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Las reacciones emocionales nacen en el sistema límbico2, específicamente en las

estructuras cerebrales del hipocampo y la amígdala.

La amígdala es una estructura central en las emociones y, en general, en la existencia de cada ser humano (Chabot, 2001; Filliozat, 1998). Recibe la información de los cinco sentidos, tanto del exterior como del interior, la examina con rapidez y reacciona instantáneamente, enviando un mensaje por todo el cuerpo y el cerebro. Tiene la capacidad de almacenar indicios elementales y detectarlos, a lo que se le llama «memoria emocional»3, y es la que le permite analizar y reaccionar, incluso antes de que se haya

identificado conscientemente la situación.

El hipocampo es una estructura central en el aprendizaje. Las informaciones que le llegan se van a almacenar en bruto («memoria declarativa») y son la que le darán significado a las emociones

El proceso de reacción emocional siguen tres etapas, para comprenderlas citaré un ejemplo: voy caminando por la calle y me encuentro a alguien de frente. Comienzo a sentir que mi corazón late de prisa y que mis músculos se paralizan. Me cambio de acera y entonces lo recuerdo, es aquel tipo que atropello a mi perro hace quince años. Decido no perder los estribos y continuar el camino.

1. Primera etapa: la amígdala recibe la imagen del rostro, escanea sus recuerdos y dicta una respuesta.

Los ojos captan la imagen y, por medio del nervio óptico, la envía al tálamo visual. Éste a su vez transmite directamente la información al córtex visual y, al mismo tiempo, a la amígdala.

El estímulo visual, asociado con la memoria emocional, hace que la amígdala envíe una señal de alerta al tronco cerebral. Éste ordenará reacciones fisiológicas como aumento de la frecuencia cardíaca, incremento en la presión arterial, contracción muscular, cambios en la musculatura facial, etc.

2. Segunda etapa: situación en defensiva y análisis a fondo de la información.

Mientras la amígdala se encuentra en alerta, otras informaciones más elaboradas salen del tálamo visual hacia el córtex visual, donde se tratan a detalle, para identificar de manera correcta lo que pasa en la realidad. Si se confirma la percepción inicial, se maximizan las respuestas emocionales; de lo contrario, el

córtex envía un mensaje destinado a inhibirlas.

Estas reacciones ocurren en un tiempo muy corto, aunque con mayor lentitud que las sucedidas en la primera etapa.

3. Tercera etapa: análisis racional de los hechos.

El neocórtex4 se encuentra al tanto de las reacciones emocionales provocadas por

la amígdala, así como del análisis de las informaciones visuales hechas por del córtex visual; y se encargará de coordinar la secuencia de los acontecimientos, para lo que recurrirá a sus experiencias. Estas servirán para tomar decisiones y crear estrategias destinadas a hacer frente a la situación y dirigir la emoción; de modo que se podrá «razonar» y controlar las emociones, o bien, ceder totalmente al dominio de ellas y reaccionar, probablemente, irracionalmente.

A manera de síntesis, Chabot (2001) recapitula las etapas de manera sencilla: La amígdala emite una señal de alerta inconsciente y automática como con- secuencia de una percepción parcial y rudimentaria. A continuación, se lleva a cabo una interpretación más detallada de esta señal y se reajusta la reacción. Por último, realiza un análisis completo y racional. (p. 52)

Cabe mencionar, que esta comunicación de señales se da a través de la recepción, procesamiento y transmisión de estímulos por neuronas en estado de excitación.

Figura 2. Componentes del cerebro.

Nota: De Cultive su inteligencia emocional (p. 40), por Chabot D., 2001, Bilbao, España: Ediciones Mensajero.

2.2 Razón

4. Neocórtex, vulgarmente llamado «sustancia gris», permite formular hipótesis, imaginar soluciones, fantasear, soñár, proyectar hacia el futuro. Es el cerebro de la anticipación y concede elegir conscientemente la actitud que queremos adoptar (Filliozat, 1998, pp.72-73).

2.2.1 Definición

En 1967, Ulirc Neisser publicó su obra Cognitive Psycology, en la que determina que «la psicología cognoscitiva se ocupa de todos los procesos por los que la información de los sentidos se transforma, reduce, elabora, guarda, recupera y utiliza».

Con esto Neisser se refiere a que la cognición empieza con la información de los sentidos, que es la energía del mundo material externo, y que se transporta al sistema neuronal y cognoscitivo, donde se actúa en ella. Es decir, la información sensorial se transforma: la energía física del mundo se convierten en un patrón de sucesos neuronales (una forma de energía neuronal) que es la base del procesamiento cognoscitivo posterior.

Cuando ocurre la transformación, el sistema cognoscitivo reduce la información de los sentidos, y esta reducción significa que los procesos neuronales y cognoscitivos no conservan todos los aspectos del mundo sensible. La reducción es saludable, porque la mayor parte de la energía del mundo físico no comunica información ni es necesario transformarla.

Y mientras que la reducción estriba en descartar datos, la elaboración consiste en vincularlos; en relacionarlos con representaciones más concretas o más generales y añadirlos. El objetivo del sistema cognoscitivo para elaborar información es establecer, para la representación que interesa, un contexto que comprende otras representaciones, temporales o permanentes, que sirven para identificar o interpretar la nueva.

La capacidad del sistema cognoscitivo de guardar y recobrar la información, corresponden a lo que por costumbre se denomina «memoria». Sin embargo, lo más importante de esta definición es que la cognición crea representaciones que se utilizan, es decir, tiene un valor funcional.