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La confianza en la razón no asegura una razón libre de todo ropaje metafísico, antes bien el carácter de nueva mitología de la ilustración se adquiere en la pretensión de instaurarse como única perspectiva, creyendo cortar de tajo el sentido ya presente en la tradición. He aquí las raíces de un problema epistemológico que florece en parte, con la ilustración pero que se fortalece con la modernidad, pues, “en el camino de la ciencia moderna los hombres renuncian al sentido. Sustituyen el concepto por la fórmula, la causa por la regla y la probabilidad.”32 Lo que asevera Horkheimer diciendo que:
“Lo que importa no es aquella satisfacción que los hombres llaman verdad, sino la operación, el procedimiento eficaz. El verdadero fin y función de la ciencia residen no en discursos plausibles, divertidos, memorables o llenos de
30 Horkheimer y Adorno, Dialéctica de la Ilustración, 3. 31 Horkheimer y Adorno, Dialéctica de la Ilustración, 61. 32 Horkheimer y Adorno, Dialéctica de la Ilustración, 61
33 afectos, o en supuestos argumentos evidentes, sino en obrar y trabajar, y en el descubrimiento de datos hasta ahora desconocidos para un mejor equipamiento y ayuda en la vida. No debe existir ningún misterio, pero tampoco el deseo de revelación”33.
Las categorías como ser, existencia, actividad, pasión, no interesan para la ciencia que brota en los albores de la ilustración. Estas categorías propias de la mitología y metafísica antigua dejan de ser necesarias porque el orden del mundo cambia a partir de las nuevas concepciones cosmológicas logradas con la nueva ciencia. Medidas desde el cálculo y la utilidad, estas categorías se convierten en sospechosas para una razón ilustrada centrada en sí misma y no en otro fundamento.
No hemos de extrañar, entonces, que las raíces de esta ciencia orientada a la utilidad y no al pensamiento, en sus raíces históricas más profundas, se encuentran ligadas fuertemente con el inicio y conformación de la burguesía ilustrada. M. Weber34 sitúa en el proceso de reformas religiosas de los siglos XVI y XVII el surgimiento de dos tipos de formación naciente para la época, por una parte una formación que sienta sus bases en fundamentos humanistas y enseñanza clásica inclinada a seguir un oficio que le permita al trabajador alcanzar un grado de maestro, y por otra, una formación dispuesta a preparar para los estudios técnicos y para el ejercicio profesional en las industrias y en el campo mercantil. Un ámbito profesional que permita escalar en los puestos superiores, es decir, hacia un proletariado ilustrado y una burocracia industrial.
Para Weber, este segundo tipo de formación se convierte en el comienzo del nuevo capitalismo racional que se diferencia del capitalismo aventurero. El capitalismo racional se caracteriza por su ascética pietista propia de la reforma protestante de la época. En los ideales de esta ascética los actos humanos se regulan de manera
33 Horkheimer y Adorno, Dialéctica de la Ilustración, 61. 34 Weber, La ética protestante, 29.
34 controlada, siguiendo una moralidad rigurosa, un hombre nada malgastador, distinto y distante del ideal de la tradición católica en el cual se gira en torno a un menor impulso adquisitivo, en que no prima un afán por ganar dinero sino el ganar lo necesario para seguir viviendo. Las dos visiones encontradas nos permiten captar, en últimas, las preocupaciones palpitantes en un dilema que se ha formulado como: “comer bien o vivir tranquilo”35.
Los ideales de la burguesía están enfrentados en términos de liberum arbitrum, indisciplinado, al predeterminismo ascético. En el planteamiento ético-económico del predeterminismo ascético, en que la profesión se entiende como una vocación en el mundo y en la que el hombre no está obligado al trabajo como maldición, la profesión para el hombre burgués se convierte en la oportunidad de construir un mundo en cuanto tarea continua, en completar la obra que el Creador inició pero que solo llevarán a cabo los hombres con su trabajo. La labor humana guarda, por tanto, un profundo sentido económico que calcula la ganancia y su cuantía, que a partir del logro austero, alcanza también el dominio sobre sí mismo y la moderación que le permite acrecentar la riqueza y, eficientemente, la capacidad de rendimiento laboral. Contemplado desde esta visión, el trabajo profesional es la manifestación palpable de oblación y entrega que obliga a trabajar al burgués, por sí mismo y consecuencialmente por los demás.
Esta perspectiva reformista de la profesión como estado de vida, trasciende las fronteras de las estructuras del ethos económico existente hasta el momento, e implanta un nuevo ethos de deberes que se deben cumplir, haciendo de la vocación profesional y/o comerciante, equiparable a quien desde la tradición monástica se dedica por completo a vivir profundamente su vida religiosa. En su continuo compromiso con el progreso y construcción del mundo, el ascético burgués se descubre en forma tal que la profesión impuesta por la lex naturae a cada hombre, sirva para dar estructura al mundo circundante. Luego la vida mística y el obrar
35 ascético como vocación, además del concepto convencional, se extiende a la vida no- conventual, profesional, disponible para este nuevo hombre.
A partir de estos ideales profesionales, la racionalización de la profesión se orienta a la utilidad, cálculo y ganancia, formas precapitalistas que según Weber, van a constituirse también en las posteriores fortalezas de la burguesía ilustrada. La moralidad naciente, presente en esta visión, no emprende lucha alguna contra el lucro racional y lícito, sino contra el uso irracional de las riquezas y del aprecio por las formas ostentosas.36 Lo que preocupará en últimas, para este nuevo pensamiento, es la necesidad y el uso del bien –su utilidad– y no la mortificación del rico. Apoyado entonces, en una razón del cálculo y la ganancia, se fortalece la idea de laboriosidad, el sentido del ahorro y las bases fundamentales del capitalismo “racionalizado”.
Como presupuesto ético, este ideal no es clara manifestación de la solidaridad con los otros, pues lo que importa es la conciencia de sí y la responsabilidad individual –ser aislado– en que debe madurar, por la razón, cada hombre. La búsqueda de la verdad será cuestión científica, como también lo es la explicación del mundo, solo la razón es la única autoridad válida que unifica desde la lógica formal la calculabilidad y la equiparación mitologizante de las ideas con los números. Ahora, el nuevo canon ilustrado constriñe el mundo y pone en plano comercial la cultura humana, pues, esta equiparación matematizante domina la justicia burguesa y el intercambio de mercancías.37
No le interesa a la ilustración la tradición moral anterior a las reformas, como tampoco se interesa por el ethos protestante que conserva el sentido de oblación que recalcan los textos sagrados. La ilustración se ha formulado a sí misma como disolvente del mito en todo sentido y se ha proclamado promulgadora de la objetividad. Su rechazo por los dogmas tradicionales, su afirmación de la crítica
36 Weber, La ética protestante, 212.
36 racionalista y su ocupación por el logro de la verdad mediante métodos experimentales, procesos de matematización y calculabilidad, la convierten en la abanderada de lo abstracto y de la ganancia comercial. Encarnando así, el ilustre burgués la afirmación que: “El antiguo cazador con trampas no veía en las praderas y en las montañas sino la perspectiva de una buena caza; el hombre de negocios moderno ve en el paisaje una oportunidad favorable para la instalación de anuncios de cigarrillos.”38