Hoy en día está muy generalizada la denominación de música culta para jerarquizar aquellos productos musicales resultantes de una pretendida actividad artística. Debemos suponer, por lo tanto, que con este rótulo se quiere asignar a este tipo de música, cualidades que la presentarían como la más representativa de una cultura.
Sin embargo, Ralph Linton1 nos dice: “La cultura de cualquier sociedad es la suma total de
las ideas, las reacciones emotivas condicionadas y las pautas de conducta habitual que los miembros de una sociedad han adquirido por instrucción o imitación y que comparten en mayor o menor grado”. Podemos decir, por lo tanto, que cualquier música puede ser po- tencialmente más o menos “culta” en la medida que sea más o menos objeto de interés por parte de una sociedad o, eventualmente, más o menos representativa de sus características. El valor de una obra como objeto de cultura es siempre un valor “a posteriori” en la medida que se den determinadas condiciones; por otro lado, no podrían ser establecidas “a priori” por ningún compositor. Cabe pensar, entonces, que la denominación de “culta” para una obra no es indicativa del valor que ésta posee como objeto de una cultura. Por otro lado, es evidente que mucha de la música llamada “popular” puede también representar un valor para la cultura a la cual pertenece; debemos concluir, entonces, que el par de oposición cul- to-popular no es muy feliz, y menos si queremos indicar el valor cultural que una obra posee. Podríamos agregar otros elementos de discusión, pero más allá de las posibles conclusiones a que arribáramos, este desafortunado rótulo existe y, lo que es más importante, señala un tipo de música o –mejor dicho- a diferentes tipos de música que han sido agrupados y opues- tos al resto sin tener en cuenta las variable estilísticas o personales que presentan. Esto nos lleva a pensar que estas obras deben presentar alguna cualidad o característica común que permite agruparlas y separarlas de otras.
Volviendo al pensamiento de Linton, es fácil advertir que cualquier producto de una sociedad es un “objeto” de Cultura. Queremos agregar que no todos los “objetos” de esa cultura son producto de esa actividad que llamamos arte, como no son artísticos muchos productos que tienen esa pretensión. También podríamos agregar que “lo adquirido por instrucción o imita- ción” alguien lo debe haber creado y que el crear también configura, de alguna manera, una estructura mental particular.
De lo antedicho podemos concluir que: no toda música es arte y que la que realmente acre- dita tal condición, puede ser o no representativa de la cultura de una sociedad en un deter- minado momento de su evolución, más allá de que tenga o no el rótulo de “música culta”. Otros factores deberíamos tener en cuenta, por ejemplo: ¿Los objetos de una sociedad tie- nen el mismo valor cultural?, ¿La cultura de una sociedad es siempre la misma?, ¿Cuándo cambia una sociedad también cambia su cultura?, ¿Cómo cambia una sociedad?, ¿la música tiene una función específica dentro de la sociedad?, ¿Cuáles son las cualidades que permiten distinguir una música de otra y en qué consiste su valor? También sería importante pregun- tarnos cuál el sentido de la educación musical en las escuelas y en qué medida una compañía grabadora incide sobre el consumo o no de una determinada música.
Con independencia de la denominación dada a una obra, los elementos que podemos tener en cuenta para evaluarla y establecer su valor artístico son varios y de diferente orden. Podemos considerar el aspecto técnico (el compromiso con el material y las actuales formas de organización); el aspecto simbólico inconsciente y el estético formal que la obra mani- fiesta; las diferentes funciones sociales que asume, que como sabemos, van desde las que favorecen la adaptación social hasta las que nos inducen a desarrollar formas críticas frente a la realidad; el tipo particular de pensamiento que implica; la forma de actividad mental que genera (que junto a la verbal y a la matemática constituye una de las potencias del espíritu humano); la capacidad, implícita en el arte, de materializar la vida instintiva que se encuentra en los niveles más profundos de la mente; el aspecto inarticulado de su contenido, que pro- voca la elevación de símbolos inconscientes a la mente consciente; sus rasgos innovadores que provocan una forma particular de atención y que transforman a las obras de arte en mo- delos de lo posible y nunca de lo seguro; la capacidad de estas obras para el desarrollo del imaginario del individuo, etc.
Evidentemente – y volviendo a nuestro tema – debemos pensar que este par de oposición (como otros) se fue instalando en el marco social para establecer diferenciaciones en productos de la misma especie, a partir de las variables que las caracterizan y de sus valoraciones. En la di- námica de los grupos sociales, también cabe que el sentido original de una idea, se transforme hasta el punto de significar algo diferente a aquello que motivara su origen. En este sentido, al referirnos a la producción cultural, hoy sería más correcto hablar de obra de autor, cuando los factores de caracterización de la obra dependen del autor o de; obra de productor, cuando están impuestas por el “mercado”. De este modo, no solo independizamos al producto de su valor social, sino también de la clase social en la que parece tener origen.
El que abordemos estas y otras cuestiones tiene como única finalidad acercar a quienes no se especializan en estos temas, los elementos de juicio necesarios para poder decidir el tipo de relación que quieren establecer con este producto que llamamos música. Y es que la música, más allá de sus diferentes manifestaciones o de las intencionalidades que los autores puedan endilgarle es, en definitiva, un estímulo capaz de provocar asociaciones entre diferentes as- pectos de la realidad exterior y aquellos, muy profundos del inconsciente del individuo. Su significación dependerá, en última instancia, de la intencionalidad del receptor, del lugar que éste asuma frente a la actividad artística y de la calidad y cantidad de elementos que ponga en juicio para su valoración.