6. OPTIMIZATION OF BIOGENIC METHANE PRODUCTION FROM COAL
6.5. Implications for Microbially Enhanced Coalbed Methane
Orbegoso, concluida la guerra civil de 1834, empezó nuevamente a gobernar, como ya se ha notado, con una manifestación apoteósica: su recibimiento en Lima, el 3 de mayo, después del abrazo de Maquinhuayo. Por segunda vez aparecía como un vencedor, .sin haber combatido. Pero la popularidad no es un mero usufructo remuneratorio; implica en realidad, un préstamo de confianza, a veces usuario. ¿Cómo hubiera logrado pagarlo Orbegoso? Hombre bondadoso y bien intencionado, podía comparársele con un árbol frondoso lleno de hojas y de flores pero sin frutos.
Censuras acerbas recibieron dos paradojales hechos que la oposición le achacó: un excesivo número de ascensos militares y el atraso en el pago de los sueldos. La libertad de imprenta, desatada durante la administración de Gamarra, volvió con análoga virulencia. Empezaron o se dijo que empezaron las conspiraciones. Orbegoso renunció el 7 de mayo de 1834 a causa de las dificultades existentes y por estar enfermo. La Convención Nacional no admitió ese mismo día la dimisión. Dos días después La Fuente, el antiguo auxiliar y enemigo de Gamarra, a cuyo favor se hacía una intensa campaña periodística, fue apresado y enviado al extranjero. A La Fuente se le acusó de conspirar con la mira de atraer hacia él a los partidarios de Bermúdez y de Gamarra y a los recelos de los militares nacionales contra los jefes extranjeros. En los últimos meses de 1834, se sintió una sensación de aparente reposo; pero era el reposo que nacía de la languidez. Allí encontró su caldo de cultivo el prestigio de Salaverry.
Orbegoso hizo a Salaverry coronel y luego general e inspector general de las milicias de la Republica, puesto de gran autoridad e importancia, por el personal que de él dependía. No se necesitaba ser zahorí para comprender lo que esto significaba y varios amigos fueron donde Orbegoso a revelarle el peligro. Este llegó a decirle cierta noche a Salaverry. "Me han dichos varias personas que trata Ud. de hacerme revolución". Salaverry (cuenta el deán Valdivia en su libro Revoluciones de Arequipa) "con aquella risa ferina que jamás le bañaba el rostro de placer", respondió "Si así fuese, señor general Presidente, principiaría fusilando primero a V.E.". Tanto Castilla desde Puno como Echenique desde Lima advirtieron a Orbegoso que Salaverry conspiraba. Gamarra estaba en Bolivia, y desde allí conspiraba también; y además los agentes de Santa Cruz actuaban en el sur. Orbegoso decidió marchar a esa zona por ese motivo o con planes electorales, y quedó encargado del mando el Presidente del Consejo de Estado don Manuel Salazar y Baquíjano (6 de noviembre de 1834). El 29 de diciembre llegó al Callao La Fuente de regreso del destierro. El primero de enero de 1835 la guarnición impaga de los castillos del Callao (se dijo que había sido movida por los Gamarristas) obsequió con un aguinaldo al viajero: se sublevó al mando de sargentos, apresó a los jefes y oficiales y le invitó a desembarcar. La Fuente no se atrevió a aceptar este aguinaldo. Salaverry con la tropa de Lima, compuesta de cientos y tantos soldados, asaltó y tomó los castillos el 4 de enero. Una vez rendida la plaza, sin consultar a nadie,
hizo fusilar a los sargentos sindicados de ser cabecillas del motín y como el gobierno le reprobara su conducta se presentó altanero en el palacio de Lima y logró su indemnidad.
Dueño de los castillos del Callao, en ellos se sublevó Salaverry, a las 12 de la noche del 22 de febrero. Proclamóse Jefe Supremo de la República y se basó en la acefalía en que había quedado el poder a causa del viaje de Orbegoso al sur; la falta del éxito de éste; el porvenir sombrío dadas la degradación y la miseria existentes. El encargado del mando en Lima, Salazar y Baquíjano, se retiro a Jauja con unas pocas fuerzas que llegaron a sumarse a otras, a pesar de lo cual terminaron proclamando a Salaverry.
"TODO O NADA" "LA EPOCA ES DE LOS MUCHACHOS"
"Nació Salaverry en Lima el 3 de mayo de 1805. Alumno del Colegio de San Fernando, dejó sus aulas a los quince años para presentarse al cuartel general de San Martín, a la edad en que otros todavía tienen juguetes y entró en el ejército. Asistió a casi todas las batallas de la guerra de la independencia: Torata, Zepita, Junín y Ayacucho. Así cumplió con los diecinueve años, época en que llegó por ascensos sucesivos, hasta el grado de sargento mayor. Aún de esa época oscura de subalterno quedan significativas anécdotas de Salaverry. Entre ellas se encuentra aquella sobre su negativa para satisfacer al público concurrente a la plaza de toros de Lima haciendo que su tropa realizara las pintorescas evoluciones llamadas "el despejo", porque consideraba que la misión del ejército nada tenia que hacer con la frivolidad. También su audaz presentación a Bolívar en un día de arengas, con el propósito de reclamar acerca del abandono de la Legión Peruana, a la cual pertenecía. En la época de La Mar contuvo en su cuartel, en el Colegio Real, la sublevación que el coronel Huavique había iniciado el 23 de abril de 1828. Sacando su espada, se batió con este rebelde y lo mató ante la tropa estupefacta. Recibió entonces el grado de teniente coronel.
Estuvo en la campaña de Colombia y en la batalla de Tarqui. Después del golpe de Estado de Gamarra, pidió su reforma militar y se hizo notar como partidario de La Mar. Organizó en Piura exequias fúnebres para él y se afirmó que había colaborado en el panegírico que fue allí pronunciado. Pero Gamarra le nombró subprefecto y comandante militar de Tacna, ciudad donde se casó con doña Juana Pérez. Al poco tiempo reingresó al servicio como primer ayudante de Estado Mayor.
El 18 de marzo de 1833 se anunció oficialmente que Salaverry debía encabezar una sublevación en el Callao. Según afirmó el periódico gobiernista El Conciliador, él reveló su plan al ministro Pedro Bermúdez aunque lo negó en un escrito vehemente. Bermúdez afirmó que la confesión que Salaverry le hizo fue por insanidad. Después de publicar su panfleto en un "alcance" a El Telégrafo de Lima, el presunto conspirador anduvo a caballo por las calles más céntricas de la capital. Esa noche fue apresado en su casa que había dejado con la puerta abierta. También perdió su libertad Manuel Tellería, que había poco antes ocupado la Presidencia de la República en ausencia de Gamarra y fue perseguido Riva-Agüero.
Desde la prisión. Salaverry, redactó La Patria en duelo, un libelo furibundo contra el gobierno, "la más criminal de cuantas publicaciones se han dado a la prensa desde los
días de Marat", según expresó el órgano gobiernista La Verdad. Ya desde tiempo atrás se le atribuía ser autor de algunos artículos cáusticos en los diarios. Entorpecido y enredado el proceso, las autoridades optaron por el confinamiento de Salaverry en el departamento de Amazonas.
Allí se sublevó con diez indígenas. Capturado por sus mismos secuaces, ante la noticia del avance del comandante general del departamento de La Libertad, redujo en Cajamarca a quienes lo custodiaban y entró triunfante en Trujillo. Cuando el general Vidal fue enviado en contra suya, al mando de una división escogida, el encuentro en la Garita de Moche pareció desbaratarlo, después de un caballeresco despliegue de valor por ambas partes. Fugitivo en la frontera de Ecuador, regresó para caer en manos de Vidal. Deportado por éste, logró cambiar el rumbo de su barco y desembarcar "solo e inerme" en las playas de San José. De allí corrió a unirse con las fuerzas de Orbegoso, quien lo hizo coronel; y a su llegada dio lugar al oficio del general Miller, con la frase jubilosa que luego se hizo proverbial como anuncio de un fausto acontecimiento: "Que repiquen en Yauli". Probó reiteradamente, a lo largo de todos estos episodios, que de los jugos de la adversidad sabía hacer una asimilación tonificante. El cansancio y la denota eran para él un trampolín. Ante su temeridad, los obstáculos actuaban como estímulo. Tan temible resultaba vencedor como vencido. Hágame coronel y yo me haré lo demás dijo y llegó a dictador del Perú. Como Clemente VII hubiera podido decir que su lema era: "Todo o nada". Como don Juan de Austria habría podido exclamar: "Quien no aspira a adelantar, retrocede". Ninguna empresa le parecía bastante difícil, ningún trabajo bastante agotador. Abisma pensar lo que habría dicho doña Francisca Zubiaga. Delgado, pálido, con ojos de vivo mirar y "risa ferina que jamás le bañaba el rostro de placer", las patillas cubrían casi como un casco los costados de su cara y torcían hasta tocar casi la boca, donde el bigote recortado completaba la sensación de arrogancia. Al firmar rubricaba la última letra de su apellido con una ancha y nerviosa señal como si la hubiera escrito con la punta de la espada.
Cuando tomó el Callao por asalto, el cónsul de Chile don Ventura Lavalle escribió a su gobierno estas palabras: "Salaverry es un joven que va a dar mucho trabajo a sus paisanos porque a una cabeza destornillada, una ambición desmedida y un carácter altanero y sanguinario, reúne talento y valor no común en el país".
¡La época de los muchachos!, escribió jubilosamente al encaramarse sobre el
poder. La juventud se encarnaba en él. No la juventud para el amor que Fausto compró con su alma sino la juventud para el poder como en aquel utópico reino que suscribiera Cyrano de Bergerac, donde los viejos se dejan gobernar por los jóvenes y les rinden acatamiento y veneración. La juventud para el poder, para el goce de la victoria precoz y para la amargura espantosa del fracaso, con la sensación de la flecha que sabe que aún no llegó al blanco. La juventud loca de bizarra de la cual no podía hablarse (como de Gamarra hablaban sus enemigos) con desprecio y menos como burla (como a Orbegoso se le combatía). Aquí surgían el terror, la sensación de que no se sabía a dónde iba esto, como el rayo. "Rayo que no cesa" fue (aplicando el verso de Miguel Hernández) Salaverry y en tremenda tempestad llegó a chocar contra una cumbre helada.
Los enemigos de Salaverry presentaron tres razones para criticar su sublevación en 1835: 1) La ingratitud con Orbegoso que lo había ascendido a coronel y luego a general; 2) la sublevación contra la autoridad legal, y 3) la poca edad del caudillo. La respuesta salaverrina a dichas críticas fue la siguiente: 1) Los ascensos de Salaverry,
desde los primeros grados, fueron hechos uno a uno, gracias a sus méritos; 2) la autoridad de Orbegoso era discutible desde el momento en que éste se había convertido en un candidato en busca de votos y había "abierto campaña contra los colegios electorales"; 3) la juventud del caudillo era su mejor credencial.
CONSOLIDACIÓN APARENTE DE LA AUTORIDAD DE SALAVERRY.
Sucesivamente, distintas provincias del centro, del norte y del sur reconocieron la autoridad de Salaverry. El Cuzco se pronunció por la federación. Las tropas que acompañaban a Salazar y Baquíjano lo abandonaron. Orbegoso, que estaba en Arequipa, envió al norte una expedición al mando del general Francisco Valle Riestra, quien publicó una amenazadora proclama al desembarcar en Pisco, diciendo: "Pisemos los cadáveres de nuestros hermanos, amigos y compatriotas". Pero la misma oficialidad de la fuerza expedicionaria cambió de bandera, reconoció la autoridad del "primer capitán de los peruanos" y apresó a Valle Riestra. Entonces Salaverry ordenó el fusilamiento de Valle Riestra en el Callao, acto que vino a demostrar la violencia de su carácter y que fue muy discutido por sus enemigos y aun por algunos amigos (1° de abril). Se han aducido en descargo de Salaverry, varias razones: la proclama sanguinaria de Valle Riestra y una carta que, con el mismo espíritu, mando a Orbegoso; la condición de Valle Riestra, que era la de un jefe "capitulado" y su antigua enemistad con Salaverry; la noticia que Salaverry recibió del pronunciamiento de Nieto en el norte con detalles (sólo desmentidos más tarde) acerca de asesinatos y ultrajes a parientes y amigos del caudillo limeño; la ira de Salaverry al regresar de una batida infructuosa contra los montoneros que infestaban los alrededores de la capital, ira acrecentada al oír esa misma noche que habían entrado hasta la Plaza de Armas y disparado contra las ventanas del Palacio de Gobierno; el pérfido consejo de un político profesional, secretamente interesado en el desprestigio de Salaverry.
Nieto, expulsado a México, sin más ayuda que la de un sirviente dominó a la tripulación de la Peruviana, el buque a cuyo bordo iba prisionero y desembarcó en Huanchaco. La rebelión que iniciara en el norte dio lugar a una serie de rápidas marchas entre Trujillo y Cajamarca perseguido por Salaverry que velozmente hizo uso de su poder naval; al fin las huestes de Nieto se fatigaron, y quedó él prisionero de Salaverry quien, contra lo que pudiera esperarse, lo trató con cortesía exquisita y lo desterró a Chile. La escuadra salaverrina, al mando de Juan de Iladoy, rindió a Islay (5 de junio) y a Arica (11 de junio). Un decreto de amnistía general dado por Salaverry, en mayo de 1835, y la convocatoria que hizo al Congreso que debió reunirse en Jauja, indicaron la existencia de una paz aparente.
Acatado, al menos en el nombre, en todo el país, salvo Arequipa, donde seguía Orbegoso, Salaverry dejóle tranquilo poseedor de la banda y el bastón presidenciales para que se divirtiera con ellos "al modo de que los mayorazgos arruinados lo hacían con sus cruces y medallas. ¡Imprudente! Olvidó que no hay cosa más temible que la debilidad desesperada".
No se comprendería bien el espíritu de Salaverry si no se conoce, siquiera en sus aspectos más saltantes, la obra administrativa que su breve e inquieto gobierno empezó, algunas de cuyas facetas se mencionarán en seguida, no obstante pertenecer, cronológicamente, no pocas de ellas, a un lugar posterior.
a) La inteligencia.- Un consejo de Estado, compuesto por personalidades descollantes, escogidas en razón de los cargos por ellas ocupados o designadas por méritos propios, debió significar la colaboración de la "inteligencia" en la obra del Dictador. Debían llevar colgada al cuello una cinta blanca y una medalla que simbolizara la ciencia y la virtud.
b) Horca y azotes.- Como los salteadores habíanse convertido en un mal endémico en el territorio de Lima, fue restablecido el tribunal llamado "Comisión de la Acordada" compuesto de tres individuos, para las causas de homicidio, heridas y hurto en el departamento. Luego se amplió la jurisdicción de este tribunal a las causas de tumulto, sedición, traición y en general a las que versaran sobre delitos contra el sosiego público, así como a las de contrabando. El procedimiento era sumario y de la sentencia se daba cuenta a la Corte Superior, la que sólo con la vista del proceso la confirmaba o la reformaba dentro del segundo día, sin admitir otro grado o instancia. Poco después el coronel Juan Angel Bujanda, que reemplazó en la casa de gobierno de Lima por breve plazo a Salaverry, estableció que los fallos de la "Acordada" eran inapelables e impuso a los reos sentenciados por ese tribunal las penas de horca y de azotes, restableciendo para ésta el rollo. Dichas penas infamantes fueron derogadas por el caudillo (26 de mayo de 1835). Pero ello no implicó una actitud de lenidad. El plazo de veinticuatro horas quedó señalado para el juzgamiento de las causas por los crímenes de tumulto, sedición y traición, con pena de muerte para los culpables. Los tumultuarios, sediciosos o traidores que se descubriesen en los cuerpos militares debían ser juzgados en el término de dos horas (30 de mayo). Bujanda llegó a ofrecer una gratificación a quien presentara vivo o muerto a los cabecillas Elorián, León, Simián, León Escobar y demás jefes de los montoneros (7 de mayo de 1835).
c) Entrega de armas.- La necesidad de reunir armas en defensa de la integridad nacional fue invocada en el decreto de Salaverry que ordenó a todo individuo que tuviera en su poder algún fusil, tercerola, sable, lanza o montura de la propiedad del Estado, a entregarlas, so pena de ser considerados como ladrones públicos y juzgados por el tribunal de "la Acordada".
d) Moralización.- Muerte a los funcionarios ladrones.- La tendencia al arreglo de las oficinas públicas y de la administración de justicia se hizo notar en otros decretos del enérgico caudillo limeño, lo mismo que el afán por una estricta honorabilidad en los asuntos del Estado, como lo demuestra la reglamentación para las licencias otorgadas a los empleados públicos, generosa con los enfermos y severa con los ociosos; la orden para la publicidad mensual de los gastos y entradas del Fisco; la persecución resuelta al contrabando, delito que también fue entregado a la jurisdicción de "la Acordada"; la prohibición hecha a los empleados de Hacienda para que fueran fiadores, agentes, tutores o curadores y el castigo con la pena de muerte a los funcionarios ladrones. Esta última drástica disposición revivió una orden de Bolívar. Hubo también diversas normas para la protección de la industria nacional y se ratificó el tratado de comercio con Chile.
e) Empleos.- En relación con la provisión de empleos, dispuso Salaverry que todo patriota que se considerase olvidado o postergado en su carrera se presentara con un recurso y en que una comisión calificadora fuese establecida en cada departamento para dar dictamen al gobierno que así se normaría por la justicia distributiva en los nombramientos por él hechos.
f) Ciudadanos esclavos.- No faltaron decretos paradojales del mismo caudillo. Uno declaró que cualquier individuo del globo era ciudadano del Perú, desde el momento en que después de pisar el territorio nacional, quisiera inscribirse en el registro cívico, si bien quedó desautorizado semanas después con el anuncio de que su publicación se debía a un error. Y otro permitió la introducción de esclavos procedentes de países de América En el capítulo sobre los aspectos económicos del período 1827- 1842 se explican los alcances de esta última autorización.
g) Colegio para mujeres y teatro.- Interés especial ostenta el decreto que restableció para las mujeres de Lima, creó becas en él, señaló sus asignaturas y el orden diario de la distribución en el tiempo de las alumnas desde las seis de la mañana hasta las nueve de la noche. Valor simbólico realza el decreto para que ninguna persona del gobierno, sin excepción, tuviera entrada o asiento gratis en el teatro.
h) Medidas económicas y hacendarias.- En el campo económico y hacendario abolió Salaverry la contribución de castas; dejó sin efecto el contrato para un ferrocarril entre el Callao y Lima por la increíble razón de "no tener objeto importante"; restableció la Dirección General de Aduanas, suprimida por Orbegoso; señaló como máximo del interés del dinero prestado, el uno por ciento mensual para combatir la usura; y declaró que los vales, pagarés y cualquier otro reconocimiento simple de deuda entre comerciantes tendría la misma fuerza que las escrituras públicas.
i) Examen para médicos.- El decreto que dejó sin efecto el auto del Protomedicato relativo a la aplicación del calomelano en la disentería y ordenó el examen de aquellos médicos sobre cuya ineptitud se elevaran quejas formalmente y por escrito, desborda los límites de la historia de la medicina en el Perú para presentar una faceta del carácter del caudillo.
j) La toga.- Otro decreto restableció el uso de la toga para los vocales de las