De acuerdo a las enseñanzas de la Filosofía Iniciática, las vías de comunicación con nuestro Maestro Interno son dos: la oración y la meditación. Bien sabemos que: cuando oramos, no- sotros hablamos y Dios escucha, mientras que cuando meditamos, nosotros callamos y Dios nos habla. Independientemente de esto, la lectura de obras sagradas puede ser considerada una “tercera vía” porque, a través de éstas, podemos sentir que Dios nos habla directamente, sin intermediarios, a través de la escritura. Siendo así, esta “lectio divina” (lectura divina)
puede ser la llave que abra la puerta de nuestro corazón a fin de que entre en escena el ver- dadero Instructor. (AM 10)
Las dos vías tradicionales de conexión con el Maestro Interno (Dios en nosotros) son la Oración y la Meditación, y ambas tienen como punto de partida el control de la mente. Una mente turbulenta no puede establecer contacto con el Ser porque la más mínima interferen- cia imposibilita una comunicación fluida. De ahí que las tradiciones orientales nos intimen a “matar la mente”, lo que significa ordenarla, armonizarla y ponerla al servicio de lo alto. (AM 12)
VIAJERO
Si nuestro corazón, nuestra mente y nuestras manos se comprometen íntimamente con el Ideal y vibran en armonía con el Sendero, el viajero y el viaje se funden y se convierten en uno solo. Y de este modo, la felicidad ya no será una meta a alcanzar sino que la podremos encontrar aquí y ahora, en consonancia con la bella afirmación de Swami Ramdas: “El cami- no es la meta; caminar es llegar. (AM 4)
Los filósofos del Espíritu de todos los tiempos hablan de un gran fuego (la divinidad pura) del cual emanan las mónadas o “chispas divinas”, que son –en esencia– de la misma natu- raleza que la flama primigenia. Esta odisea de la chispa abandonando la morada original es descrita en los relatos tradicionales como una gran aventura, a veces como un exilio, pero siempre como una peregrinación o un VIAJE. Por eso, todo ser humano puede ser conside- rado en su esencia como un “homo viator” (hombre caminante).
Siendo el VIAJE el primer concepto a considerar en relación a la naturaleza última del ser humano, es menester reconocer y definir de qué tipo de viaje estamos hablando. Si desde una perspectiva mítica se concibe una caída o un exilio, las doctrinas espirituales hacen hin- capié en la necesidad imperiosa de “retornar a casa”, transitando un sendero que va desde la oscuridad a la luz, del sueño a la vigilia, de la inconsciencia a la conciencia. Este es el mismo recorrido del prisionero de la caverna platónica, de diversos cuentos infantiles o del tránsito de Dante Alighieri al comienzo de “La Divina Comedia”: “A mitad del camino de la vida me encontré en una selva oscura por haberme apartado de la recta vía”.
En este sentido, nuestro VIAJE es un viaje de regreso. Atendiendo a esta idea capital, la pri- mera reflexión que surge del estudio de la filosofía iniciática consiste en reconocernos como “nobles viajeros” o “nobles caminantes”: seres en tránsito volviendo a su hogar, como Ulises en su retorno a Ítaca.
Como viajeros encarnados, subordinados a la impermanencia, las experiencias buenas y malas se convierten en nuestro vehículo de conciencia, en un recorrido ascendente que nos lleva desde la periferia al centro, de las tierras extranjeras de la inconsciencia a la felicidad plena de nuestra patria celeste.
En este sentido, el “Anthropos” posee una doble connotación: una en relación con la materia, la oscuridad y la periferia (Pa- laios Anthropos u Hombre Viejo) y otra vinculada con el Espíritu, la luz y el cen- tro (Neos Anthropos u Hombre Nuevo). Si consideramos al Palaios Anthropos como el punto “a” y al Neos Anthropos como el punto “b”, el viaje del “Homo viator” se convierte en la línea recta y directa que une ambos puntos, desde la oscuridad tenebrosa a la cima luminosa. “¿Quién soy?”, se pregunta el viajero al iniciar su peregrinación. Y la respues- ta solamente puede surgir caminando, “haciendo camino al andar”, asumiendo su condición y afirmando con decisión: “Soy un noble caminante”. (AM 6)
VICIOS
El conflicto de Arjuna es el mismo que tiene todo peregrino espiritual cuando comienza a darse cuenta que debe “renunciar” a un conjunto de malos hábitos y actitudes para poder avanzar en el sendero. Sin embargo, la tendencia a querer “cambiar sin cambiar” es muy fuerte, y lamentablemente la inercia casi siempre logra imponerse.
Todos nosotros sabemos que tenemos muchos defectos que debemos superar y erradicar. Pero nos hemos acostumbrado de tal manera a muchos de ellos que llegamos a apreciarlos como parte de nuestra “personalidad”, de nuestra fachada, la máscara que mostramos a los demás y que supuestamente nos convierte en lo que somos. Nos hemos hecho una “fama” ante los demás, muchas veces sostenida en errores, vicios y pasiones, y no es fácil renunciar a ella.
Hay un dicho popular –muy mediocre, por cierto– que señala: “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Esta frase describe perfectamente el miedo a lo desconocido, el con- formismo, la aceptación de una naturaleza viciosa pero cómoda, segura y conocida ante el “riesgo” que implica una naturaleza más elevada pero insegura y desconocida
Pero el propósito de la guerra de Kurukshetra es muy claro: los kurúes son intrusos en Has- tinapura y deben ser expulsados de ese lugar para que la paz regrese a la ciudad. En su signi- ficado último, los kurúes son los “yoes negativos” que nos contaminan, arrastrándonos a la inconsciencia y a la separatividad. Éstos fueron llamados por Helena Blavatsky “habitantes
del interior” o “enemigos internos”, a veces resumidos y agrupados en los acrónimos PO- CILGE (pereza, orgullo, codicia, ira, lujuria, gula, envidia) o SALIGIA (superbia, avaritia, luxuria, ira, gula, invidia, acidia). (AM 4)
Para que el vicio se manifieste en la tierra, debe tener vehículos propicios para su manifesta- ción, es decir: hombres viciosos. Sea como sea, el vicio solamente lleva a la autodestrucción (el despeñadero) mientras que la virtud es la fuerza motora de una vida plena, nueva y mejor. Siendo así, una humanidad nueva será la consecuencia lógica de un cambio vibratorio”. (AM 14)
Véase además: Pecado