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Chapter 5: Design and Interfacial Activity of Random-blocky Copolymers with

5.3 Experimental Section

5.3.1 Materials and Sample Preparation

Se denomina estrés académico al proceso derivado de la interacción entre un entorno educativo formal y los individuos que en el mismo desarrollan su actividad, principalmente docentes y discentes, que es valorado como amenazante o desafiante y que, según sean las percepciones subjetivas, los recursos de que dispongan y de cómo afronten los estresores, puede provocar que la persona vea alterado su estado de bienestar y de salud general.

Autores como Caldera, Pulido y Martínez (2007) hacen referencia al estrés académico, considerándolo como aquél originado por las demandas procedentes del contexto educativo, pudiendo tanto afectar a profesores como alumnos. Algunos autores (León y Muñoz, 1992; Muñoz, 1993, 2004) han preferido al utilizar este concepto decantarse por el efecto sobre el alumnado, definiéndolo como el impacto que tiene el propio entorno educativo sobre el estudiante.

Lo cierto es que, tras un análisis de la bibliografía específica, parece consolidarse la tendencia a utilizar el término docente asociado al estrés para referirse a la experiencia de los profesores y maestros durante el desarrollo de su actividad laboral (Esteve, 1987; Calvete y Villa, 1999; Doménech, 2005; Murillo y Becerra, 2009), y el término académico asociado a la experiencia de estrés de los alumnos durante los distintos tramos formativos (Muñoz, 2000, 2004; Pellicer, Salvador y Benet, 2002; Misra y Castillo, 2004; Barraza, 2004, 2005; Barraza y Acosta, 2007; Martín Monzón, 2007; Berrio y Mazo, 2011).

Así, por ejemplo, Martínez y Díaz (2007), al estudiar el estrés académico bajo el prisma de la última acepción señalada, se centran en los factores físicos y psicosociales (emocionales

o ambientales) responsables del malestar del estudiante, o Barraza (2006) que lo define como un proceso sistémico, principalmente adaptativo y psicológico, originado por unas demandas escolares que son percibidas por el estudiante como estresoras (input) y que son capaces de provocar la aparición de un conjunto de síntomas que informan de un desequilibro sistémico que obliga al alumno a activar respuestas de afrontamiento (output) para recuperar su equilibrio.

Otros autores, como Muñoz (2004), se han acercado al problema desde la perspectiva de grupo y de organización; es decir, al estudiar el estrés de los estudiantes es esencial centrar la investigación: primero, en el aspecto grupal que configura un aula de clase y la importancia de componentes tales como liderazgo o clima social; y segundo, en el aspecto organizacional, ya que como organizaciones sociales debemos interpretar los centros educativos, al estrés asociado al desempeño del rol del estudiante y a sus consecuencias en el estado de salud y bienestar del alumno.

Por último, también comienzan a desarrollarse investigaciones para intentar delimitar la presencia del denominado burnout académico o “síndrome de estar quemado” (González Cabanach, Souto, Fernández-Cervantes y Freire, 2011; Rosales Ricardo, 2012; Martínez y Pinto, 2005; Salanova, Martínez, Bresó, Llorens y Grau, 2005). Dada la incidencia detectada en distintos investigaciones sobre este fenómeno y su relación con la influencia de factores emocionales, las investigaciones de González Cabanach et al., (2011) sugieren que los estudiantes con una baja regulación de sus emociones (control emocional, uso de estrategias de regulación emocional, autoconocimiento emocional y claridad emocional) presentan manifestaciones más claras en las tres dimensiones de burnout (agotamiento emocional, despersonalización y dificultades en la realización personal). Sin embargo, “cuanto mayor es la regulación emocional, menores síntomas de agotamiento y despersonalización, y mayores niveles de realización personal manifiestan los estudiantes” (p. 7).

En otro orden de cosas, y con respecto al sistema educativo en sí, uno de los aspectos interesantes del estrés académico es que en casi todos los tramos formativos (si exceptuamos, en todo caso, el universitario) los alumnos son obligados a asistir a clase y, llegados a determinada edad, no son libres de abstenerse y de dedicar su energía a otras actividades que les interesan más. Como señala Álvarez Núñez (2003), esta obligatoriedad es génesis de algunas disfunciones en las organizaciones educativas, junto con otros aspectos como la uniformidad y la poca atención a la diversidad; la minusvaloración progresiva de la educación formal como fuente de cultura y de éxito profesional; la desatención a los intereses y necesidades del alumnado, y el rol de los propios estudiantes que condiciona sobremanera sus posibilidades de participación y de asunción de responsabilidades, frente al rol de pleno derecho del que sí disponen los docentes, que “son quienes deciden qué cosas tienen que hacer, cómo deben realizarlas, en qué momento y por cuánto tiempo, así como son los encargados de evaluar sus resultados. Todos estos factores pueden convertirse en elementos desmotivadores para los estudiantes” (p. 277).

El último informe de EUROSTAT de la oficina estadística de la Unión Europea (2015, 20 de abril) informa que el abandono prematuro de los estudios entre jóvenes de 18 y 24 años, habiendo completado como mucho el primer ciclo de secundaria, asciende en España al 21,9%, situándose la media europea en torno al 11,1%. Con todo, España ha logrado reducir significativamente la tasa de abandono un 8,4% desde el 2006, cuando registraba un 30,3% de alumnos que decidían no continuar con sus estudios30. En este mismo informe se refleja que la población entre 30 y 34 años que ha terminado sus estudios superiores y completado con éxito el ciclo universitario es en nuestro país de un 42, 3%, siendo más altos los porcentajes en mujeres, un 47, 8%, que en hombres, un 36,8 %. No llegamos a los datos que arrojan países

30Un descenso que creemos podría deberse a la crisis económica sobrevenida desde entonces y, consecuentemente, al paro extendido por

como Lituania (53, 3%) o Irlanda (52, 2%), pero superamos ampliamente en este concepto a países como Italia (23, 9%) o la República Checa (28, 2%).

El hecho de que casi el 22% de jóvenes abandonen todo ciclo formativo no deja de ser preocupante. Lo que no podemos negar es que las exigencias académicas a las que se les somete acaban provocando poco interés por el conocimiento en sí, carencia de control sobre los sucesos educativos y, en muchas ocasiones, agotamiento. El contexto educacional, tal como está conformado en la sociedad occidental, establece un sistema de competitividad entre los miembros del grupo que va desde las notas obtenidas o la demostración de la valía personal frente a los otros hasta la aceptación o rechazo por parte del grupo, la relación con los profesores o el miedo al fracaso, lo que lo convierte en sí mismo en un estresor de gran calado para el alumnado (Martínez y Díaz, 2007).

Sin lugar a dudas factores como los señalados, donde intervienen tanto variables curriculares como no curriculares presentes durante la etapa académica, son por sí mismos generadores de estrés psicológico o emocional y, por lo tanto, directamente responsables de la disminución del rendimiento del estudiante y del declive de su sensación de bienestar personal. Lumley y Provenzano (2003) informan que en la población universitaria se han detectado notables índices de estrés, que afectan a toda su conducta adaptativa al propio sistema educativo, al disminuir los tiempos de estudio, aumentar el absentismo a las clases, y reducir funciones cognitivas básicas y esenciales para el desempeño de su actividad como la atención y la concentración. Desde los primeros estudios se ha confirmado que la incidencia del estrés es considerable entre los alumnos universitarios, sobre todo en los primeros cursos y en las fases previas de preparación de los exámenes. Así que no es de extrañar que un porcentaje elevado de universitarios experimente estrés:

… pues tienen la responsabilidad de cumplir las obligaciones académicas; experimentan en ocasiones sobrecarga de tareas y trabajos, y además la evaluación de los profesores, de sus

padres, y de ellos mismos sobre su desempeño, les genera mucha ansiedad. Esta gran activación puede redundar de modo negativo tanto en el rendimiento en los diferentes compromisos académicos, como en la salud física y mental de los estudiantes. (Berrío y Mazo, 2011, p. 69)

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