2.3 Background and data
2.3.1 Institutional details
El señor Jacques Brunschwig, profesor de la universidad de Picardía, se propone desarrollar los argumentos siguientes:
Un historiador de la filosofía más, va a pensarse, que, con la excusa de presentar reflexiones de método, entra a racionalizar sus preferencias y a uni- versalizar las máximas contingentes de su práctica. Se intentará no reshalar por esta pendiente y discurrir sobre un método de acuerdo con un precedente ilustre, pero raramente escuchado, y con el propósito no de enseñarlo, sino so lamente de comentarlo.
1. El punto de partida será el bosquejo de un estado actual de la discipli na, “hinchada de humores” bajo su aparente gordura. Ante las consecuencias de la visible invasión de la filosofía por la historia de la filosofía, y de la me nos visible invasión de la historia de la filosofía por la filosofía, se alegará, en contra de una tradición sólidamente arraigada, por los derechos de una historia no filosófica de la filosofía.
2. Ha de escucharse así, en primer análisis, un estilo de investigación de liberadamente sustraído a cualquier planificación y que, en lugar de orien tarse hacia determinadas tesis a enunciar y demostrar, se orientará hacia
problemas a definir y resolver. Lucirá en el horizonte la noción límite de una
* Agradecemos a la Sociedad Francesa de Filosofía por autorizarnos a reproducir la presentación (en bastardilla) y el texto de la conferencia de Jacques Brunschwig pro nunciada en la sesión del 22 de mayo de 1976 (Bulletin de la Société française de phi
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historia de la filosofía capaz ahora de recibir sólo de los textos la definición de sus tareas y los medios para llevarlas a cabo.
3. A título de instrumento auxiliar, se describirán sin embargo las venta josas relaciones que la historia de la filosofía puede establecer con su propia historia. Más allá del respeto y de la falta de respeto hacia la tradición, se in tentará definir una aporética doxográfica que pueda dar sentido a la noción de progreso de los conocimientos en historia de la filosofía.
4. Es posible, empero, que nunca se hayan entrevisto problemas a los que se pueda llamar reales, y que la indagación doxográfica resulte así impotente para detectarlos. Han de ser descritos entonces algunos otros medios para de tectar estos problemas reales y para identificarlos. Se hará especial insisten cia en las ventajas de todas aquellas operaciones o técnicas (edición crítica, traducción, comentario continuo) que obligan a “aplanar” en cierto modo los textos, antes de cualquier posibilidad de florilegio y de todo filtrado irreflexi vo de lo esencial y lo accesorio.
5. Los ejemplos utilizados para ilustrar los puntos precedentes serán tomados, en lo esencial, de la historia de la filosofía griega. Se tendrá natu ralmente en cuenta el aspecto particular que adoptan los problemas de la dis ciplina cuando ésta trabaja sobre textos redactados en una lengua de la que no hay ningún interés -muy por el contrario- en olvidar que está muerta.
6. El conjunto de opciones metodológicas de marras se traduce en un estilo de investigación discontinuo, analítico, puntual, cuyas fuerzas y debilidades se procurará apreciar como último punto, llegándose también a precisar las relaciones posibles con otros modos de intervenir en el campo de la historia de la filosofía, para el servicio colectivo y pluralista del conocimiento de la filo sofía y de sus obras.
Extraña empresa ésta de hablar ante personas que escuchan, y presupo ner que no considerarán perdido el tiempo durante el cual se las invite a en carnar el papel, provisionalmente mudo, del oyente. Además, cuando la So ciedad Francesa de Filosofía hace a uno de sus miembros el honor de pedirle que tome ante ella la palabra, llama a su discurso “comunicación”; estima sin duda que dicho miembro tiene algo que comunicarle a través de su pala bra, es decir, algo que poner en común con ella. Temo, debo confesarlo, no sa tisfacer esta condición. No por sospechar que entre mi palabra y el auditorio dispuesto a oírla pudieran interponerse quién sabe qué obstáculos a la comu nicación, sino porque, al reflexionar ante ustedes sobre mi trabajo como his toriador de la filosofía, me propongo describir como propia una actitud que por principio rehúsa la universalización y que perdería todo sentido si, cosa improbable, se la unlversalizara. Cuando uno describe lo que hace y las razo nes por las que lo hace, así como las razones por las que cree tener que ha cerlo, es difícil disipar la impresión de estar barriendo hacia adentro y de que no debe leerse entre las líneas del discurso una invitación más o menos discreta a hacer otro tanto. En una carta célebre. Descartes explicaba que si
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a la cabeza de su trabajo había puesto Discurso del método y no Tratado del
método, había sido para mostrar que no tenía el propósito de enseñarlo, sino
solamente de comentarlo. Es dudoso, no obstante, que sea suficiente con cambiar el título de un discurso para que la palabra que se hace oír en él de je de alimentar pretensión enseñante alguna, y para que la descripción deje
de ser discretamente prescriptiva. Tal vez aún sería preciso que el contenido mismo del discurso apareciera organizado en forma tal que, de ser unlversa lizado, aunque sólo fuese en intención, perdería de inmediato su significado. Ello ocurriría, por ejemplo, si el discurso de marras estuviese ligado a otros discursos por relaciones de solidaridad y complementariedad análogas a las que se observan en la división del trabajo. Está claro que el fabricante de za patos no puede encontrar su lugar en la trama de las relaciones económicas y sociales sino con la condición expresa de que no se le vaya a ocurrir a todo el mundo fabricar zapatos como él; de esta forma, el tiempo que hace ganar a los otros al proveerles con qué calzarse será aprovechado por éstos para pro ducir más trigo o ropas de lo que necesitan para sí mismos; y el zapatero en contrará, entonces, en la no universalidad de la zapatería, el medio para ali mentarse y vestirse. No es por tolerancia o modestia por lo que dibujo desde ahora mismo esta figura de la división del trabajo; y no se trata de una ma nera de decir: aquí tienen lo que pienso y lo que hago, ustedes decidirán si piensan de otra manera y si hacen otras cosas. Pero es el caso que, si lo que hago ha de tener un sentido, necesito imperiosamente que otros hagan cosas distintas. Y, al exponer ante filósofos como historiador de la filosofía, tengo singularmente necesidad de decirles: no hagan lo que yo, y filosofen, se los ruego, aunque sólo sea para dar trabajo a mis futuros pares. Comunicación, entonces, sí, si se trata de rendir públicamente cuentas de la actividad pro pia ante la comunidad; pero comunicación no, si se trata de obtener para es ta actividad específica un lugar que otras deberían abandonar, tal como lo hiciese un orador que, para comunicar su convicción a su auditorio, tuviera que hacer tambalear cualquier convicción incompatible con ella.
Tanto más esforzado me sería dirigir a los demás el consejo de hacer lo que hago yo, cuanto que no fue sin dificultad como resolví dirigírmelo a mí mismo. Hace poco me fue dada la ocasión de reflexionar, en forma más inten sa que como lo había hecho hasta entonces, sobre mi trabajo de historiador. Obtuve, en efecto, recientemente, y no sin algunos contratiempos, el privile gio, raro aún en nuestra disciplina, de presentar ante un jury de doctorado un conjunto de trabajos en sustitución de la tesis tradicional. A decir verdad, hacía mucho tiempo que orientaba mis investigaciones con este criterio, el cual me parecía concordante no sólo con mis gustos y aptitudes sino, además, con una de las comprensibles tendencias de nuestra disciplina en su estado actual; y recuerdo que, mucho antes de que las instituciones brindaran esta posibilidad, un día me pregunté ante mi director de investigaciones por qué no sería posible presentarse como candidato al doctorado trayendo por todo equipaje algo que sería a la tesis lo que una colección de cuentos a una nove la. Ello no impide que, cuando las circunstancias me jugaron la pasada de satisfacer este anhelo y necesité anudar la magra gavilla que había recolec-
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tado, pasé un cuarto de hora espantoso; el cuarto de hora eminentemente so crático por el que atraviesa aquel cuyo movimiento y cuya práctica alguien interrumpe bruscamente y a quien se le dice; “Esto que estás haciendo segu ro que eres capaz de explicarnos qué es y por qué vale la pena hacerlo”. Es en momentos así cuando lamenta uno no haber actuado en conformidad con los buenos viejos esquemas de la actividad voluntaria y del silogismo prácti co: clara representación del fin, inventario metódico de los medios que permi ten alcanzarlo, puesta en práctica regulada de estos medios. Muchísimo más difícil y costoso es tratar de comprender a posteriori el sentido exacto de una actividad en la que el azar de los contactos y las circunstancias, el encuentro fortuito de ocasiones y estímulos pesaron mucho más que la elección volunta ria y la decisión lúcida. Teniendo que asumir la responsabilidad de una obra incompleta y dispersa, me encontré, al dárseme ocasión de explicarme ante los demás, en el trance de tener que explicarme ante mí mismo. Y ahora que les estoy hablando, me siento impulsado aún por ese esfuerzo.
La historia de la filosofía es una disciplina en la cual, culminada la tra mitación universitaria de los estudios de filosofía, puede uno verse embarca do casi sin haberlo elegido expresamente. Goza en la actualidad de excelente salud, al menos si lo juzgamos por el volumen de las publicaciones que se im primen, de las enseñanzas que se imparten y de las investigaciones que se realizan. Si prestamos atención, como creo que hay que hacerlo, a las clasifi caciones de que son objeto los trabajos filosóficos por parte de bibliógrafos y bibliotecarios, basta consultar el último número del Répertoire philosophique
de Louvain para advertir que el número de trabajos inventariados en la rú
brica de “Historia de la filosofía” llegaba, para el último trimestre calculado, a los 2775, mientras que, en el mismo período, el de los trabajos inventaria dos como “Filosofía” se elevaba nada más que a 1613. Por lo demás, ¿cuántas veces no escuchamos decir, tanto en la Universidad como en otros ámbitos, que los “verdaderos filósofos” son cada vez menos numerosos, que proliferan los historiadores de la filosofía y que la filosofía misma se ha sumido en la indagación, o la rumia, de su propio pasado? Es habitual que reprochemos a nuestros alumnos el suplir el análisis de una cuestión filosófica por el repaso panorámico de las doctrinas que la trataron; pero, ¿nos devolverían acaso es ta caricatura si no se pareciera un poco al rostro que les hemos presentado nosotros? Para los de mi generación, hacer historia de la filosofía solía ser la manera más simple, y a veces la más inocentemente astuta, de conciliar la preservación de un contacto con la filosofía y la repulsa de la habilidad para disertar sobre cualquier cosa, habilidad que algunos de nosotros habían ad quirido bajo el nombre de filosofía y cuyos frutos escolares no recogieron sino con una dosis nada insignificante de mala conciencia. Los más agresivos bus caron la salida de volver la espalda, así fuese de manera pasajera, a la filoso fía, para practicar una u otra de las ciencias exactas o aprender una discipli na cualquiera a condición de que fuese rigurosa; tenían necesidad de un tra bajo que les asegurase no obtener cada vez lo que se anhela obtener; desea ban abandonar el campo de lo inverificable y lo infalsificabie. Otros, con me nos ánimo de ruptura radical, creían hallar el equivalente de esta ascesis en
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una suerte de repliegue en la historia de la filosofía; ¿acaso M. Gueroult, uno de sus maestros en la materia, no les prometía que ésta los invitaba “a lo au téntico, al texto, a sus encadenamientos rigurosos, a sus precisas e ingratas oscuridades”?
No me disimulo lo que en esta reacción podía haber de despecho amoroso respecto de la filosofía, y de turbias mezclas de curiosidad, escepticismo y fascinación. Lo que la filosofía podía contener de límpido dependía del rigor con que se efectuara el pasaje entre una actitud para la que la filosofía es al go de lo que se hace uso (algo que uno hace, vive, escribe) y otra actitud para la que la filosofía es algo de lo que se hace mención (algo que se lee, comenta, de lo que uno se pregunta cómo es que existe y cómo funciona). Entre quie nes ponían la filosofía entre paréntesis, no haciendo de ella ni uso ni men ción, y los que la situaban entre el título y el punto final de sus propias obras, algunos —y me incluyo— hallaron este sesgo de ponerla, por decirlo así, entre comillas. Pero toda clase de obstáculos se alzaban contra la nítida dife renciación de esta actitud respecto de las otras dos, contra esta particular puesta a punto de la mirada sobre la filosofía: la razón de estos obstáculos estaba en lo que se hacía efectivamente en el campo de la historia de la filo sofía, en lo que se decía allí con respecto a los principios, y dichos obstáculos tendían a probar que, en definitiva, la historia de la filosofía no era sino la fi losofía continuada por otros medios, y que el hecho de que esto fuese así era a la vez inevitable y bueno.
Que la historia de la filosofía no es una tierra prometida en la que los conflictos filosóficos se apaciguan y en la que no pueden nacer y fiorecer con troversias indecidibles, el espectáculo de las querellas que en ella acontecen basta para demostrarlo. Dos de estas querellas me hicieron reflexionar y tra bajar mucho: una de ellas, bastante antigua ya, con respecto a Descartes; la otra, más reciente, en torno a Epicuro; diré unas pocas palabras sobre ambas a fin de alumbrar el paisaje por el que intenté orientarme. En la época en que empezaba a hacer mis primeras armas, años cincuenta, los aprendices tenían razones para preocuparse de veras: en efecto, un debate ejemplar en porte y profundidad oponía a dos maestros, los señores Alquié y Gueroult, en relación con Descartes, filósofo clásico entre todos los filósofos franceses y considerado el más claro de todos ellos. Un mismo texto se refractaba, de manera casi escandalosa a los ojos de terceros, en dos interpretaciones que se excluían mutuamente por parte de dos importantes historiadores, admira blemente informados tanto el uno como el otro, persuadidos igualmente de su fidelidad a los textos, con la misma capacidad para apoyar esta reivindi cación en una argumentación precisa y atrayente, y sin embargo tan impo tentes el uno como el otro para convencerse entre sí de renunciar a sus tesis, se tratara del sentido general de la filosofía cartesiana o de la significación exacta de determinado texto en particular. El señor Gueroult desempeñaba en esta querella, y de la manera más resuelta, el papel objetivista: “La ver dad del sujeto que interpreta -escribía, sin miramientos- nos es absoluta mente indiferente, salvo si se trata de algún pensador excepcional cuyas reacciones personales nos interesa en especial conocer. Por lo general, cuan-
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do abrimos un libro sobre Descartes, lo que reclamamos es la verdad de Des cartes”. No era poco excitante ver al señor Alquié replicarle, con una imperti nencia cuya pertinencia no tengo hoy que evaluar: “Por mi parte, debo decir lo, lo que más me interesó en el trabajo del señor Gueroult es la verdad del propio señor Gueroult. Pues la interpretación del señor Gueroult lleva en cada línea la marca de su «conciencia filosófica», conciencia de la que fácil mente se puede reconocer su formación leibniziana, kantiana, fichteana y también brunschvigiana, conciencia, sin embargo, en la que se trasluce una profunda originalidad”. En el intento de identificar la razón de las diferen cias que separaban su interpretación de la de su interlocutor, el señor Alquié las localizaba, “no en la falsedad intrínseca de tal o cual interpretación, sino en el proyecto inicial, en el modo de comprensión, en las intenciones de valo rización de los intérpretes, es decir, en última instancia, en su conciencia fi losófica”. Esta conciencia guía “la estimación previa de lo que es esencial y de lo que no lo es”, la localización de los puntos que aparecen como decisivos y con respecto a los cuales otros puntos aparecerán como “dificultades” o co mo “problemas de segundo orden”, sin perjuicio de que el reparto se invierta en otro comentador, en función de su “conciencia filosófica”.
No es esto otra cosa, seguramente, que una interpretación del conflicto de interpretaciones. Pero basta con que se la pueda formular para que tenga mos derecho a sospechar que la historia de la filosofía sigue investida por proyectos filosóficos que, por el rodeo del comentario de las doctrinas pasa das, prosiguen su cumplimiento, su enfrentamiento y su diálogo de sordos. Importante es a mis ojos la idea de que el efecto inicial de estos proyectos fi losóficos es operar sobre los textos toda una actividad “previa” de extracción, de selección, de valorización parcial; el destino de una interpretación está en cierto modo fijado no bien se consuma el reparto entre lo que se considera fundamental, rector, esclarecedor, y lo que se considera accesorio, problemá tico, pasible de ser doblado y acomodado en función del resto. En última ins tancia, una marca con lápiz en el margen de un texto es ya una interpreta ción. El examen de las obras más recientes de M. Gueroult no desmentiría esta observación: ya en las primeras páginas de su monumental Spinoza, presenta cierto número de tesis relativas al racionalismo absoluto del autor de la Etica que trazan un marco rígido del que toda transgresión sería, dice, “traición a la doctrina”; y el autor encuadra entre’ un “sin duda” y un “pero” el enunciado de los puntos de la doctrina spinoziana que pueden parecer con trarios al principio de inteligibilidad universal (como la ignorancia en que nos hallamos de cualquiera otro atributo divino que no sean la extensión y el pensamiento, o la inevitable impropiedad de nuestro conocimiento de las existencias singulares). El historiador muestra así que su palanca no toma su punto de apoyo en cualquier lado, y que no encuentra en cualquier lado aquello que él se afana en desplazar con respecto a este punto de apoyo. Al comprobar las enormes divergencias que pueden resultar de estas elecciones iniciales y del hilo intrépidamente devanado de sus consecuencias, me siento como los inexpertos interlocutores de Sócrates cuando temen que su torpeza dialéctica permita a éste arrastrarlos poco a poco, por “acumulación de des-