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4.1 RECAPPING EXPECTATIONS AND PRESENTING ALTERNATIVE

4.1.4 Results and discussion

4.1.4.2 Multiple regression analysis

Fatalismo, estoicismo o humor son, según Romano Guardini, tres

estructuras de fondo que determinan la actitud con que alguien se enfrenta a la existencia9. Sobre el fatalismo ha hecho Guardini agudas observaciones que son aplicables a la modernidad, la cual erigió el mito naturalista y evolucionista del Progreso. El Progreso económico, técnico y social se impuso en la Edad Moderna como una fuerza evolutiva a la que había que someterse fatalmente y a la cual era inmoral resistir. La Edad Moderna considera el «Progreso» como un Destino ineludible, como una fuerza a la que es imposible sustraerse y a la que sería demencial o pérfido oponerse. El Progreso es una suerte de divinidad histórica que dirige los destinos de la humanidad hacia un futuro sobre el altar de cuya utopía es necesario ofrecer en sacrificio inclusive el presente.

El fatalismo, observa Guardini, puede implicar una renuncia al esfuerzo, sea por debilidad o por cobardía. Pero también una especie de pacto mediante el cual el individuo se afirma negando, paradójicamente, su deseo individual10. Desde un punto de vista psicológico, se trata de la negación de la inquietud de tener que planificar la vida porque se vive como ya planeada por el sistema, a cuyos andariveles no se quiere escapar. Para el fatalista, la sabiduría, bondad y rectitud se basa en ser sensible «al curso de las cosas», ser sensible al movimiento de la historia, a las «inquietudes de los contemporáneos», a «la sensibilidad del hombre, del joven, de la mujer de hoy». La cultura dominante se convierte en un marco predeterminante para él.

En el abandono del camino mistérico y en la conversión a un catolicismo naturalista, liberal o deísta, o asimilado al mundo, desprovisto de capacidad contracultural, hay una actitud fatalista de fondo, que ha determinado, a veces, a los teólogos y a los pastores, antes o más que a los fieles laicos. Es como si hubiera habido un proceso de islamización de ciertos núcleos o estamentos de la cristiandad occidental, y no por cierto del Magisterio pontificio. El abandono a lo que se considera como el propio destino, o al destino impuesto por el mundo, la cultura, los poderes políticos y

económicos, el espectáculo, la prensa, las circunstancias, no siempre se manifiesta en una abulia irremediable o en una depresión, sino que se puede encontrar en el entusiasmo por lo irreal, por los mitos culturales, propio del hombre que renuncia a madurar y se queda en la etapa adolescente de su vida; o en el acumular trabajo de quien, desilusionado por la Iglesia o por la fe, intenta, en su escepticismo, remediar con una suma paroxística de actividades (o de ideaciones planificadoras de actividades) el dolor de no hallarle sentido a la vida de fe.

No muy distante del fatalismo reduccionista adolescente se puede ubicar otra renuncia a modelar el destino: es la aceptación del mismo porque se lo ve como vida: el amor fati de Nietzsche, que a todo acontecimiento no sólo dice «lo acepto» sino «lo amo». Así aman algunos la modernidad y los movimientos históricos que parecen avasalladores, indesafiables e ineludibles.

El fatalismo propiamente religioso es el que responde al sentido estricto de la palabra. El Islam ha demostrado que no es una piadosa renuncia a la acción, a pesar de su principio de sumisión al destino, sino que puede galvanizar para luchas titánicas y hasta suicidas.

También se caracteriza el historicismo, o la fe en la historia, por esta actitud fatalista y por eso nos hemos detenido en ella. Es esclarecedora para comprender los efectos del tipo de pensamiento en que navega Segundo. En estos casos el fatalismo implica una absoluta pasividad respecto del intento de cambiar el destino, o la

fuerza de la neguentropía, pero a la vez, implica un fuerte deseo de

ser protagonista del mismo. El carácter positivo que se le da, unido a la pasividad con que se lo acepta, excita una gran fuerza de acción y valentía. Parece que la voluntad humana desea sumarse a la fuerza de lo inevitable de los hechos. Unos se enrolarán en la yijád, otros podrán fundar editoriales y revistas o escribir tomos de teología para conseguir que la Iglesia se pliegue y se sume al «destino histórico» de la humanidad, o se convierta a la «sensatez» del mundo.

El fatalista piensa que todo está prefijado, pero no por ello deja de poner todas sus fuerzas en lo que considera como su destino. Eso es lo que vemos suceder con el secularismo, movido por la convicción de que es el creyente el que debe asimilarse al mundo –e incluso de que la secularización es una tarea que exige la misma

fe cristiana–, pero incapaz de criticar la cultura dominante. El pensamiento secularista ha internalizado los criterios e ideales del mundo, contrarios a los de los creyentes. Desde Gogarten en adelante introyecta de tal manera los imperativos secularistas del destino moderno que comulga con ellos y los presenta como un imperativo que emana de la esencia misma de la fe cristiana.

La lectura de ¿Qué mundo? ¿Qué hombre? ¿Qué Dios? suscita la impresión de un fatalismo teológico empeñado en abatir los bastiones de lo que, a juicio de Segundo, debía cambiar y morir. Su obra no es una obra intelectualmente fría, sino apasionada. Pero su fatalismo se había hecho más explícitamente dramático desde la que él llamó su obra póstuma: El dogma que libera. En ella, haciéndosele, al parecer, evidente una imposibilidad de éxito, parece irritarse por la terquedad de las fuerzas opuestas, pero no por ello se mueve a un examen crítico y una revisión de sus convicciones sino todo lo contrario: se reafirma en la dirección mantenida desde el principio en su carrera pensante y aspira a que su acción lo sobreviva en sus obras. Es en esos pasajes donde, por momentos, se hace evidente que el pensamiento de Segundo, confinado en sus esquemas idealistas, establece dificultosamente contacto con la realidad, como se desprende de las observaciones de Zimbelman, Calvez y otros.

Hay que observar, por fin, que el fatalismo se expresa en formas de fanatismo. La modernidad ha sido fanática en la misma medida en que ha propuesto metas hacia las que el mundo, la cultura y la sociedad debe evolucionar fatalmente. Por eso, por ser fanática, la modernidad ha sido revolucionaria, y ha sido violenta en su ruptura con la cultura católica y en el intento de abolirla. Las Revoluciones y las Grandes Guerras que han caracterizado a la Edad Moderna han sido «hecatombes» en el sentido propio de la palabra: verdaderos ritos sacrificiales de carácter religioso.