síntomas y de defensa ( / 926a, pp. 132-42, 157-68; 52-7, 64-9). Estos problemas fueron meticulosamente revi- sados y aclarados por Max Schur (1953) en su trabajo sobre "El Yo en la angustia". Modifica el concepto freudiano de que el Yo produce angustia para señalar el peligro y fomentar las defensas y formula en su lugar: "...el Yo evalúa el peligro y siente algún asomo de angustia. Tanto el evaluar como el sentir hacen de señal que induce las defensas.

No sólo en la previsión del peligro sino también en su presencia misma y aun si la situación tiene algo de traumática y si la reacción de angus- tia del Yo es regresiva, con resomatización, esta experiencia puede ser- vir todavía de señal para que el resto del Yo convoque a las reservas y tome las medidas necesarias. Esta formulación de ningún modo alte- ra el concepto de la función de una angustia como estímulo de la for- mación de síntomas, la adaptación y la defensa... El Yo es capaz de producir peligro y no angustia. Puede hacerlo manipulando situaciones

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y entregándose a fantasías... El concepto de angustia 'automática' na- cida en el Ello (o sea en la frustración sexual) se sustituye por el concep- to del Yo que evalúa ciertos cambios del Ello como peligro y reacciona con angustia. Esta formulación subraya el hecho de que la angustia siem- pre es una reacción del Yo" (pp. 92-3).

2.5.2 SEGÚN LOS PUNTOS DE FIJACIÓN

Todos los intentos de clasificar las resistencias se traslaparán necesa- riamente. No obstante, ayuda al psicoanalista tener listos varios géne- ros de clasificación, puesto que ello puede ponerle alerta acerca del ma- terial típico del Ello, las funciones del Yo, las relaciones de objeto o la reacción del Superyó con que tenga que habérselas. Veamos el si- guiente ejemplo de una resistencia anal que se produjo al tercer año de análisis de un joven, el señor Z, quien era esencialmente una perso- nalidad neurótica oral-depresiva. El reconocimiento del carácter anal de una resistencia particular ayudó a extraer y entender el material in- consciente subyacente.

El paciente está acostado, tenso y expectante. Los puños apretados, la mandí- bula firme, los músculos de sus mandíbulas bien marcados, los pies bien cruza- dos en los tobillos, el rostro algo enrojecido, los ojos miran fijamente al frente, y calla. Al cabo de unos momentos dice: "Estoy deprimido. Más aún que an- tes. Me detesto. Me vapuleé despiadadamente la noche pasada... [pausa]. Pe- ro es justificable. Es que no hago nada... [pausa]. No voy a ninguna parte... [pausa]. Estoy en un atolladero. No tengo ganas de trabajar. Me niego a tra- bajar cuando estoy así... [silencio]. No tengo ganas de caminar... [largo

silencio]."

Pronuncia las palabras con frases y sílabas breves, recortadas. Las escupe como gotas de lluvia. En el tono, en el modo, en la postura noto que está eno- jado; más aún, que está rencorosa y desafiantemente enojado. Aunque hable de detestarse sólo a sí mismo, siento que está enojado y rencoroso conmigo. Además me ponen al alba las cosas que dice: "No puedo producir, estoy en un atolladero." Todo ello, el contenido y la actitud, hablan de una reacción anal de rencor. Me callo, y al cabo de un silencio considerable le digo: "No sólo parece usted detestarse a sí mismo, parece también enojado y rencoroso conmigo." El paciente responde: "Estoy enojado conmigo mismo. Me desper- té a las doce y cuarto y ya no pude dormir. Tan sólo dormitaba de vez en cuando [silencio]. No quiero trabajar. Querría más bien dejar el análisis y no trabajar en esto. Y usted sabe que casi podría hacerlo. Es extraño, pero casi podría ha- cerlo. Podría irme en este mismo momento y seguir así por el resto de mi vida. No quiero entenderlo. No quiero trabajar."

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Espero nuevamente y al cabo de un rato digo: "Pero este tipo de enojo nos dice algo. Es más que odiarse usted a sí mismo." El paciente contestó: "No' quiero disipar el enojo. Sé que estoy enojado, pero no quiero darle salida, quiero aferrarme a ello. Estoy todo el día con ello, todo el día así. Todo este odio y enojo. Me detesto: Ya sé que usted dirá que la detestación está ligada a lo ex- crementicio, pero no quiero decir detestar, quiero decir odiarme, aunque em- pleé la palabra detestar. No hago sino pensar en asesinato, en ser ahorcado en un patíbulo, y me puedo ver con la cuerda alrededor del cuello sobre la tram- pa, y se abre y caigo, y espero que se abra la trampa y espero la caída y que se me rompa el cuello. Puedo sentirme, me imagino muriendo. O bien imagi- no que me fusila un pelotón. Siempre estoy siendo ejecutado por alguna auto- ridad, por el Estado, por algún organismo. Siento una curiosidad mórbida por ahorcar o ser ahorcado y siempre hay trampas que se abren. Es mucho más frecuente el ahorcamiento que el fusilamiento. En el ahorcamiento hay muchas más variaciones, ocurre mucho más, y durante todo su desarrollo me odio." Otro período de silencio, y después digo: "No es nada más odio y no es na- da más a mí mismo." A esto repone el paciente: "No cederé en ello. No se lo consentiré. Usted quiere sacarme algo. No quiero reconocer que hay placer en ello. Tengo la sensación de que a usted no le gusta mi placer, y odio eso. Estoy sencillamente furioso con todo esto. Creo que en realidad a usted no le gusta que yo tenga ningún placer. Usted me acusa, y usted es malo, de mente per- versa, usted me ataca. Yo tengo que mantenerme, debo luchar contra usted. Usted parece atento a la suciedad de mi mente, y tengo que negarla y que de- cir que no hay tal. Y he de convenir en que sería terrible si lo hubiera."

En este punto digo: "Sí, y usted parece herirse a sí mismo para impedir que yo diga nada." A esto responde el paciente: "Sí, y me pregunto a qué vienen el ahorcamiento y la trampa, algo tiene que ver con la trampa que se abre y el agua del sanitario que corre. Sencillamente no quiero que usted lo diga. To- davía estoy resentido con usted, y me parece que la autoflagelación es una pro- tección... [pausa]. Sabe usted, es divertido; tengo ahora la sensación de que acaba de empezar mi análisis, que estoy esencialmente por analizar, y me pre- gunto cuánto durará... pero no importa."

Empleo este caso para ilustrar que el modo de enojo del paciente, el modo de la resistencia, la cólera rencorosa y anal, era el punto ini- cial de una parte muy importante del análisis. Pasamos del enojo ren- coroso a la fantasía de ahorcamiento, que condujo a las fantasías de la higiene excrementicia y otra vez a la proyección de hostilidad anal sobre mí. Los meses siguientes de análisis revelaron muchos importan- tes determinantes históricos. Pero la clave de todo ello era el carácter anal de su resistencia, el modo en que estuvo enojado precisamente aquel día. Reconociendo que el rencor y la desconfianza son típicos de la fase anal del desarrollo libidinal, el sentimiento de estar en un atolladero, el no querer producir, lo apretado de las mandíbulas, las fantasías de

vapuleo sádico y masoquista, la vergüenza, todo puede comprenderse como elementos de la fase anal. Eso era crucial en el trabajo con la resistencia de aquella sesión particular.

Así como era posible clasificar la resistencia supra como pertenecien- te a la fase anal, es posible describir las resistencias orales, fálicas, de la latencia y de la adolescencia. El indicio puede darlo el carácter instinti- vo de una resistencia, o las relaciones de objeto, o el rasgo de carácter

que se halla en primer plano, o bien una forma particular de angustia o actitud, o la intrusión de cierto síntoma. Así, en el caso arriba citado podemos enlistar el rencor, la desconfianza, la testarudez, la vergüen- za, el sadomasoquismo, la retentividad y el contenerse, la marcada am- bivalencia y las recriminaciones obsesivas, todo ello típico de la fase anal. Esto que decimos no tiene la intención de negar las resistencias "desiguales" o heterogéneas.

Debe subrayarse que la forma y el tipo de resistencia cambian en un paciente durante el curso del análisis. Hay regresiones y progresio- nes, de modo que cada paciente manifiesta multitud de resistencias. En el caso arriba citado, por ejemplo, se dedicaron largos períodos ana- líticos a la traslaboración de pulsiones y angustias fálicas, en que ocu- paban el primer plano la culpabilidad por masturbación, las fantasías incestuosas y la angustia de castración. Hubo un período prolongado de resistencias orales y depresión, manifestadas por pasividad, intro- yección e identificaciones, fantasías suicidas, adicciones pasajeras, ano- rexia y bulimia, llantos, fantasías de ser salvado, etcétera.

2.5.3 SEGÚN LOS TIPOS DE DEFENSA

Otro enfoque fructuoso de las resistencias consiste en averiguar el tipo de defensa de que se sirve la resistencia. Por ejemplo, podríamos dis- tinguir los nueve tipos de mecanismos de defensa que describe Anna Freud (1936) y ver cómo las resistencias los emplean para oponerse al procedimiento analítico. La represión entra en la situación analítica cuan- do el paciente "olvida" su sueño o su hora de visita, o cuando de su mente se borran experiencias cruciales o personajes muy importantes de su pasado, etcétera.

La resistencia de aislamiento entra en el cuadro clínico cuando los pa- cientes separan los afectos agitados por una experiencia de su conteni- do ideacional. Pueden describir un sucedido con todo detalle verbal, pero se advierte en ellos la tendencia a no mencionar ni mostrar ningu- na emoción. Esos pacientes suelen aislar la labor analítica del resto de

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su vida. Los insighis ganados en el análisis no pasan a su vida cotidiana. Los pacientes que emplean el mecanismo de aislamiento en su resis- tencia al análisis suelen conservar el recuerdo de acontecimientos trau- máticos, pero la conexión emocional se pierde o desplaza. En el análi- sis aplicarán mal su proceso pensante para evitar sus emociones.

Podríamos proseguir enumerando todos los diversos mecanismos de defensa contra los impulsos y afectos instintuales y describir cómo las fuerzas de resistencia se apoderan de uno u otro y los utilizan contra el procedimiento analítico (A. Freud, 1936, pp. 45-58; Fenichel, 1945a, capítulo tx). Para nuestro propósito actual basta señalar que todos los mecanismos de defensa del Yo pueden emplearse con fines de resistencia. Pero no sólo vemos las defensas simples y básicas utilizadas como resistencia sino que las fuerzas de resistencia se sirven también de fe- nómenos más complejos. El más importante, con mucho, de todos los tipos de resistencia hallados en el análisis son las resistencias trasferencia- les. Estas resistencias, que son fenómenos muy complejos, se tratarán detalladamente en el capítulo siguiente. Aquí sólo quiero señalar que la resistencia trasferencia] tiene que ver con dos grupos diferentes de resistencias: (1) los que aparecen en los pacientes por tener reacciones trasferenciales; (2) los que se forman en los pacientes para evitar las reacciones trasferenciales. Todo el concepto de trasferencia está relacio- nado con la resistencia, pero las reacciones trasferenciales no han de en- tenderse sólo como resistencias. Por eso pospondré el estudio de la re- sistencia de trasferencia hasta que hayamos aclarado nuestro modo de entender la naturaleza de la trasferencia.

La actuación es otra maniobra especial de resistencia que merece exa- men aparte. Nos las habernos aquí nuevamente con un fenómeno que siempre desempeña una función de resistencia en el análisis y tiene un significado complicadísimo. La actuación contiene importantes elemen- tos del Ello y el Superyó, así como funciones del Yo. Definimos el act-

ing out como la representación de un suceso pasado en el presente, que

es una versión ligeramente deformada del pasado pero parece cohesi- va, racional y egosintónica para el paciente. Todos los pacientes incu- rren poco o mucho en la actuación durante el análisis, y en los pacien- tes inhibidos esto puede ser una señal bienvenida.Pero algunos pacientes son propensos a la actuación repetida y prolongada, que los hace difí- ciles o imposibles de analizar. La analizabilidad depende en parte de la capacidad que tenga el Yo de ligar estímulos lo suficiente para que el paciente pueda expresar sus impulsos en palabras y sentimientos. Los pacientes que tienden a descargar sus impulsos neuróticos en acción plantean un problema especial al análisis. El problema del reconoci-

miento y manejo de la actuación será estudiado en la sección 3.8.4 y después en el volumen 11. El lector puede familiarizarse con el tema consultando alguna obra fundamental al respecto (Freud, 1905c, 1941c; Fenichel, 1945b; Greenacre, 1950).

Las resistencias caracterológicas son otro tipo complejo y en extre- mo importante de defensa que merece mención especial (W. Reich, 1928, 1929). La cuestión de lo que se entiende por carácter no es fácil de resolver. Para nuestros fines actuales yo simplificaría la respuesta

y diría que entendemos por carácter el modo habitual que tiene el or- ganismo de tratar con el mundo interno y externo. Es la posición y postura integrada y organizada constante del Yo en relación con lo que de él se pide. El carácter se compone en lo esencial de hábitos y actitu- des. Unos son predominantemente defensivos, otros esencialmente ins- tintivos. Algunos son términos medios. El rasgo caracterológico de la