Step 2: A variable among independent variables is deemed to be the most predictive for the dependent variable and is used to split the data An obvious question at this
3.3.4 Logistic Regression
El tema de la precarización laboral tiene cabida como categoría teórica y como elemento descriptivo con múltiples acepciones y significados en las investigaciones, estudios y discusiones sobre la reestructuración productiva, el cambio tecnológico en el proceso de trabajo, las transformaciones en el mercado de trabajo y las nuevas formas de organización del trabajo, centradas en el debate sobre la flexibilización laboral y productiva (Aguiar, 2008b). Sin embargo, el tema no se tiene en cuenta, se admite de forma marginal o se considera una externalidad al proceso, una desviación que puede corregirse o se lo menciona pero no se lo desarrolla en el análisis. No obstante, la precariedad existe y configura una realidad del fenómeno del trabajo y de la sociedad capitalista, de ahí la necesidad de analizarlo.
De acuerdo con Lorenzetti Pok (2007, citado en Aguiar, 2008b), el concepto de precarización del trabajo, utilizado por primera vez por la OIT en 1974, se define en función de la inestabilidad y se mide por la inexistencia de contrato o de un contrato de carácter indefinido. En sus inicios, afirma Sylos Labini (1974, citado en Aguiar, 2008b), se utilizaba para referirse a las economías subdesarrolladas y algunas zonas económicas de los países centrales. A partir de ese momento la preocupación por la precariedad laboral se ha incrementado, como consecuencia “de la reestructuración productiva, el cambio tecnológico en el proceso de trabajo, las transformaciones en el mercado de trabajo y las nuevas formas de organización del trabajo” (Aguiar, 2008b, p. 4).
A partir del barrido teórico sobre las acepciones con las que se puede comparar o explicar el fenómeno de la flexibilización laboral, Aguiar (2008a, 2008b) construye cuatro grandes perspectivas de análisis a saber: (1) Una perspectiva jurídica y del mercado de trabajo: la atipicidad contractual y de las condiciones de trabajo, (2) Una perspectiva del proceso de trabajo: flexibilización, (3) Una perspectiva de la subjetividad: dispersión, debilitamiento, y (4) Una perspectiva del “bienestar”: la preocupación por la protección social.
Los autores analizados por Aguiar (2008b)5, con excepción de quienes lo relacionan con cambios sociales más fundamentales, coinciden en que la precariedad se trata de un efecto no deseado, así, las cuatro perspectivas coinciden en lo fundamental, “la necesidad de promover una mayor protección social” (p. 6). En relación con ello, surgen dos propuestas de superación, la primera “promueve un gran pacto social por arriba, que podría traducirse en la llamada flexiseguridad”; la segunda “promueve, ante las estrategias precarizadoras, defensivas, no virtuosas, de algunas empresas, estrategias de concertación local, que permitan adecuar las exigencias de flexibilización de las empresas, con las demandas de protección de los trabajadores” (p. 6).
5 OIT (2007); POK, Lorenzetti (2007); Rangel (2005); Gálvez (2004); Acuña, Pérez (2005); Weller (2007); de la O, Guadarrama (2006); CEPAL (2007); Equipo Cambio Estructural y Desigualdad Social (2000); Lope, Gibert, Ortiz de Vallacian (2002); Castillo (2003); Montero (1996); Echeverría Tortello (2006); Díaz Godoy, Stecher (2005); Falabella (1990); De Paula Leite (1999); Falabella (1990); Vega Ruiz (2005); Henríquez, Uribe Echeverría (2004); Gálvez (2004); Tokman (1999), Espinoza (2003); Iranzo, de Paula Leite (2006); Alonso (2007); Yánez, Mendel, Díaz (2001); Beck (2007); Castel (2004).
La economía del tiempo precarizadora. El tiempo constituye la medida del trabajo en el capitalismo. Esto ha facilitado su mercantilización. Los costos de las empresas se miden en horas hombre, de ahí que el trabajo sea pagado en diferentes unidades de tiempo: horas, semanas, meses (Adams, 1999, citado en Aguiar, 2008b). Al considerar el proceso de producción, que incluye en su análisis el proceso de trabajo y el proceso de valorización, Neffa (1990) habla de tres tiempos: el tiempo de trabajo socialmente necesario, el tiempo de trabajo excedente o plustrabajo, y el tiempo muerto. Aguiar (2008b) incluye un cuarto tiempo, el de rotación del capital y de la mercancía. De esta manera, la economía de tiempo, en sus cuatro dimensiones, se constituye en el motor de la producción capitalista que determina la relación social de explotación entre el trabajo y el capital (Ilustración 2). Estas dimensiones son: la búsqueda constante de la reducción del tiempo de trabajo necesario y del tiempo de rotación, la extensión del tiempo de trabajo excedente y la eliminación del tiempo de trabajo muerto. La consecuencia de este proceso es “una transformación brutal de las condiciones sociales de extracción del plustrabajo, produciendo un aumento inédito de la explotación del trabajo” (p. 8).
Ilustración 2. Dimensiones de la economía del tiempo en el proceso de producción
Fuente: elaborado a partir de Aguiar (2008b, p. 7) y Neffa (1990).
En otras palabras, para Aguiar (2008b), la persecución de la economía del tiempo, en estas cuatro dimensiones de análisis propuestas, abre una dinámica que permite observarla a través de varias categorías: el control del tiempo (Neffa, 1990; Mandel, 1979), la velocidad de producción y rotación (Adams, 1999; Castillo, 2003), la reducción del tiempo de trabajo total (Adams, 1999; Castel, 2004) y la eliminación de los tiempos muertos (Aguiar, 2008b). Esta última mueve las nuevas formas de organización del trabajo y la producción, facilitadas por el
Proceso de produccion (proceso de trabajo mas proceso de valorizacion) Tiempo de trabajo socialmente necesario Tiempo de trabajo excedente o plustrabajo Tiempo muerto Tiempo de rotacion (de capital y de mercancia)
111 cambio tecnológico e impulsadas por la mundialización de la economía y la fuerza de trabajo en crisis de acumulación capitalista iniciada a principios de la década de los setenta, denominada producción flexible (p. 9).
Estas “nuevas formas de organización del trabajo y la producción” se pueden observar en la flexibilización del trabajo y sus correspondientes formas laborales, centradas en la diversificación de contratos de trabajo; en la producción justo a tiempo y cero stock, en la producción ligera, en el uso de equipos de trabajo para una nueva línea de ensamblaje que elimina movimientos innecesarios del trabajador; en la externalización del trabajo con sus diferentes modalidades, para eliminar tiempos muertos, pagando solo por el tiempo usado en el momento en que se precisa.
Para De Paula Leite (1999, citado en Aguiar, 2008b) la búsqueda de la economía del tiempo ha estado inscrita en los orígenes del capitalismo, lo que dificulta su centralidad en la explicación de las transformaciones actuales, para diferenciarlas de aquellos que las ignoran afirmando la continuidad sin más del taylorismo. Esto es lo que permite explicar su dinámica, extensión y expansión; sobre todo cuando los tradicionales métodos de economía del trabajo como la Organización científica del trabajo de Taylor o el fordismo, se empequeñecen frente al método actual de producción flexible (lean manufacturing) (Aguiar, 2008b). En este sentido, el autor ubica la racionalidad de la precarización del trabajo en “la búsqueda de la economía del tiempo con los métodos de la producción flexible en el período de la crisis de acumulación capitalista iniciada a principios de la década de 1970” (p. 10), desde donde es posible aproximarse a la naturaleza de la precariedad del trabajo.
Los límites del concepto restringido clásico de Trabajo. De acuerdo con De la Garza (2004, p. 12) “dos concepciones teóricas, relacionadas con el avance del Trabajo asalariado en las sociedades modernas, llevaron a la visión restringida del concepto de Trabajo”. La primera corresponde a una concepción neoclásica del trabajo, para la cual el único trabajo que existe es el asalariado, aquel que se compra y se vende por un salario. La otra concepción es la marxista clásica, “para la cual el concepto de Trabajo no quedaba restringido al asalariado, se reconocía como Trabajo a toda actividad relacionada con la riqueza material de la sociedad, no solo con la generación de valores de cambio” (p. 12).
Con Naville, Friedman y Touraine, la Sociología del Trabajo hereda las preocupaciones del marxismo, al tratar de construir una teoría preocupada por la constitución de sujetos obreros alternativos. La sociología del trabajo privilegia como objeto de estudio al obrero industrial de la gran empresa, se preocupa por sus reestructuraciones, pero no dirige la mirada hacia otros sectores de trabajadores. Por ello, la mayoría de los conceptos acuñados por esta disciplina siguen arrastrando sus orígenes industriales y modernos, afirma De la Garza (2004). No obstante, en las últimas décadas el empleo industrial ha cedido terreno frente al empleo en servicios, se ha incrementado el trabajo precario y han aparecido nuevas calificaciones para el empleo, incrementando la importancia de los trabajos no clásicos.
El concepto de Trabajo ha cambiado a lo largo de la historia. En su concepción más básica puede ser entendido como “la transformación de un objeto de trabajo como resultado de la actividad humana” (De-la-Garza, 2004, p. 14). Esta actividad tiene un nivel de interacción con otros sujetos, donde el hombre se transforma, por ello el trabajo implica cierto nivel de conciencia de las metas, entendidas en relación con los resultados y la manera de lograrlos. Con el triunfo de la economía neoclásica el trabajo se relega socialmente frente al capital como fuente de valor, además se relega de la producción frente al mercado, como consecuencia de la hipertrofia del sector financiero especulativo, fuente de grandes riquezas que no se vinculan con la producción o el sistema productivo.
Hoy en día, el capitalismo de corte neoliberal se debate en una dualidad, por un lado muestra que la mayor parte de la riqueza que alimenta el modelo se crea desde la especulación, donde el Trabajo es prescindible, sin embargo, no es capaz de prescindir de la producción material e inmaterial, así como de la circulación productiva, necesarias para satisfacer necesidades humanas y para el disfrute de las ganancias especulativas del primer grupo, donde el Trabajo sigue siendo importante. Por ello, en una economía de producción y de mercado, el papel del Trabajo se debate socialmente, prestando atención al desprestigio del Trabajo, fundamentado en su “prescindibilidad para crear riqueza”, donde “el bienestar se enfrenta a la contradicción en el nivel de la economía real de su necesidad” (De-la-Garza, 2004, p. 19). Así, la emergencia de los servicios modernos y precarios, junto a muchas actividades precarias, asalariadas o no, “abren una brecha en las teorizaciones y conceptos clásicos sobre el Trabajo” (pp. 19-20). “La necesidad de incorporar los servicios al análisis de las ocupaciones y los procesos productivos” (De-la-Garza, 2004, p. 20), introduce cierto nivel de especificidades que llevan a dudar de las características clásicas del Trabajo como algo universal: “si una parte de los servicios implican que el producto no es separable de quien lo produce o quien lo consume”, en otras palabras, “que el proceso productivo implica las compactaciones entre la actividad del trabajador que lo produce en el momento de su generación, con la distribución a los consumidores y el acto mismo del consumo”; esto implicaría “una reformulación de quienes son los actores en el proceso productivo” (p. 20). Si es capitalista estarán presentes los trabajadores asalariados y los empresarios, con sus mandos medios, pero también el consumidor, usuario o derechohabiente.
Este nuevo actor entra de manera directa en momentos claves al proceso de la producción, además, como los servicios no se pueden almacenar, deben ser consumidos en el momento de su producción, así “la manera de consumir es al mismo tiempo forma de producción” y “complica el problema de las relaciones sociales y de poder dentro del proceso de producción” (De-la-Garza, 2004, p. 20). De hecho, se complica la noción de proceso productivo en la manufactura, porque no se definen de forma clara sus límites frente a la emergencia de las formas laborales de subcontratación. Esta situación se enmaraña más, cuando a ese concepto abstracto de Trabajo, se le incluye un carácter simbólico que también genera valor.
113 Para De la Garza (2004) esas interfaces entre Trabajo y no Trabajo, junto a la importancia de los trabajos no industriales, conducen a un ‘concepto ampliado de trabajo’. La identidad y la acción colectiva ya no pueden ser explicadas desde teorías estructuralistas, desde el análisis de las condiciones de explotación, de alienación y de control sobre el proceso productivo, que determinan la conformación de uno o más sujetos laborales. Se necesita incluir en esa explicación la mediación cultural y la subjetiva. “No estamos frente a la sociedad del no Trabajo”, sino a una “polarización de las ocupaciones modernas bien remuneradas, con altas y nuevas calificaciones y las precarias, inseguras, y mayoritarias en el mundo” (p. 23). Si las identidades y las acciones colectivas no necesariamente pueden tener una relación intensa o débil con la vida del trabajo (1999), entonces se reconocen traslapes de los mundos del consumo, del esparcimiento, de la familia con las actividades productivas (1997). El autor propone que al concepto de ‘trabajo ampliado’ le sigue el de ‘sujeto laboral ampliado’ (Tabla 9).
Tabla 9. Definición de conceptos en los nuevos enfoques del estudio del trabajo
Trabajo ampliado
[...] implica un objeto de trabajo que puede ser material o inmaterial, en particular la revalorización de objetos simbólicos de trabajo: una actividad laboral que no sólo implica lo físico y lo intelectual sino más analíticamente las caras objetiva y subjetiva de dicha actividad, esta es finalista, supone que el producto existe, como decía Marx, dos veces, una en la subjetividad y otra objetivada, aunque las objetivaciones pueden serlo también de los significados y en significados. La conexión entre medios y fines en el Trabajo pone en juego a todos los campos de las subjetividad y no sólo los de carácter cognitivo o bien científicos, en particular porque trabajar en relación con objetos que pueden provenir de la naturaleza, pero específicamente interacción social de manera inmediata o mediata, con sus componentes físicos y subjetivos. Pero la especificidad de cada trabajo no proviene de las características del objeto, ni de las actividades mismas, ni del tipo de producto sino de la articulación de este proceso de producir con determinadas relaciones sociales ampliadas, con relaciones de poder, de interés, de influencia, culturales. Finalmente, los límites entre trabajo y no trabajo no son naturales o universales, sino dependen de las propias concepciones sociales dominantes en este respecto.
Sujeto laboral ampliado
Las identidades y acciones colectivas pueden tener una relación intensa o débil con la vida del trabajo, además los mundos del consumo, del esparcimiento, en la familia pueden reconocer traslapes con las actividades productivas. Es decir, a un concepto de trabajo ampliado debe seguir otro de sujetos laborales ampliados. Los sujetos laborales ampliados no son aquellos cuya acción colectiva depende fundamentalmente de la experiencia, organización, demandas laborales, específicamente en torno de la relación capital-trabajo, esta es la concepción estrecha de trabajo y de sujeto laboral. La ampliada implica que puede haber eficiencia identitaria también en los trabajos no capitalistas, con sus demandas y formas de lucha y organización, pero también que los sujetos se pueden constituir en territorios y tiempos no laborales, aunque teniendo un pie, o una uña de vinculación con lo laboral ampliado
Fuente: elaborado a partir de De la Garza (2004, 2006a, 2006b) y Aguiar (2008a, 2008b).
Vivir del trabajo supone que se participa en un mundo de vida importante por el ingreso que se percibe por la actividad realizada, aunque detrás hayan sentimientos encontrados respecto a ese espacio de trabajo, por ello su relación con el individualismo, la solidaridad, lo comunitario, la acción colectiva, no puede ser estudiada desde generalidades en abstracto, sino desde situaciones concretas. Igualmente para el autor no es suficiente acudir a las presiones y las experiencias de un solo mundo de vida para explicar la emergencia en la acción colectiva, que confirma “sujetos sociales diversos” (De-la-Garza, 2004, p. 25).
3.3.
Reestructuración productiva en América Latina
De acuerdo con De la Garza (1999) en América Latina las teorías de la reestructuración productiva se han usado para explicar la crisis y anticipar el futuro de la producción y de las relaciones laborales. Se han aplicado de forma hipotético deductiva, sin verificaciones rigurosas en términos estadísticos. El problema metodológico, es que la vía hipotética deductiva no permite explorar estrictamente alternativas explicativas que a lo sumo permitan verificar o falsear la hipótesis, o proporcionar una guía para la construcción de nuevos conceptos. Otro problema es que al ser estructuralistas tienden a darle poca importancia a la acción de los sujetos en el desenlace de los acontecimientos. Por eso, subjetividad, acción colectiva y posibilidades de desarrollos alternativos, por fuera del evolucionismo y del funcionalismo, no aparecen claramente en el horizonte de las teorías de la reestructuración. “La hipótesis más común en estas teorías es una propuesta estructuralista” que lleva a considerar que “las nuevas condiciones del mercado y la globalización (condiciones estructurales) imponen ciertas vías de desarrollo en los métodos, tecnologías, organizaciones, relaciones laborales y calificaciones” (De-la-Garza, 1999, p. 41). De ahí que para el autor el problema sea “cómo introducir en las teorías de la reestructuración a los sujetos con sus subjetividades y acciones como factores también determinantes de los cambios productivos” (p. 42). Una alternativa es la contingencia acerca del futuro, o concebir el futuro como un espacio de posibilidades para la acción viable de los sujetos. El problema se complejiza al introducir la influencia de diferentes contextos, de diversos sistemas de relaciones industriales, frente a la pertinencia de las teorías de la reestructuración productiva. Es importante reconocer que los factores locales pueden alterar las predicciones generales acerca del futuro de los modelos de producción. En otras palabras, la aplicación hipotético deductiva de las teorías de la reestructuración productiva ha llevado a la teorización en América Latina a un “callejón sin salida”, por la presencia permanente de anomalías que se traducen en términos de “pre, proto o pseudo-postfordismo” (p. 42).
De la Garza (1999) determina que desde los años ochenta, los resultados empíricos de la investigación en América Latina acerca de la reestructuración productiva apuntan en varias direcciones: reestructuración centrada principalmente en la gran empresa (De la Garza, 1995), cambio tecnológico (Mertens, 1996), cambios organizacionales en las grandes empresas (Leite, 1992; Taddei, 1992; Humphrey, 1992), cambios tecnológicos duros y organizacionales (Dombois, 1993; Abramo, 1991; Lucena, 1993; Stolovich, 1992), la flexibilidad del trabajo (Iranzo, 1992; Wannoffel, 1995) o combinaciones diversas sin relaciones causales entre cambio tecnológico, organizacional, en relaciones laborales y en perfil de la fuerza de trabajo (Pérez Sainz, 1994; Wannoffel, 1995). El resultado de estos cambios es la polarización del aparato industrial, entre una minoría de empresas exportadoras, reestructuradas o en re- estructuración y una mayoría no suficientemente articulada con las primeras, enfocadas hacia mercados internos frecuentemente deprimidos y cada vez más competidos frente a las
115 aperturas. En estas configuraciones empíricas de reestructuración, De la Garza (1999) identifica dos tendencias principales, una configuración conservadora y una flexible (Tabla 10).
Tabla 10. Tendencias en las configuraciones empíricas de reestructuración en América Latina
Tendencias Características
Configuración conservadora
Caracterizada por la innovación tecnológica consistente con la renovación de equipo antiguo por uno más nuevo, no necesariamente de última generación; aplicación más sistemática del taylorismo-fordismo; baja flexibilidad externa y moderada interna y un perfil de fuerza de trabajo tradicional. Este perfil no necesariamente debe ser reemplazado por uno más moderno, pues las relaciones de fuerza entre los actores de las relaciones industriales, las políticas estatales, etc., pueden permitir su éxito relativo durante periodos de mediana duración. Es el ejemplo de la maquila tradicional cuyo éxito exportador, se basa en la intensificación taylorista del trabajo.
Configuración flexibilizante
No se enfoca en la innovación tecnológica dura sino en la flexibilidad organizacional, con aplicaciones parciales de la calidad total y el justo a tiempo, con flexibilidad interna y externa en énfasis diversos dependiendo del país, con cierta recapacitación de la fuerza de trabajo, pero con un perfil combinado entre lo que se denomina tradicional y una nueva mano de obra de mayor proporción femenina, descalificada, de alta rotación externa, joven, sin experiencia laboral o sindical amplia. Es el caso de la exitosa maquila pero en su versión moderna, que es también de bajo salario y que descansa en una intensificación semitoyotista del trabajo.
Fuente: elaborado a partir de De la Garza (1999, pp. 46-47).
Para Escobar (1993), la polarización entre las empresas de América Latina, de la que habla De la Garza (1999), no significa necesariamente la polarización en el mercado de trabajo, ya que se puede observar entre los segmentos de empresas que no cambian y aquellos que se han