5.6 TRANK Framework Design Evaluation
5.6.5 Impact of TRANK on Functionality
La convivencia en el ambiente escolar gira alrededor de los actores de los procesos de inter-aprendizaje, es decir, estudiantes, docentes o profesores, autoridades y la familia.
Entre estos se entretejen relaciones que marcan las vivencias del día a día. Relaciones de fraternidad, de autoridad, de empatía o apatía, de violencia o de respeto, etc.
González, comenta que para que exista convivencia hay que tener presente una serie de actores e interacciones que se producen entre:
● El profesorado
● Profesorado/alumnado ● Alumnado/alumnado
● La familia con el centro educativo
La convivencia formaba parte del currículo oculto, más en la actualidad es necesario desarrollar una educación de la convivencia de manera explícita (González Montes, 2009, p. 20).
36 Cada institución tiene un modo de convivencia muy particular, que le hace distinta a otra institución de sus mismas características. Al referirse el autor que las relaciones de convivencia han sido parte del currículo oculto, quiere referirse a que implícitamente, las personas que conviven dentro de un mismo ambiente desarrollan formas propias de comunicarse, algunos autores, en el campo de la comunicación corporativa, llaman a estas formas de proceder y convivir, cultura corporativa.
La convivencia en el centro escolar se ve influenciada por el contexto familiar, socio-económico, psico-afectivo, en el que cada individuo se ha desarrollado. Es decir, en este entorno confluyen diversas realidades que le dan al centro educativo su particular forma de ser y de afrontar la educación.
En orden a esta diversidad, se vuelve imperante evidenciar los códigos de convivencia para garantizar un clima escolar favorable para su funcionamiento.
Según Estañol. B. “Los códigos de convivencia surgen como una necesidad de supervivencia, y aparecen para promover una convivencia pacífica y para limitar la violencia, caso contrario, se puede generar malestar entre el profesorado, lo que repercute en su práctica educativa; en el malestar entre el alumnado (Estañol Vidal, 2010, pág. 53); bajo rendimiento académico; trastornos en el desarrollo social y afectivo del alumnado (González Montes, 2009).
Pese a haberse detectado la importancia de los códigos de convivencia, éstos son pocas veces socializados y muchas menos veces construidos en conjunto, lo cual hace más difícil el establecer una cultura de convivencia pacífica.
La convivencia ha estado determinada por el modelo de la disciplina desde donde se planteaba el conflicto como orden /desorden, buena /mala conducta en la relación alumno / alumno e instrumentaban reglamentos sancionadores (Garcia, de la Cruz, & Selva, 2009).
37 La convivencia tiene que llegar a ser mucho más que un comportamiento regido por normas y leyes, debe abarcar consensos e intereses mutuos, plasmados en un interés por crecer integralmente como personas y como institución. Se determina con acierto que las relaciones sociales en si llevan un toque de conflictividad natural.
Cada grupo humano, social, laboral se rige bajo parámetros y reglas que procuran buscar una relación armónica y agradable para un óptimo desempeño en sus funciones, es mucho más cierto que esto no implica que se deba aceptar todo sin cuestionarlo o dejar de lado la actitud crítica hacia alguna cuestión que no esté muy clara.
Es que no se trata de equilibrar o mantener un sistema o una estructura, se trata de reconocer y valorar la diversidad de personalidades, caracteres, de un complejo mundo de afectivo y emocional en donde se está laborando. En el campo educativo se identifican dos tipos de paradigmas:
a. El paradigma de la disciplina que toma en cuenta los campos de enseñar, de obedecer, cuyo punto central es la autoridad del profesor y donde se pone en énfasis el área intelectual.
b. Y el otro paradigma es el de la convivencia, que enriquece las relaciones en el aula tanto con el profesor y con el alumno donde se busca una actuación comunitaria, apoyada en un cambio interno en la institución donde se contemple una nueva calidad de vida personal e institucional.
García entonces dirá “Porque no se trata solo de que el chico trabaje adecuadamente en las tareas académicas que requieren la participación en grupos; se trata además, de que las vivencias que se producen en las experiencias comunes sean adecuadas y sirvan para ir construyendo la personalidad social del joven, el concepto de sí mismo y su autoestima” (Garcia, de la Cruz, & Selva, 2009, pág. 3).
Es decir, el autor enfatiza que no solo es necesario establecer normas de convivencia, se trata de crear espacios pedagógico-dialógicos, en los que los
38 estudiantes con las guía del docente articulen códigos de convivencia, instrumenten estrategias reales donde hay un encuentro vivencial con los compañeros, los docentes y directivos, porque la convivencia se la enseña y aprende conviviendo.
Ejemplos sencillos como mantener ordenada la clase, no arrojar basura, reciclar, escuchar cuando otro hablar, esperar su turno para jugar, etc., son códigos de convivencia que pueden ser vividos en el grupo de estudio y reforzados de forma visual a través de materiales como carteles, afiches, refranes, realizados por los mismo estudiantes. Esto generará un entorno empático que les permita formar parte de la construcción de aquello que los rige y los prepara para ser ciudadanos participativos.
Existen factores de riesgo que identifican Alda Erick y Hegel Wanda en su artículo “Agenda inconclusa de seguridad ciudadana” y que son importantes a la hora de identificar problemas en las relaciones interpersonales del alumno y esta son:
Individual
• Bajo desempeño escolar.
• Falta de estructuración en el uso del tiempo libre. • Asociación con pares delincuentes.
• Edad.
• Infraestructura escolar. • Género.
• Características individuales del alumno. Escolar
• Tamaño y calidad del personal escolar (tutores, maestros, directores). • Actividad de pandillas y otros grupos juveniles.
• Gobernabilidad de la escuela y ambiente en las aulas. Social y comunitario
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• Pobreza y exclusión social
• Presencia y uso de alcohol y drogas
• Ser testigo y/o víctima de violencia en la comunidad • Dinámicas familiares. (Alda, 2014, pág. 244)
Todas estas características o situaciones a las que se ve expuesto el niño afectan definitivamente y de manera radical su comportamiento en la relación con sus pares. De allí que la labor del docente no termina en el aula, sino que a través de un trabajo conjunto entre escuela y familia, procura armonizar las situaciones para lograr que los estudiantes crezcan en entornos favorables para su desarrollo.
Si dichas relaciones no logran armonizarse se convierten en fuente de riesgo para el aparecimiento de violencia escolar, que es manifestada por el niño en sus dificultades de sociabilización, de adherencia a las reglas familiares e institucionales y que a la larga le causan niveles bajos de autoestima.
Los estudiantes que viven en situaciones de riesgo o se encuentran envueltos en problemas son potencialmente candidatos a ser reclutados por grupos, pandillas y hasta bandas delincuenciales que aprovechan esta situación emocional del niño o adolescente para darles una opción de vida aparentemente más aceptable que las impuestas hasta el momento.
Pero todo lo negativo puede ser transformado por una práctica educativa acertada. La escuela es el lugar donde los alumnos manifiestan sus emociones, frustraciones, traumas y problemas. La labor del docente es detectar estos comportamientos y acompañar al estudiante y su familia en un proceso de cambio. Este ambiente escolar formativo puede ser apropiado para la implantación de programas de prevención, además de incentivar comportamientos positivos.
Algunos centros educativos incluyen las denominadas “escuelas para padres” para involucrar a la familia en relaciones de convivencia favorables para el niño. Otras instituciones proponen actividades extracurriculares como deportes, música, teatro, danza, lectura, y entre los más actuales bailes
40 modernos como grupos de hip-hop, chear leading, capoeira, etc., para fomentar el respeto, la responsabilidad y sobre todo la convivencia saludable. En varios países de Sudamérica se han desarrollado este tipo de programas con mucha efectividad; en Brasil y en Colombia por ejemplo se ha advertido que la mala distribución del tiempo libre de los chicos es un problema critico en el aparecimiento de conductas agresivas, mientras que los niños o jóvenes expuestos a estos programas de prevención y rehabilitación han reforzado sus conductas sociales positivas.
Así mismo se ha logrado la mayor cantidad de participación de los padres en el proceso generando mayor compromiso familiar, mejorando el clima, el desempeño en el aula y la convivencia escolar, pero sobre todo mejorando la convivencia comunitaria (Alda, 2014, págs. 250-270).
Es decir, la institución educativa ha de estar también a cargo de fomentar y desarrollar programas y competencias dirigidas al alumnado con el fin de reforzar conductas positivas a través de diversos talleres, actividades artísticas y servicio social comunitario, que refuercen las relaciones interpersonales.
Al respecto dice Martínez Belén y Ochoa Gonzalo en su estudio sobre “El estatus socio métrico y violencia escolar en los adolescentes”. Que: la autoestima se configura a través de la interacción familiar, entre padres e hijos, el afecto y el apoyo parental. Los resultados de este estudio muestran que la autoestima se relaciona con la menor violencia escolar en los adolescentes rechazados y que no ha resultado significativo en el grupo de los aceptados. (Martinez, Ochoa, Amador, & Monreal, 2010, pág. 64)
Es en la familia donde se inician las relaciones sociales y los lazos de vinculación; si se dan en condiciones apropiadas los niños tendrán una actitud equilibrada en su conducta más si hay algún tipo de desequilibrio, como violencia, lo más seguro es que el niño manifiesta como normal algún tipo actitud violenta como forma de sociabilizar.
41 Entonces, cuando los adolescentes son aceptados socialmente por sus compañeros de clase su autoestima es positiva y por ende inhibe los actos violentos. Y como mencionan los autores anteriores la familia influye en la autoestima del niño. La figura materna juega un rol preponderante, pues favorece a potenciar la autoestima escolar y familiar.
Las relaciones parentales influyen, en los niños y adolescentes, en otros escenarios significativos como su interacción con sus iguales. Así los niños con una autoestima positiva y bien fundada en las relaciones parentales aprovechan estas relaciones, las aplica en su ambiente escolar mientras que los niños rechazados y con baja autoestima generan reacciones violentas y manifiestan su inconformidad y rechazo mediante actos violentos y bajo rendimiento escolar.
Cerezo Ramírez Fuensanta en cuanto a la causa de los problemas que aparecen dentro del contexto de la convivencia escolar dice: se han detectado dos grandes irregularidades; primero la falta de atención de los padres en la educación de sus hijos y segundo la falta de comunicación con los hijos. Y aparece otra causa esencial, la falta de control de los padres sobre sus hijos en los tiempos libres, pero eso va más allá de un simple control autoritario, más bien es dar el tiempo necesario a nuestros hijos para poder compartir actividades en el entorno familiar (ver una película, salir a pasear, jugar con ellos, dialogar sobre sus actividades escolares, problemas, dificultades, etc.) (Cerezo Ramirez, 2011)
Los niños que crecen bajo influencia de cierto modo o tipo de convivencia terminan por reproducir esta misma conducta en otros espacios y situaciones de su vida cotidiana. En una sociedad bombardeada por los medios de comunicación con programas de mucha violencia se hace normal los roces y conflictos dentro de su espacio cotidiano ya que no corresponden a tipos de violencia extrema, por lo que el conflicto dentro del aula parece ser un juego. José Jordán nos da una pauta acerca de la convivencia escolar cuando afirma que: “La cultura escolar tiene una influencia determinante en la generación de una convivencia positiva en nuestros centros educativos”. Al
42 pasar la mayor parte del tiempo en la escuela esta se convierte en una fuente de aprendizajes no solo académicos sino de convivencia social, por tanto se debe procurar por parte del centro educativo una correcta y constante formación de los docentes para que estos doten o brinden un agradable clima dentro del aula. (Jordan, 2009, pág. 64)
Los niños/niñas imitan todo lo que ven en su entorno, y el maestro, se vuelve en esta relación, un referente moral, de él depende procurar experiencias agradables y favorables a sus alumnos. Si bien es cierto, la mayor parte de la formación la reciben en casa siendo los padres los verdaderos responsables del niño, la escuela tiene los instrumentos para incentivar conductas positivas y prevenir cualquier tipo de comportamiento negativo en los alumnos.
Un niño excluido y maltratado por su conducta violenta, seguramente crecerá y reproducirá esta conducta. Es necesario que el maestro recuerde que los actos violentos tiene una fuente, es decir, deberá preguntarse ¿por qué es niño/niña se comporta de esa manera, qué sucede en casa, cómo es su entorno familiar, con quién o quiénes vive, en qué lugar y condiciones, cuánto tiempo está solo sin acompañamiento de un adulto, etc.? Algunas de estas preguntas y otras más podrán dar al docente un conocimiento completo del mundo en el que vive el pequeño y la actitud que asuma puede hacer la diferencia. Dar amor, comprensión puede transformar la vida del estudiante. Las normas de convivencia y la presencia de las autoridades ayudan en gran parte a equilibrar comportamientos y evitar situaciones agresivas en el grupo de estudiantes. Las normas que rigen la convivencia deben ser reales sin idealizar un modelo de alumno perfecto; sino que partiendo de la realidad del aula, aplicar una pedagogía dirigida a la inclusión y participación del grupo en general y no de individualidades que en ciertos casos son aisladas.
El punto es que hay la necesidad de asimilar las conductas positivas centrándonos en objetivos comunes, que nos permitan convivir normalmente, erradicando paulatinamente los focos de violencia que puedan generarse dentro del aula. La participación de todos los alumnos en las actividades del grado y los métodos que utiliza el profesor deben ir dirigidos a sociabilizar, y
43 reforzar actitudes colaborativas que le faciliten al alumno trabajar en grupo y no ser excluyente con sus compañeros.
La frecuencia con que se presentan actos violentos en la convivencia escolar es alarmante, los insultos, los golpes nos dan a entender la falta de formación en actitudes básicas de respeto, y la insuficiente capacidad de utilizar el diálogo para resolver problemas. Lo más común es que los agentes violentos tengan problemas familiares, que las relaciones parentales sean frías o casi nulas, que carezcan de atención y afecto en su entorno, pero sobre todo que sean víctimas de algún tipo de acto violento por parte de un pariente cercano o amigo que frecuente su familia.
Ante toda esa realidad vivida en el aula, el rol del profesor ha tenido que extenderse; el profesor ha pasado a ser un tutor académico, un guía y orientador de sus alumnos, todo eso debido a que las situaciones violentas han invadido las aulas. Profesor, humanista, innovador que da sentido al proceso enseñanza aprendizaje, dentro de un clima adverso buscando promover un clima escolar positivo.
Definitivamente los centros escolares parten de elaborar unas normas y reglas en donde se fijan parámetros mínimos que ayudan a regir la convivencia diaria, pero estos en el mínimo han sido elaborados o trabajados con la participación de los alumnos o al menos de un representante de ellos. El construir normas de convivencia en conjunto, autoridades, profesores y alumnos ayuda a dar un sentido de pertenecía al alumnado, por tanto al involucrase, se da el apropiamiento de dichas reglas disciplinarias. Más positivo el sentirse involucrado que sentirse solo sujeto a cargas impuestas, como enuncia José Jordán al respecto: “el seco castigo genera resistencia y rebeldía; la humillación resentimiento y desquite; la fría rigidez oculta indisciplina; la falta de atención afectividad, disruptividad llamativa” (Jordan, 2009, pág. 72).
Otra forma de restablecer una buena convivencia escolar es motivar a los profesores a dejar de lado los prejuicios hacia los alumnos que están de alguna manera etiquetados como conflictivos. El respeto hacia ellos y una
44 actitud flexible, los ayudara a sentirse comprendidos y los libera de la carga psicológica que pesa sobre ellos. La mayoría de los niños conflictivos tienen muy poca aceptación social, generando en ellos una actitud defensiva, hostil, resentida y sobre todo refuerza sus conductas negativas, mientras que la atención, el respeto, la familiaridad, creara en ellos un clima agradable y acogedor, logrando así que se involucren con sus demás compañeros en un ambiente agradable.