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La delicada situación de la Iglesia Católica en la Europa posrevolucionaria se había ido agravando progresivamente a lo largo del siglo XIX a causa de la pérdida de poder económico que supusieron los procesos desam ortizadores y el desmembramiento de la unidad doctrinal, la ruptura con las nuevas formas sociales salidas del fin del Antiguo Régimen, y la merma de una gran parte de su patrimonio histórico-artístico puesto en venta. La nueva política vaticana de Restauración Cristiana fue férreamente defendida a lo largo del pontificado de León XIII, verdadero protagonista de la historia de la Iglesia en los años finales del siglo.

El llamado “Papa de las Encíclicas” mostró una gran perspicacia y tolerancia al diseñar un plan de recuperación católica que no sólo incluía el ámbito doctrinal sino que lo hacía, básicamente, desde una perspectiva social. Justo aquello que le había faltado a la Iglesia hasta ahora: acercarse al pueblo y a las nuevas clases sociales surgidas de la revolución para conseguir la unidad de todos los católicos en torno a Roma. Esta vertiente es la que justificaría acciones hasta entonces desconocidas, como la celebración de congresos internacionales, la creación de publicaciones y prensa específica o la formación de organizaciones más cercanas a los cristianos. La modernización vino también por un cambio de principios en torno a los poderes fácticos de los estados que, para el Papa, no eran ya la base de su poder. León XIII buscó, sobre todo, el apoyo del pueblo cristiano sin entrometerse en las formas de gobierno que éstos adoptasen para su organización. Esta visión convirtió al Sumo Pontífice en un hombre tolerante con los gobiernos de orden liberal (ante la desconfianza de los grupos más conservadores) siempre que éstos respetasen el papel fundamental de la Iglesia dentro de la sociedad. En España encontró un gran aliado en la monarquía de Alfonso XII sin que por ello se dulcificasen los enfrentamientos entre los católicos españoles divididos entre los integristas, que veían en la constitución de 1876 unos aires demasiado liberales, y los moderados.

En este nuevo campo de batalla, otros pilares llamados a fundamentar la Iglesia serían la cuestión de la enseñanza y la lucha contra el positivismo radical. Ante la primera cuestión, la Iglesia había perdido, o como mínimo disminuido, el control sobre la educación y la enseñanza durante todo el siglo, coincidiendo con los períodos de gobiernos liberales. La necesidad de recuperar el modelo de enseñanza católica basado en la apología de la religión y la educación conforme a la moral cristiana fue uno de los logros de finales de siglo con la vuelta a la normalidad que garantizaba la monarquía. Paralelamente, la reforma de los seminarios y de las enseñanzas impartidas en ellos será objeto de revisión a partir del Concordato de 1851, aunque no será hasta los últimos años de la centuria cuando la preocupación por la calidad de las enseñanzas y de los centros sea realmente atendida.

En lo que a las corrientes ideológicas se refiere, el ataque continuo del positivismo y la creencia ciega en la ciencia habían apartado a la Iglesia de los temas controvertidos del momento que hasta ahora habían entendido fundamentándose en interpretaciones de las Sagradas Escrituras o en imposiciones dogmáticas. Sin embargo, la Iglesia comenzó un camino de reconciliación con la ciencia que le llevó a la adopción de los modelos de investigación científica para la demostración de las verdades contenidas en la Biblia. Comenzó sus propias investigaciones en el campo de las Ciencias Naturales, de la Historia Eclesiástica, de la Arqueología, de la Paleografía o de la Diplomática con la intención de demostrar científicamente hechos hasta ahora basados en la fe180. Claro está que la idea que la Iglesia poseía de la ciencia no respondía al concepto laico, de modo que, según su modo de ver, ésta sólo podía refutar las Verdades Católicas, y no siendo así, la causa se debería a un error de razonamiento. Es decir, la ciencia se convirtió para la Iglesia en la forma de acercarse a los ambientes más hostiles a la religión al adoptar una metodología moderna de interpretación, pero también en la forma de acercarse a la sociedad dando la apariencia de quien no teme a la ciencia ante la seguridad de sus creencias181.

La conciliación de la fe y la razón (de la Teología y de la Filosofía) tuvo su mayor defensor precisamente en León XIII, gran admirador de Santo Tomás de Aquino y de la filosofía escolástica que él puso de moda en Roma con la formación de la Academia de Santo Tomás en 1859 y la publicación de la encíclica “Aeternis Patris” en 1879. Desde la caída de la escolástica, la verdadera filosofía no había despuntado, por lo que la adopción de la corriente tomista no sólo fue un hecho en la Roma del cardenal Pecci, sino en todo

180

En la encíclica Providentissimus, de 1893, el Santo Padre reconocía que la interpretación filosófica y doctrinal católica no debía estar condicionada por las interpretaciones de los Padres.

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Una de las sentencias del Papa al abrir los Archivos Vaticanos fue “la primera ley consiste en no mentir, y

la segunda, en no temer decir toda la verdad”. LABOA, J. Mª. La Iglesia del siglo XIX. Entre la Restauración y la Revolución, Universidad de Comillas, Madrid, 1994, p. 208.

el orbe cristiano donde él se encargó de difundirla y restaurarla como forma de pensamiento en las enseñanzas de los seminarios. Dentro del campo concreto de la Historia y la Arqueología entendidas como ciencias, las iniciativas del papa se materializaron en la apertura a los investigadores de los Archivos Vaticanos (1883), la promoción de las excavaciones de las catacumbas romanas y el apoyo incondicional a los arqueólogos182, la creación de una Cátedra de Paleografía e Historia Comparada183, la apertura del Instituto de Arqueología Cristiana184, el interés por las bibliotecas y gabinetes de los Seminarios185 para la formación de los estudiantes o la publicación del Breve del 18 de agosto de 1883, “Saepenumero Considerantes”, sobre la importancia de los estudios históricos186.

La Teología descubrió que las ciencias históricas, y entre ellas la Arqueología Sagrada, podían testimoniar, confirmar y demostrar, a través de objetos tangibles, aquellas verdades que ateos y anticatólicos ponían en duda. En vista de los grandes beneficios que estos estudios podían reportar a la Iglesia, no fue extraño el empeño que obispos y papas dispensaron a los museos arqueológicos, a la apertura de las cátedras o a la estimulación de la labor de los artistas y anticuarios. A finales de siglo, los estudios histórico-eclesiásticos florecieron en Roma y en el resto del mundo católico con un impulso renovado gracias, entre otras cosas, al movimiento romántico que se encargó de estimular los sentimientos de la religión y la patria, así como la neutralización del anticlericalismo ilustrado187.

182

Circular sobre Arqueología Sagrada, en B. O. E. O. S., año XXX, nº 3, 15 febrero 1895, p. 21 (Apéndice documental 5).

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“Continúan en Roma los estudios históricos, fomentados por el sabio Pontífice Leon XIII; el más

esclarecido de los historiadores Alemanes, el Cardenal Hergenroether, ha recibido un motu proprio de Su Santidad, creando en el Vaticano una cátedra de Paleografía é Historia Comparada. Este es el espíritu retrógado y oscurantista de la Iglesia”, en Galicia Católica, Revista quincenal de asuntos religiosos, científicos,

literarios, etc. Con exclusión de toda clase de asuntos políticos, bajo la dirección de don Emilio A. Villelga Rodríguez (y la autorización del arzobispo don Miguel Payá y Rico), Santiago de Compostela, año II, nº32, 31 mayo 1884, p. 157

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La investigación histórico-arqueológica es vista, por algunos, casi como una “guerra santa” llamada a refutar la Verdad revelada y contribuir a la causa Cristiana. Así la describe el Sr. Oviedo Arce en su discurso inaugural del curso en el Seminario de Santiago en 1891, donde define al pontífice como “el gran mecenas de

la Arqueología Cristiana”. OVIEDO ARCE, E. Discurso inaugural del curso académico de 1891 a 1892, Precedentes y estado actual de los estudios de Arqueología Sagrada, y papel que esta ciencia puede desempeñar como elemento de civilización católica, Imp. del Seminario, Santiago de Compostela, 1891, p. 60. 185

CÁRCEL ORTÍ, V. León XIII y los católicos españoles, Ediciones Universidad de Navarra, Pamplona, 1988, p. 536. Las bibliotecas y los gabinetes científicos de los seminarios resultaban ser armas eficaces para combatir los posibles errores teológicos y filosóficos entre los seminaristas. De hecho se llegaron a formar importantes bibliotecas, eso sí, escasamente consultadas. En cuanto a los gabinetes de física y ciencias naturales, fueron muy comunes en los seminarios que, desde hacía muchos años, habían coleccionado objetos a modo de gabinetes científicos de curiosidades y ahora mostraban de una forma ordenada al servicio de la ciencia, como fue el caso de los Seminarios de Santiago de Compostela, Vic o Sevilla.

186

HAYWARD, F. León XIII , Luís de Caralt editor, Barcelona, 1952, p. 315.

187

GONZÁLEZ NOVALÍN, J. L. “Cien años de estudios eclesiásticos en España”, en obra colectiva Estudios,

seminarios y pastoral en un siglo de la Historia de la Iglesia en España, Pontificio Colegio Español de San

José, Roma, 1992, p. 15. En España el uso de las ciencias positivas tardaron en conocerse y no traspasaron inmediatamente los muros del Colegio Español de Roma. Sin embargo, los profesores de la Universidad Gregoriana, con figuras relevantes en el campo de la investigación positiva según la tradición jesuita, pusieron en circulación los nuevos materiales arqueológicos, que poco a poco impregnaron los estudios en los

Tanto fue así, que esta política hacia la protección del patrimonio histórico artístico continuó tras la muerte de León XIII con el pontificado de Pío X que, en 1907 se dirigía a la Iglesia italiana con la intención de ordenar la formación en cada diócesis de una Junta diocesana permanente para los documentos y monumentos de la Iglesia según una Circular de 12 diciembre de 1907. Esta Junta debía velar por los objetos y documentos conservados en las diferentes parroquias, previa la elaboración de un registro-inventario en los que se registrarían las incidencias de cada uno de esos objetos. También se le encargaba a dicha Junta la difusión de manuales y recomendaciones prácticas para dichos fines.

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