De manera semejante a como los vestigios de Dios aparecen en el universo, su imagen brilla en la mens (alma) humana. Mucho antes de Buenaventura este tema fue explorado por San Agustín el cual, a su vez, se inspiró en la teoría paulina del conocimiento especulativo de Dios opuesto a su conocimiento directo: “ahora vemos en un espejo, en enigma. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de un modo parcial, pero entonces conoceré como soy conocido” (I Corintios 13, 12). Según Agustín la imagen de Dios reflejada en el espejo somos nosotros mismos y es por medio de ella como nosotros debemos descifrar a Dios.
Con todo, aquel varón tan eminente y tan espiritual (Pablo) dice: vemos ahora como en
un espejo y en enigmas, entonces veremos cara a cara. Si anhelamos saber qué es este
espejo y cómo es, lo primero que se nos ocurre pensar es en la imagen en él reflejada. Este fue el hito de nuestros afanes: hacer ver como en un espejo a nuestro Hacedor sirviéndome de esta imagen que somos nosotros181.
178Itin. III, 1.
179COROMINAS, Joan, “Imagen” en Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, vol. III, Gredos,
Madrid, 2001, p. 442.
180 GONZALEZ DE CARDEDAL, Olegario, Misterio trinitario y existencia humana, Ediciones Rialp,
Madrid, 1965, p. 583.
La imagen especular debe ser a la vez semejante al objeto del cual ella es imagen y, sin embargo, diferente de él; porque ella tiene por función representarlo182. El alma humana, como imagen de Dios, reúne estas dos características: por una parte, entre todas las creaturas, es la más cercana a Dios y está capacitada para acercarse todavía más; pero, por otra parte, como creatura que es, la separa de Dios un gran abismo que la hace ser diferente de Él:
Et nos quidem in nobis, tametsi non aequalem, imo valde longeque distantem, neque coaeternam, et quo brevius totum dicitur, non eiusdem substantiae, cuius est Deus, tamen qua Deo nihil sit in rebus ab eo factis natura propinquis, imaginem Dei, hoc est summae illius Trinitatis, agnoscimus, adhuc reformatione perficiendam, ut sit etiam similitudine proxima183.
Además de lo señalado, la imagen no puede ser entendida como la meta de la existencia humana, sino como la adecuada y necesaria preparación para la forma nueva de ser que se da en la semejanza. Ello conlleva la relación entre imagen y semejanza y, por consiguiente, la unidad comprensiva de lo expuesto en los capítulos III y IV del
Itinerarium. Aquello que busca Buenaventura al proponer entrar en nosotros mismos per mentem es el redescubrimiento de la imagen, condición necesaria de la posterior semejanza. La imagen, que no se pierde por la caída, sí se desvanece y desdibuja y es preciso, dentro de la labor de ascenso del alma a Dios, emprender la tarea de redescubrirla. Una vez más el Santo Doctor recurre a San Agustín para dejarse inspirar por un texto que es uno de los lugares clásicos de la antropología medieval:
Mas antes se ha de estudiar el alma humana en sí misma, cuando aún no es particionera de Dios (antequam sit particeps Dei), y en ella encontramos su imagen. Dijimos ya que, aun rota nuestra comunicación con Dios, degradada y deforme, el alma sigue siendo imagen de Dios. Es su imagen en cuanto es capaz de su participación (quo eius capax est); y este bien tan excelso no pudiera conseguirlo si no fuera imagen de Dios184.
182 Buenaventura define siempre la imagen como similitudo expresa in quadam configuratione (II Sent. d. 16,
a. 2, q. 3.) Esta expresividad imitativa admite diversos grados: puede ser imitación personal omnímoda, como es el caso de la filiación, que representa al prototipo ejemplar en toda perfección, y respecto de Dios solo es tal Imagen el Verbo-Hijo. Puede ser también una imitación parcial, expresión no de todas sino de solo una perfección del modelo, que bien le fue comunicada en la creación misma o posteriormente dada. La noción propia de la imagen se realiza sobre todo cuando esa expresividad, imitación, configuración, son naturales, es decir, se da comunidad de naturaleza contemporánea del existir mismo. Un ser es imagen natural de otro cuando posee desde el momento mismo de comenzar a existir aquello que lo asemeja o configura al ejemplar. Ser imagen de Dios le es al hombre natural y consustancial, pero imagen connatural de Dios solo lo es el Hijo Unigénito, pues solo ellos conviven en la misma naturaleza.
183 Traducción: indudablemente en nosotros hallamos una imagen de Dios, de la Trinidad, que, aunque no es
igual, sino muy distante de ella, y no coeterna a ella, y, para decirlo en pocas palabras, no de la misma substancia que El; es, con todo, la más cercana a Dios, por naturaleza, de todas las criaturas. Es además perfeccionable por reformación para ser próxima también por naturaleza (De civ. Dei, XI, 26).
El concepto de capacitas sugiere una carencia de plenitud que va seguida de todo un conjunto de transformaciones. La imagen del alma respecto a Dios consiste en una
capacidad de conocimiento y fruición de Dios siempre abierta a nuevas formas que completan su ser, de manera que la unidad de esencia y trinidad de potencias que entrando
en el alma se descubren son predisposición para la imagen de la semejanza alcanzada por los dones gratuitos. Los elementos de apertura y predisposición pertenecen a la definición misma de la imagen.
En la reflexión occidental, de la cual Buenaventura es un egregio representante, la afirmación hombre imagen de Dios es equivalente a mens imago Dei. Esta equivalencia se hace posible gracias al movimiento de entrar en nosotros mismos al que invita el pensador franciscano: intra igitur ad te et vide, quoniam mens tua amat ferventissime semetipsam; nec se posset amare, nisi nosset; nec se nosset, nisi sui meminisset185. Con toda certeza este ejercicio de introspección, que conduce el alma a ver en sí una imagen de Dios, se inspira en Agustín, el cual afirma: “¡Mira! El alma se recuerda, se comprende y se ama; si esto comprendemos, vemos ya una trinidad: aun no vemos a Dios, pero vemos ya una imagen de Dios”186. Tanto Agustín como Buenaventura consideran que el alma, al entrar en sí misma,
descubre tres tipos de operaciones, relacionadas y dependientes, que le son propias, aunque claramente el alma no se reduce a ellas187.
Entra, pues, en ti mismo y observa que tu alma se ama ardentísimamente a sí misma; que no se amara, si no se conociese; que no se conociera, si de sí misma no se recordase, pues nada entendemos por la inteligencia que no esté presente en nuestra memoria y con esto adviertes ya, no con el ojo de la carne, sino con el ojo de la razón, que tu alma tiene tres potencias188.
El alma que se ve a sí misma constata que es unidad de esencia y triplicidad de potencias; vida única bajo tres expresiones formalmente distintas: la mente constituida por la memoria, la inteligencia y la voluntad. Y es en esta unidad esencial y trinidad potencial donde reside la imagen de Dios en el hombre; pues si la definición última de Dios es decir de Él que es unidad de esencia y Trinidad de personas, decir del hombre que es imagen de Dios se debe a que su estructura ontológica, entiéndase su unidad esencial y trinidad
185Traducción: entra, pues, en ti mismo y observa que tu alma se ama ardentísimamente a sí misma; que no se
amara, si no se conociese; que no se conociera, si de sí misma no se recordase (Itin. III, 1).
186De Trin. XIV, 8, 11.
187 Las potencias son emanaciones naturales de la sustancia del alma en tres direcciones: recordar, entender,
amar. Por ser el alma una sustancia espiritual, al hacerse presente a sí misma, le es consustancial la potencia del recuerdo, de la inteligencia y del amor. Las potencias no difieren esencialmente del alma, sino que por reducción son y están en ella. Pero no se identifican del todo con ella –son por así decir efusiones suyas– sin que esta diversidad las constituya en otro género.
potencial, no es otra cosa que semejanza con el ser uno y trino de Dios. Así pues, el punto fundamental de coincidencia por el que el hombre es imagen de Dios es la semejante
estructura de ambos: no identidad sino semejanza, paralelismo, proporcionalidad, relación. Solo por esto, o mejor, primariamente por esto, por la proporcionalidad esencia-personas, alma-potencias, es el hombre verdadera imagen de Dios.
Al contemplar la existencia en su mens de tres potencias distintas, allí misteriosamente enraizadas, y, sin embargo, no menos innegables, comprende el hombre cómo es posible la subsistencia de las tres personas en la única esencia divina. Es algo que cada vez resulta más impresionante en el pensamiento agustiniano-bonaventuriano: la inevitable implicación de los dos misterios, de cómo esclarecer el uno es esclarecer el otro, y cómo ambos se condicionan: Dios y el hombre189.