• No results found

Light Sensors

In document Robot Builder Guide pdf (Page 128-132)

En el primer capítulo de este trabajo planteamos el problema de cómo determinar qué era experiencia nueva como condición necesaria para esclarecer el contenido de la revelación (Cfr. Cap. 1, No. 2.4). Señalábamos que el teólogo no lo puede definir de antemano sino que, a la luz del pasado, especialmente el del momento de la constitución del canon cristiano, debe discernir sobre los hechos del presente y descubrir en estos la actualización de la voluntad divina. Dicha hermenéutica, en todo caso, es muy compleja pues implica tener en cuenta tendencias generales de la realidad, situaciones más o menos objetivas, construcciones intersubjetivas que adjudican significaciones a los hechos del presente y tradiciones culturales que sesgan el sentido de lo que se interpreta, entre las cuales se incluye de forma privilegiada la visión cristiana.

En medio de ese maremágnum de aspectos, propusimos como núcleo hermenéutico de la fe

el principio de que “Dios revela al hombre a sí mismo”μ cuando el hombre se conoce en

términos experienciales y de conciencia, el creyente puede saber que hay revelación de Dios, y por tanto puede conocerlo a Él y experimentarlo, e igualmente experimentarse a sí mismo como Dios. A esto último lo denominamos teología de la divinización del hombre o dinámica de humanización-divinización, y fundamentamos por qué lo asumimos como criterio primordial para el discernimiento de la revelación de Dios en la historia. Esta línea vertebral tiene su correspondiente analogía en el planteamiento del ser humano que se hace sujeto, lo cual, como lo hemos anunciado, lo desarrollaremos en el último capítulo del presente estudio.

En dicho marco de comprensión vamos a describir enseguida los que, a nuestro juicio, se constituyen en hechos reveladores de la voluntad de Dios en nuestra historia actual y sobre

198

los cuales hay que efectuar el discernimiento teológico en dos grandes direcciones: de una parte, para que el creyente asuma su postura frente al mundo de hoy; y, de otra, para revisar dialécticamente el enfoque teórico –en el que se articula teología, filosofía y ciencias sociales– con el cual seguir interpretando, desde la fe, la experiencia de lo real. En concordancia con los aspectos que acabamos de mencionar arriba para este ejercicio hermenéutico, estamos considerando de manera particular los siguientes factores para la determinación de los hechos: se trata de hechos que afectan sustancialmente el curso de la configuración moderna de la experiencia humana en la que estamos insertos desde hace por lo menos cinco siglos; se trata de hechos sobre los cuales concurren analistas sociales y teólogos, además de una cierta opinión pública y un sentir común generalizado que los considera, de distintos modos, referencias obligadas para explicar el devenir histórico y social; se presentan estos hechos con un sesgo interpretativo que corresponde a la construcción intersubjetiva llevada a cabo por sectores sociales y franjas de población con pretensiones emancipatorias; además, se valoran las significaciones actuales en retrospectiva histórica y cultural, entendiendo que la constitución del ser humano como sujeto, esto es, su proceso de humanización, es el núcleo de convergencia para un pensamiento humanista crítico y para la teología cristiana por la que optamos.

1.1. La caída del socialismo histórico: crisis utópica, transformación de las subjetividades y cultura de la desesperanza

Un primer acontecimiento que queremos destacar ya es aceptado sin discusión entre analistas de distintas vertientes en las ciencias sociales y humanas: la debacle del socialismo histórico, representada en la caída del muro de Berlín en 1989. Con este hecho

se disolvía la vieja tensión heredada de la segunda guerra mundial, conocida como “guerra fría” y protagonizada por los gobiernos norteamericano y soviético, cabezas visibles de los

campos capitalista y socialista, respectivamente, en disputa desde la segunda década del siglo XX. Aquí nos interesa destacar los efectos de esta transformación del poder, en sectores subalternos y dominados en todo el mundo, especialmente en América Latina. La significación del derrumbe del llamado socialismo histórico estriba en que, de forma inmediata, se impuso de facto como único modelo social viable el capitalismo. Pero,

199

además, dentro de éste se consolidó el proyecto neoliberal que privilegia el papel del mercado y de los agentes económicos en la organización de la sociedad, en detrimento de la intervención de los estados y de las asociaciones civiles en las decisiones colectivas.267 Así, de manera específica quedó desdibujada la concepción de lo público como interés general, en favor de los intereses privados reducidos ahora a la pugna entre cada vez más pocos y más poderosos intereses particulares.

Pero lo que estuvo en juego no fueron solamente unos modelos de sociedad para el momento. Ambos, como parte de la racionalidad moderna, eran los lugares concretos donde se disputaban los contenidos de utopías sociales y humanas, las cuales forjaron las esperanzas de los hombres y mujeres en occidente. Ante el hecho extraordinario de la caída del socialismo histórico, se extendió la idea de que la utopía que de suyo entrañaba, había fracasado y se exponía a su desaparición, mientras que la utopía capitalista del progreso y las libertades individuales no solo se realizaba sino que, precisamente por esto, dejaba de ser utopía en tanto que parecía materializarse históricamente. Fue la tesis difundida por Francis Fukuyama.268 La sociedad hegemónica se quedó sin contrincante ni alternativa y allanó, así, el camino para el pensamiento único y la globalización homogénea. Los utopismos liberal, anarquista y socialista, que con diferentes intensidades florecieron en el curso del siglo XX, se hundían.269 Ya no había nada diferente que esperar. En consecuencia, la construcción de la sociedad parecía no necesitar de fundamentos que la legitimasen: ésta por sí misma, en su dinámica propia, se justificaba. De ahí que semejante especie de fundamentalismo social renovó los bríos de los fundamentalismos religiosos a los que siempre ha recurrido aquel. Asistimos, por tanto, a la totalización de un proyecto social hegemónico en proporciones quizás nunca antes experimentadas dentro de la historia humana.

267 Pasada la segunda guerra mundial, dentro del campo capitalista emergieron, principalmente en Europa, los conocidos “Estados de Bienestar”, que permitían y promovían el papel regulador de los estados en el mercado y de diversos sectores de la sociedad, consiguiendo una cierta redistribución económica a través de los subsidios sociales y ampliando los márgenes colectivos de la participación política. Dicho modelo había sido promovido bajo la inspiración de la teoría económica del británico John Maynard Keynes (1883-1946) y como respuesta política a la presión que significaba el avance del socialismo en Europa del Este y en Asia. 268 Cfr. Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre.

200

En muchos países donde no se había conocido el proyecto socialista, empero, su utopía y su modelo de sociedad eran objeto de referencia y discusión entre sectores que se movilizaban y organizaban en contra de los estados capitalistas y que se reclamaban como revolucionarios o liberacionistas. Fue el caso de muchos países africanos y especialmente latinoamericanos durante las décadas del 60 al 80, aunque también se debe reconocer manifestaciones de esta índole en países industrializados. Se conformó así el espíritu de una

época cuyo centro estaba en el denominado “tercer mundo”, del que hacían parte

campesinos, masas empobrecidas de las urbes y sindicalistas, así como grupos y movimientos de personas que recababan sus identidades específicas como jóvenes, comunidades étnicas, mujeres y creyentes religiosos, particularmente cristianos y cristianas. Todos estos sectores resintieron interiormente la crisis del socialismo histórico y padecieron la ofensiva neoliberal que ostentaba recursos de fuerza desde entonces muy superiores. La sensación inmediata fue que las resistencias habían sido aplastadas. Todo parecía no sólo un hecho objetivo sino que, aún más, los sectores subalternos interiorizaron

la sensación de abatimientoμ Franz Hinkelammert se refiere a ello como el “alma derrotada” que moldeó la “cultura de la desesperanza”.

Tal panorama nos revela el recambio de actores sociales y la modificación de su presencia y de su fuerza en la sociedad sin alternativas. Para nosotros, lo más notable de este acontecimiento fue la transformación de las subjetividades de los actores que se oponían al sistema: se instauró un espíritu de resignación ante el avasallamiento del neoliberalismo, y las rebeliones, otrora en ascenso, se atomizaron, se ocultaron y buen número de ellas desaparecieron. El poder aniquiló varias de estas expresiones, pero el miedo y el escepticismo que sobrevinieron como efectos entre las organizaciones sociales y políticas populares culminaron la tarea de contención cuando no de pulverización. Se erigieron los nuevos sectores de poder con rostros invencibles, ni siquiera prometiendo bienestar y felicidad para todos sino predicando los inevitables límites, en el corto plazo, del progreso así como la ineludible exclusión social; en cambio, pregonaron y ejecutaron la insoslayable tarea del control y la represión para quienes insistieran en oponerse a la iniciativa privada de los agentes del mercado, de las grandes corporaciones multinacionales, redefiniendo abiertamente así el quehacer del Estado.

In document Robot Builder Guide pdf (Page 128-132)