• No results found

En la medida que la interacción y colaboración de un Ecosistema Industrial se hace extensible a empresas no industriales (básicamente las agroganaderas o agroindustriales), y en la medida en que están presentes en esta red de intercambio las instituciones públicas y centros de investigación, el término “industrial” se queda limitado. De hecho la tipología reconocida de “ecosistemas industriales” incluye “ecociudades y ecoregiones”, “ecosistemas urbano- industriales”, “ecosistemas agroindustriales”, etc…, y ello superando figuras parecidas pero de menor integralidad, como los “ecoparques”. Es más, en la bibliografía sobre los ecosistemas industriales es un ecosistema urbano-industrial el que más suele citarse, el de la ciudad danesa de Kalundborg (ver BERMEJO, 2005: 245-258).

En este sentido, el atributo terminológico de “industrial” se queda escaso porque estamos hablando de todo un conjunto de subsistemas productivos enmarcados en un sistema territorial,

que a su vez lo está en un sistema biofísico-ecológico. Por tanto podemos hablar de un “Ecosistema Productivo”, que incluye no solo los diferentes subsistemas productivos, sino que está inmerso en el sistema socioeconómico y cultural del territorio en el que está enclavado. Porque precisamente el carácter (eco)sistémico de estos ecosistemas productivos radica en que no tienen sentido sin la particular configuración o “encarnación” que obtienen en territorios concretos (locales, comarcales o regionales), pero tampoco sin su vertebración en el sistema económico y ecológico global con los que se interrelacionan y que los “soportan” socioeconómica y biofísicamente (recursos abióticos y bióticos). Por eso es muy pertinente el concepto propuesto por Fischer-Kowalski (1998a) al hablar de “metabolismo social” (desarrollando así el concepto de “metabolismo industrial” que ya Ayres planteó en 1989130), refiriéndose a las sociedades humanas a modo de “organismos vivos” que interactúan en y con la naturaleza a través del uso/flujo de materiales y energía: “Los insumos de materiales y energía per cápita y año de una

sociedad están en gran medida determinados por el modo de producción y el estilo de vida asociado con éste, que nosotros denominamos <<perfil metabólico característico>> de una sociedad. Los insumos totales de energía y masa de un sistema social son su perfil metabólico característico multiplicado por el tamaño de su población” (FISCHER-KOWALSKI y HABERL,

1998b:2).

Fischer-Kowalski, profesora de Ecología Social, plantea que esta categoría del metabolismo social (/socioeconómico en otras ocasiones) nos remite a un plano ecológico de las sociedades humanas para observar sus prácticas y “huellas” en el entorno, pero ello no visto desde un análisis científico abstracto de los flujos de materia y energía, sino analizando esos flujos en su dimensión dinámica histórica; enfocando la evolución cultural de las interacciones sociedad- naturaleza, y las interrelaciones de estilos de vida, políticas, y medio ambiente: “…independientemente del crecimiento demográfico, la escala del metabolismo per cápita de las

sociedades industriales debe ser abordado con estrategias de <<desarrollo sostenible>>, y sólo podemos desarrollar estas estrategias si comprendemos adecuadamente las variables económicas, tecnológicas, y culturales de las sociedades industriales, que influyen en este metabolismo y definen sus interacciones”. (FISCHER-KOWALSKI y HABERL, 1998b:). Lo que

viene a significar que, en palabras de Joan MARTINEZ ALIER (1998: 55); “…la relación entre las

sociedades humanas y la naturaleza no puede ser comprendida sin entender la historia de los seres humanos y sus conflictos, y lejos de naturalizar la historia la introducción de la ecología en la explicación de la historia humana <<historiza>> la ecología.”

Desde esa perspectiva histórica se puede ver como las sociedades humanas han sido habitualmente “metabolismos básicos” que han mantenido prácticas vitales equilibradas con su entorno ecológico, de forma que consumían aquellos elementos bióticos del territorio al que podían acceder, recursos que eran más o menos escasos en función de su consumo y de la capacidad de la biosfera para reciclar o regenerar de forma natural los desechos generados por dicho consumo humano (recursos renovables). Pero esta lógica se rompió con las prácticas introducidas por la sociedad industrial avanzada de tecnología compleja, que se convirtió en un “metabolismo ampliado”, aumentando exponencialmente la “colonización” de la naturaleza131 y el consumo de más recursos de los que la naturaleza es capaz de regenerar (a pesar de que los desarrollos técnicos y tecnológicos permiten propiciar mayor generación de recursos bióticos - mejores medios para la agricultura o el cultivo de los peces, por ejemplo-), y comenzándose a explotar masivamente recursos abióticos como los minerales (no renovables). Además, este “metabolismo ampliado” trae consigo la generación de residuos y contaminación en unas cantidades tales que es imposible que sean re-absorbidas por la naturaleza (ni siquiera con ayuda de los avances tecnológicos en tratamiento de residuos y reciclaje), lo que ha supuesto la ruptura del equilibrio ecológico y modificaciones en la biosfera que en algunos casos son irreversibles. Ese desequilibrio y deterioro ecológico se acelera tal como muestran innumerables estudios, y en nuestro metabolismo de sociedades industriales ya no se puede hablar de un simple intercambio de energía y materia con la naturaleza, dado que el nivel de entropía generado es tal que no es posible predecir todas las consecuencias negativas de esas “interferencias antropogénicas” que provoca nuestro “metabolismo social” actual y su “huella ecológica”132.

Por lo anterior, no podemos sino asumir lo que Riechmann plantea como la alternativa de la biomímesis, al respecto de la obligada corrección de los excesos de nuestro metabolismo socioeconómico para que se ajuste al funcionamiento del ecosistema natural, del que por otra parte evidente y paradójicamente formamos parte:

131 El concepto de “colonización de la naturaleza” que propone Fischer-Kowalski plantea que “Para mantener su metabolismo, las

sociedades transforman los sistemas naturales de una manera que tiende a optimizar su utilidad social. Los ecosistemas naturales son sustituidos por ecosistemas agrícolas (pastizales, terrenos de cultivo) destinados a producir la mayor cantidad posible de biomasa utilizable, o son destinados a suelos para la construcción. Se domestica a los animales, se manipulan los códigos genéticos de las especies para aumentar su resistencia contra las plagas o los pesticidas, o para fabricar productos farmacéuticos”. (FISCHER-KOWALSKI y HABERL, 1998b:4).

132 Sobre la “huella ecológica” del metabolismo socioeconómico de España puede consultarse el excelente y pionero trabajo de Oscar Carpintero (2005). Y al hablar de interferencias causadas por la sociedad humana hay que mencionar algunas muy significativas como las de la ingeniería genética, puesto que el grado de “colonización” que nuestro metabolismo social humano intenta con la naturaleza es tal que incluso está llegando a terrenos que nos son totalmente desconocidos, y desde un mero principio de prevención de riesgos (no digamos con un principio de precaución) estas prácticas deberían ser no solo más controladas sino probablemente erradicadas.

“El metabolismo urbano, industrial, agrario, debe parecerse cada vez más al

funcionamiento de los ecosistemas naturales. Se aspira a una suerte de <<simbiosis entre naturaleza y cultura, entre ecosistemas y sistemas humanos>>. No es que exista ninguna agricultura, industria o economía <<natural>> (todas ellas son creaciones humanas <<artificiales>>), sino que al tener que reintegrar la tecnosfera en la biosfera, estudiar como funciona la segunda nos orientará sobre el tipo de cambios que necesita la primera. La biomímesis es una estrategia de <<reinserción de los sistemas humanos dentro de los sistemas naturales…una búsqueda de coherencia entre sistemas humanos y ecosistemas>>… se trata de una economía cíclica, totalmente renovable y autoreproductiva, sin residuos, y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos; la energía solar en sus diversas manifestaciones (que incluye el viento y las olas). En esta economía cíclica natural cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro; los ciclos se cierran” (RIECHMANN, 2006:194-196).

Y en esa línea continúa el autor para recordarnos las diez propiedades que Janine M. Benyus propuso sobre la biomímesis, es decir sobre las propiedades de los sistemas naturales que los sistemas humanos deberían asumir: “Funcionan a partir de la luz solar, usan sólo la energía

imprescindible, adecúan forma y función, lo reciclan todo, recompensan la cooperación, acumulan diversidad, contrarrestan los excesos desde el interior, utilizan la fuerza de los límites, aprenden de su contexto, y cuidan de las generaciones futuras” (RIECHMANN, 2006: 195)133.

En términos de metabolismo socioeconómico también se referencia Bermejo (2005: 49) cuando nos recuerda que hay seis tipos de interacciones entre las especies de la naturaleza, pero que, siguiendo esa asimilación con el sistema humano, el sistema económico actual sólo potencia una, la del “homo economicus” que quiere maximizar beneficios en base a la competencia. Estas seis formas de interacción serían: competencia, depredación, parasitismo, comensalismo, cooperación y mutualismo. Por lo tanto, nos dice este autor, tenemos tres formas de interacción que resultan positivas frente a tres negativas (en términos de que todas las partes salen ganando). Aunque hasta ahora visiones darwinistas han generado una simplificación pesimista de la Naturaleza, son ya mayoritarios los ecólogos que consideran que sin embargo en la naturaleza predominan las interacciones de tipo positivo entre especies: “…las comunidades

bióticas manifiestan un funcionamiento ecosistémico cuyas características son: diversidad,

133 En otra de sus publicaciones RIECHMANN (2009) incide en la propuesta de Biomímesis también desde la producción agrícola, citando el ejemplo del “Land Institute de Kansas” y su “Agricultura de Sistemas Naturales”: “El desafío al que se

enfrentan los investigadores es obtener <<policultivos estables>>…de alto rendimiento, sin erosión más allá del nivel de formación de nuevo suelo, que fijen su propio nitrógeno del aire, que puedan ser cosechados mecánicamente, y sin plagas ni

evolución, autoorganización, jerarquía, autosuficiencia, descentralización, y competencia/cooperación. Estos comportamientos se deben convertir también en principios guías (principios bióticos) con modificaciones que se derivan de las características propias de los sistemas sociales, por ejemplo su capacidad de planificar transformaciones… Al igual que los sistemas naturales, los sociales deben crear mecanismos de integración, adaptación y auto- reproducción…” (BERMEJO, 2005:62).

En suma, un sistema productivo está inserto dentro del marco de un sistema social, suponiendo ese conglomerado un “ecosistema socioeconómico” dentro del cual inter-actúa el metabolismo socioeconómico de las sociedades humanas, para cada territorio concreto y a nivel global (entendido de una forma sistémica interrelacionada y recursiva). Por eso esta categoría de “metabolismo socioeconómico”, y la de “ecosistema socioeconómico” que lleva implícita, nos ayuda a un desarrollo teórico que va más allá de la propuesta de “sistema-territorio” que se propone desde la Teoría del Desarrollo Endógeno, resaltando y aportando a la definición del modelo de desarrollo tanto la visión sistémica global como dos subsistemas fundamentales a considerar: el soporte ecológico biofísico del Territorio (el concreto de una región y el del sistema territorial planetario), y el modelo de organización social y de consumo que atiende las necesidades de la población (la matriz de la que surgen las prácticas productivas y reproductivas insostenibles y que condiciona las relaciones laborales y sociales, que en el actual modelo de desarrollo capitalista son desequilibradas, faltas de igualdad e injustas).