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NON-ACADEMIC ENTREPRENEUR

4.4.10 Stage 10: Coding and Analysis of Data Collected in Scotland

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Nos sentimos prendidos a las palabras, a los libros. Buscamos aquel párrafo que hace minúsculos gui- ños, ese fragmento que parece hablarnos y que nos refleja en un espejo. Las palabras vagan algunos ins- tantes por la mente, provocan a la imaginación, y lue- go se tiran desde un precipicio como si no importara nada. Algunas mueren con la memoria, otras con más suerte se disfrazan de acciones para posponer su de- ceso unas horas más tarde, pero las más avispadas son aquellas que se escriben, esas viven lo que se les da la gana, siempre que alguien esté dispuesto a escribirlas.

El escritor se enfrenta ante un obstáculo, la imposi- bilidad de escribir y el deseo irrefrenable de hacerlo: la hoja en blanco. El talón de Aquiles, su mayor miedo. Ese desierto que provoca sequías mentales, aquel mal agónico de no poder encontrar las palabras indicadas para plasmar en el papel. Josefina Vicens en su novela “El libro vacío” narra la vida de un personaje llamado José García, un hombre que quería por sobre todas las cosas llegar a ser escritor: a tener pinta de escritor, una pipa como en las que fuman los escritores, plu-

Comienzo un nuevo libro para tener un compañero, un interlocutor, alguien con quien comer y dormir, al lado del cual soñar y tener pesadillas, el único amigo que en este momento puedo soportar

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mas idénticas, hojas iguales, letra de molde parecida y muchas otras cosas más que lo hicieran un escritor en toda la extensión de la palabra. Sin embargo, José García quien ya tenía todo para ser una gran influencia en las letras, temblaba de pavor con la pluma entre las manos, al enfrentarse a las hojas en blanco de un cuaderno todavía virgen. José García es el mejor ejem- plo del problema que enfrentan los escritores ante una hoja en blanco.

¿Por qué una persona desea profundamente escri- bir? Necesita un motivo como aliciente para expresar aquello que arde en el pecho y que en el papel se torna en forma de cuento, novela, o poesía. Escribir implica también amalgamarse al mundo de los libros, de tal manera que vemos en esos objetos de papel y tinta una extensión de la vida, un refugio compartido, una pasión desmedida. “Yo escribo y me leo” —a de de- cir José García—, “únicamente yo, pero al hacerlo me siento desdoblado, acompañado”. El lector es quien interpreta el lienzo, quien disfruta de una pieza de piano; en cambio el escritor es aquel que desea pintar una obra magnífica, componer una preciosa melodía”.

Hay dos formas de recrearnos en la literatura: la pri- mera corresponde a aquel acto que necesitamos cuan- do nos cansamos del suplicio que es la vida: la lectura. Esta resulta agradable e incluso sencilla, si conside- ramos que podemos encontrar, al hacerlo, a “nuestra media naranja”, alguien que sin miedo hizo posible, sin tantas trabas, lo que nosotros no hemos podido expresar por escrito. A través de las historias escritas por otros descubrimos sentimientos entrañables, o las

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más oscuras pulsiones del ser humano. Aunque existe tanta discordia y división entre las personas, seguimos coincidiendo con alguien. Aún quedan afinidades en- tre los hombres. Es una aventura apabullante: entrar a ese mundo donde todo puede existir, internarse a la mente de otra persona, tal vez de alguien que ha muerto hace siglos. La literatura nos pone en contacto con una otredad que nos es indirecta, aquel otro que utiliza nuestras palabras para sincerarse.

El comportamiento del lector es similar a la del fu- mador. Quien fuma ha descubierto que le gusta todo el proceso que implica fumar. Desde abrir el celofán del paquete de cigarrillos, olerlos, y luego sacarlos de su escondite. Los lectores también sienten una emo- ción apenas contenida al abrir un libro, aspiran el olor que despiden sus páginas, gozan de la sensación de las hojas que se resbalan entre sus dedos.

Los libros rompen con abismos de tiempo, cosen la realidad con hilos de ficción que se unen como en el interior de un trozo de tela. La literatura también une a quienes no se conocen entre sí, separados por el tiempo pero unidos a través de la lectura. De ese modo Kavafis conoció a Homero y dijo que “el poeta no se hace poeta hasta leer las obras de Homero”, Án- gel Bustos se hace amigo de Hölderlin a quien dedica un poema, Horacio Quiroga releyó cientos de veces la obra de Edgar Allan Poe, éstos y otros ejemplos hay entre los escritores que se miran a través de sus obras sin haber coincidido en el mismo tiempo y espacio.

Me he preguntado tantas veces por qué me gusta leer, no tengo una respuesta precisa. Siempre termino

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por remontarme a mis inicios de lectora. En mi infan- cia solía escoger de entre los estantes un cuento con atractivas ilustraciones (mi madre los había colocado a propósito para ver si cogía el hábito familiar) y me sumergía en los almohadones toda la tarde, fue el re- medio para mi temperamento tan inquieto: mi abuela solía decirme “los libros te dieron el sosiego que ne- cesitabas”. Años más tarde cambió de frase, y decía “entre más lee la oveja, más negra se pone”. Esa sabia mujer tenía razón, entre más leía me iba llenando la mente de peculiares manías e ideas, cual oscuro ovino que se ha alejado del rebaño.

La segunda forma de recrearnos en la literatura va mucho más lejos: la escritura. Escribir significa ena- morarse de eso que lastima, pues la verdadera escritu- ra es miedo, incertidumbre, pavor, sentimientos en- contrados, audacia, sacrificio, vacío e incluso muerte. Escribir es como hacer el amor: hay que desnudarse, ser uno mismo y sincerarse con el otro, entiéndase aquel otro, como el que nos está leyendo. Jorge Luis Borges afirmaba que no se enorgullecía de los libros que había escrito sino de aquellos que había leído.

¿Qué es un escritor? Juan Vicente Melo decía que “escribir no es sinónimo de publicar”. Desde esta pers- pectiva, podemos definir al escritor como aquella cria- tura estrafalaria que pasa horas escribiendo, o al me- nos intenta hacerlo. Pensar en un escritor es imaginar a una persona que arranca un ramillete de hojas de su libreta y que luego de muchos fracasos, persiste cual enamorado en la conquista de su amada. Casi siempre se quedan los más necios, seres calados de misantro-

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pía, que por sentirse escritores son unos melancólicos con pocos amigos. Pasan tardes enteras leyendo a su autor favorito hasta que llega la noche, que es cuando entresacan una pila de libros con autores rebuscados, beben sorbos de café y fuman cigarrillos con la mejor compañía (ese insomnio que vino adherido a cuando decidieron ser escritores).

Todo escritor es también lector, y todo lector asi- duo sufre la metamorfosis que lo convierte en lector- escritor. Quien fue una regordeta oruga que cargaba sus libros a todas partes, ahora formará un capullo que posteriormente romperá. El escritor recién salido del capullo buscará una primera frase que sea fuerte, pre- cisa, e impresionante. Está seguro que dominada esta primera, la segunda, tercera, y cuarta vendrán por sí solas. Pero a veces sucede que no llega ninguna frase buena. ¿Será que las musas se quedaron dormidas o tal vez él erró de vocación?