Estas iniciativas generales fueron adoptadas tempranamente por los seminarios de Oviedo, Pamplona, Tarragona, Vic, Barcelona, Sevilla, Toledo y Astorga que, tras instalar también sus cátedras, comenzaron la formación de los primeros museos diocesanos en nuestro país, con las diócesis catalanas a la cabeza. En el caso de Galicia no dejamos de observar alguna actuación interesante, como el proyectado Museo Diocesano de Santiago de Compostela que se había de establecer en San Martín Pinario gracias al interés del arzobispo Payá y Rico en torno a los años 1883-4, pero que acabó por ser una idea fantasma. Lo curioso aquí es el interés prematuro por crear un museo como éste en un seminario que no integraría su propia Cátedra de Arqueología hasta cuatro años más tarde.
En general, la implantación de estos nuevos estudios dentro de la carrera de Sagrada Teología, independientemente de la defensa que obtuvieron por parte de grupos externos226, no dejaron de tener un carácter más o menos secundario dentro del conjunto
su moral, su disciplina, su liturgia, su culto”. Una definición que encajaba perfectamente con las enseñanzas
de su mentor, Antonio López Ferreiro, en su obra Lecciones de Arqueología Sagrada, en onda con el resto de publicaciones de la época en Francia, Italia o Alemania.
224
Por R. D. 6 de diciembre de 1888 se destinaba obligatoriamente una prebenda de las catedrales a la enseñanza de la Arqueología en el Seminario, además de obtener el cargo de conservador de museo. SERRANO TÉLLEZ, N. “La creación de los museos eclesiásticos de Galicia”, en C. E. G., vol. XLIII, nº 109, 1997, p.251.
225
El inicio de estos estudios en Santiago de Compostela se vieron reforzados pocos años después por el arzobispo don José Martín de Herrera al declarar obligatoria la materia de Arqueología Sagrada para los alumnos de 5º y 6º de Teología siguiendo los acuerdos tomados en el Concilio Provincial Compostelano reunido en 1887 sobre el encarecimiento de la enseñanza de dicha asignatura. OVIEDO ARCE, E. Discurso
inaugural…, Op. Cit., p.58. 226
“El Congreso Católico reunido en Madrid y Galicia Diplomática en la Sección 5ª”, en Galicia Diplomática, Tomo IV, nº 18, 5 Mayo 1889, p.139. La redacción de la revista muestra su punto de vista sobre las conclusiones obtenidas del Congreso en relación a las cátedras y los museos de arte sacro “La creación de
de las asignaturas de la carrera, aunque ello no es menos indicativo del interés inicial por la formación de los futuros sacerdotes en uno de los campos más atractivos de la historia. Justo es decir que la implantación de la Arqueología Sagrada resultó, en los primeros años, un “relleno” en los planes de estudio, con profesores no siempre especializados y con horarios escasos y variables227. Si primero aparecían estos nuevos temas en la carrera eclesiástica, el segundo paso había de ser la formación de pequeñas colecciones artísticas que, además de garantizar la salvaguarda del arte religioso, servirían como complemento práctico de las lecciones. La mayoría de los primeros museos diocesanos fueron instalados en dependencias de los propios Seminarios, exceptuando algún caso en que se ubicaron en los Palacios Episcopales (como el Museo de Vic que tuvo su primera sede en la Biblioteca sobre el claustro catedralicio). La localización dentro del mismo recinto en que se impartían las clases de Arqueología favorecía el acceso al mismo y la comprensión de los conceptos teóricos.
Sobre la elección de los profesores encargados de impartir las asignaturas, los estatutos del Seminario Compostelano determinaban (para las tres facultades universitarias instaladas en la Universidad Pontificia: Filosofía Escolástica, Sagrada Teología y Derecho Canónico) que “… serán elegidos por el Canciller entre los sacerdotes
sobresalientes por su doctrina y piedad, en posesión de algún grado académico mayor; si no lo poseen, ha de destacar entre el clero por su expediente de estudios, experimentado magisterio, publicaciones conocidas y recomendadas”228.
En el caso de Santiago, en 1887 se hacía cargo de la cátedra el insigne historiador don Antonio López Ferreiro229, instituyendo también los estudios de Historia de la Iglesia y Apologética. A pesar de estar poco tiempo a cargo de la materia230, pues es sustituido por
elementos para lograr la propagación de los conocimientos histórico-artísticos que influirán poderosamente en que se avive y se extienda en el pueblo el sentimiento del arte cristiano”.
227
Significativo de esta situación es el estudio del código canónico vigente entonces en cuyo canon 1365, cap. 2 y 3, sobre el estudio del arte y la arqueología en los Seminarios, dice “El curso teológico debe durar al
menos cuatro años enteros, y además de la Teología Dogmática y Moral, comprenderá el estudio de la Sagrada Escritura, la de Historia del Derecho Canónico, de la Liturgia, de la Elocuencia sagrada y del Canto eclesiástico. Se darán además lecciones de Teología Pastoral, integradas por ejercicios prácticos (…) A estas materias suélense añadir, como disciplinas subsidiarias, el griego bíblico, el hebreo, la Patrística, la Arqueología y el Arte Sacro. La Teología Dogmática y la Moral, la Sagrada Escritura, el Derecho Canónico y la Historia Eclesiástica se consideran materias principales y las demás son secundarias o complementarias (…) En cuanto a las secundarias, debe variar, según la importancia de los Seminarios, el criterio acerca de su enseñanza y proporción…”, POSTIUS Y SALA, R. P. J. El Código Canónico aplicado a España, Ed. del
Corazón de María, 1926 (5ª edición), p. XIV.
228
GARCÍA CORTÉS, C. El profesorado del Seminario…, Op. Cit., p.24.
229
D. Antonio López Ferreiro (1837-1910) se convirtió en uno de los historiadores más relevantes del XIX en Galicia, completando su actividad investigadora con la de crítico, periodista o arqueólogo. Para su biografía consultar MAGARIÑOS, A.”Biografía e bibliografía de Antonio López Ferreiro”, en Encrucillada, vol. III, nº 8, maio-xuño 1978, pp. 17-30. MAIZ ELEIZEGUI, L. “Noticia bio-bibliográfica del M. I. Sr. D. Antonio López Ferreiro”, en Compostellanum , vol. 5, nº 2, 1960, pp. 7-23.
230
BARREIRO FERNÁNDEZ, X. R. “López Ferreiro e a recuperación da conciencia histórica”, en Encrucillada, vol. III, nº 8, maio-xuño, 1978, p.15. Es curioso que apenas estuviera dos cursos como profesor en el seminario y que renunciara al cargo, desconociendo los motivos que le llevaron a tal decisión. Probablemente
su fiel seguidor don Eladio Oviedo Arce en 1889, su figura será de la mayor relevancia por ser el autor de uno de los más destacados manuales redactados como guía para esa cátedra.
En un momento histórico en el que el Rexurdimento cultural y literario se encontraba en su mayor apogeo (Rosalía, Pondal, Curros, etc.), la creación de tipo histórica se iba a encontrar con un campo allanado para su publicación al convertirse en la base teórica sobre la que fundamentar los ideales románticos del nacionalismo celta y la conciencia histórica. Eso había favorecido la producción histórica de una serie de autores no siempre rigurosos en sus afirmaciones y más preocupados por la creación de un mito que por su acercamiento a la verdad del pasado (Murguía, Vicetto, etc.). El trabajo de López Ferreiro suponía un cambio en el objetivo y la metodología de trabajo respecto a los estudios anteriores, convirtiéndose en el primer historiador con un rigor científico basado en la comprobación documental que corroborara o desmintiera la fuente tradicional (a pesar de que su incondicional aceptación de la teología cristiana impidió, en algunos casos, una visión claramente objetiva en este punto). Su aportación entonces fue un gran compromiso con Galicia y la contribución a la recuperación de la conciencia de sí misma, a modo de nacionalismo, no político, sino más bien cultural.
Licenciado en Sagrada Teología, vivió en Madrid donde estudió en la Escuela de Diplomática la carrera de archivero y bibliotecario. Trasladado a Galicia, en 1871 accede a una canonjía en la catedral de Santiago como archivero, siendo nombrado también correspondiente en la ciudad de la Real Academia de la Historia231. Ocupó también el puesto de socio correspondiente de la Academia de Bellas Letras de Barcelona y socio de número de la Asociación Artístico Arqueológica Barcelonense. Sus estudios abarcaron toda Galicia aunque de una forma especial la ciudad compostelana, a la que le dedicó un nutrido número de publicaciones monográficas y periódicas en prensa y revistas de la época232, de las que él mismo llegó a fundar dos (El Eco de la Verdad y Galicia Histórica). Su profundo conocimiento histórico y artístico de Galicia también le introdujo en el mundo de las exposiciones, participando como comisionado en la Exposición Histórica Europea de 1892-3, en la organización de la celebrada en Lugo en 1896 o en la gran Exposición Regional Gallega de 1909, de la que fue presidente de su sección arqueológica. Fue asiduo de las tertulias político-intelectuales de la Calle de la Senra, donde tenía su vivienda don Ricardo Blanco Cicerón (coleccionista, filántropo y carlista), gran amigo del archivero.
tomó esta decisión sabiendo que la dedicación a su gran obra sobre la Iglesia compostelana le ocuparía gran parte del tiempo.
231
CALVEIRO, A. “Antonio López Ferreiro, sacerdote, historiador y arqueólogo gallego”, en Cultura Gallega, año II, nº 39-40, La Habana, noviembre 1937, p. 18.
232
CASTIILO, A. del. “López Ferreiro, Arqueólogo”, en Compostela, Boletín de la Archicofradía del Glorioso
López Ferreiro había significado mucho dentro de la historia de la Iglesia Compostelana por su dedicación al conocimiento del pasado y su pasión a los estudios históricos y arqueológicos gallegos. Era un conservador convencido y defensor, junto con el propio arzobispo, de la leyenda jacobea, a la que dedicó esfuerzos intelectuales y físicos en el descubrimiento de los restos del apóstol233. Historiador modélico en su pensamiento y metodología de trabajo, la filosofía y mentalidad recogida en sus obras se podrían resumir en la conjugación de varios elementos: el uso de fuentes históricas basadas en la tradición, una metodología histórico-documental rigurosa, su filiación carlista y una fidelidad absoluta a los principios teológicos de la Iglesia.
Como ha quedado dicho, apenas estuvo al frente de la Cátedra de Arqueología Sagrada, que pasó a ocupar su alumno más aventajado y discípulo predilecto, don Eladio Oviedo Arce. Formado éste dentro del equipo de colaboradores de López Ferreiro, dedicó muchas horas a la transcripción de documentos junto con su mentor. Probablemente el mejor representante de la escuela formada bajo la vigilancia de López Ferreiro sea Oviedo Arce, incondicional de su maestro, cuyas obras recomendaba y utilizaba en el ejercicio de su docencia.
Nacido en Noia en 1864 y muerto prematuramente en 1918, después de estudiar en Santiago el bachillerato, se licencia en Cánones en el Seminario concluyendo como doctor en Teología. Desde la retirada de López Ferreiro de la cátedra de Arqueología Sagrada y de Historia Eclesiástica en 1889, Oviedo ocupará su lugar durante más de 20 años hasta su separación de la cátedra por conflictos con la jerarquía. La colaboración entre ambos se mantuvo durante todos esos años, incluso en la contribución que Oviedo Arce prestaba en la revista Galicia Histórica fundada por López Ferreiro, convirtiéndose además él mismo en socio fundador del Boletín de la Real Academia Gallega234. Afamado y reconocido historiador, contó con una producción propia235 considerable, además de un prestigio dentro del mundo del arte que le facilitó su participación en eventos de tipo artístico.
Otro de los insignes profesores con los que contó la cátedra de Arqueología en Santiago, ya en la primera mitad del siglo XX, fue don Robustiano Sández Otero (1875- 1961). Estudiante en el centro compostelano, accedió a una canonjía catedralicia y en 1928 se convirtió en profesor de Arqueología en el seminario, donde también dio clases de varias materias de tipo histórico, incluso después de que éste dejase de ser escuela universitaria en 1932. Algunos años antes, él mismo se había encargado de contactar con
233
VIDAL, M. “1879: Descubrimiento de las Reliquias del apóstol”, en Compostela, Boletín de la Archicofradía
del Glorioso Apóstol Santiago, agosto-diciembre 1949, pp. 6-11 (nº dedicado íntegramente a López Ferreiro). 234
PEDRET CASADO, P. “Un noyés insigne: Don Eladio Oviedo Arce”, en Lar, nº 260-2, 1955, pp. 23-4.
235
“Don Eladio Oviedo Arce”, en Boletín de la Real Academia Gallega, año XIII, nº 124, A Coruña, 1 abril 1918, pp. 89-95.
los propietarios de las obras artística depositadas en el edificio San Clemente desde la celebración de la Exposición Regional de 1909, para su traslado a la catedral y la formación de un “Museo con carácter diocesano”236, contando con la colaboración del cabildo catedralicio, que facilitaría las dependencias occidentales del claustro para su instalación. Los trabajos de montaje tuvieron lugar entre 1928 y 29 siendo publicada la Guía del museo en 1930. Sández Otero, mostró un gran interés por el proyecto, puesto que, además de formar parte de su vida como profesor de Arqueología Sagrada, venía a cubrir un hueco en la museología que hasta ahora nada había resuelto: la formación de un museo religioso que sirviera de complemento a la cátedra que él impartía (anhelado desde los tiempos de los arzobispos Payá y Rico y Martín de Herrera). Así, desde 1930 Santiago contaba con un museo que, aunque instalado en dependencias de la catedral, era denominado Museo Diocesano y dirigido por don Robustiano Sández.
No debemos olvidar que, por entonces, ya se habían publicado el R. D. 9 enero de 1923 que, propuesto por el Ministerio de Gracia y Justicia, afectaba a los bienes artísticos de la Iglesia en lo relativo a su enajenación y su conservación a través de la creación de museos diocesanos, o la Carta Circular de Pío XI de 1 septiembre de 1924 sobre la conservación del arte sagrado en Italia, en la que se creaba la Comisión Central de Arte Sacro y se instaba a sus correspondientes locales a la formación de museos diocesanos, la creación de inventarios y la promoción científica y divulgativa de este arte237.
La diócesis de Lugo inicia su incursión en este campo con la celebración del Sínodo Diocesano de 1891. En agosto de ese año tiene lugar uno de los acontecimientos más destacados de la prelatura de don Gregorio Mª Aguirre con la celebración de dicho sínodo. Los resultados, publicados ese mismo año, dedican el capítulo tercero al Seminario, en el que se incluían sus planes de estudios. Es entonces cuando hace aparición, por primera vez, la Archeologia Christiana238 como asignatura independiente en el séptimo año de carrera de Sagrada Teología, aunque las clases no comenzarían hasta
236
SÁNDEZ OTERO, R. “Museo arqueológico de la catedral de Santiago (Coruña)”, en Memoria de los
Museos Arqueológicos Provinciales, vol. IV, Madrid, 1944, p. 209. REQUEJO ALONSO, A. “El Museo de la
catedral de Santiago y el inicio de la actividad museística en la ciudad del Apóstol”, en Ars Sacra, nº 17, Madrid, enero 2001, p. 115.
237
En su Carta Circular de 1 de septiembre de 1924, Pío XI establecía la “conveniencia, o mejor todavía, la
necesidad de que los eclesiásticos, aunque sin pretender sustituir a los artistas, de profesión, tengan una suficiente cultura artística y un gusto exquisito de lo bello, para apreciar con criterio más seguro las obras existentes…”. La preocupación papal por la formación artística e histórica de los sacerdotes queda claramente
reflejada y su influencia llegó a que la Comisión Episcopal Española de Seminarios incorporara dichas normas en el capítulo X de su plan de estudios. HORNEDO, R. Mª de., S. J. “La enseñanza del arte en los seminarios”, en Arte Sacro y Concilio Vaticano II, (II Semana Nacional de Arte Sacro, León 2-7 julio 1964), Junta Nacional Asesora de Arte Sacro, León, 1965, p. 401.
238
el curso 1892-3239 bajo la dirección de don Antolín López Peláez. Entre ese año y 1896 la cátedra de Arqueología Sagrada seguirá apareciendo como materia independiente de 7º nivel. En el curso 1896-7 desaparece, probablemente como consecuencia de la partida a Burgos del, hasta entonces, profesor de la disciplina. Estas lecciones vuelven a incluirse en los planes docentes del Seminario al año siguiente, donde se insertan en 1º de Sagrada Teología compartiendo horario y profesorado con Historia Eclesiástica y Patrología. Así se mantendrá hasta 1910-1 cuando, de nuevo, constituye una materia única de 1º. A partir de esta fecha la variabilidad de la asignatura será mucho mayor y así, podemos ver como llega a desaparecer entre los cursos 1914-5 y 1920-1 (justo los años que rodean la formación del Museo Diocesano de Lugo). En el curso 1920-1 vuelve a estar presente en el programa de Teología en quinto curso, teniendo como libro de texto la obra de Francisco Naval y como profesor a don César Abellás Vázquez (profesor y rector del Seminario de Lugo en 1908)240. A partir de entonces, se asentará definitivamente como materia independiente de 5º curso, lo que nos hace suponer su mayor afianzamiento en un programa de estudios que buscaba formar a los seminaristas en la importancia del arte religioso y su respeto241.
Varios fueron los profesores que impartieron la asignatura en Lugo, entre ellos don Antolín López Peláez242, canónigo de la catedral y notable historiador que acabaría como arzobispo de Tarragona e inaugurador del museo diocesano de aquella ciudad. La figura de este personaje merece ser destacada por el papel que jugó en los acontecimientos culturales más importantes que tuvieron lugar a finales del siglo XIX en Lugo. Natural de Astorga y canónigo por oposición en la catedral de Lugo desde 1890, fue profesor en el Seminario desde 1892 hasta su partida a Burgos en 1896. Durante la celebración del Sínodo Diocesano de 1891 fue su notario oficial, además de participar activamente en la organización del IV Congreso Católico Nacional (Tarragona, 1894) y del II Congreso Eucarístico Nacional de Lugo en 1896. Fue nombrado correspondiente de la Real Academia de la Historia y su representante en la Comisión Provincial de Monumentos de Lugo. Para completar su curriculum no debemos olvidar su vinculación a la Sociedad Arqueológica de Pontevedra (uno de los proyectos más importantes en la conservación y
239
El primer listado de notas de la carrera de Teología en el que aparece la Arqueología Sagrada es la de 1893. B. O. O. L., año XXI, nº 18, 27 junio de 1893.
240
“Cuadro sinóptico de estudios, curso 1920-1”, en B. O. O. L., año XLVIII, nº 20, 30 octubre de 1920, pp. 306 y ss (en estos momentos don Alfredo Lorenzo aparece como profesor de Física, Química y Astronomía en el tercer curso de Filosofía). Es probable que no llegara a ejercer este año puesto que en el Libro de servicios de los superiores y catedráticos del seminario de Lugo consta como profesor ese año don Ricardo Ortiz Couder, manteniendo este mismo puesto durante los años 30.
241
Los datos utilizados para este repaso por la presencia de la Arqueología Sagrada en el Seminario de Lugo han sido obtenidos de los Libros de actas del Seminario (1891-1905, 1906-1931 y 1914-1927). A. S. S. L.
242
LÓPEZ VALCÁRCEL, A. Voz “López Peláez, Antolín”, en G. E. G., vol. 19, Santiago de Compostela, 1974, p. 161. Entre 1905 y 1913 ocupó la silla episcopal de Jaca, creando, durante su obispado, nuevas cátedras en el seminario de esa ciudad, entre ellas una de Arqueología. CORRAL MARTINEZ, A. del. Historia y pedagogía
estudio de la historia pontevedresa a finales del siglo XIX) como socio protector en 1898243.
Autodidacta de vocación, él mismo relata en su discurso de inauguración del Museo Diocesano de Tarragona como “hasta hace poco no era muy común el estudio de
la Arqueología entre el clero parroquial. Esta ciencia, utilísima para apreciar el valor de los objetos de arte y tener en justa estima todo lo que puede servir al historiador en sus múltiples y variadas investigaciones, no se cursaba en el Seminario donde yo estudié [se
refiere al Seminario de Astorga], hasta que un Obispo, natural de esta Diócesis y