Section 4: Entrepreneur Learning
4.4.2.2 Interview Criticism
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Estuve intentando escribir todo el día sin ningún re- sultado favorable. La tarea, se supone, sería sencilla: hacer un ensayo sobre el ensayo; definir las similitudes y diferencias entre la prosa y la poesía, las funciones que éstas cumplen en el ensayo y, a su vez, cómo afec- tan en su forma. Una tarea que casi cualquiera podría hacer. Pero cada palabra en la hoja en blanco había sido un muro que se alargaba mientras más palabras tenían al lado. Cada muro se volvía un camino al tener otro muro al frente. Algunos caminos terminaban al ser obstruidos por un muro, otros se dividían en dos o más caminos que a su vez terminaban en otro muro o se dividían en más caminos. Ahora, esa sencilla pági- na que apuradamente contenía ideas que habían sido escritas con sudor en las manos, con piquetes de aguja en el cuero cabello, con frustración y rabia por ser una tarea fácil que simplemente no se dejaba dominar, era un laberinto; un enorme y despiadado laberinto. ¿Cómo había logrado construir un laberinto si sólo se disponía a hacer una tarea que creyó sería simple?
Tubo de ensayo
Estuvo sentado frente a la hoja un gran rato: sólo contemplaba el mármol negro con el que estaban hechos los muros del laberinto y la tierra blanca que había en el suelo de los caminos. Se dio cuenta que, como todo laberinto, no tenía salida, incluso se le ocurrió pensar que había una infinidad de trampas entre sus pasillos. Mientras más veía la construcción y disposición de las partes del laberinto, más grande e infinito le parecía: ahora ya no se limitaba a estar contenido en la hoja, había comenzado a expandirse por la mesa, por los libros que había en la mesa, por el vaso que contenía agua, por el agua misma e iniciaba a cubrir las paredes y el piso. Volvió a mirar la hoja, y justo en el centro del laberinto descubrió una man- cha que se movía con desesperación entre los pasillos. Todo intento que esa mancha hiciera por salir, ya no del laberinto, sino simplemente del área de la hoja, sería inútil, pues éste seguiría creciendo y creciendo hasta cubrir la casa y, sin miedo a decir insensateces, luego la ciudad, el país y, al final, el mundo mismo. Se llenó de miedo y quiso cerrar los ojos para ya no ver aquella terrible construcción, cuando se le ocurrió que él era aquella mancha que se movía inútilmente entre los pasillos de su ensayo. Más tarde comprendió que el ensayo era una “entidad” –en este caso, quizá tontamente se le había revelado como un laberinto– que estaba en proceso de construcción constante e in- finito. Jamás podría definirlo en una hoja, ni siquiera podría esbozar su forma, pues su forma era la de la imaginación.
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Cuando decidió abrir los ojos y vio los muros que lo cubrían, escribió, simplemente, lo que tenía que escribir en aquella hoja, pues más que ganar, ya sólo tenía que perder:
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Poesía y prosa (no ficcional) en el ensayo:
¿Los límites entre la poesía y la prosa se definen por su forma? Aquí cabría primeramente hacer una diferencia entre poesía y poema, para después hacerla entre prosa y poema y, a su vez, encontrar sus similitudes y la forma en cómo se complementan y emplean en el ensayo.
Dicho de una manera burda, puede decirse que la poesía es el alma del poema. La poesía en sí no tiene una forma precisa, es como el aire o como el agua, que puede adaptarse a cualquier estructura que la conten- ga: un ensayo, un cuento, una novela o, su manera más representativa, un poema. Por eso es un poco ingenuo querer hacer en un principio una distinción entre poesía y prosa, como en ocasiones se ha hecho. Ahora, las diferencias entre la prosa y el poema son bien distinguibles: la primera y más importante es que uno tiene la disposición de su elemento principal (el lenguaje) en verso y el otro no, lo que afecta la pun- tuación y el ritmo de los textos haciéndolos distintos. Por eso es fácil distinguir un poema de un ensayo o de un cuento o una novela. Aunque en muchas ocasiones estas definiciones y diferencias sean hereda- das por la cultura, por el pensamiento generalizado.
Tubo de ensayo
El negro no es blanco, lo bueno no es malo. Y aquí es donde se puede caer en el error, en un principio, de confundir al poema con la poesía, y luego creer que ésta no puede ser ensayo, cuento o novela, sólo por dar unos ejemplos
¿Se puede decir que un ensayo, una novela o un cuento no son poesía por el simple hecho de no estar dispuestos en forma de verso? No, porque como dice el lingüista Jakobson, el lenguaje, además de tener una función comunicativa tiene una función poética y ésta no depende del creador, en este caso, que él disponga de la lengua en forma de verso o en forma de prosa no hará que ésta deje de tener dicha función poética o que una sí la tenga y la otra no. Por otro lado, ya había dicho antes que la poesía no se limitaba a una sola estructura literaria, sino que puede estar contenida en cualquier cosa imaginable e inimagina- ble. Así un cuento, una novela y, en lo que nos inte- resa, un ensayo puede ser poesía.
El ensayo es poesía, pero no sólo porque en su for- ma de ser escrito contenga una u otra figura retórica, porque tenga alguna metáfora o su lenguaje recree imágenes “poéticas” –por dar un mal ejemplo–, en la mente del lector, va a ser poesía porque la naturaleza del ensayo como la de ésta es la verdad y la armonía.
El ensayo es poesía porque no se limita a tener una forma definida: hace uso de la prosa – aunque de una prosa no ficcional como algunos teóricos la han lla- mado, pero no por esto se limita– y por ende hace uso del cuento y de la novela; crea atmósferas, mantiene al lector en suspenso, hay puntos de giro en su trama
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que asombran; se respalda con el razonamiento claro y el argumento irrefutable; también es poema: chispa- zo y tronido, golpes que sorprenden valiéndose de la intensidad del sentimiento de quien escribe.
El ensayo es cuento, novela y poesía llevados más allá de lo que son (liberados de su forma y penumbra); es un laberinto que todo lo contiene y del cual sólo podemos conocer una parte al estarse construyendo todo el tiempo. Es el paso dado no con la intención de encontrar la salida, sino de encontrar la verdad.
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Alzó la voz por encima del laberinto y siguió diciendo. Ya todo estaba perdido pero seguía viendo el cielo y seguía sintiendo las ganas de decir. Pensó que alguien más lo estaría viendo al él como una mancha dentro de un laberinto, y que a su vez alguien más estaría viendo a quien a él lo veía. El ensayo se seguía cons- truyendo infinitamente, no limitándose en su forma, conteniendo todo lo conocido y por conocerse dentro de sus pasillos.