Chapter 2: Polymer Adsorption
2.4 Polymer monomer sequence distribution
Esta orientación se centra en estudiar el estrés como un agente externo (condiciones ambientales ajenas al sujeto, como una sequía o una inundación) o interno (condiciones originadas en el propio individuo, como la enfermedad o el hambre). De hecho, se ha dicho que definirlo como tal es de sentido común y también, como tal, ha sido la conceptualización más frecuentemente utilizada por los especialistas en conducta animal y humana.
Es hasta cierto punto lógico que las primeras investigaciones sobre el estrés lo consideraran como aquella estimulación capaz de provocar reacciones adaptativas en un organismo, sobre todo entre los psicólogos provenientes de la experimentación bajo el paradigma conductual, basado en diversas asociaciones estímulo-respuesta13.
En este caso hablamos de estímulos generadores de estrés, acontecimientos de mayor o menor magnitud que pueden afectar a un sólo sujeto, a un grupo o a un número mucho más amplio de individuos. Pero, lo que estos estímulos comparten, es la capacidad de provocar un cambio adaptativo en la vida cotidiana del que lo sufre y, como afirman Holmes y Rahe (1967), las circunstancias desencadenantes14 de este cambio están determinadas por su carácter excepcional, infrecuente, insólito. Los estímulos provocadores de estrés pueden ir desde un terremoto o una grave pérdida económica hasta un examen o un divorcio.
Se ha señalado que precisamente es el concepto de cambio el que delimita la importancia de las experiencias vitales y de su trascendencia; es decir, se relacionaría la capacidad potencialmente estresante de un suceso vital con el relieve de la transformación generada.
Curiosamente, se trata tanto de sucesos extraordinarios (catástrofes naturales) como de situaciones de la vida más o menos frecuentes (separación matrimonial, ascenso profesional), pero que, por las reacciones psicofisiológicas que provocan, son considerados, desde la orientación del estrés como estímulo, como eventos vitales estresantes (Sandín, 1999).
Por lo tanto, desde esta perspectiva, son determinadas circunstancias ambientales las que alteran la tranquilidad del sujeto, que las vive como una amenaza y se ve abocado a reajustar su conducta para afrontar el desafío situacional en un intento de recuperar su estado de bienestar.
13 Lazarus y Folkman (1986) señalan la influencia de la psicología del paradigma S-R en la apreciación del estrés como estímulo al “retratar
a los hombres y los animales como reactivos a la estimulación” (p. 36).
Sapolsky (1995) ha delimitado qué tipo de hechos o sucesos nos producen estrés, no sólo a nuestra especie sino, también, a otras:
1. Como primer tipo identifica los denominados agentes estresantes físicos agudos que son aquellos hechos (un ataque, una agresión) que exigen la puesta en marcha inmediata de respuestas corporales para hacer frente a graves y repentinas amenazas para la supervivencia del individuo.
2. En el segundo tipo agrupa los agentes estresantes físicos crónicos, como hechos desagradables que se mantiene durante periodos más largos de tiempo (sequía, carencia de alimentos) y ante los que las respuestas corporales de afrontamiento del organismo presentan un óptimo nivel de adaptación.
3. Por último, los agentes estresantes psicológicos y sociales que afectan específicamente a los seres humanos (pérdida amorosa, conflictos laborales) por nuestra especial capacidad para experimentar “emociones muy intensas (…) relacionadas con simples pensamientos” (p. 23). El autor señala que la activación del estrés, por tanto, no precisa de desastres o lesiones físicas o psicológicas reales, ya que puede ponerse en marcha simplemente ante su mera posibilidad o expectativa15.
Como dice Francisco Martínez, profesor de psicología de la Universidad de Murcia, la capacidad humana para representar mentalmente la realidad nos lleva a experimentar emociones sin precisar siquiera que el estímulo sea real, de tal manera que “la imaginación o una falsa percepción es capaz de producir una reacción emocional o estrés (…). Recordar sucesos desgraciados o imaginar amenazas hipotéticas puede hacernos muy infelices. Se provocan cambios hormonales que se convierten en organismos patógenos” (cit. E. Punset, 2006, p. 236-237).
15“Precisamente es ese carácter general de la respuesta de estrés lo más sorprendente: un sistema fisiológico que se activa no sólo con
Frente a los agentes físicos, los organismos están muy bien adaptados para emitir las respuestas fisiológicas (tensión muscular, aceleración del ritmo respiratorio, secreción hormonal, incremento de la actividad cardiovascular, atención, etc.) necesarias para hacer frente a las situaciones de emergencia que se presentan en periodos más o menos cortos de tiempo. Sin embargo, y a diferencia de estos, el problema con los agentes psicosociales es que activan durante periodos largos de tiempo las respuestas fisiológicas y psicológicas del organismo, y es precisamente esta cronificación la que se traduce en una prescripción para el desastre.
Al centrarse en el estímulo, responsable de la reacción de estrés, los investigadores intentaron delimitar objetivamente las características del mismo, de establecer qué contingencias eran estresantes en sí mismas y como tal podrían ser cuantificables, con independencia de los individuos expuestos a las mismas. Hagamos un poco de historia.
A finales de los años cincuenta del siglo pasado, investigadores de la fisiología del estrés, como Hans Selye, pusieron grandes esperanzas en las posibles aportaciones de la bioingeniería, mediante modelos de entrada y salida de información del organismo, que prometían calcular con exactitud qué intensidad de estímulo sería precisa para provocar determinada cantidad de respuesta de estrés. Grandes esperanzas que no sólo permitirían establecer un marco preciso, susceptible de ser controlado matemáticamente, para el estudio del estrés sino, también, para avalar la relevancia del propio campo de investigación frente al escepticismo reinante entonces entre la mayoría de sus colegas. Pero desde los primeros experimentos se comprobó la disparidad de la respuesta de estrés fisiológico entre dos sujetos sometidos a idéntica intensidad y duración de un agente estresante. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿A qué era debida esta disparidad entre las respuestas de estrés?
Los investigadores pronto llegaron a la conclusión de que estas divergencias no podían ser explicadas a través de modelos mecanicistas sino que había que tener en cuenta otras
variables, como eran las variables psicológicas, no fácilmente medibles y controlables experimentalmente mediante un simple modelo lógico de entrada y salida de información. De hecho, se puso de manifiesto algo que hasta entonces no se había tenido en cuenta: ante un mismo estímulo desencadenante, la respuesta de estrés del individuo estaba modulada por factores psicológicos:
El resultado (…) también depende, en buena medida, de elementos caprichosos como su personalidad, la cantidad de estrés emocional que experimente a lo largo de los años y el hecho de tener un hombro sobre el que llorar cuando tal estrés se produzca (Sapolsky, 1995, p. 8).
Lo cierto es que con el tiempo se ha llegado a la conclusión de que con respecto a la reacción de estrés se manifiesta una interdependencia entre las exigencias situacionales y las particularidades individuales (cómo actúa un sujeto, cómo percibe e interpreta ciertas coyunturas, sus recursos de afrontamiento...), lo que materialmente invalida la posibilidad de obtener un valor objetivo de estrés de una situación determinada, al depender éste de la variabilidad individual a la hora de percibir e interpretar esa contingencia. De hecho, existen importantes componentes psicológicos como las percepciones negativas de los sucesos, la pérdida de control, la sensación de aislamiento o la propia capacidad de anticipación que, por sí mismos, pueden activar la respuesta de estrés o de agravar la intensidad del estímulo estresante. Como afirma Sapolsky (1995), aunque todos estamos rodeados de agentes estresantes, son justamente factores psicológicos como los citados los que establecen la presencia de diferencias en cuanto a nuestra vulnerabilidad individual frente a los mismos.
Se han formulado bastantes críticas al modelo de estrés como estímulo y las razones principales de la mismas se centran, según A. Barrón (1988), en tres aspectos: el primero hace referencia a que dejan sin explicar el porqué, sometidos a idénticos estímulos, los sujetos presentan diferentes respuestas o manifiestan diferentes grados de vulnerabilidad; el segundo aspecto pone en tela de juicio la subordinación del sujeto a la arbitrariedad ambiental; y, en último lugar, se subraya que muchas actividades cotidianas del organismo, tales como correr o
caminar, alteran su equilibrio homeostático sin poder por ello calificarlas como estrés. Con respecto a este último aspecto, ya tienen décadas las manifestaciones de los estudiosos en torno a ampliar erróneamente el concepto de estrés a todo tipo de actividades humanas de carácter adaptativo y que, además, están muy lejos de ser consideradas por el propio individuo como estrés16.
Volviendo al primer aspecto crítico señalado por Barrón, la variabilidad de respuestas de los individuos ante los mismos estímulos, podemos identificarlo como el que, tradicionalmente, ha sido el más subrayado en la literatura científica. Sin negar la validez en la búsqueda de una posible taxonomía de estímulos desencadenantes del estrés, la disparidad de respuestas que se producen entre distintas personas debe de llevarnos a ser “precavidos” a la hora de formularla. No se puede considerar que la mayor prevalencia de una respuesta pueda devenir en una conducta universal, ya que la variabilidad individual es la responsable en última instancia de dotar de “fuerza y significado a las situaciones” (Lazarus y Folkman, 1986, p. 38).
Lo cierto es que difícilmente puede prosperar una definición sobre el estado de estrés si no se tiene en cuenta la versatilidad en la percepción de los estresores entre distintos individuos o sus destrezas particulares para afrontarlos, y si sólo nos centramos en las circunstancias que lo originan.
En este sentido, se ha afirmado con razón que el problema se agudiza cuando abordamos agentes psicológicos estresantes frente a agentes de tipo físico (Gutiérrez Calvo, 2000), ya que en estos es factible objetivar ciertos atributos más o menos genéricos como, por ejemplo, la incertidumbre, la intensidad o la duración del acontecimiento desencadenante. Pero no es tan sencillo cuando hablamos de agentes estresantes de naturaleza psicológica. Por ello hoy en día, y desde una perspectiva de interacción individuo-ambiente, se enfatiza en la necesidad de un
16 Parece conveniente citar aquí la reflexión de Lazarus y Folkman (1986: 36) sobre este particular: “Si vamos a considerar el estrés como
un concepto genérico, debemos delimitar su esfera de significado, de otro modo representará todo aquello que se puede incluir en el concepto de adaptación”.
enfoque transaccional entre las características del ambiente y las particulares de cada individuo que pueda explicar las diferencias individuales ante las mismas contingencias.
En esta línea podemos incluir la propuesta de Bonifacio Sandín, (1999) que diferencia entre estresores interpersonales (la traición de un amigo o la pérdida amorosa) que a través de los procesos psicológicos provocan estrés psicosocial, y estresores ambientales (el ruido o contaminación) que principalmente a través de procesos biológicos son responsables del estrés ambiental; sin olvidar que, en muchos casos, se presentan estresores que incorporan elementos de ambos tipos como, por ejemplo, cuando se produce una agresión o una violación.
Aunque desde diferentes perspectivas teóricas, origen de las críticas vertidas anteriormente, no se niega legitimidad a la búsqueda de aquellos sucesos preceptivos de provocar estrés, bien por su contenido o por su forma; aunque se insiste en que el que estos sucesos sean normativos por la frecuencia de su aparición en muchos individuos, ello no los hace universales en sí mismos (Lazarus y Folkman, 1986). ¿Cuáles serían por tanto estos estresores, cuáles esas características singulares que nos permitirían organizar taxonomías de estímulos inductores de estrés?
Comencemos por el principio. Como ya sabemos, delimitamos el concepto de estresor cuando hablamos de cualquier tipo de estímulo, condición o acontecimiento que implica una amenaza o un desafío para el individuo. Según Wheaton (1996) un estresor se caracteriza, fundamentalmente, por:
a) Implicar una amenaza, demandas o constreñimiento u opresiones estructurales, entendidas estas últimas como manifestaciones de una estructura social generadora de conflictos. b) Constituir una fuerza de tal intensidad que pueda afectar la integridad del organismo,
siempre que supere la elasticidad o vulnerabilidad eventual del mismo.
c) Presentarse como un problema que exige que el sujeto le haga frente y busque una solución, bajo el riesgo de producir un daño serio si no es resuelto.
d) La perceptibilidad del potencial dañino del estresor es independiente de sus posibles efectos negativos.
e) El grado o intensidad del estímulo puede generar estrés tanto si se produce por exceso como por defecto.
Como podemos observar, se incluyen en la propuesta de Wheaton tanto el contenido como las características formales de los estímulos causantes de estrés. Pero vayamos por partes. Ya en 1977, Lazarus y Cohen se centraban en tres tipos de estímulos ambientales que, por sus efectos sobre los individuos, podrían clasificarse como estresores:
1) Acontecimientos estresantes universales imposibles de controlar, también conocidos como estresores únicos, tales como cataclismos, desastres naturales, guerras, diásporas obligadas…, que afectan a poblaciones amplias y que pueden presentarse de forma súbita o crónica, pero cuyos efectos perturbadores pueden prolongarse a lo largo del tiempo a nivel psicofisiológico. Este tipo de acontecimientos o cambios mayores, como los denominan los autores, se caracterizan por ser inesperados y de gran intensidad, provocando el incremento de alteraciones psicológicas como ansiedad, estrés o depresión en las personas que los sufren. Son casos típicos de las manifestaciones de estrés agudo y post-traumático.
En 1991, A. Rubonis y L. Bickman analizaron los resultados de 52 estudios anteriores centrados en los efectos psicológicos sobre las victimas de incendios, graves inundaciones y huracanes. Tras la revisión, concluyeron que los índices de trastornos psicológicos, como la ansiedad y la depresión, aumentaban en torno a un 17%. Además, estos índices se incrementaban cuando al desastre conllevaba el abandono del lugar de origen, la separación de seres queridos, la pérdida de propiedades y de referencias culturales (idioma, costumbres…), asociándose el estrés al trauma de desarraigo.
2) Acontecimientos estresantes de incidencia individual o reducida, también conocidos como
estresores múltiples, bien ajenos al control del sujeto como sonunagraveenfermedad, una muerte cercana o una situación de desempleo, bien inherentes al propio sujeto como divorciarse, ser padre o cambiar de trabajo. Este tipo de cambios mayores desencadenan los casos de estrés crónico.
Con respecto a la incidencia de este tipo de cambios en la vida de las personas desde la perspectiva de la salud, se han llevado a cabo muchos estudios (véase, por ejemplo, Dohrenwend et al., 1982; Kaprio, Kokesvu y Rita, 1987; Anderson y Arnoult, 1989) con el afán de comprobar si ciertos niveles de estrés son un riesgo para la salud y si preceden o no a la aparición de enfermedades.
Aunque algunas de estas investigaciones confirman una mayor vulnerabilidad a la enfermedad, como comprobaron Dohrenwend et al. (1982), o como en el amplísimo estudio de Kaprio et al. (1987)17, en el que se constataba que tras la muerte del cónyuge se duplicaba el riesgo de defunción con respecto a la semana anterior, lo cierto es que los datos obtenidos no son en muchos casos concluyentes ni permiten pronosticar futuras alteraciones de la salud.
En este sentido, Myers (1997) considera que lo importante, cuando se producen crisis vitales de estas características, no son los acontecimientos en sí sino cómo los juzgamos, es decir, cómo percibimos los situaciones a través de los filtros psicológicos individuales. Un hecho puede ser negativo o positivo dependiendo, precisamente, de nuestra percepción individual del mismo como, por ejemplo, la jubilación.
3) Acontecimientos cotidianos molestos no dramáticos, también conocidos como estresores o ajetreos diarios, que alteran el bienestar del individuo en momentos determinados, generando malestar o enfado. Situaciones tales como un atasco, una discusión, un retraso
en el trabajo, llegar tarde, no poder cumplir un encargo, etc., no pueden competir en intensidad ni dramatismo con los acontecimientos o cambios mayores, pero sí en frecuencia de manifestación y, como señalan varios autores, “pueden ser incluso más importantes que éstos en el proceso de adaptación y de conservación de la salud” (ver Lazarus y Folkman, 1986, p. 37). Con este tipo de estresores se asocia el estrés laboral, que agota física y emocionalmente a los que lo padecen con manifestaciones de cansancio, depresión, tristeza,...
También se observa la presencia de estrés cotidiano en conflictos de decisión (Myers, 1997; Coon, 1999) ante alternativas de actividad, sean éstas positivas (conflictos derivados de enfoques paralelos: ir al cine o tomar una copa), negativas (conflictos de doble evitación: mentir o que el otro se enfade), de ambos tipos (conflictos de aproximación- evitación: de una persona nos gusta y no nos gusta algo) o de carácter múltiple (conflictos de aproximación-evitación múltiples: un trabajo aburrido, con mal horario y bien pagado, o un trabajo interesante, con buen horario y mal pagado).
El conjunto de pequeños sucesos vitales que en gran medida conforman nuestra vida son considerados como estrés diario por los problemas que provocan, al influir indirectamente, como ya hemos señalado anteriormente, sobre nuestro bienestar y nuestro estado de salud general.
En 1981, Kanner, Coyne, Schaefer y Lazarus afirmaron que las vivencias cotidianas son más importantes o relevantes para la salud que los grandes acontecimientos, ya que se caracterizan por su frecuencia y su proximidad. De hecho, los autores agrupan estos hechos cotidianos en dos grandes tipos: los molestos (hassles) y los inspiradores (uplifts). Los primeros configurarían aquellos problemas y ajetreos que están presentes en nuestra vida diaria. Los segundos conformarían las buenas cosas de la vida, los placeres y las emociones positivas. Los primeros, por tanto, serían generadores de estrés mientras que los segundos
actuarían como contrapartida para reducirlo. Sin duda ambos estarían directamente relacionados con el estado de salud de las personas.
Así como esta clasificación se centra en estudiar la índole de los estresores por las transformaciones que provocan en la forma de vida de los individuos, otras taxonomías, como la de Everly en 1989, se inclinan por delimitar su naturaleza u origen. En este caso distingue entre estresores de tipo biogénico exógeno o endógeno, y estresores de tipo psicosocial. Los primeros activan directamente la reacción de estrés del organismo sin precisar ninguna valoración por parte del sujeto, y pueden agruparse en dos grandes categorías: los que tiene un origen exógeno como las drogas, las temperaturas extremas o la intensidad de estímulos sensoriales; y los que tiene un origen endógeno como, por ejemplo, las variaciones hormonales asociadas a determinadas edades. Los del segundo tipo, los psicosociales, adquieren su valor como estresores por el procesamiento cognitivo-emocional del individuo previo a la respuesta, sin que por sí mismos puedan considerarse como desencadenantes de estrés.
Pero ¿este procesamiento cognitivo-emocional afecta por igual a los posibles desencadenantes psicosociales de una reacción de estrés? Según Fiona Jones y su colega Jim Bright (2001), sería necesario distinguir entre estímulos estresores proximales y distales, entendiendo por los primeros aquellos capaces de provocar una respuesta común en un grupo de personas por su cercanía psicológica o significado motivacional para el grupo, con lo que no se produciría una variación interindividual muy relevante, tendiendo más a la uniformidad en la respuesta. Sin embargo, los estresores distales no afectarían tan directamente al sujeto, estarían más alejados psicológicamente del mismo y de sus inquietudes, y su incidencia dependería más de las peculiaridades del propio sujeto que de los estresores en sí.
Sin duda, la forma en que valoramos las experiencias y los sucesos vitales va a incidir